Portada > Del Colegio > Curso 51-52 >

Principio de una vida misionera

Al R. P. Leonardo Mª Bernabeu, con quien principié mi ideal sacerdotal.

Era el 27 de Septiembre de 1940. Aún el ambiente trascendía a chamusquina que tras sí dejó la guerra de la Cruzada española. Yen ese día (si todos lo son buenos, ese fue óptimo, porque arriaba en mi alma la impronta de la vocación) me dirigía desde la casa de mis padres junto con el que le dedico mis cuartillas, al Colegio Seráfico, sito en el extremo prominente del pueblo. Ni yo sabía cuál sería el derrotero de' aquella decisión a la vuelta de algunos años (sólo en esfuminados trazos quería ser religioso) ni sabía tampoco cuál había de ser el futuro del que en aquella coyuntura estrechaba su mano y juntos al mismo tiempo nos incorporábamos a los Seráficos. ¿Lo sabría él...? Entonces no me lo dijo, mas... muy pronto lo dejaría adivinar.

* * *

En los cuatro años que estuvo en el Colegio Seráfico, el colegial Antonio Bernabeu (hoy Padre Leonardo) era como uno de tantos, si le exceptuamos su precoz deseo de ser misionero; en esto si que no tenía émulos. Se nos está vedado transponer el dintel de la personalidad para bucear en la espiritual heredad ajena, pero opino que su imaginación se le iría ayudada por las fotos y reportajes de los países de misión, a esas zonas henchidas, intransitables, realizando la doble valorización de fecundidad asombrosa y virginidad casta; y se le colorearían sus pupilas de las estampadas vestimentas chinas... y sus deprimidos edificios... y llegarían a sus oídos, exultante como un-repiqueteo de castañuelas, su aglutinante idioma... Así hubo de ser la primera llamada del espíritu misionero en su alma de joven. Todo el mundo misionero habría de aparecer sin un ribete de dificultad-y prueba, porque a esa edad la ilusión es simple, de una sola arista que entrevé en cada instante la heroicidad.

* * *

Ya en el Constado el ideal' misionero de Fray Leonardo tomaba más cuerpo. Le interesaba la anécdota misionera, releía todo cuanto viniera encabezado con un epígrafe de misión. Quería que se difundiese entre los otros compañeros el ansia misionera y para ello se prestaba siempre que hubiera. alguna reunión o recital para acostumbrarnos al tema misionero. Era en él el mundo de las misiones entre infieles la idea pertinaz que gravitando sobre las facultades de la persona la empuja a la cima.

¿Verdad que eso os parecerá a cualquiera de vosotros lo natural, lo que ocurre en la generalidad de los casos? Pues he aquí el augurio de una vocación bien dirigida, que se perfila, con los años.

Yo anotaría desde ahora su despedida de la patria para saltar allende el mar. Esta despedida no se concluyó de una, sola vez, sino en dos momentos que descubrieron una doble actitud: el natural sentimiento de hijo y compañero saltándole en su interior y su inmutable decisión.

La primera se dio en Alcoy. Allí llegó nuestro conocido misionero acompañado de sus padres. El tren tendido ya sobre los raíles esperaba como el tiro de una reata, que le estimulasen para echar a andar. Los momentos se acortaban y los padres tenían al único hijo ante sí, que les iba a decir «adiós». Su padre le despedía con un abrazo muy hondo y con su vista recogida, temiendo que fuese más elocuente, que lo que correspondía. A su madre aún se le asomó la voz para decirle, con todo el brío de un sentir cristiano: «Si es tu vocación, hijo mío, anda tranquilo que yo me quedo contenta». El nos contaba que se le vinieron a los ojos las lágrimas y que entonces como nunca sentía hasta donde se vincula el hombre a sus padres. Cuando puso pie en los estribos y más enternecida volvía su mirada a los suyos-sus padres-una densa bocanada del humo de la máquina se interpuso y cuando se esclareció aquel humo, quedaba aún algo del paisaje, pero el momento ya había pasado: el de la despedida.

La segunda de sus despedidas la tuvo aquí en Carcagente, sin dudar que para él hubieran otras más. La principió como buen religioso antes de la refección y para mí que aquella fué uno de sus sinceros actos; superior en su forma por eso de que fue sincera. Y la acabó en el andén de la estación. La hora rechazaba el concurso de las personas, eran dos o tres tan sólo las que iban a tomar el coche. El fresquito, la espera  del coche y la despedida comunicaba un nerviosismo a los que fuimos a despedirle. Se te abrazó y alguno le decía unas palabras, de esas que se han de plegar como. los billetes para archivarlas en el corazón. Se le subieron las maletas del reducido equipaje y deseando el momento último de la despedida para que no fuera tan molesta nos dio tiempo para estrecharle de nuevo y hablarle aún del tono que había de modular las palabras para que desde el primer momento fuera un argentino. De pie ante la portezuela nos miraba a los circunstantes, a la cabeza del coche... la obscura concavidad del cielo en la noche... Mientras estaba ante nosotros finalizando los comentarios que se hacían en el andén con una breve sonrisa, su alma se le anticipaba a los campos ubérrimos, donde a la dorada mies faltan los brazos que la recojan... y también faltan manos para que recojan con las conchas el agua limpia de los ríos y las inclinen sobre el ensortijado cabello, como el sol se filtra entre, el tejida verde de sus árboles y deja partículas de pureza. '¿Serían sus pensamientos de ahora, como los que desfilarían cuando junto a mí se dirigía al Colegio Seráfico? En esencia, sí.

A nosotros nos dejaba al partir, unas tímidas lagrimitas y para los que no conoce aún les ofrecería el suave jugo de su alma-la ilusión y los divinos obsequios que Jesús le puso en sus manos consagradas.

Este es el primer capítulo de una vida misionero, sencilla y sin oropeles. ¿Cuál será el último? Si ignoramos sus detalles concretos, ya desde ahora sabemos que esa es la senda que se pierde en el incendio esplendente de la cumbre, bien derrumbándose por sí mismo los años, o bien porque se los desarticule en el suplicio y el cadalso.

Fr. David Cervera, OFM