Portada > Del Colegio > Curso 2011-12
San Francisco de Asís
El hermano Francisco ya era mayor. Formar esa "fraternidad" había sido lo que el Señor le había ido revelando. Pero estaba encontrando mucha oposición. Ya hablaban de una Orden, con grandes conventos, con usos y costumbres más acordes con las órdenes monacales que con lo que el pensaba. Los hermanos dejaron de ir de pueblo en pueblo predicando. Y se habían hecho "conventuales", vivían en casa cada vez más grandes y acomodadas. Se retiro del primer plano y les dijo a los hermanos: Para vosotros yo ya he muerto. Y había dejado la dirección de su Orden en manos de un Vicario.
Ahora vivía en un conventito rodeados de sus hermanos primeros, los más fieles. Y el más fiel era el hermano León.

Estaba haciendo un cesto de mimbre. Todos los hermanos veían que empleaba pequeños ratos libres desde hacía ya unas semanas para trenzar los mimbres y el cesto iba tomando forma.
Sin decir nada a nadie Francisco tiró el cesto al fuego. El hermano León le vio quemar el cesto y le preguntó:
- ¿Por qué lo has quemado? ¿Te había salido mal?
- Acaparó toda mi atención, -respondió el hermano Francisco.
El hermano León no llegaba a comprender la reacción de Francisco.
- Me parece un poco exagerada tu reacción. Si fuéramos a quemar todo lo que nos distrae en la oración... Ten presente que el hermano Silvestre la necesitaba para la cocina.
- Te diré por qué lo hice. - Francisco coge otros mimbres y comienza otra cesta con toda naturalidad.- Ya sé que en la Regla que nos hemos dado dice que a "aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia del trabajo, trabajen fiel y devotamente de forma tal, que, evitando el ocio, que es enemigo del alma, no apaguen el espíritu (1Tes 5,19) de la santa oración y devoción, a cuyo servicio deben estar las demás cosas temporales." El trabajo puede quitar la libertad a los hombres que se dejan acaparar por su obra, olvidándose de adorar a Dios vivo y verdadero. Hemos de velar por nuestro espíritu de oración.

No podemos quemar todo lo que nos distrae. Pero tenemos que estar dispuestos a hacerlo; tener el alma disponible. Los hombres antiguos sacrificaban las primicias, los primeros frutos de sus campos y de sus rebaños. Era un signo de adoración al Dios que se lo había dado y de liberarse de depender esas coas.
El hombre no es grande si no se eleva sobre su misma obra. Quemar un cesto es fácil. Arrancarse, sepaarse de la obra de toda una vida está por encima de las fuerzas humanas.
Para seguir al Señor el hombre trabaja con entusiasmo. Esa es su obra, la marca, la hace suya. La obra se hace el centro del mundo. Le hace a él radicalmente "no disponible".

Entonces Dios permite la incomprensión, la contradicción, el sufrimiento. Esta crisis es inevitable. Creía dar gloria a Dios por su generosidad al levantar esa obra. Y ve que Dios ahora no se interesa por su obra. Dios le pide que renuncie a su obra, abandonar aquello a lo que dedicó tantos años...
Dios ya obró así con Abraham: "Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que amas... y me lo sacrificas sobre el monte: lo matas y lo quemas en mi honor".

Dios nos pedirá nuestro Isaac, nuestra obra que creemos que es insustituible. Romperá tus esquemas como ha roto los míos. Yo creía que a Dios le bastaba que hiciera esto o aquello; que renunciara a mis cosas, a mis padres...
El hombre no se salva por sus obras, sino por ser él la obra de Dios. Hacerse mimbre. Confesar su pobreza, confiarle su existencia y su salud. Entrar en la santa obediencia. Convertirse en niño y jugar el juego de la creación.
[Esta es más o menos la Sabiduría del pobre que diría Éloy Leclerc]


