Portada > Del Colegio > Curso 54-55
Valor de los estudios geográficos
«...La geografía, además de su alto valor especulativo, y precisamente por tenerlo, es también una lección insuperable de orientación práctica.
De la situación de un país en la superficie terrestre, de la extensión y calidad del territorio que ocupe, de los recursos y medios de todo género que este le ofrezca, dependerá la dirección que deba dársele en su desenvolvimiento interior y en sus relaciones con los demás pueblos.
No importa que el hombre esté dotado de un alma espiritual en cuanto individuo, y que, si lo consideramos socialmente, sean también los . valores espirituales los más altos y estimables de toda colectividad humana. No por eso puede prescindir el hombre individual de su organismo, ni pueden prescindir las sociedades de los factores físico-biológicos, que las integran y contribuyen en alto grado a caracterizarlas.
La vida de los pueblos es siempre una obra de colaboración con la Tierra. Colaboración racional y provechosa si el hombre, asociándose sagazmente a los seres y fuerzas naturales, sabe obtener de unos y otras la debida utilidad desarrollando los recursos con que la Naturaleza le brinda, fomentado lo favorable y-modificando lo adverso. Colaboración ciega y funesta, o más bien, vencimiento del hombre por la Naturaleza, si el ser humano, estulta e indolentemente, se deja avasallar por las fuerzas exteriores, en lugar de encontrar entre ellas mismas, mediante el estudio diligente, los medios de encauzarlas y utilizarlas en beneficio propio.
Por eso los-avances de la civilización no consisten en irse desligando del medio físico, como a primera vista se pudiera pensar, sino por el contrario, en enraizarse y solidarizarse cada vez más con el, mediante el inteligente examen y el sagaz aprovechamiento de los seres y de las fuerzas que nos rodean en la superficie del planeta.
Los pueblos nómadas están menos ligados al suelo que los sedentarios, y entre estos, son precisamente los más adelantados los que más íntimamente han llegado a compenetrarse con la parte de la Tierra que les sirve de apoyo y sustento.
Podría decirse sin exageración que las naciones son a manera de plantas colosales arraigadas en el territorio. Para progresar necesitan, como los árboles, profundizar cada vez más en el suelo, que las nutre y sostiene; mientras que, desinteresadas y desligadas de el, languidecen y mueren irremisiblemente. Es lo que de modo admirable nos da a entender el viejo mito de Anteo, hijo de la Tierra. Mientras no perdía el contacto can esta, era invencible, aun por las fuerzas de Hércules; pero fué vencido y muerto al quedar aislado del suelo.
!Cuantas enseñanzas se deducen de esta vieja fábula mitológica, fiel reflejo de lo que es la vida de las sociedades en relación con el medio natural!.
La historia las confirma plenamente. Ella nos dice que muchos pueblos decayeron o sucumbieron a lo largo de los siglos por hacer una política antifísica, antibiológica, antigeográfica. Ella nos refiere también que cuando algunos países desconocieron- los valores intrínsecos o los valores de posición que tenían en su territorio, y, por no conocerlos, no los utilizaron y defendieron previsora y fuertemente, acabaron por ser víctimas de codicias extranjeras.
En lo cual se ve un justo castigo de su imprevisión. Porque cuando las naciones han recibido en el que podríamos llamar su lote geográfico, grandes valores, cuyo aprovechamiento interesa a toda la humanidad, no tienen derecho a dejarlos improductivos. Y si así lo hacen, entonces otros pueblos más inteligentes y emprendedores se encargan de aplicar inexorablemente la ley de la expropiación forzosa en beneficio de la humanidad. Es la explicación de muchos dolorosos acontecimientos de ayer. Es la profecía, bien fácil, por cierto, de muchos sucesos de mañana.
Meditemos sobre estas elocuentes y, a veces, terribles lecciones de la experiencia. Ellas nos demuestran que los pueblos, para caminar con paso firme hacia adelante, necesitan cultivar con interés y perseverancia los estudios geográficos».
ELOY BULLON
(En su discurso de recepción en la R. Academia de la Historia, sobre el tema «Miguel Servet y la Geografía del Renacimientos, leído el día 23 de diciembre de 1928).
