| Pequeña historia, micro historia. Me estoy aficionando a bucear en textos viejos que me ha servido en bandeja D. Bernardo Darás, archivero de la Parroquia de la Asunción. Son unos textos que narran la historia del convento de San Francisco de Asís de Carcaixent desde sus inicios. Se ha leído las crónicas de los frailes que hablan de aquellos años y ha rebuscado en el archivo que el mima todas las ocasiones en las que aparece un franciscano: Que se murió un frile y el párroco fue al entierro y luego lo apuntó en tal libro... lo que sea.
Y luego lo ha puesto todo en orden hecho papilla preparada para mentes infantes como la mía que estoy comenzando a saborear la historia y no podría tragar alimento sólido.
En otras partes de esta web se dice dónde estaba el convento de San Francisco y se dan unas pinceladas de su historia. Pero ahora estoy bajando a pequeños detalles. Para ello voy siguiendo el orden de los Guardianes.
No se refiere a perros. Es que los superiores de los conventos franciscanos toman ese título. San Francisco quería que guardaran a sus hermanos, que los animasen a buscar al Señor y a ser una familia de hermanos.
Tengo vista la "historia" del convento en el siglo XVI, guardián por guardián. He comenzado la del siglo XVII. De los primeros apenas dice nada. Luego van apareciendo historias referentes a las obras realizadas en el convento: se tenían que reparar tejados, enlucir claustros, pintar capillas, modificar la cocina, abrir puertas...
La peste en Carcaixent en el año 1648
Era superior del convento Fr. Francisco de Sola y sabemos que murió de contagio de la peste al atender a enfermos de esa enfermedad, dos meses y medio después de haber sido nombrado Guardián.
En aquel momento vivía en el convento de Carcaixent Fr. Francisco Cañizares, presbítero. Murió el 6 jul 1648 víctima de la caridad con motivo de la peste.
Relatan las crónicas de Carcaixent que en junio de 1648 comenzó la peste en dos o tres casas. Cuando vieron que se extendía el mal las autoridades convocaron a los frailes del convento, al párroco y a los vicarios, a los médicos y jueces para estudiar qué se podía hacer.
Por si el contagio aumentaba, pidieron ayuda al superior del convento para que destinara a algún religioso para ayudar en el cuidado espiritual a los apestados. El Guardián concedió uno, y en caso de que se "hiriese" (supongo que quiere decir, se contagiase), otro, hasta que no quedasen frailes en el convento. Agradeció toda la Junta esto que les ofreció el prelado.
La peste seguía aumentando y se averiguó que fue por haber traído ropa de lugares contagiados. En vista de esto los Jurados vinieron al Convento para pedir al Guardián un religioso para que administrase los sacramentos a los contagiados. El Superior les prometió no uno, sino dos, lo cual los jurados agradecieron con lágrimas en los ojos.
Les pidieron que los religiosos designados llevasen todo lo necesario para decir misa, para sus personas y para dormir. Que toda esa ropa se había de quemar, y que lo volverían mejorado al convento.
Nada más marchar los Jurados el Hno Guardián mandó "tocar la teja" (la que utilizaban como campana pobre) y, junta la Comunidad, hizo una breve y santa exhortación y que si alguno se hallase con espíritu de ir a administrar los sacramentos a los apestados lo dijese; y luego se ofrecieron el hermano fray Pedro Carvajal, confesor, y el hermano fray Francisco Pérez, sacerdote, y, en saliendo los Jurados, les hicieron sus túnicas, capilla y estolas y se fueron a la casa que para su habitación les tenían previsto, junto a la «Casa Blanca», donde les dieron todo lo necesario para su sustentación.
Salieron los dos religiosos de este Convento para administrar los sacramentos en la «Casa Blanca» a los contagiados, a primeros de julio, y administraron los sacramentos hasta que se hirió el hermano fray Pedro Carvajal, que fue a mediados julio, y quedó sólo el hermano fray Francisco Pérez, el cual se hirió a lo último del contagio, que casi ya no había enfermos; y en todo este tiempo que duró el contagio, solo los dos religiosos administraron los sacramentos a los enfermos, sin que ni sacerdotes seculares, ni religiosos de otra religión acudiesen al dicho ministerio.
Fue Dios servido que los dos sobredichos religiosos que salieron de este Convento para administrar los sacramentos a los contagiados, aunque estuvieron muy enfermos del contagio, no murieron; pero de este Convento murieron dos religiosos, el uno fue nuestro hermano fray Francisco Sola, Predicador y Guardián, y el otro el hermano fray Francisco Cañizares, confesor, los cuales por haber visitado a los enfermos en sus casas (que aún no había «Casa Blanca» por ser muy a los principios) para consolarlos espiritualmente, volvieron a casa ya con dolor de cabeza, y luego estuvieron heridos del contagio, y murieron.
Por haber muerto los dos religiosos en este Convento, hicieron los religiosos moradores la cuarentena, y los Jurados nombraron luego cuatro hombres de los principales para que acudiesen a traer lo que los religiosos habían menester, los cuales lo hicieron con tanta puntualidad, devoción y cuidado que todos los religiosos se admiraban porque nunca el Convento estuvo tan provisto como en el tiempo que duró la cuarentena.
Fr. Ambrosio Espinosa, presbítero. Secretario del convento en el año 1649. Redactó la relación de lo que sucedió en esta villa de Carcagente desde el día que comenzó el contagio hasta que acabó.
Cae un rayo en la espadaña del convento
Cuenta al hablar de Fr. Vicente Quevedo, guardián que fue del convento (nº 60 de la relación):
Este año ocurrió también un hecho milagroso que fue atribuido a la intercesión de San Antonio. El 18 jun 1722, a las 10 horas, cayó un rayo sobre la iglesia del convento que dio primero en la cruz del campanario y la arrojó sobre el tejado de la iglesia. Penetró por la ventana del coro astillándola. Bajó a la puerta de la iglesia donde hizo el mayor daño. Le arrancó trozos que esparció por toda la iglesia, llegando alguos hasta el crucero e incluso al altar mayor.
En el coro estaban los religiosos que habían acudido al rezo de la hora de Nona. Otros se hallaban a punto de entrar en el antecoro. El Hebdomadario (el religioso que preside los rezos durante una semana) estaba en el claustro revestido acudía al coro. En la iglesia se estaba diciendo misa y había gente oyéndola. Un estudiante teólogo estaba frente a la campana del coro tocando la campana en ese instante. Y resultó que a ninguno de ellos ni tampoco a la gente que oía misa hizo daño el rayo.
Esto se atribuyó a un milagro de San Antonio de Padua al que se festejaba con un devoto novenario todas las tardes, ya que estaban en la octava del santo. Por ello la comunidad le cantó un Te Deum al Señor y una misa que se celebró con toda solemnidad.
Y luego sigue hablando de que hubo que cambiar puertas, asegurar campanas. Y te enteras de las palabras. Y también se habla de hermanos que murieron. De uno que se ahogó en el río Jucar...
El año 1763, annus horribilis para Carcaixent
Se dice en otro lugar de esta crónica que el año 1763 fue especialmente malo para el pueblo de Carcaixent. Se cosechó mucha menos seda, maíz y legumbres debido a que se rompió el azud que desviaba el agua del río para el riego.
Ese año 1763 el convento estuvo convertido en hospital.
El 14 dic 1763 fue enterrado Fr. Agustín Guillem, hermano lego, enfermero del convento que había nacido en Liria (Valencia) alrededor del año 1710. Murió de terciana. Dijo el médico que pudo haberle causado su enfermedad la continua asistencia a los enfermos en ese año tan malo para Carcaixent. El religioso pasó casi todo el verano sin entrar en su celda a dormir. Lo poco que descansaba lo hacía en tierra o sobre el banco en la cocinita de la enfermería por estar asistiendo a los religiosos enfermos.
Es muy gratificante oír historias como esta última. Y saber que han ocurrido aquí, entre nosotros.
Sigo leyendo y les cuento.
 
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