Visita al Palacio de la Marquesa
Hoy los alumnos de 2º de Primaria han ido de excursión al Palacio de la Marquesa, donde Consuelo les ha explicado la historia del mismo. Entre otras cosas les ha contado que aquella casa pertenecía al Marqués de la Calzada, y que luego pasó a ser propiedad de María Antonio, su hija, también conocida como "La Marqueseta".
Les ha explicado también que en la planta baja era donde la familia tenía los animales de tiro y los carros y que en la última planta se cultivaban los gusanos de seda (miles y miles de gusanos de seda). Para ello y con el fin de que los alumnos lo entendieran mejor, Consuelo Jaular y su ayudante Ana Palop han echado mano de dos divertidos personajes: Héctor (un gusano de seda) y Pachín (su hermanito pequeño, que acaba convirtiéndose en mariposa).

Finalmente hemos visitado la única estancia que ha sido conservada en tu totalidad: la cocina, donde hemos podido observar los diferentes objetos y alimentos que se utilizaban en aquella época.
Ha sido una visita muy amena e instructiva para los niños, pues han podido aprender algo más sobre su historia y la de Carcaixent.
En segundo tenemos dos nuevas alumnas en prácticas: María Bru Ortega y Estefanía Rubio Andrés (ex alumna del centro)
Reyes Barrachina, tutora de 2º de Primaria
Nidos invernales
Fray Ángel Martín, ex profesor del colegio apunta en una especie de blog este pensamiento escrito mientras mira por su ventana el río Turia que pasa a pocos metros del convento de Teruel camino de Valencia.
Los árboles que acompañan al río aguas abajo, despojados de su fronda, dejan ver ahora el confuso entramado de su ramaje confuso y desnudo en toda su austeridad. Nunca como ahora pueden incluso contarse sus nidos vacíos encaramados en lo alto. Son grandes nidos donde esconden su desvalida prole las picarazas de larga cola.
Un nido es término sinónimo de calor, de vida reciente y escondida, de acogida maternal. Por eso llama tanto la atención su desvalida soledad. Y uno no puede menos de reparar en esos edificios inconclusos, insostenibles, de pluma inmóvil y amontonados materiales de construcción arrumbados en su entorno, sin una mano obrera que les dé fin, porque la impide la inclemencia innumerable del paro. Son nidos a medias, vacíos, como si alguien los hubiera roto, a la par de tantas vidas sin amparo.
Si no hay nidos, no habrá pájaros que puebles los aires y les conforme. Un pueblo sin renovados nidos que habitar, es un pueblo con el porvenir desamueblado que no va, que no anda, como esos vagones viejos, aparcados en vía muerta a punto de desguace, como esos antiguos túneles de vías férreas en desuso que no ven la luz al final de sí mismos.
Hay quien no tiene casa. No tener casa es el mayor de todos los fríos. No saben el don privilegiado de que disfrutan cuantos disponen de un humilde hogar con algunas sillas, un armario, un fogón, una mesa, una cama donde dormir a pierna suelta y un cristo indultado y silencioso en la pared. Cristo, desalojado de los despachos oficiales, empieza también a no tener casa.
