Portada > Del Colegio > Curso 52-53
Cuento
Érase una vez un un niño de inteligencia normal tirando a corta que fue enviado como interno a un colegio franciscano a sus 10 años para comenzar el bachiller. Había vivido en una masía en medio del campo hasta entonces, visitando sólo su pequeño pueblo para la misa y el cine de los domingos.
Porque en unas casas cercanas había una escuela rural donde aprendió a leer y contar. Cierto que sus padres le habían puesto un maestro particular para que le preparase para el ingreso al bachiller, que en aquel tiempo requería los conocimientos imprescindibles para aprobar la escritura al dictado sin demasiadas faltas y una división.
Y trabajaba en el campo el tiempo que que no estaba en la escuela. Eran tiempo en que los niños trabajaban. Eran pequeñas cosas, pero no existía eso de me aburro y no sé qué hacer. Cuando volvía del colegio tenía que reintegrarse inmediatamente al trabajo con el resto de su familia.
Se quedó admirado por el nuevo edificio en que estaba el colegio. En el internado había compañeros de muchos otros pueblos descubrió que cada cual hablaba de modo distinto. Esto hacía preciso pedir aclaraciones, traducirlo al castellano e incluso usar el diccionario.
Le llamó poderosamente la vida de los frailes. Cuando la ocasión lo permitía les dirigía una salva de preguntas sobre la vida de los religiosos, qué tenían, como eran sus habitaciones, sus vacaciones, sus comidas...Se puede decir que, desde el primer momento sintió algo que le llamaba a ser fraile, aunque creo que nunca ha sido capaz de definirlo ni expresarlo.
Vocación misionera
No recuerdo si fue el primer o segundo año cuando se enteró de que un fraile ya muy mayor y encorvadito te podía suscribir a una revista misional infantil que se llamaba Ling-ling o algo así.

A Francisco se le abrió un nuevo mundo, lejano y misterioso. Bueno, no había dicho que se llamaba Francisco, pero ya lo he dicho. Y comenzó a pensar como un personaje de las historietas y artículos de la revista. Y los vivía y los mejoraba. Y esperaba con mucha ilusión que el viejecito P. Ramonet le buscara para entregarle un nuevo número de aquella revista.
No recuerdo exactamente, pero puede que fuera en tercero, con 13 años, cuando el profesor de literatura le mandó, al igual que a sus compañeros de curso, que escribiera una página de tema libre para un periódico mural que se renovaba con frecuencia.
Y allí sacó el tema de las misiones, con una serie de artículos (llamarle a aquello "artículos" no deja de ser una exageración) con el título general de "Sacrificio sin altar". Y se referían a la vida del misionero, lo mucho que tenía que trabajar por los negritos.
Creo que su sentido práctico y su deseo de comodidad le llevaba ya a pensar en artilugios para que, allá lejos, en medio de la selva, no tuviera que estar privado de ciertas comodidades ese misionero protagonista de sus narraciones y que, sin duda, era él mismo. Recuerdo que ese misionero se instaló un generador eléctrico que aprovechaba la energía de un salto de agua. Es que era difícil de imaginar una vida merecedora de este nombre sin electricidad.
