|
|
![]() |
|
38066
|
Día cuartoMEDITACIÓN.- La lucha por la vida eterna. I. En el reverso de la medalla antoniana se halla inscrita la Bendición del Santo, que reza así: «He aquí la Cruz del Señor; huid, enemigos de la salvación. Venció el León de la tribu de Judá, la raíz de David. Aleluya». Junto al lirio, la cruz, espada del luchador, del que pelea por la vida eterna. Y es que la virtud no puede anidar en el alma, si ésta no lucha decidida contra los ardides del demonio. "¡Es suerte trágica la de ser hombre! Ser hombre significa: amar el bien, y, no obstante, sentirse atraído por el mal. Ser hombre significa hacer nobles propósitos en medio de un entusiasmo ardoroso, y sentirse débil cuando se trata de cumplirlos. Ser hombre significa encaminarse hacia Dios, y quedar preso con frecuencia en medio del fango" (T. Toht.- Creo en Dios. Madrid 1939 pág 282). El hombre que quiere conservar su dignidad, necesita por lo mismo estar continuamente en pie de guerra. Ya dijo Job que «la vida del hombre sobre la tierra es milicia» (Job, 7, 1). Milicia contra las bajas inclinaciones; milicia contra las seducciones del ambiente; milicia contra las malas artes de Satanás. «No es sólo nuestra lucha, dice el Apóstol, contra la carne y la sangre, sino también contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos que pueblan los aires» (Eph., 6, 17). Y Satanás toma como principales aliados e instrumentos a la carne y al mundo. No durmamos, pues. El cristiano debe estar siempre en pie de guerra; armado con las armas de los sacramentos, de la oración y de la mortificación. II. ¡La mortificación! Es palabra que creen muchos exclusiva de los claustros. Y, sin embargo, San Pablo la recomienda, a todos los cristianos, cuando escribe: «Mortificad vuestros cuerpos» (Col.,'' 35). Luego también tú debes tomar parte en esta mística procesión de «flagelantes», en este escuadrón de «cruzados». Mortifícate, aceptando las cruces con que tropiezas a cada paso: las inclemencias del tiempo, el malestar corporal, el trato con compañeros antipáticos. Mortifícate, sometiendo tu cuerpo y tu alma a la «disciplina» del cumplimiento exacto del deber: en el estudio, en las clases, en los. recreos, guardando el silencio y la compostura debida en los actos de Colegio, observando con minuciosidad todas las prescripciones del Reglamento. Mortifícate, apagando en tus labios toda palabra de queja: quejas de la comida poco sabrosa, de una reprensión que te parece injusta, de una orden desagradable. Mortifícate, privándote de una diversión lícita, prestando un favor, atendiendo a quien ves sufrir, renunciando de tu derecho por no herir a un compañero. Mortifícate también echando mano de esas mortificaciones corporales voluntarias que parecen pequeñeces, pero que dicen mucho al Señor, que lee la buena voluntad. Este ejercicio de la mortificación te enseñará a tener a raya tus pasiones, y con ello quitarás a Satanás el principal asidero que posee para penetrar en tu alma. Aunque Antonio era un ángel en carne humana, no dejó olvidados los medios que los, maestros de espíritu prescriben para ahuyentar los peligros de la tentación; y, así trató. su cuerpo con más rigor que haya podido hacerlo el mayor pecador arrepentido de la enormidad de sus culpas. Su poder sobre el demonio era grande en vida, y ha seguido siendo igual o mayor desde que reina con Cristo en los cielos, realizándolo muy particularmente por medio de la llamada Bendición de San Antonio. Tiene ésta su origen en el siguiente relato histórico: Una mujer se veía muy angustiada por el demonio, quien le sugería la idea de que, para merecer el, perdón de sus pecados, era necesario se arrojase al río. Cayó en la tentación y se dirigió al agua; mas entrando antes en una iglesia de franciscanos, se postró ante la imagen de San Antonio, pidiendo la salvación de su alma. Quedó dormida, y en sueños le pareció que el Santo la disuadía de su mal propósito, entregándole un papel que contenía el texto de la bendición antes reproducido. Le ordenó el Santo que llevase siempre consigo este papel; y al despertar, lo halló suspendido de su cuello, quedando al instante libre de la tentación. Empleemos los medios que empleó San Antonio, y valgámonos del celestial remedio de su bendición, para ahuyentar al tentador y permanecer fieles a Cristo-Rey. ORACIÓN Oh Dios, que conoces la flaqueza de tus siervos, robustece nuestra voluntad en el bien, y debilita con la influencia de tu gracia el furor de las malas pasiones; y por el poder que concediste a tu siervo San Antonio contra los ardides del demonio, haz que sintamos su protección en nuestras luchas contra el poder de las tinieblas. Por Cristo Señor nuestro. Amén.
|