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Confirmación
El 25 de abril celebramos la fiesta de la Confirmación, un sacramento que viene a asegurarnos que un grupo de jóvenes han llegado a la madurez de la fe y han querido decirle personalmente sí a Dios. En el bautismo se lo dijeron por mediación de sus padres y padrinos. La comunión les cogió un poco pequeños. Y ahora quizá sea el momento oportuno de tomar una decisión respecto de la fe, respecto a Dios.
Es fácil que les ayude el haber estado unos días en Asís conviviendo como grupo, aprendiendo a perdonarse, a trabajar juntos, a quererse. Claro que les han ayudado las catequesis que durante dos años han recibido en el colegio. Pero siempre, a la hora de la elección, te encuentras sólo ante Dios.

Para el joven de hoy la elección es difícil y hasta arriesgada, cuando parece que cualquier cosa es más creíble que una verdad cristiana. Cuando la gente no se busca lo verdadero, sino lo apetecible, lo que me gusta y me va bien: un poco de Buda, un poco de Shiva, un poco de Jesús de Nazaret. El hombre hoy es como un gitano: No tiene hogar: quizá tiene una casa para el cuerpo, pero no para el alma. Hay falta de orientación, inseguridad, y también mucha soledad.
En medio de esta búsqueda, pocos piensan en el cristianismo como una opción, debido a que tiene fama de no ser nada más que una rígida institución burocrática, con preceptos y castigos. No obstante, hay también quienes huyen del cristianismo por motivos opuestos:
- La predicación cristiana les parece demasiado superficial, muy "light", sin fundamento y sin exigencias rigurosas.
- Quieren que alguien les diga con absoluta certeza cuál es el camino hacia la salvación, y que otro piense y decida por ellos, lo que nos lleva al gran mercado de las sectas.
Hoy los profesores y catequistas tienen mucha dificultad de anunciar a Jesucristo. Existe el lenguaje no verbal en el proceso de comunicar el Evangelio: se transmite sólo una pequeña parte de la información de modo consciente, y todo lo demás de modo inconsciente: a través de la mirada y la expresión del rostro, a través de las manos y los gestos, de la voz y todo el lenguaje corporal.

S ólo se puede anunciar a Dios si el hombre tiene dentro de sí una sólida identidad cristiana: quizá nuestro lenguaje parece, a veces, tan incoloro, porque no estamos todavía suficientemente convencidos de la hermosura de la fe y del gran tesoro que tenemos, y nos dejamos fácilmente aplastar por el ambiente.
Un cristiano no tiene que ser perfecto, pero sí auténtico. Los otros notan si una persona está convencida del contenido de su discurso, o no.
La sociedad postmoderna rechaza los “grandes relatos” y también a los “portadores de la suma verdad”, ya que hoy, está más claro que nunca que nadie puede saberlo todo.
Quien habla de Cristo debe estar convencido que no es una doctrina que poseemos, sino una Persona por la que nos dejamos poseer. Es un proceso sin fin, una conquista sucesiva. Hablar de la fe es mostrar el gran amor de Dios hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del Espíritu en nuestra mente y en nuestro corazón.

Por ello, es necesario huir de lo que hacen los que quieren quitar fuerza al cristianismo: reducen la fe a la moral, y la moral al sexto mandamiento. Ccreer en Dios significa caminar con Cristo –en medio de todas las luchas que tengamos– hacia la casa del Padre.
Al anunciar a Cristo de poco sirven los esfuerzos, y menos aún los sermones. Lo más importante es la fe “un don de Dios”.
Por eso os invitamos a los confirmados a pedirla, junto con nosotros, humildemente de lo alto.

