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3. Francisco se menosprecia a sí mismo

"La humildad y paciencia que se demuestra en la contrariedad, ésa se tiene y no más" (San Francisco, 13 adm.)

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El pasado elegante y jovial y su figura asceta y destrozada por la renuncia absoluta y entrega a Cristo, debió de constituir un contraste perturbador para la gente sencilla de Asís. A Francisco se le honraba, se le estimaba, se le adoraba por la gracia, la juventud, el ingenio, el buen gusto en el hablar y en el vestir, y las dotes naturales que le conferían singular atractivo y prestancia.

Contra esa fama y contra esa estimación intrascendente procede ahora así vestido, la túnica raída y con una cruz de palo en las manos. La reacción popular es desigual: los amigos se esconden, los parientes le menosprecian y se apartan, la gente le contempla entristecida o indiferente, los niños, menos considerados, le persiguen, le apalean con vástagos vegetales, como procederían contra un loco.

Francisco va adelante sin volver su rostro: el mundo ha muerto para él. Al fondo, el castillo de los señores del lugar, imagen emblemática y lejana de su pasado ennoblecido y gentil.

Destaca en la composición la amplia perspectiva del paisaje y de la ciudad, apunte del natural. El monumento que se distingue sobre el monte es la Roca Mayor de Asís, una fortaleza medieval. La suavidad del color y de la luz recrea una eficaz perspectiva aérea.