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El Testimonio de Perpiñá

Si un "fiat" omnipotente trajo el hombre a la existencia, su liberación por Jesucristo se hizo depender en la economía de la Redención de otro "fíat" libremente pronunciado por una mujer: María, la llena de gracia, la siempre virgen, la Eva corredentora.

Asentado sobre este hecho trascedental, el culto a la madre de Jesús es constititional en la Iglesia Católica y tiene fervorosas manifestaciones en las comunidades católicas de todo el mundo. Entre ellas ha figurado siempre en vanguardia España, tierra de María Santísima por excelencia. Desde tiempos remotos, en cuantas ocasiones lo han exigido, los españoles no han vacilado en ofrecer hasta el sacrificio de su propia vida para testimoniar sus creencias y su amor a la Virgen María, y los paréntesis abiertos en esta constante histórica por los enemigos de la Iglesia de Cristo que no faltan en su seno, pronto han sido cerrados con robustas afirmaciones populares de fe mariana.

Los primeros años de este siglo conocieron uno de esos breves paréntesis. La pérdida de las últimas posesiones ultramarinas de la un día poderosa Monarquía Hispánica habían sumido a los españoles conscientes en una profunda depresión moral de la que la impiedad, disfrazada de clerofobia, se aprovechó para propugnar una regeneración del país de espaldas a toda la herencia religiosa de nuestros antepasados. Esta corriente tenía que chocar con todos los creyentes de formación bastante sólida para distinguir entre lo temporal y lo eterno, entre lo esencial de la Iglesia y sus adherencias humanas y circunstanciales. A éstos pertenecía el carcagentino Juan Perpiñá Sebastiá.

Residiendo en Valencia, donde el joven Perpiñá había cursado los estudios de Derecho y donde gozaba de excelente reputación por su conducta ejemplar en todos los órdenes de la vida, se cumplió el cincuentenario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Era el año 1904. Con este motivo, Valencia organizó extraordinarias fiestas en honor de la Virgen María. La ciudad vivía a la sazón uno de los períodos más turbulentos de su historia, a causa de las enconadas luchas de los partidos políticos que dividían a sus habitantes. Los corifeos del llamado anticlericalismo, al anunciarse la procesión que formaba parte del programa, desde la prensa y las tribunas promovieron una violentisima campaña de agitación, amenazando con graves desórdenes y provocando a ellos si dicha procesión salía a la calle.

La procesión, no obstante, salió, pacíficamente, con extraordinaria concurrencia de fieles y Perpiñá, consciente del peligro, en ella. Pero los ataques de los enemigos no se hicieron esperar. Los sectarios de «El Pueblo», el diario de Blasco Ibáñez, unidos a grupos de ideologías afines, se habían apostado en lugares estratégicos, y al pasar frente a ellos el desfile jubilar, empezaron como furias infernales a vomitar sobre las sagradas imágenes y sobre los fieles las más horrendas blasfemias y los insultos más soeces. Como los fieles siguieran impertérritos su camino, los atacantes, dispuestos a impedir a toda costa la procesión, apelaron a la violencia, intentando destruirlas imágenes y maltratando de obra a los que formaban en sus filas. Desafiando aquella ola de impiedad Perpiñá sigue en su puesto sin desplantes, pero dispuesto a sufrirlo todo en prueba de su amor a la Virgen. Hasta que suenan unos disparos de arma de fuego y cae gritando modos veces: ¡Viva la Inmaculada Concepción!

La herida era mortal y nada pudieron los auxilios de la medicina. Pero Perpiñá vivió aún varias horas para acabar de dar a su muerte, con su alegría de victoria final, una significación inequívoca del amor que había sustentado la pureza de su vida, traspasada de ética virgínea. Ningún peligro había quebrantado su constancia. Y al precioso testimonio de sus virtudes cotidianas, añadía a la postre, como un legado para las futuras generaciones, el de su propia inmolación. Ultimo y supremo testimonio, porque nadie tiene amor más grande que el que da su vida por el amado.

V. O.

GOTAS DE CERA
A la Inmaculada

Fr. Ángel Martín

Una gota de cera, rubia, limpia, lustrosa,
una gota de cera que cayera en la mano,
que al mirarla tremase como trema la cólera
y al cogerla rodase como rueda un escándalo.

Una gota de cera,-¡esta gota de cera!-,
eucarística, tensa, carne antigua de nardo,
esta gota de cera de misterio o capricho,
¡qué susto, qué extrañeza,
qué inquietud, y qué espasmo!

Pero si en los tendones del alma destilara
gotas de cera joven el cariño,-que es pálido
como el cirio más firme, como el cirio más puro-,
¿produciría el mismo sentimiento de ensalmo?

Los que hacemos capricho del lenguaje, y misterio
del verso que sentimos y apenas expresamos,
espasmos, inquietudes y extrañezas nos faltan,
¡y una gota de cera en el alma llevamos!

La Virgen, que tenía tan fresca la mirada,
tan limpios los sentidos, y el corazón tan blanco,
cuanto hablaba o decía era llama en su boca
era cera en sus dedos y era cirio en sus brazos.

El ángel lo sabía. (Sus alas vigorosas
al batirse, rompieron una nube en lo alto,
y unas plumas muy blancas saltaron desprendidas
como un polvo precioso que dejara a su paso).

El ángel lo cantaba. ¡No lo calló su boca!
Dios, que se lo diría... Cuando acabó su canto,
lo miró como miran al Señor las estrellas
y un cetro de azucenas le adelantó su mano.

Y respondió la Virgen, tan fresca la mirada,
tan claros los sentidos, y el corazón tan blanco,
que palabras y gestos eran llama en su boca,
eran cera en sus dedos, y eran cirio en sus brazos.

Yo la entronizaría tal cual es, rodeada
de estatuas de cariño, en el vértice amplio,
en que el mundo del alma abre sus ilusiones,
sus fervores, sus dichas, sus plegarias, sus salmos.

Viejos tapices turbios zarpeados de tiempo
arrumbaría entonces en el rincón nevado
en que el olvido esconde tentaciones antiguas,
impulsos retenidos, placeres desechados.

¿Otro tapiz? La vida, con paisaje cristiano
de recias tierras rubias y amaneceres anchos.
¡Eucarísticas tierras de trigo! ¡Soles nuevos
abriendo la custodia de su abanico a rayos!

¡Y Ella, como un impulso, adelgazada, gótica.
Como un impulso erguido entre estilo y milagro,
mientras pisa la nuca verdosa del veneno.
¡Un San Miguel, más recio, más hermoso, más santo!

Y un cerco de blandones dorándole el aliento,
y un boscaje de cirios leves, estilizados...
Lo pienso; lo dibuja mi frente; ¡y ni imagino
una gota de cera que empañara su manto!

La Virgen no supo de bajezas. Cuando quiso humillarse, tan noblemente lo hizo que los ángeles enaltecieron su gesto. Alta como una espiga dócil a su crecimiento que ignorase la tierra, fue bendita, por eso, entre sus semejantes. No por nada podría recoger así, con la suya adorable, todas las miradas de quienes sabemos su gloria.

A imagen de Dios fué creado el hombre. La belleza del alma depende del grado en que queda dibujada en ella la belleza de la imagen divina reproducida por semejanza en su centro. La Virgen, sin brizna de mancha en el reflejo de divinas perfecciones, logró así el grado más alto de belleza a que una criatura puede aspirar.

¡Virgen preciosa! iRuega por nosotros!