Portada > Del Colegio > Curso 2004-05

Este trabajo obtuvo el segundo premio de narrativa en el Concurso Literario de la Semana Cultural.
Todo empezó una cálida tarde de verano en la playa. Era un día muy soleado y el mar estaba excesivamente tranquilo. Cinco jóvenes amigos que veraneaban en Cala Conta, situada en la parte oriental de la isla de Ibiza, decidieron, sin consultarlo con nadie, coger el llaut de uno de los padres y salir a navegar. Tres chicos y las dos chicas, Pep, Carles, Vicent, María y Neus de edades comprendidas entre los quince y diecisiete años, que en ningún momento se detuvieron a pensar en lo peligroso que puede llegar a ser el mar.
Zarparon confiados y sin temor ninguno. Viendo aquel mar tan tranquilo y apaciguado, era imposible prever algún temporal. Los jóvenes, siempre atrevidos, fueron poco a poco adentrándose en el mar. La sorpresa vendría luego.
Navegando tranquilamente se iban acercando al islote majestuoso y mágico de Es Vedrá, que allí permanecía anclado hacía una eternidad. Los lugareños lo consideraban un elemento mágico de sus propias vidas, de modo que se contaban de él leyendas maravillosas. Se decía que el hombre que conseguía subir hasta lo mas alto del islote, se convertía en mujer, y a la inversa, si era mujer, se convertía en hombre.
La curiosidad de los jóvenes acerca de estas leyendas era más fuerte que su propio miedo al ver que el mar poco a poco se iba rizando y una fuerte brisa empujaba la embarcación de babor a estribor. Cuando se percataron de que la situación empeoraba, decidieron anclar el llaut a las orillas del islote y bajar a tierra. Dieron allí con un submarinista que, según decía, llevaba dos semanas en el islote inspeccionando sus aguas, con fines científicos, y hasta esa fecha, nadie se había acercado por allí, por más que sí había visto a algún pescador con su barca por los alrededores.
Se interesaron por saber qué interés especial podían a tener aquellos parajes submarinos, y para desengañarles de su ignorancia, orillando el verdadero fin de sus incursiones submarinas, empezó a contarles curiosas historias acerca de todo lo que había inspeccionado en la zona. Aseguraba, por ejemplo, haber visto una rara luz, que diariamente, a las doce de la noche, se adentraba rauda en el mar, sin dejar rastro alguno, sumergiéndose en las profundidades de aquellas aguas azules.
Y es que en Es Vedrá jamás se había conseguido saber la profundidad del mar, que todos consideraban insondable, como si no tuviera límite, ya que te sorprendía la oscuridad más profunda, antes de encontrar fondo.
Los
jóvenes escuchaban perplejos y no sabían si dar fe a lo
que aquel científico les estaba contando. Sí parecía
cierto que había permanecido allí varios días, porque
tenía los recursos necesarios para subsistir por algún tiempo,
pero el barco que lo había llevado al islote, tardaría tres
días más en recogerlo.
Al rato de estar en tierra, el mar comenzó a enfurecerse y el ancla del llaut se soltó, de modo que nuestra embarcación, cabeceando, acabó por perderse, poco a poco, en el horizonte. Neus y María perdieron los nervios y rompieron a llorar asustadas, ya que sus familiares no sabían nada de su paradero y en pocas horas notarían su ausencia.
La verdad es que estaban a pocas millas de la costa, pero qué podían hacer. Sólo esperar la embarcación que recogería al buzo, tres días después, o esperar a que alguna patrulla, alertada por los padres, recorriera isla de Ibiza y pudiera encontrarlos.
Mientras tanto, nadie sabía qué hacer. Había motivos más que sobrados para sentirse desconcertados, por lo que el susodicho submarinista intentó calmarlos como mejor pudo, y les prometió que no pasaría nada, que pronto estarían a salvo, porque no tardarían en ir en su búsqueda, apenas les echaran en falta.
Con todo, esa tarde no hubo tanta suerte y tuvieron que pasar la noche allí, faltos de comida para todos; y en atardecer, empezó a refrescar.
Llegadas las doce de la noche, faltos de cualquier otro aliciente, animados por el submarinista, todos fueron hacia la zona donde decía él haber visto, en esa misma hora, la misteriosa luz. Pep se había quedado retrasado con Neus, haciéndole compañía, porque se encontraba muy a disgusto y no soportaba el frío, por la brisa que recorría el islote. Mientras tanto, los demás jóvenes, curiosos, comentaban ansiosos lo que el submarinista les había contado, a la espera del fenómeno. Y así fue.
Llegados al sitio oportuno, no tardaron en percibir un ruido extraño, al tiempo que aparecía y acrecía por momentos una luz muy intensa, que repentinamente también, después de hacer un giro enigmático, desapareció en el mar en cuestión de segundos, sin dejar rastro.
Quedaron todos muy impresionados y, no sin cierto miedo, comenzaron a preguntarle al submarinista qué explicación podía tener todo aquello, y él se limitó a contarles que el misterio acontecía noche tras noche, a la misma hora y en el mismo lugar, y no tenia ni idea de qué pudiera ser, porque ocurría todo con tal rapidez, que ni daba tiempo a fijarse uno demasiado, como ellos mismos habían podido apreciar.
Fueron corriendo a contárselo a Pep y Nuria, que no acaban de creerselo.
Unos y otros pasaron toda la noche en vela, pensativos y un tanto avisados, porque no sabían qué secuelas podría comportar todo aquello. En todo caso, no dejaba de asaltarles la la curiosidad por llegar a saber qué se escondía detrás de tan rara luz. Se preguntaban de dónde saldría y cómo podía, con tanta rapidez, desaparecer en el mar. Los libros no registraban semejante fenómeno.
Vicent,
que era el mas arriesgado, decidió que a la mañana siguiente
se sumergiría en el agua, por si pudiera existir algún indicio
de la extraña luz. Pep y Carles, aunque menos decididos, prometieron
acompañarles. María y Neus, en cambio, se opusieron en redondo,
porque no querían quedarse solas. El submarinista las tranquilizó
advirtiendo que no sucedería nada y de que no era nada fácil
dar con el misterio, a juzgar por su propia experiencia. Al final, Carles,
muy correcto, se ofreció a quedarse con ellas. Y así lo
hicieron.
Nada más amanecer Vicent, Pep y el submarinista se sumergieron en el mar; los dos primeros a pulmón, pues tenían mucha práctica y podían descender a varios metros.
Nadaron hacia un lado y hacia otro, y de pronto, para su sorpresa, pudieron observar un ir y venir continuo de extrañas luces como inquietas. Emergieron al punto y preguntaron a las chicas y a Carles si habían visto algo, porque se trataba de una luz cegadora que tenía que haber llegado a la superficie. Era algo así como colosales peces de luz, como peces de cristal radiante que cegaban la vista. Pero na había manera de soportar aquella irrupción luminosa.
No supieron dar razón de semejante fenómeno. Jamás averiguaron qué escondían las aguas del islote, por más que lo intentaron una y otra vez.
Aquel mismo día pudieron regresar a Ibiza, descubiertos por un pescador lugareño que los acercó a tierra.
Desde entonces, cada verano, vuelven a la isla como quien va a una cita obligada, y se complacen en contemplar un día y otro día las extrañas y enigmáticas luces, cuya razón de ser nadie se explica. ¿Luces o peces?
Andrea Peris Catalá