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Editorial

Primera Lección

Durante los días de inmediata preparación del nuevo curso, leyendo «unos comentarios de texto», propuestos en los exámenes de grado, me encontré con uno, entresacado de la «Introducción al símbolo de la fe», de Fr. Luis de Granada, que me llamó poderosamente la atención. Una de las preguntas que contenía decía así: «¿Conoces la doctrina de San Francisco de Asís? ¿En qué consiste? No sé, mis queridos colegiales, si vosotros hubiérais atinado en la adecuada contestación. Pero para evitar posibles riesgos escolares en el futuro-pues conviene recordar de pasada que lo franciscano pesa mucho en la auténtica cultura-y, también, a título de clase inicial de este curso, me vais a permitir que exponga brevemente lo que yo hubiera contestado.

En cuanto al primer interrogante «¿Conoces la doctrina de San Francisco de Asís?», modestamente hubiera dicho que sí. Y hasta por vía de erudición-que también cuenta en los exámenes-hubiera citado algunas obras. Por ejemplo, «Las Florecillas», -Los dos Vidas de Celano», «La Leyenda Mayor», de San Buenaventura, etc. Asimismo, hubiera indicado que esa doctrina fué primeramente vida, como todas las grandes doctrinas. Y si vida: amor, verdad, belleza, bondad, sentimiento... Pues todo eso es el Evangelio que, tan a maravilla, supo encarnar Francisco de Asís. Posteriormente, esa vida se hizo historia, leyenda y doctrina. Y también espiritualidad o «particular manera de representarse a Dios, de hablar de El, de ir a El, de tratar con El», como ha dicho el Papa actual Pío XII.

La segunda pregunta, «¿En qué consiste»?, me hubiera hecho pensar un poco. Y creo que hasta los más graves especialistas lo hubieran hecho. Porque no es grano de anís la preguntita. Pero, al cabo, me hubiera aventurado a contestar, sin pretensiones de dejar resuelta la cuestión, que consiste simplemente en practicar el Evangelio de esa manera personalísima, poética y caballeresca como lo hizo Francisco de Asís. Porque, aún después de convertido al Señor, éste continuó siendo tan humano como antes: un caballero a lo divino y un juglar de Dios. Sus altas y delicadas cualidades humanas no hicieron más que sublimarse al irrumpir en su alma la gracia de Dios. No desaparecieron ni quedaron atrofiadas. Por eso será de perenne actualidad y siempre tendrá una palabra que decirnos a los hombres. Y es que-como dice uno de sus biógrafos«Francisco trajo al mundo una nueva primavera.» Pasarán los siglos, las instituciones, las formas de cultura, y Francisco, que se perpetúa en su obra religiosa, continuará siendo un soplo renovador de vida evangélica en el mundo. A más de objeto de estudio y admiración para los artistas, filósofos e historiadores, que, para ser tales, forzosamente tendrán que contar con él. Pues que siempre será verdad aquello de Renán: «A Francisco de Asís le necesitamos.» Y le necesitamos para ser más cristianos y para ser más hombres.

Así, poco más o menos, hubiera contestado a esas preguntas del susodicho «comentario de texto.» Retened en vuestras memorias, mis queridos colegiales, todo esto. Es un resumen y cifra de la doctrina franciscana. Y la primera y principal lección que el Colegio os brinda en este curso que empezamos. Si aprendéis esta lección debidamente y, sobre todo, la proyectáis a vuestras vidas de estudiantes a lo largo de todo el curso, el éxito en la última lección de los exámenes, coronará vuestros esfuerzos estudiantiles.

EL RECTOR