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Fragmento del discurso de Pio XII al Instituto Masculino de Roma (20 abr 1956)
«Los bienes morales no se reciben gratuitamente de otros, como la herencia; sino que se conquistan con el propio esfuerzo. Desde luego, el colegio puede valiosamente ayudaros en la medida en que vosotros colaboréis con vuestros educadores. Pero gen qué medida se traducirá en actos vuestra colaboración? Ante todo poniendo vuestra confianza plena en aquéllos.
Confianza en los educadores
La confianza, fruto de la estima, consiste en la intimo persuasión de que cuanto se os enseña, aconseja, manda, nace del afecto y mira a vuestro mayor bien, aunque a primera vista no veáis claramente los motivos. Muchos náufragos de la vida deben su fracaso a haber regateado su fe en los padres y educadores; en cambio, se hubieran ahorrado muchos amargas experiencias si hubiesen creído confiadamente a aquellos que por la experiencia tienen mayores conocimientos. Poned, pues, plena confianza en quienes han echado sobre sí y aceptado de la Providencia la grave responsabilidad de vuestro futuro y poseen para ello las necesarias dotes de inteligencia y de corazón. Entreéstós tienen la primacía los padres, cuyos consejos nunca debéis someter a discusión, al menos hasta el día- en que os sintáis hombres maduros a toda prueba.
Docilidad
A la confianza debe seguir la docilidad, que consiste en practicar los consejos, aceptar las correcciones, plegarse a las invitaciones que se os harán con manifiesto afecto. El creciente sentido crítico de vuestra. edad os impelirá a menudo a poner en duda este o aquel mandato, en tanto que las sugestiones de aquellos a quienes en realidad interesa poco vuéstro.futuro os instigarán no"raramente a rechazar la mano de quien os guía. DebéiI entonces recordares de que la madurez de juicio viene con los años y nadie más que vosotros mismos sufriréis las consecuencias de vuestros pasos torcidos.
Generosidad
La constante generosidad en el esfuerzo sea la tercera virtud de quienes anhelan hacerse eximios. El joven que titubea al comenzar, que alterna semanas de intenso estudio con otras de pereza o de frívolas ocupaciones, que deja para el día siguiente sus deberes, no llegará nunca a elevadas metas. Vosotros poseéis ahora un precioso tesoro: vuestra misma juventud. Sus maravillosos valores son la natural prontitud para la verdad y para el bien, la maleabilidad del espíritu, la abundancia de energías físicas, la entereza de las facultades espirituales, el vigor en los impulsos. Tales riquezas, como los talentos evangélicos, no estarán siempre a vuestra disposición. Pues bien: el colegio, mediante la paternal vigilancia de los educadores, la prudente distribución del horario, el adiestramiento en el método y de la precisión y las otras normas a que se ajustarán vuestras educadores, os ayudarán mucho a obtener el máximo fruto de vuestros talentos; pero sigue siendo siempre verdad que toca a vosotros secundar esta obra y velar para que dichos talentos no sean malgastados.
Es preciso, además, que los jóvenes colaboren a la vez en la construcción de su espléndido futuro. Aunque ellos mismos no se percaten frecuentemente de ello, existe entre los mismos una resuelta interdependencia de influjos debida a una mayor comprensión mutua. A pesar de la más cuidadosa labor de los educadores, un mal condiscípulo puede destruír lo que aquéllos edifican; como al contrario, un buen amigo puede reforzar los preceptos del maestro. Cómo corresponda a cada uno de vosotros guardaros del triste influjo de este o aquel condiscípulo, fácilmente podéis deducirlo por el desacuerdo que notaréis entre sus sugerencias y los consejos de los educadores; y, consecuentemente, será vuestro deber interponer vuestra acción buena sobre los demás para su provecho. Nacen así entre condiscípulos de un mismo colegio aquellas sanas y profundas amistades que ni los años ni las distancias hacen palidecer; esas amistades serán el resultado más preciado y precioso de las lejanos años dé educación.
Colaboración entre familia y Colegio
Existe, por último, una tercera colaboración, que nunca será bastante recomendada y que estrecha en una obra solidaria e indispensable al colegio, a los alumnos, a las familias. Es ante todo necesario una perfecta concordia de principios y de objetivos entre el colegio y la familia; a fin de que el uno no destruya la acción de la otra, y viceversa. La familia en particular, según hemos dicho ya, confiando su hijo al colegio no renuncia a sus propios derechos ni queda exenta de sus propias responsabilidades. Le corresponde afianzar, sostener, continuar la obra de los educadores. A veces se requerirá una mayor confianza en el alumno, otras una mayor severidad o un más asiduo interés, o quizá sea preciso también sacrificar un poco de los propios sentimientos. Pero es necesario, sobre todo, que los jóvenes vean siempre un perfecto entendimiento entre colegio y familia. Con esta triple colaboración, a la que se añadirá la más elevada, eficaz e íntima que realiza la religión por medio de sus ministros, se puede esperar fundadamente que los altos ideales acariciados por los jóvenes deseados por las familias, perseguidos por el colegio, se convertirán un día en feliz realidad.»
