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El Franciscano.
El tranvía corre ruidoso.
Llueve; todo cuelga, todo chorrea lamentablemente; los canalones de las casas, las últimas as de los árboles, los bigotes cosmetizados cobrador, los paraguas de los transeúntes.
En la plataforma, ni un almo. El interior va lleno de todo: chiquillos que chillan, mujeres volviendo de los mercados, viajeros con barrigas terribles, pobres aprendizas de cabellos sueltos, que se agazapan frioleramente en un rincón, con un gesto angustioso de pájaro mojado; señores delgados y peripuestos. Un niño leyendo el TBO, y pagando sus 30 céntimos con aire digo, sin mirar al cobrador.
Y por encima de todo eso, una atmósfera pasada, húmeda, que se pega a los cristales y presta a todo el coche un aire desapacible: De pronta, todas las cabezas se vuelven: entra un religioso con los pies desnudos.
- ¡Toma! Un franciscano,
(Para el pueblo, todos los religiosos descalzos, son franciscanos.)
Además, un franciscano resulta siempre un acontecimiento.
Y si -en un día de lluvia entra en un tranvía con sus pies desnudos, la capucha levantada, amenazando el cielo con su pico y con un ruido terrible de rosario se sienta entre un señor furioso y una señora asustada, se convierte en el suceso predominante, que llama la atención general...
Luego cada cual, al entrar en su casa por la noche, el marido, colgando su gorro, dirán:
- ¿Tú no sabes?
- ¿El qué?
- Que he tomado el tranvía para volver.
- Acostumbras a hacerlo...
- Bueno, pues esta tarde ha ido con nosotros un franciscano.
- ¿Es posible? ¿Y cómo era?
- Un hombrachón de aire resuelto que miraba muy de frente...
- ¡Le has visto los pies?
- Sí. Tenía dos, como todo el mundo.
¿Fue envidia? ¿Fue repugnancia? El hecho es que el rollizo señor, a babor del cual había elegido su puesto el franciscano, comenzó en el acto a refunfuñar:
- ¡Qué asqueroso! Ya podían vestirse como todo el mundo.
El religioso considera el tubo chafado por la lluvia, que ornamenta la cabeza de su vecino, su cuello de celuloide, su corbata desordenado, su chaqueta y pantalón, estrechos y mezquinos, que dejan asomar la camisa ya vaga una sonrisa irónica por sus labios, cuando del asiento opuesto le llega una ayuda inesperada.
- Perdón, señor; no está usted en lo firme -replica su vecino, un pintor, sin duda.- Nada «hace» mejor en un cuadro que el sayal de un fraile, bastante más bello que los dos tubos en que nosotros zambullimos nuestras tibias.
La discusión se generaliza entonces; todo el tranvía atiende, el cobrador, puede, apenas, abrirse camino en medio de los rostros inclinados para ver mejor al franciscano, que ha despertado completamente el coche.
- ¿Y la higiene?-grita el barrigudo.
¡No pretenderá usted convencerme de que ese saco es higiénico!
- ¡Más que el de usted! ¿Que llueve? Me levanto la capucha. ¿Que no llueve? Me la bajo. Su sombrero de usted no le protege nada...
- ¿Y los pies?
- ¿Qué tiene usted que decir de ellos?
- ¡Que se empapan!
- No tanto como sus botas.
A continuación, un soldado cuenta que en África, donde él ha servido cinco años, ha visto no pocos franciscanos, tipos rudos, bravos mozos, enteramente a la altura de su misión, y que les ayudaban a mantener en respeto a los moros. ¡Y cuidado que allá abajo no los insultaban en modo alguno!
Era preciso venir a estas tierras para presenciar tamañas groserías.
Pero el barrigón se vuelve con los ojos redondos, furioso.
- ¡Yo no me meto con el franciscano sino con sus pies!
- ¡Y aunque eso sea! ¿Y los tuyos? ¿Por qué no enseñas los tuyos?
Todo el tranvía se revuelve. Y el soldado tararea:-Tus pies, tus pies, tus pies; eso nos hace falta ver.
El barrigudo se levanta con dignidad, aunque muy humillado, y al pasar delante de¡ religioso se detiene como queriendo a pesar de todo, dejar una buena impresión.
- De todas maneras, conste que yo le digo mi opinión. Es verdadera, rudamente lamentable que en pleno siglo XX
un hombre como V. se haga franciscano.
- ¿Y por qué?
- Porque si fuera V. patizambo, si no pudiera valerse...
- ¡Eso es! -exclamó el religioso- Para Dios solamente lo que sobra, ¿verdad? Es decir, que según su opinión, todo es bueno para El; ¿cualquier cosa...!
- En fin, no lo entiendo... sin duda.
- ¡Pobre amigo! -concluyó el franciscano tendiéndole la mano y mirándole con una gran expresión de tristeza- ¡Tantas cosas hay que V. no entiende!
SAJOMERO
Ocho enemigos de los estudiantes
¿Cuáles son esos enemigos?
1° El café o casa de juego.
2° Los cigarrillos que todo lo convierten en humo.
3° El deporte desmedido.
4° El cinema que hace olvidar el deber, entorpece la imaginación y desvía la razón.
5° Ciertas revistas que malean sentimientos y criterios.
6° El vagar por las calles.
7° La deplorable ligereza de los padres de familia en tolerar licencias y prematuros noviazgos de los hijos.
8° El sentimentalismo en esas relaciones, que llegan a destruir la voluntad de estudio y a encender el deseo de diversiones y placeres.
