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Día sexto
MEDITACIÓN.- La pérdida del Niño Dios.
I. El Niño que ofrece San Antonio desde su imagen a los colegiales, nos da otra, enseñanza no menos divina. El Santo paduano es invocado como protector de los que encomiendan a su cuidado el hallazgo de las cosas perdidas. Verdaderamente la caridad de Antonio se demuestra constantemente devolviendo a sus devotos lo que perdieron. Pero no hay hallazgo más consolador para nuestro Santo, ni don que devuelva con más gusto, que el Niño Jesús, perdido con frecuencia por el pecado, y cuya restitución El ofrece continuamente a las almas.
Recuerda, colegial, que por el
bautismo quedaste convertido en templo de Dios. El pecado mortal es un
monstruo de ferocidad tal, que, después de profanar ese templo y arrojar
de él a su natural Señor, erige allí mismo un trono al diablo. ¡Oh, qué
tragedia tan horrible se desarrolla con ello en el alma! ¡Perder a Dios!
La Virgen perdió un día la presencia corporal de su divino Hijo, y le
fue buscando con lágrimas a mares hasta encontrarle. Tú le pierdes, y
de una forma más triste y, a pesar de todo, ríes, y te diviertes, y comes,
y duermes, como si nada infausto hubiese acontecido. ¡Qué incongruencias!
Y ¿seguirás obrando tan locamente? Y ¿contemplarás aún impávido el caos
que en tu alma introduce el pecado? Y ¿te atreverás a hacer migas con
este monstruo de iniquidad? No, Dios mío. No permitas tal desgracia en
tu siervo. «Alumbra mis ojos, para que no duerman el sueño de la muerte.
Que nunca se gloríe el infernal enemigo de haber prevalecido contra mí»
(Ps.; 12, 4).
II. San Antonio, con el Niño en los brazos, me enseña a apreciar el don de la gracia divina. En consecuencia, mi propósito de hoy será: Si alguna vez tengo la desgracia de perder a Jesús por el pecado, no descansaré hasta que vuelva a encontrarle. Mi consigna: ¡Nunca en enemistad con Dios! Mi decisión inquebrantable: No me acostaré noche alguna en conciencia de pecado mortal. Y caso de no tener proporción de confesarme, procuraré con todas mis fuerzas hacer un acto de contrición perfecta, con la resolución de llegarme cuanto antes al tribunal de la penitencia.
EJEMPLO
Morando San Antonio en Montpeller, admitió a un joven en la Orden. No pudiendo el novicio vencer la inclinación al mundo, se decidió a abandonar el hábito. No se atrevía a despedirse de su Santo Superior, por lo que pensó escaparse del convento. Así lo realizó; pero antes, movido tal vez de santa avaricia, pasó por la celda de Fray Antonio, y le tomó una obra que a la sazón estaba escribiendo sobre los Salmos, y se la llevó consigo. Al volver el Santo, notó con grande extrañeza la falta de su manuscrito. Fácilmente se comprende el sentimiento que debía producirle en su alma de escritor la pérdida del fruto de sus vigilias y meditaciones. Acudió el Santo a la oración, como solía, y con filial confianza suplicó al Señor tuviese a bien devolverle el libro, cuya composición había emprendido por su causa, y cuyas páginas El mismo le había inspirado.
No tardó en ser oído. En efecto, al pasar el novicio fugitivo un río, le detúvo. un espectro o visión, amenazándole con la muerte si no devolvía al punto el robado manuscrito. Aterrado por el miedo, desanduvo el camino, penetró en el convento, y, echándose a los pies del Santo, le restituyó su tesoro, pidiéndole le perdonase. El milagro fue doble: Antonio recuperó el libro desaparecido, y el novicio halló la gracia divina. Este último hallazgo es el que más alegró el corazón de Antonio y el que más alegra aun hoy día al «Abogado de las cosas perdidas». No le niegues, devoto colegial, esa grata satisfacción a tu protector.
ORACIÓN
Oh Dios, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, multiplica tus misericordias sobre nosotros; y por la intercesión de tu siervo San Antonio, haznos aborrecer de tal manera el pecado, que huyamos de él como de la mayor desgracia. Y si alguna vez tuviera alguno de estos tus hijos la desgracia de pecar, atráele entonces fuertemente hacia Ti, no dejando en paz su conciencia hasta que vuelva al abrazo de tu misericordia por la penitencia saludable. Amén.