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Fallas: Hilo rojo

Les voy a explicar el "hilo rojo" de la falla:

El Hilo Rojo es una leyenda anónima de origen chino, que dice que entre dos personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo, que viene con ellas desde su nacimiento. El hilo existe independientemente del momento de sus vidas en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse en ningún caso, aunque a veces pueda estar más o menos tenso, pero es, siempre, una muestra del vínculo que existe entre ellas.

El texto literal viene a decir: Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.

Bueno, no me convence mucho la idea de la leyenda. Pero me sirve como argumento de una falla. Es tan bueno como los otros que veo por ahí. Y nos ha dado argumento para pasar un buen día preludio de las fiestas de cada uno de nuestros pueblos.

Y hemos comido buñuelos con chocolate, y hemos escuchado música festera y nos hemos dado una vuelta para visitar las fallas de la ciudad en plena crisis de dinero, de ideas... qué se yo, es que la crisis está por todas partes.

Gracias a los papás que se han querido acercar al colegio a compartir nuestra fiesta. Gracias a las falleras y falleros que nos han visitado y nos han ayudado a cumplir todos los ritos festeros, incluso la cremà.

El fragor de los tambores

Cada comunidad española tiene sus peculiaridades, que singularizan y enriquecen el acervo cultural de nuestro pueblo, y precisamente en Semana Santa, son las procesiones las que se invisten de la expresividad propia de la piedad popular que se vive en cada rincón de España.

Sobrecoge el esplendor solemne, altamente ritualizado, de los pasos andaluces, donde la dolorida saeta sale al encuentro de la ensangrentada angustia de Jesús; se mantiene viva la seriedad silenciosa de las procesiones castellanas, a la luz temblorosa de los velones nocturnos, negras las capas de los cofrades; llena de luz las calles el colorido y brillantez con que los valencianos abren el recorrido piadoso que siguen sus imágenes lustrosas; destaca la delicada expresividad que da Salcillo a las sagradas imágenes veneradas por los murcianos; y no menos caracterizador es el ritmo acompasado y rotundo de los tambores que marcan, en Aragón, la recogida marcha de los cofrades, en pos de sus pasos más escogidos.

El fragor de los tambores hace vibrar con rítmica conmoción la estrechez de las calles turolenses, como en un clamor y dolorido lamento por la soledad de María y el crimen inminente que planea sobre Jesús. Es un alboroto popular que trata de acallar a la chusma vocinglera que exige la crucifixión del Hijo de Dios, ante la cínica inanidad de Pilatos.

Ruja con ahínco el griterío de esos tambores, heridos con tan enérgica determinación: su estruendo interpreta a rabiar nuestra rebeldía contra la parcialidad, la falsedad y la injusticia de los hombres. (A escondidas, algún ángel está aplaudiendo nuestro encolerizado propósito).

Fray Ángel Martín, Desde Teruel.