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Editorial

Los Colegios tienen, como toda vida, su historia y su poesía. Su perfil adusto, prosaico y su perfil suave, bello. Las dos cosas se turnan y entrelazan forzosamente en la trama de cualquier existencia. Momentos hay en que lo poético triunfa sobre lo prosaico. Y hasta llegamos a evadirnos de ese aspecto gris, monótono y duro de nuestras diarias ocupaciones para ganar alturas limpias y luminosas de ensueño plácido y reparador.

Las vacaciones, en la vida estudiantil y docente, diríase que son una evasión de este género. Evasión muy real y necesaria y que nada tiene de imaginaria y en fermiza. ¡Pobres estudiantes y profesores si, al cabo de un curso, no pudieran abrir en sus nidos ese hermoso y risueño paréntesis de las vacaciones! Porque las necesitamos para desentumecer nuestro espíritu cansado; y las necesitamos para, luego, mejor tensar el arco de nuestros propósitos y atizar la llama de nuestras ilusiones e ideales humanos y divinos.

Poesía, erosión, paréntesis: todo esto espero que habrán sido las vacaciones para nuestros colegiales, que, al abandonarnos, alborozados en aquella noche de la publicación de notas, sumieron al Colegio en un silencio que ya empieza a hacérsenos pesado. A mí, por lo menos, queridos colegiales, me ocurre así. Y a alguno de vosotros me consta que también, ¿no? Pero, pesado o ligero, lo cierto es que, hemos de romper ese silencio, pues que ya nos encontramos en el dintel de un nuevo curso. Atrás quedan las vacaciones que pasan, como tantas otras, a ser añoranza y recuerdo. Y en nuestro espíritu sentimos esa impresión agridulce e indefinida de siempre.

No es mi propósito sermonearos desde esta editorial de nuestro boletín. Sólo intento saludares a todos. Y a través de vosotros, hacer llegar mi saludo sincero y franciscano a vuestros queridos y distinguidos familiares; sin embargo, sí que quiero, citando a Menéndez y Pelayo, presentar a vuestra consideración lo que podría constituir el programa general de éste y de todos los cursos. «A veces -decía el escritor montañés-los acontecimientos de volumen universal se fraguan en una celda donde un monje oro y trabaja.» Así es, queridos colegiales, los acontecimientos de trascendencia universal y, también los de trascendencia patriótica, familiar e individual, ayer, hoy y siempre, precisan de un clima de trabajo y piedad. Reflexionad antes de franquear el umbral del Colegio en estas palabras. Y entrad luego decididos a convertirlas en realidad. Sólo así se podrá augurar el éxito del nuevo curso que empezamos.