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Día noveno

MEDITACIÓN. Las obras de misericordia

1. Una última lección vamos a aprender en nuestro glorioso patrón: su amor a los pobres. Pregónalo a voces la «obra del pan de San Antonio». Los artistas la han hecho popular al representar al Santo Paduano alargando a un pobre su limosna de pan.

Al partir Jesús de este mundo, se quedó entre nosotros, sacramentado. Pero también de una manera mística: en persona de los pobres y desgraciados. Por eso dijo: «Cuanto hiciereis a uno de éstos, a Mí me lo hicisteis».

Los desvalidos de este mundo son los que más al vivo retratan su figura. El Profeta le llamó, en efecto, varón de dolores. Y más que su figura, su vida. ¿Qué niño no tiene al menos un pobre lecho para nacer? Pues Jesús no tuvo más que un pesebre. Durante sus años de apostolado pudo afirmar: «Las raposas tiene guarida, y las aves del cielo nido ; mas el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza» (Mat., 8, 20). Y como nació, así murió: en la indigencia de una cruz por lecho.

San Antonio de Padua. México Nada extraño, pues, que en la sentencia que se dictará , en el juicio final, sólo se mencionen las obras de misericordia: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui peregrino, y me hospedasteis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado, y vinisteis a verme» (Mat 25, 35). En estas obras de misericordia quiere encerrar el Señor, «toda la Ley y los Profetas». ¿Por qué? Porque en el pobre y desgraciado está místicamente personificado el propio Jesús. De ahí la sentencia del Espíritu Santo: «Aguarda un juicio sin misericordia, al que no usó de misericordia» (Santiago 2, 13)- Pero «la misericordia sobrepuja al juicio». Aplícate estas verdades, comenzando ya ahora a asegurarte la benevolencia del justo juez en el día de la cuenta.

II. Dios es tan providente, que ha dispuesto que el rico se salve por el pobre, así como el pobre salva su vida temporal por el rico. Hay un banco de la vida eterna, donde se pueden con seguridad depositar valores; con la particularidad de que los valores temporales se transforman allí en valores eternos. Ese banco está en las manos de los pobres.

Cuán prudentemente obra el que pone a buen recaudo sus bienes, favoreciendo a los desgraciados! Acostúmbrate ya tú, colegial, a granjearte amigos en los pobres, a constituir caudales seguros. Tenlo a gran honra y dicha poderte privar de un capricho para socorrer a un desdichado; rebajarte a prestar un servicio a un indigente; ayudar al desvalido; decir una palabra de consuelo al triste. Mira que el carácter se forja en la niñez. Si ahora cobras afición a hacer bien al necesitado, cuando tengas tu posición independiente sabrás cumplir tu deber de misericordia. Mas si ahora cierras tu corazón ante el indigente, el día de mañana no lo abrirás a remediar las necesidades. Hoy no podrás hacer grandes obras de misericordia; pero sí puedes ser muy misericordioso; y con ello caer ya bajo aquella bendición del Señor: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». (Mat., 5, 7).

EJEMPLO

En Marzo de 1890, una piadosa señora de Tolón, dueña de una modesta tienda de lienzos situada en la calle de Lafayette, al abrir su almacén observó que había perdido la llave. Llamado el cerrajero, probó éste cuantas llaves maestras tenía en su taller, y no logrando su objeto, trató de descerrajar la puerta; mas la señora Luisa Bouffier, que así se llamaba la dueña del establecimiento, acordándose en aquel instante de San Antonio de Padua, se sintió movida a ofrecerle una limosna de pan en favor de los pobres si se abría el almacén sin arrancar la cerradura.

--Aguarde usted, maestro -dijo-. Acabó de ofrecer una limosna a los pobres, si San Antonio hace un milagro; pruebe usted de nuevo cualquiera de las llaves que acaba de usar.

Lo hizo así, y la primera llave que introdujo, abrió la puerta, sin ofrecer la más pequeña resistencia.

Grande fue la sorpresa y la gratitud de la piadosa señora Bouffier, y no menos la admiración de las personas que presenciaron el suceso; tanto, que algunos días después eran ya muchas las qué acudían a San Antonio. en sus necesidades, ofreciendo limosnas de pan, y que, cumplidos sus deseos, se empleaban en la obra de misericordia de dar de comer al hambriento.

Una amiga de la señora Bouffier, testigo de los primeros milagros, hizo promesa de dar un kilogramo de pan diario durante toda su vida, si lograba que cierta persona de su familia abandonase un vicio que desde antiguo le esclavizaba. A poco, la gracia fue concedida, el vicio desapareció, y la señora, además de comenzar a cumplir puntualmente su promesa, compró una estatua de San Antonio y se la regaló a la señora Bouffier para que la colocase en un cuartito de la trastienda, convertido en improvisado oratorio.

A contar desde ese día, fueron innumerables las gentes que comenzaron a acudir a aquel rinconcito a pagar al Santo los favores y gracias recibidos. Algún tiempo después, ascendía a medio millón de francos el importe de pan que la señora Bouffier repartía mensualmente a los pobres. Pronto se estableció esta obra en las Iglesias, con los cepillos del pan de San Antonio. Y hoy día son innumerables los pobres que se ven socorridos en todo, el mundo gracias a la compasión del Santo Paduano. Es que nuestro Santo ha querido proseguir en el cielo la labor comenzada acá abajo. Fue en la tierra padre de pobres, y en el cielo, ha continuado ejerciendo su misericordia. ¡Qué estímulo para nosotros!

ORACIÓN

¡Oh glorioso Taumaturgo y amable protector nuestro San Antonio! En este día en que el Colegio se reviste de esplendores para publicar la devoción que por Ti siente, levantamos nuestras voces suplicantes, pidiéndote como fruto de este novenario con que hemos pretendido honrarte, lleves cuenta de nuestras almas, plantando en ellas la semilla de las virtudes que hemos admirado en la tuya, y cuidando de su desarrollo y crecimiento. Puesto que tanto celo tuviste por la salvación de las almas, no Te olvides de las nuestras. Que siguiendo tus santos ejemplos y copiando en nuestra vida aquella caridad que sentías por los menesterosos, logremos escuchar un día de labios del justo Juez aquella sentencia de favor: «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino de los cielos». Amén.

Oración final, responsorio...