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200 años de Charles Darwin
Charles Darwin, científico y observador inglés, autor de la obra "El origen de las especies" y de la segunda teoría de la evolución, nació el 12 feb 1809. Se cumplen ahora 200 años de su nacimiento. También se cumplen 150 años de la publicación de su libro más famoso "El origen de las especies". Se ha escrito mucho sobre Darwin y la Evolución. He seleccionado algunos textos:
El darwinismo es una teoría científica, no una ideología
Este aniversario ha motivado tanto a científicos como a teólogos a tener un diálogo abierto que permita conciliar la visión de fe con la ciencia, vistas muchas veces de manera errada como temas opuestos.
Darwin era esencialmente un gran biólogo. No era un filósofo ni un teólogo. Es verdad que tuvo al inicio una formación más teológica en la Iglesia Anglicana. Pero se distanció de la Iglesia por razones personales: principalmente la muerte de su hija, que le pareció una gran injusticia, contribuyó a alejarlo de la fe. Pero se puede decir que él era siempre respetuoso, además su esposa era muy creyente. Tuvo una evolución. Al final se estableció, como él mismo decía, en una actitud de agnosticismo abierto, que no tiene nada que ver con la posición de un ateo que se vale de esto en contra de la fe. Algunos de sus seguidores lamentablemente lo hicieron pero no él directamente. Él no incluyó nada de la fe en su teoría. No intervino ni en un sentido ni en otro. Es una teoría científica en cuanto tal, no tiene nada que ver con la existencia o la no existencia de Dios, porque estamos en un plano totalmente diverso.
Hay unl peligro de que la teoría de la evolución de Darwin se convierta en una ideología. Muchos de sus seguidores han confundido los niveles científico y teológico. Han convertido en ideología en particular dos elementos: el carácter aleatorio de la variación, que más tarde se llamó mutación, y el mecanismo de la selección natural, que son dos elementos de una teoría científica. No se puede hacer de ésta la clave de la interpretación de la realidad. Esto es pasar quizá sin ni siquiera tener en cuenta el nivel científico o a un nivel ideológico. De este modo, la ciencia cae en una falsa filosofía, o en una falsa teología, que se contrapone directamente a la explicación de la realidad. Esto es un abuso grave de la ciencia, a veces hecho por científicos, pero que salen completamente del campo científico. Los enemigos del darwinismo no deben caer en la misma trampa, la teoría científica merece todo nuestro respeto, pero debe ser discutida sólo a nivel científico.
Para lograr una recta visión entre evolución y creación se precisa la mediación filosófica para evitar confusiones entre los diferentes niveles: una separación radical o una mezcla confusa, donde ya no se entiende nada. Es necesario articular racionalmente niveles que son distintos.
Algunas veces se ha querido contraponer la teoría de la evolución a la Biblia. Hay que recordar lo que decía Galileo: La Biblia no nos enseña cómo funciona el cielo sino cómo se va al cielo. El Génesis te dice cómo el hombre ha sido creado en el pensamiento de Dios y cómo se va a Dios y cómo se ha alejado de Dios. No nos dice científicamente el porqué. A partir de esta concepción entiende decirnos cuál es el proyecto de Dios sobre el hombre y cómo el hombre debe adaptarse a este proyecto.

No hay evolución sin creación
El filósofo don José Ramón Ayllón analiza las debilidades de la hipótesis darwinista, y denuncia los intentos ideológicos por convertirla en una alternativa al relato bíblico
El mismo año que nació Darwin (1809), Lamarck presentó en su Filosofía zoológica la idea básica del transformismo: que las especies han ido apareciendo dentro de un proceso evolutivo en el que unas se transforman en otras. Es clásico el ejemplo de la jirafa, que llegaría a tener un cuello tan largo a base de esfuerzos repetidos por alcanzar el alimento en las ramas de los árboles. Darwin recogió de Lamarck la adaptación al medio, y reforzó el mecanismo de transformación con otro resorte tomado de Malthus: la selección natural. Pocos años antes, Malthus había escrito que nos acercábamos a un mundo superpoblado, donde sobrevivirían los seres humanos mejor dotados. Darwin vio que en todos los seres vivos se da una lucha por la vida, y supuso que la supervivencia del más fuerte daba lugar a una selección natural que conservaba y transmitía las variaciones favorables. Afirmó, en concreto, que todos los seres vivos descienden de unos pocos antepasados comunes, y que la selección natural es el motor de los prodigiosos cambios que nos llevan desde la bacteria microscópica, a la especie capaz de componer la música de Mozart.
El primer problema de esta hipótesis es que jamás hemos observado un salto de especie. Además, la selección natural no introduce novedades, pues opera sobre lo que previamente ha sufrido una mutación. Darwin expuso sus teorías en El origen de las especies (1859) y en La descendencia del hombre (1871). Aunque Mendel había descubierto las leyes de la transmisión hereditaria en 1865, el mundo no conoció esa revolución científica hasta 1900. Por ese retraso, Darwin murió sin sospechar que los caracteres adquiridos no se incorporan al patrimonio genético y, por tanto, no se transmiten por herencia. Aquí radica el tercer punto débil del darwinismo. Sin embargo, un buen ejemplo puede hacer creíble cualquier error. En el ejemplo evolucionista más clásico, se afirma que la jirafa tiene el cuello tan largo porque prosperaron solamente las que pudieron alcanzar el alimento de las ramas altas. El inconveniente es que no han aparecido restos fósiles de jirafas en vías de desarrollo, puesto que son iguales desde su aparición, hace dos millones de años. Además, las crías de jirafa se hacen grandes alimentándose de las hojas bajas, y las hembras, que miden un metro menos que los machos, tampoco tienen problemas.
Con la difusión de las leyes genéticas, surgió el neodarwinismo, también llamado teoría sintética. La selección natural se unía ahora al que se suponía principal mecanismo del cambio: las mutaciones genéticas. Sabemos que casi todas son perjudiciales, incluso mortales, pero la selección natural hará que sólo se conserven y transmitan las favorables...
El registro fósil
Entre los 3 millones de especies vivas conocidas, no poseemos ninguna demostración real de la transformación de una especie en otra. Los especialistas en genética llevan años cultivando en laboratorio millones de drosófilas, las vulgares moscas del vinagre. Sus experiencias han permitido obtener formas nuevas, que difieren por el color de sus ojos, la forma de sus alas y el dibujo de sus colores. Pero no han obtenido nunca más que... drosófilas. Mucho más problemática se presenta la descendencia de los mamíferos y de las aves a partir de los reptiles; la de los reptiles a partir de los anfibios; y la de los anfibios a partir de los peces.
Darwin estaba convencido de que «el número de eslabones intermedios entre las especies actuales y las extinguidas tuvo que haber sido inconcebiblemente grande». En cuyo caso, por lógica, se estarían descubriendo constantemente fósiles de formas de transición. Pero sucede lo contrario: todo lo que descubrimos son especies bien definidas, que han aparecido y desaparecido súbitamente. La ausencia de formas de transición entre las especies ya desconcertó a Darwin: «Si las especies han descendido unas de otras mediante una fina gradación de pasos imperceptibles, ¿por qué no vemos por todas partes un sinfín de formas de transición?»
Hoy, el registro fósil sigue presentando dos características contrarias al darwinismo: el inmovilismo morfológico de las especies y su súbita aparición y desaparición. La Cuenca Bighorn -en Estados Unidos- contiene una secuencia fósil ininterrumpida a lo largo de 5 millones de años. Cuando fue descubierta, los paleontólogos supusieron que sería fácil concatenar varias especies. Pero no encontraron ni un solo caso de transición. Además, las especies permanecían invariables durante un período medio de 1 millón de años, antes de desaparecer bruscamente.
El azar y la finalidad
Charles Darwin, en 1880 Cuando el evolucionista Gordon Taylor era director de los programas científicos televisivos de la BBC británica, solía contar el caso de los trilobites, pequeños animales que poblaron los mares primitivos. Al analizar sus ojos, se descubrió que habían resuelto problemas de óptica sumamente complejos: las lentes estaban formadas por el único material apropiado, cristales de calcita; tenían la curvatura exacta; estaban protegidas por una córnea y habían sido alineadas con precisión, de forma que no era necesario enfocar. Además, consiguieron desarrollar una lente para corregir la aberración óptica, idéntica a la que proponían -con absoluto desconocimiento de los trilobites- Descartes y Huyghens, y lo resolvieron 500 millones de años antes. Esto, concluye Taylor, parece un plan minucioso, y no el resultado de accidentes felices.
El plan al que alude Taylor no es otra cosa que la noción de finalidad, conocida desde los tiempos de Sócrates, pues el estudio de la realidad física descubre la existencia de planes y pautas de actividad. No es una noción científica -como tampoco lo son la justicia o el amor-, pero su evidencia es apabullante y pone de manifiesto que el conocimiento científico no abarca toda la realidad.
Dado que la finalidad no es un hecho empírico, con frecuencia se la sustituye por el azar, pero el azar tampoco es una realidad empírica. Además, va contra la evidencia del orden y la regularidad en la naturaleza. El propio Darwin nunca acabó de admitir la idea de que una estructura tan compleja como el ojo hubiera evolucionado por la acumulación casual de mutaciones favorables.
Creación y evolución
Por sorprendente que parezca, el mundo no tiene la explicación última de su existencia. Cada fenómeno cósmico puede quizá explicarse por una ley científica que lo remite a fenómenos anteriores, pero así no se explica el porqué de su realidad misma. Éste es un claro ejemplo de la distinción entre explicación científica y explicación filosófica.
La noción filosófica de creación afirma que la realidad ha sido producida de la nada. La evolución, en cambio, es una hipótesis científica que intenta explicar los mecanismos de cambio de los organismos biológicos. Por tanto, se ocupa del cambio de ciertos seres, no de la causa del ser de esos seres. De esta forma, se ve claro que la creación y la evolución no pueden entrar en conflicto, porque se mueven en planos diferentes. Sin embargo, lo hay. Y provocado por ambas partes. Por parte del evolucionismo, cuando traspasa los límites de la ciencia y afirma que todo es materia. Por parte del creacionismo, cuando afirma que todo cambio equivale a una nueva acción creadora de la Causa primera; cuando no aprecia que la materia es esencialmente cambiante. La causalidad divina no es una causa más entre otras: es necesaria para dar razón del ser mismo de los vivientes y de sus leyes. Por eso, no sustituye a las causas naturales, ni se opone a ellas. Ernst Jünguer aclara así este punto: «La teoría de Darwin no plantea ningún problema teológico. La evolución transcurre en el tiempo; la creación, por el contrario, es su presupuesto».
José Ramón Ayllón

Evolución y fe, compatibles
«He retado a más de uno a hacer una encuesta en Burgos sobre la posibilidad de que surja la catedral por casualidad y nadie ha aceptado. Pues bien, el cerebro humano es infinitamente superior a una catedral», mucho más complejo: ¿es posible que haya surgido por azar? Es una de las preguntas que se plantea el profesor José Antonio Sayés, de la Facultad de Teología de Burgos, y autor de Teología de la Creación
El Génesis nos proporciona 4 verdades fundamentales: todo ha sido creado por Dios; el hombre posee una dignidad sagrada, en cuanto que fue creado a imagen y semejanza de Dios; la mujer es de la misma dignidad que el hombre, como nos muestra el símbolo de la costilla; hubo un pecado al inicio de la Historia con fatales consecuencias para la Humanidad...
El problema de la interpretación fundamentalista es que no es capaz de distinguir entre el contenido doctrinal y el ropaje literario. Pero entremos en el debate de la evolución. Según Darwin, la lucha por la vida tiene como consecuencia la supervivencia de los más fuertes. Hay una selección natural, según la cual se conservan y transmiten las variedades favorables. Pero Darwin no conocía la existencia del ADN, que no cambia nunca. A finales de 1930, se formula el neodarwinismo o Teoría sintética, el cual combina las mutaciones genéticas que surgen al azar con la selección natural.
En El azar y la necesidad, J. Monod pone este ejemplo: imaginemos que el señor Dubois trabaja en la reparación de un tejado y se le cae el martillo que mata al señor Dupont, que andaba por la acera. Estamos ante un acontecimiento totalmente imprevisible... Esto es lo que ocurre en el fenómeno de la evolución, dice Monod. Pero aquí Monod confunde imprevisibilidad con incausalidad. El que algo sea imprevisible no quiere decir que carezca de causa. La caída del martillo es imprevisible, pero tiene una causa: la inadvertencia del señor Dubois y la ley de la gravedad. Y es que no cabe entender el azar como ausencia de causa. Todo lo que ocurre tiene una causa.
Cuando el cardenal arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, escribió, en julio de 2005, en el New York Times, el artículo Finding Design in Nature, surgió un gran debate. Se le acusó de fundamentalista y de no aceptar la evolución, lo cual es falso. Su tesis es que el neodarwinismo, en la medida en que niega la existencia de una inteligencia ordenadora, se convierte en ideología, porque hace afirmaciones que van más allá del campo científico. La evolución no se puede explicar en sus últimas causas desde la ciencia, sino desde la filosofía.
Cuestión de sentido común
Decíamos que no se puede entender la casualidad como ausencia de causa, pero dicho concepto se puede referir también al orden. Y el orden puede ser convencional u objetivo. Orden convencional, por ejemplo, es el orden alfabético y, efectivamente, si tiro al aire las 28 letras del alfabeto recortadas en cartón una después de otra, no se puede negar la posibilidad de que un día cayeran en orden. Pero no ocurre así con el orden objetivo, es decir, cuando elementos de suyo dispares están compenetrados de forma permanente para cumplir una finalidad compleja. Pensemos, por ejemplo, en el cerebro humano, cuyas células están combinadas de tal modo que componen un conjunto con una función de computadora. Si yo quiero acordarme ahora de mi pueblo, el cerebro me suministra en un segundo miles de fotos en color. No hay una computadora que funcione así, y, menos, una computadora hecha de agua como es el caso del cerebro en su 80%. Éste es un diseño inteligente que requiere una Inteligencia que lo explique, como también la catedral de Burgos requiere la existencia de un arquitecto. He retado a más de uno a hacer una encuesta en Burgos sobre la posibilidad de que surja la catedral por casualidad y nadie ha aceptado. Pues bien, el cerebro humano es infinitamente superior a una catedral.
Por otra parte, no es preciso que Dios intervenga puntualmente en la aparición de cada especie. Basta con que potencie el ser que ha dado a las cosas para que, desde dentro, se desarrolle en una determinada dirección. Yo acepto el Big Bang, pero ¿cómo se puede explicar que una partícula comparable a una fracción de núcleo de átomo de hidrógeno representada por la unidad precedida de 48 ceros pueda tender por sí sola a la realización del proyecto hombre? Nada puede tender a un proyecto si no lo conoce.
Decía Crick, el descubridor de la estructura espacial del ADN, que un hombre honrado tendría que aceptar que el origen de la vida se debe a un milagro. Confesaba también Benedicto XVI, en Ratisbona, que, si la evolución no va acompañada de una razón creadora, no se puede explicar la aparición del orden de este mundo. En el fondo, se trata de una cuestión de sentido común. Hace poco hablaba con una muchacha que tenía unos ojos azules preciosos, en los que se adivinaba el fondo de su alma... Demasiada belleza para que surja por casualidad.
José Antonio Sayés
En el Principio, no había Nada y entonces Explotó
Por Mark Shea. Sobre el "Dogma" de la Evolución.
En el Principio no había nada y entonces Explotó. Gradualmente, a través del tiempo, la explosión se enfrió formando pequeñas partículas que actuaron de la forma que actuaron simplemente porque eso es lo que suelen hacer estas partículas, mayormente. Después las partículas se amalgamaron formando cosas cada vez más complicadas.
Las cosas interactuaron de acuerdo a unas leyes físicas, que resultan funcionar tan estupendamente como para permitir a las cosas manifestar unas características llamadas vida. En este preciso momento, la Teoría que Permite Explicarlo Todo llamada "de la Evolución" entra en escena, y gracias a ello se manifiestan por este orden las bacterias, las medusas, el trilobites, los peces vertebrados, los anfibios, los dinosaurios, los mamíferos, el homo erectus, el homo sapiens, algunas absurdas civilizaciones esclavizadas por la no menos absurda creencia en un dios que simplemente se desarrolló por evolución en nuestras mentes, y finalmente YO: Homo Rationalisticus, que ha roto finalmente las cadenas de la prehistoria y se ha establecido como el Verdaderamente Verdadero Ser Libre.
Más tarde o más temprano construiré un cohete que me permita colonizar el universo. O, alternativamente, seré destruido en un Armaguedón provocado por la estupidez humana y moriré poetizando sobre la total falta de sentido y la futilidad del absurdo arremolinamiento del tiempo, el espacio, la materia y la energía.
Pero una cosa que NUNCA haré será considerar la posibilidad de que la Nada no explota así como si tal cosa y crea absolutamente todo, porque eso me llevaría a estar peligrosamente cerca de sugerir la existencia de Ya Sabes Quien.

