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Día quintoMEDITACIÓN.- Jesucristo, tu ideal. I. San Antonio es el Santo del Niño Jesús. Le lleva en sus brazos. ¿Simplemente para gozar de él? No. Si nos fijamos en la imagen que preside nuestro altar, notaremos que Antonio está en actitud de ofrecernos al Niño que posa en sus brazos. Más todavía. Jesús parece como que quiera escaparse del regazo de su amado Santo, en ansias de llegarse a sus queridos colegiales. Su camino, en verdad, no es nada halagüeño. «Si alguien quiere venir en pos de Mí, dice El, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mat., 16, 24). Pero tú sientes vibrar juventud en tus venas y quieres transformar tu vida en epopeya. Te exige sacrificios. «No es el discípulo más que su maestro» (Mat., 10, 24). Pero tú aspiras a lo heroico, y no te amedrentan las dificultades. Su programa no admite titubeos ni medias tintas. «El que no renuncia a todo no puede ser mi discípulo» (Lc., 14, 33). Pero también tú odias las transacciones y abominas de las defecciones y de la falta de carácter. Dile, pues, con franqueza y generosidad: «Heme aquí, Dios mío, dispuesto a cumplir tu voluntad.» Jura de nuevo su bandera, y promete seguirle con fidelidad hasta alcanzar la corona que El te señala: la vida eterna. II. ¡Jesús conocido, amado y vivido! ¡Divisa sugestiva! Jesús conocido... Estudia a tu divino Modelo y Preceptor: lee y medita el evangelio; que sean sus divinas lecciones el objeto de tu meditación diaria. Jesús amado... Ámale con pasión, con delirio, con voluntad decidida al sacrificio, anteponiendo su querer a tus caprichos, el deber a la veleidad de tus gustos. Jesús vivido... Vive verdaderamente a Cristo, cuidando de retratarle en tus pensamientos, en tus palabras, en tus gestos, en tus obras, y no consintiendo que le arranquen de tu alma las olas tempestuosas del alborotado mar de la vida. He aquí una vida que merece ser vivida; un ideal, que merece ser él tuyo. EJEMPLO La imagen de San Antonio con el Niño en brazos tiene su fundamento histórico en la siguiente visión, que ha inmortalizado Murillo. Se ospedaba el Santo una noche en casa del conde Tisso III de Camposampietro, conocido en las historias por el sobrenombre de El Borghese, en Padua, y notó éste que por las rendijas del cuarto salían rayos de extraordinaria luz. Corrió el caballero hacia el aposento con santa curiosidad, y vio al Santo abrazado a un preciosísimo niño -el Niño Jesús-, que dulcemente le acariciaba. Quedó Tisso sorprendido de admiración, advirtiendo los tiernos besos que el Santo daba al Niño y el dulce embeleso en que estaba absorto Antonio. Vuelto el Santo del éxtasis, salió de su cuarto y se fue al amigo, dándole a entender que sabía bien había observado la aparición, y le suplicó con grande insistencia que callase; y, en efecto, calló mientras duró, la vida del Santo; pero después de su muerte, El Borghese la publicó, en honor de su amigo; y siempre. que se le preguntaba, la refería con tantas lágrimas que mostraba bien el efecto que en él había causado tal vista. Para Antonio, Jesús lo era todo; así como Antonio era todo de Jesús. ¡Qué dulce reciprocidad de afectos! Y tanto, que no fue ésta la única vez que Antonio gozo de la admirable visión del Niño-Dios. Imitemos, aquellos ardores. ORACIÓN Oh Señor Jesucristo, Luz viva e indeficiente, que envolviste de luminosos
resplandores a tu confesor Antonio y le regalaste con tus dulces caricias;
deja sentir a nuestras almas una partecilla de los ardores de caridad
de tu Santo, y concédenos como premio de nuestro amor gozar un día de
tus divinos abrazos en la gloria. Amén.
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