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Cuento de Navidad

Por Rafael Pepiol
4.° Curso

I

...Las secas hojas que tiempo atrás ornaron los plátanos del camino, sirven hoy de quejumbrosa alfombra a la planta del pié desnudo y sangriento que avanza por la senda que serpea encaramándose en el escabroso monte, la cual ya se asoma al borde de una hombría que salvaguarda un ignoto carcavón, como se esfuma sinuosa entre tal prodigalidad de troncos de robles y tilos, donde la generosidad de una fuentecilla matizó de verde el suelo.

El que camina es un harapiento niño de cabello negro y ensortijado, ojos verdes; siendo tal la gentil perfilacion de su nariz y boca, que lo confundieran con un ángel vagabundo. Los deslustrados jirones que le cubren no aminoran el frío que penetra en sus rosadas carnes y camina, camina indolente como una hoja arrastrada por el viento...

Confusas, se oyen las campanas de la ermitd de la montaña llamando al mundo a la misa de Nochebuena; lejanos ecos del bien en la inmensa noche de la felicidad que predican a los humanos corazones hagan una cuna a Jesucristo. La lluvia reemplazó áI horrísono trueno que antes fué retumbando por los recovecos de las hayas, precedido de la cárdena luz de Ibs~refámpagos y besa ahora, amorosa, la, arcillosa tierra erupcionada de peñascos.

Insensiblemente resbalaron del éter algunos copos de nieve y la Naturaleza vistióse, con pTodigalidad, aquel sudario albo en el más absoluto mutismo... y los caminos se borraron y los deslices se perdieron en aquella amorfa fauna de la pureza y el silencio...

II

Un rayo de luz brotó de una ventana, avisando la proximidad de un caserón, y el vagabundo, yertos los piés, exhautos el cuerpo y ateridos los miembros, se dirigió a el por instinto, ya que sus sentidos murieron con el hambre cuando la nieve comenzó a caer, hace horas ya.

Llegado al cerrado porche, intentó llamar para pedir socorro; pero, ya con la mano en alto, no pudo; perdió la vista, se dobló por las rodillas yendo a caer sobre sí mismo y... por fortuna, su cuerpo golpeó la puerta, que emitió un opaco sonido, como de angustia. Sonaron unas voces en el interior y una joven mujer abrió, desplomándose a sus pies el cuerpo del que no sabía de donde era ni de donde venía...

-lAbelardo, es.un niño!-gritó emocionada. Era esbelta, de un gracioso cabello negro brillante, ojos azules; pero se adivinaba en su rostro que la felicidad había huido hacía tiempo. Aparecieron después el citado y un matrimonio íntimo de ellos; recogiéronlo, entráronselo y a fuerza de cuidados el niño levantó la gacha cabeza. dióle de lleno la luz en el rostro y la mujer no pudo contener un grito de admiración; dirigióse a su marido y dijo: -lAbela.rdo, es nuestro...!; pero la frase se heló en sus Labios al encontrarse con la fría mirada de su esposo, indicándole:-¡No!

...Y se hizo un embarazoso silencio, que fluctuaba dolor, un intenso dolor... y se oía su respiración, el tic-tac de un reloj de cuco y el chisporrotear de la leña- que había en el hogar. Le dieron de cenar, lo acostaron y a la mañana siguiente lo depositaron en el mismo sitio que lo habían encontrado, para que pensase, que... ¡sólo era un sueño!

Al despertar, vió lo que le rodeaba; se sonrió levantándose y echó a andar dejando plasmados sus huellas en la intacta gasa que cubría el suelo...; al desaparecer por un recodo, una mujer, ella, estaba en la puerta viéndole marchar; y cuando se dió cuenta de que ya no le veía, exclamó:

-¡Hijo mío...!-y comenzó a llorar...

III

Por una nívea vereda jalonada de robles, sauces y álamos, apareció corriendo una mujer envuelta en un chal verde, una falda azul y un bolso de mano. Llevaba el cabello suelto, flotando al aire y miraba ansiosa a todas partes, recorriendo con la vista los solitarios montes...

Cuando apercibió en un cerro cercano, una harapienta figurilla que lo ascendía, ahogó un grito de gozo y dió más velocidad a su carrera.

La nieve le oponía resistencia y resbalaba... y caía... pero se levantaba en seguida y seguía, seguía...

Cuando lo alcanzó lo estrechó gozosa entre sus brazos y le dijo que era su hijo; contóle como su padre, no queriéndolo lo hizo desaparecer:

-...Luego se murieron tus hermanos y nos quedamos solos; pero él con su corazón de piedra. Anoche cuando llegaste y vi que eras tú, la felicidad renació en mi pecho; nunca jamás quería apartarme de tí; pero tu padre también se opuso. Esta mañana, al verte marchar, la desesperación se ha apoderado de mí; he cogido dinero y aquí me tienes: ¡Cara a la dura vida..!, pero ¡madre e hijo!

Y así marcharon adelante perdiéndose por entre los bosques, cruzando riachuelos, atravesando aldeas, pero felices. El niño estudió, y al final de su carrera fué nombrado Cardenal... Y si alguna tarde os paseáis solos por las cumbres de los montes puede ser que oigáis cantar a los jilgueros su nombre, declarándole santo o le veáis acompañar al Sol hacia su ocaso, todo arrebolado de luz...