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Casto fué San Antonio porque blancas habían sido las cumbres a que tendió su vida. Como a la Virgen Santísima, también a San Antonio, Nuestro Patrón, le asiste una azucena que, lejos de hacer sombra en su hábito oscuro, enhebra la pureza de su alma con la de su modelo María.

P. Francisco Ferrer

Franciscano transido de la verdad de saberse tal, el P. Francisco Ferrer Merín, con su dinamismo personalísimo y eficaz, supo abrir a la Orden Franciscana nuevos pórticos por donde entregarse a la obra de retener al mundo cerca de Cristo. Nuestro Colegio, por él fundado, atestigua su celo.

Pero él sabía que a la tempestad sucede la calma, y Nuestro Señor se la había deparado en el mismo año en que la Iglesia reserva todos sus elogios a la Virgen María, tal vez para que ella y no otro, sea quien le enaltezca a él en el cielo.

El P. Ferrer nació en Cocentaina el 9 de oct de 1877. Muy niño aún vistió el hábito en el seminario franciscano de Benisa. Educado desde pequeño, en una severa disciplina religiosa, era amantísimo de la observancia regular; “muy fraile” como solían decir los seglares que llegaban a conocerle a fondo. Era siempre el hombre de alma ingenua, bondadoso y generoso por temperamento.

Su espíritu religioso, unido a su simpatía personal y a su carácter dinámico y emprendedor, movieron a los superiores a encomendarle cargos de responsabilidad. El año 1916 fue elegido Rector del colegio de la Concepción de Onteniente, que en sus manos sufrió una total transformación, y obtuvo categoría de gran colegio. Al cesar en 1921 en este cargo, se le encomendó la fundación del colegio de Carcagente, que se vio realizada poco tiempo después. Posteriormente fue destinado a las Conventos interprovinciales de Madrid, donde fue Superior de San Fermín de los Navarros y de San Francisco el Grande.

Sus años de gobierno en esta última Casa coincidieron con la fecha de sus bodas de oro sacerdotales (6 de enero de 1952), que pusieron de manifiesto la extraordinaria simpatía y el gran ascendiente que gozaba en todos los círculos y capas sociales. Fue en esta ocasión cuando el gobierno le concedió la Gran Cruz de Alfonso el Sabio.

Su fecha jubilar no clausuró su larga época de trabajo. Sin tener en cuenta lo avanzado de su edad, continuó su tarea de derramar “paz y bien” a cuantos se acercaban a él en demanda de apoyo; hasta que, agotadas sus fuerzas físicas, confortado con los auxilios espirituales y acariciando con ternura su Santo Hábito, cerró plácidamente sus ojos a esta vida en la madrugada del día 9 de septiembre de 1954, en San Francisco el Grande, para abrirlos a la que no tendrá fin.

A la sazón contaba 77 años de edad, 60 de profesión religiosa y 53 de sacerdocio.

Cumbres

Frío. Mucho frío
hace en las estepas.
La vida se extingue,
la savia se seca:
Es la blanca nieve -muerte y poesía-
que marca sus huellas.

Verdor y frescura;
Arboles fecundos de savia en sus venas:
simbólico abrazo,
semblanza de amores entre sol y tierra.

Montañas rocosas sin vértices góticos,
cortados sus picos, redondas sus crestas:
Historia de siglos
que el viento nos cuenta.

Arboles truncados.
Ciudades deshechas:
Miradas sombrías de ojos recorosos
que bañan y tiñen de sangre la esfera,
cual lobos feroces que clavan sus dientes
en la carne débil de mansas ovejas.

Populosas urbes.
Monumentos bellos de regia grandeza:
expresión cabal, febril, de una mano,
de un pensar profundo, de una inteligencia.

Correr de los ríos con rumbo hacia el mar,
a aliviar sus quejas,
dejando en su seno profundo, recóndito,
todas sus miserias:
Imagen del alma que corre hacia Dios
cubriendo con tierra, con mármol, sus penas.

Recuerdo de un beso de una buena madre;
fugaz luz de estrella:
retrato veraz, auténtica copia
de todo mortal, del rostro que deja.

Cual todos los seres, pasando, de amóres,
jirones de vida dejan como prueba,
deja fiel recuerdo de este Centenario
Madre inmaculada; deja eterna mella.
Graba en nuestros pechos, sella en el Colegio
tu rostro divino, tu imagen de reina.
Haz que siempre reine la paz y alegría,
la eterna hermosura de la primavera.

Fr. Víctor Miguel Canet, ofm

 

Rasgos

Frío. Mucho frío
hace en las estepas.
La vida se extingue,
la savia se seca:
Es la blanca nieve -muerte y poesía-
que marca sus huellas.

Verdor y frescura;
Arboles fecundos de savia en sus venas:
simbólico abrazo,
semblanza de amores entre sol y tierra.

Montañas rocosas sin vértices góticos,
cortados sus picos, redondas sus crestas:
Historia de siglos
que el viento nos cuenta.

Arboles truncados.
Ciudades deshechas:
Miradas sombrías de ojos recorosos
que bañan y tiñen de sangre la esfera,
cual lobos feroces que clavan sus dientes
en la carne débil de mansas ovejas.

Populosas urbes.
Monumentos bellos de regia grandeza:
expresión cabal, febril, de una mano,
de un pensar profundo, de una inteligencia.

Correr de los ríos con rumbo hacia el mar,
a aliviar sus quejas,
dejando en su seno profundo, recóndito,
todas sus miserias:
Imagen del alma que corre hacia Dios
cubriendo con tierra, con mármol, sus penas.

Recuerdo de un beso de una buena madre;
fugaz luz de estrella:
retrato veraz, auténtica copia
de todo mortal, del rostro que deja.

Cual todos los seres, pasando, de amóres,
jirones de vida dejan como prueba,
deja fiel recuerdo de este Centenario
Madre inmaculada; deja eterna mella.
Graba en nuestros pechos, sella en el Colegio
tu rostro divino, tu imagen de reina.
Haz que siempre reine la paz y alegría,
la eterna hermosura de la primavera.

Fr. Víctor Miguel Canet, ofm