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Día séptimoMEDITACIÓN.- Apostolado. 1. La imagen de San Antonio ofreciéndonos el Niño Jesús, es también símbolo del verdadero apostolado. El apostolado consiste, efectivamente, en dar a Jesús a las almas. Y si Jesús se desprende de los brazos de Antonio para entregarse a nosotros, es no sólo porque quiere prender en nuestros pechos su fuego, sino también para que irradiemos su. luz y calor. El Señor necesita de apóstoles. ¿Quién no se prestará a satisfacer esta necesidad dé Dios? Son muchas las almas que hay que rescatar, y no bastan las manos de los sacerdotes para llevarlas al redil de los elegidos. ¿Quién de vosotros, colegiales, no se ofrecerá a ayudarlas, para que consigan lo que nosotros poseemos sin mérito propio?
El campo de apostolado es vastísimo. A cada apóstol el Señor le ha señalado una parcela determinada. Son las circunstancias las, que limitan esa parcela, las que definen el propio campo. No sueñes, pues, joven colegial, en apostolados fuera de tu alcance. Piensa en aquello que tú puedes hacer, en las posibilidades que la Providencia pone en tus manos, y ante ese cuadro determinado y concreto, oye la voz de Dios que implora tu ayuda en pro de la extensión de su reino, en el gran negocio de la salvación de las almas. Si entre tus amigos o conocidos sabes que hay alguna «oveja extraviada», forma tu plan de ataque, y no cejes en su asedio, hasta ganarle el corazón para ofrecérselo luego a Cristo, hasta devolverla al aprisco. Hay almas hermosas que serían ornamento de la corona de Cristo, si le conocieran. Proponte revelarles las secretas bellezas que desconocen, internarlas en los misterios del reino Dios, pegarles tu espíritu de santo proselitismo. II. Este apostolado particular no agota tus recursos, ni explota toda
tu fecundidad. Si la acción individual no va enrolada en un plan general,
si a tu apostolado falta la «acción concertada», será menguado su rendimiento,
y, en ocasiones, hasta perjudicial. El joven católico no puede andar «solitario»
y luchar por su cuenta y con método de guerrillas, III. Pero si quieres irradiar a Cristo, es preciso que estés lleno de Cristo. Lleno de su vida; empapado de su doctrina; revestido de sus virtudes. El apóstol es como un instrumento en manos de Dios. Sin unión con Dios, no hay obra de apostolado. Cristo lo ha dicho: «Sin Mí, nada podéis hacer» (Jo., 15, 5). El primer grado de unión lo constituye el estado de gracia, la ausencia de pecado mortal. Mas esto es para un joven fervoroso bien poca cosa. Esa unión debe intimarse y robustecerse por medio de la vida de oración. Donde no existe vida de oración, resulta infecundo todo apostolado. Por eso dice un moderno escritor: «Un apóstol es un cáliz lleno, hasta los bordes, de Jesús, que, al desbordar, da ese Jesús a las almas.» Y añade: «Ante todo, pues, y sobre todo, gran vida interior. Y si dices que no tienes tiempo para orar mucho, pues entonces déjate de. apostolado, y en vez de cultivar almas, riega tu huerto, y así perderás menos tiempo y te expondrás a menos peligros" (P. Mateo. Jesús, rey de amor. Madrid, p 268) No seas tú de los que renuncian, asustados, a empresa tan hermosa. Tu alma, que hierve por nobles ideales, no puede encontrar otro más alto que la conquista de almas. Entra ya desde hoy en esa falange de elegidos, ensanchando la base de tu «divina operación» por una vida de unión con Cristo. Pide a tu padre espiritual un plan de vida, y sométete a el. Entonces comprenderás cuán fecunda en alegrías internas y en resultados apostólicos es la vida interior. ` EJEMPLO La virtud culminante de San Antonio fue el celo apostólico. Su intensidad sólo podríamos medirla descendiendo a la divina- fragua donde se alimentaba, sorprendiendo el incendio interior de su pecho abrasado en un amor inmenso a Dios y al prójimo. De ese amor brotaban aquellos ardores apostólicos a que daba rienda por medio de la predicación. Y en una ocasión en que la malicia de los hombres no le permitió desahogar su celo, se vió precisado y forzado a hacerlo ante la muda naturaleza. Sucedió esto en Rímini, ciudad del Adriático, y asiento entonces de los herejes valdenses. No pudiendo estos estorbar que Antonio predicase allí, dieron a todos los vecinos la consigna de que nadie acudiese a oírle. De esta suerte, haciendo el vacío a su alrededor, y empleando la conspiración del silencio, lograrían, por fin, que se marchase.
Entretanto, se había reunido en la playa un inmenso gentío, lleno de
asombro ante tan extraño acontecimiento. Entonces se volvió el Santo a
los pertinaces herejes y les exhortó a que, siguiendo siquiera el ejemplo
de los mudos habitantes del mar, hicieran reverencia a su Dios. Sus palabras
tuvieron esta vez el deseado efecto: Rímini entró por el buen camino,
y los efectos de la misión fueron asombrosos.
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