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Camino de Mallorca
Por Fr. Víctor Miguel Canet
Día 6 de Julio. Son las 7'30 de la tarde. Movimiento en el puerto de Valencia. Los pasajeros empiezan a subir al «Ciudad de Ibiza atracado en el puerto. Adiós... recuerdos... -se oye-. Abrazos... algunas lágrimas de los que dejan la ciudad de! «Turia» por ir a la «Isla de la Luz» y «Perla del Mediterráneo», como la han llamado sus admiradores.
Ya sobre el barco, siento una comezón de curiosidad -es mi primer viaje por mar- y como un pequeño, escudriño todo cuanto se pone ante mis ojos. Los marineros preparan las maniobras y a las 8 sueltan las amarras y el «Ciudad de Ibiza» como un gamo marino se pone en alta mar.
Valencia se queda lejos, a medida que el manto negro va cubriendo la noche. Las estrellas van dándonos su saludo y nosotros lo agradecemos con la mirada alternativa entre dos cielos: Uno poblado de estrellas, el otro con sus aguas tranquilas.
Es una noche magnífica. Convida más que a dormir a abrir los ojos del alma y contemplar tanta belleza. Pero no soy ave nocturna y mis ojos sienten que el cansancio y la oscuridad se apoderan de ellos...
En la proa contemplo ese charco inmenso de agua y en el horizonte un punto informe se divisa, recortado por los rayos del astro solar: Tierra...
La Bahía y la ciudad de Palma permanecen dormidos y yo con recato admiro sus encantos naturales completados por la mano del hombre.
Palma, con sus 150.000 habitantes, se le nota un empaque de gran capital, de Metrópoli de las Islas, un movimiento cosmopolita. Tiene, como la mayoría de las ciudades, su parte vieja y típica, con su parte moderna. Es una ciudad sencilla que sabe granjearse la simpatía de los turistas con sus monumentos históricos y con sus peculiares recuerdos mallorquines.
La Isla de Mallorca, con una extensión de 3.640 kms. cuadrados, es encantadora con sus bosques de almendros y sus característicos e históricos olivos. Las playas atractivas por las bellezas que Dios ha puesto en ellos: Porto Cristo, Formentor, Alcudia, Soller con su puerto natural y sus alrededores que son la admiración de los visitantes.
Todos habéis leído o por lo menos habéis oído hablar de Mallorca, la «Isla de la Calma». Pero no basta oír ni leer cuando se trata de una cosa divina. Hay que verlo, hay que mirarlo cara a cara para comprender algo de la belleza que Dios ha puesto en las entrañas de la tierra. Digo parte porque es tanta que con estos ojos no podemos abrazarla ni retenerla toda. Me refiero concretamente a las cuevas de Artá, Hams, Drach, etc.
Son tan sublimes y celestiales las cosas que se admiran que me siento incapacitado para expresar tanta hermosura. No quiero daros una idea desmerecida de la realidad. Sí os diré, en cambio, que después de ver las cuevas del Drach con esas estalactitas y estalacmitas; después de haber oído el concierto en el lago Martel y visto el amanecer con el respectivo paseo por el sobredicho lago con las típicas góndolas, me sentía más del cielo que de la tierra. ¡Qué desilusión sentí al ponerme en contacto con la realidad de la vida! Parecía que el cuerpo pesaba sobre el alma después de esa visión que sublimaba la materia y el espíritu. ¡Qué lástima- me dije-que todo el mundo no pueda contemplar ese trocito de Cielo!
Con ilusión viví unos días en Palma de Mallorca, admirando sus bellezas y con ilusión continúo en Carcagente recordando aquel sueño que me hizo vivir unas horas de Cielo anticipado.
