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Día octavo
MEDITACIÓN. El problema misional 1. Los artistas representan a menudo a San Antonio rodeado de algunos niños paganos. Esta imagen hace alusión a los entusiasmos misionales del Santo y a la protección que desde el cielo dispensa a los misioneros. Para nosotros es, a la vez, una lección y un estímulo. El joven que al inclinarse sobre el mapa mundi no lee en él más que nombres de naciones, de montañas, de ríos, etc., no vive en su plenitud el programa de vida cristiano. El que, al fijar sus ojos en el Crucifijo no ve más que un Dios que padeció un día por la humanidad, no tiene el verdadero concepto de Cristo. ¿Qué hemos de hallar, pues -diréis-, en el mapa y en el Crucifijo? En el Crucifijo... unas llagas divinas todavía sangrantes ; un corazón que palpita por hacer llegar su Sangre redentora a los mortales; un alma sedienta de conquistas, pero cuyas ansias se apagan al tropezar con la frialdad de los hombres; la Sangre de un Dios, en fin, que, después de dos milenios que brota del manantial abierto por la lanza de Longinos, todavía no ha logrado purificar y vivificar más que una pequeña porción de la tierra, ya que la mayor parte de ella continúa envuelta en las tinieblas del error y del pecado.
El que así sabe mirar al Crucifijo, sabe también, al abrir el mapa, leer conceptos que al profano pasan inadvertidos. Aquí siente magníficas esperanzas; allá, duelos sin precedentes, tal o cual gobierno que pone diques a la extensión del reino de Dios; tal otro país, donde el reino de Cristo progresa. En resumen, halla un mundo que en su mayoría no conoce todavía a su Rey, ni tiene idea de lo que a ese Rey divino costó su rescate, ni de los afanes de Cristo por salvarlo. Los datos, en verdad, son abrumadores. Asia, con sus 44 millones de kilómetros cuadrados, donde vive más de la mitad de la humanidad, no tiene ningún país católico. Tampoco África, con sus 30 millones. Ni Australia, con sus nueve millones. Y en Europa y América, donde se conoce a Cristo, la mitad de sus habitantes no tienen concepto del Cristo verdadero; es decir, no pertenecen a, la Iglesia Católica. Más de media humanidad -y esto es verdaderamente imponente- está sumida en el paganismo. Y de la mitad restante todavía hay casi un tercio de judíos o mahometanos; y otro de herejes o cismáticos. Sólo la tercera parte que resta, está bautizada en católico. ¿Qué cristiano puede permanecer indiferente ante cuadro tan desolador? II. Impresiona el pensarlo. Pero conviene que lo recordemos. Hay más de 1.600 millones de almas que se pierden, por no encontrar quien les lleve la luz, porque no hay quien pueda servir de canal que desde el costado de Cristo conduzca hasta ellas la Sangre redentora. Dios mío, y ¿permaneceré insensible ante cifras tan aterradoras, y sordo a los gemidos de tantas multitudes de infelices, e impasible a las ansias de mi Rey crucificado? El Profeta, al escuchar los tanteos del Altísimo en busca de un celador y promulgador de su ley, se levanta con decisión y dice: «¡Heme aquí, envíame!» ¿Por qué no ha de ser también ésta mi respuesta? ¡Heme aquí, Dios mío; envíame! ¡Quiero llevar tu luz a los gentiles; tu Sangre redentora a "las almas! Joven, los caminos de la vida están todavía abiertos ante ti. ¿Serías capaz de consagrarte al servicio exclusivo de la causa de Cristo Rey? Y aunque no te sientas llamado a misión tan alta, atrévete, sin embargo, a decir también: ¡Heme aquí, Dios mío; envíame! Quiero ser misionero, al menos ayudando con la palabra, con la oración, con la limosna, con mis flacas fuerzas, a aquellos a quienes Tú sellas con el signo indeleble de la santa inquietud por salvar almas. No es esto, querido colegial, ninguna hipérbole, ni metáfora. No hay cristiano que no tenga el santo deber de sentir el problema misional, así como no hay cristiano que no deba sentir con Cristo. Tú, que por tus juveniles años percibes más fuertemente el aleteo de nobles ideales, lo comprenderás, sin duda, mejor. Resta que procedas en consonancia con tu convicción. EJEMPLO El año 1219, y cuando contaba Antonio veinticuatro años de edad, llegaron a Coimbra, para embarcar rumbo a Marruecos, cinco religiosos franciscanos, enviados por el seráfico Padre San Francisco a misionar a los musulmanes. Providencialmente se hospedaron en el monasterio de canónigos regulares de Santa Cruz, donde a la sazón residía nuestro Santo. El trato con aquellos penitentes y apostólicos varones le edificó tanto, que, cuando dejaron el monasterio para proseguir su viaje, con ellos se fué también el corazón de nuestro fervoroso joven, encendido en anhelos de ser testigo de la fe, de derramar su sangre por Cristo, de convertir a la verdad a, los engañados secuaces de Mahoma. En estos santos deseos se consumía su alma, cuando llegaron a su noticia
las nuevas de sus gloriosos martirios, y recogidos después de grandes
fatigas y pesquisas los cuerpos de los santos mártires por piadosos cristianos,
fueron trasladados solemnemente a Coimbra y depositados en el monasterio
de los Canónigos regulares de Santa Cruz. Los deseos del canónigo regular
se convirtieron entonces en decisión firme de vestir el hábito franciscano,
a fin de poder ir también a tierra de infieles y dar su vida por Cristo. Los ardores de Fray Antonio iban creciendo a medida que la nave le acercaba a las playas musulmanas. Allí, empero, aguardaba un recio golpe a sus entusiasmos misioneros. Apenas pisó la tierra africana, le postró en el lecho del dolor una grave enfermedad, que vino a demostrar no ser la voluntad del Señor que consumara el sacrificio de su vida en manos de los infieles, sino que tornase a Europa para convertir a los pecadores, enfervorizar a los tibios y edificar a los más perfectos. El joven franciscano aceptó resignado aquel fracaso, convirtiéndolo en triunfo de la causa pie Dios, y volvió a embarcar rumbo a su patria. Una fuerte tempestad se encargó de encaminar el bajel hacia las costas de Sicilia, preparando así el camino que la Providencia señalaba a sus conquistas. Antonio fue así misionero de hecho, por haber logrado publicar el nombre de Cristo, aunque desde el lecho en que estaba postrado, en tierras de infieles; pero sobre todo misionero de corazón, por los anhelos que acarició en su joven alma, de iluminar a las gentes. envueltas en las sombras del error y de fecundar con su sangre aquellos países de infieles. ORACIÓN Oh Dios, que quieres se salven todos los hombres v conozcan la verdad;
infunde en nuestras almas los ardores misioneros que abrigaba el encendido
corazón de San Antonio; a fin de que, impulsados por el afán de la extensión
de tu reino y sintiendo verdadera sed de almas, pongamos todas nuestras
fuerzas a contribución de la conquista del mundo para tu Nombre; y así
tu verdad se difunda y sea glorificada, y en todo lugar de la tierra te
sea sacrificada la Oblación pura, y todos los pueblos te conozcan a ti,
único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro.
Que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
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