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57. San Antonio predica a los peces y convierte a los herejes.

"Y todas las criaturas que están bajo del cielo, según su naturaleza, sirven, conocen y obedecen al Creador mejor que tú". (San Francisco, Admonición 5.)

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San Antonio de Padua predica a los peces, quienes oyen con atención. El amor a la creación es una de las consecuencias del espíritu de Asís. San Francisco predica a las aves; san Antonio, a los peces. Dicen las crónicas que los peces atendían con gran atención.

En el cuadro se ha pintado un pasaje de la vida de san Antonio, aquel en la que dadas las reticencias de los habitantes de Rímini ante su explicación de la Palabra de Dios, decidió hacer partícipe de ella a los animales del mar. En la orilla comenzó su predicación y a él se acercó un gran número de peces para escucharle con evidente interés. 

El asunto muestra este milagro: san Antonio está en pie junto a la orilla y frente a él su particular audiencia. La luz del cielo, pintada con tonos blancos, baja las aguas y a los animales y los destaca así en la composición. Por el contrario, los incrédulos ciudadanos contemplan sorprendidos esta predicación milagrosa emboscados entre las matas. 

La soltura de la pincelada en la descripción de la vegetación ha mantenido su rasgo para la sumaria presentación de los rostros. El santo, cuyo gesto indica la acción, comparte importancia en el conjunto con los peces que le acompañan. 

En este cuadro es tan valioso el acontecimiento milagroso como el hecho de la predicación, uno de los pilares de la orden franciscana.