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Día tercero

MEDITACION.-  La virtud de la pureza

San Antonio de Padua. El GrecoI. El Patrón de las juventudes antonianas ofrece a sus  deyotos el lirio inmarcesible de la frescura de su alma, de la pureza, estimulando a todos solazarse en sus divinos aromas. He aquí la lección que en este día debemos aprender de San Antonio.

La pureza es la diafanidad del alma. Ella pone el espíritu humano en condiciones de que, los rayos divinos le penetren y envuelvan. Es, dice San Francisco de Sales, «el lirio de. las virtudes». Y como el lirio ábrese para recoger en su cáliz el rocío del cielo, así el alma pura está siempre abierta a las influencias celestiales. 

«Dios -escribe San Buenaventura- creó al hombre recto», es decir, con el rostro vuelto a lo alto; pero el pecado le encorvó, obligándole a mirar al suelo. La pureza es la virtud que nos devuelve la primitiva rectitud, el mirar arriba, el tener el, rostro vuelto al cielo. Por eso, si el pecado feo rebaja al hombre al nivel de los brutos, la pureza le asemeja a los ángeles. ¿A qué número quieres pertenecer tú, joven, al de los que empujan su cuerpo hacia las alturas, o al de los que arrastran su alma hacia las profundidades del vicio?

II. El joven siente atractivo hacia la pureza; admira su belleza; le fascina: el candor de unos ojos inocentes. Como si le recordasen el tesoro de inocencia que un día poseyó y ahora añora. También tú, colegial, posees este sentido cristiano. Sé que te atrae el ideal de la pureza, y quieres ser del número de aquellos jóvenes de mirada clara, de aspecto franco, de actitud enérgica y de ágil impulso, que están dispuestos a escalar el firmamento, a conquistar las altas cumbres de una moral sin tacha. Levanta, pues, tu rostro a las alturas. Con decisión y empuje, con optimismo alegré, con coraje santo, penacho al viento, emprende la carrera de tu vida, sofocando los intentos del hombre bajo que se esconde en los rincones de tu alma y se solaza arrastrándote hacia las bajezas del lodazal de las pasiones. No des entrada en tu corazón a sus rastreros intentos. No escuches tampoco la voz falaz, como de sirena, de un mundo vestido de oropel, pero que esconde la inmundicia del vicio bajo tan rico atuendo. Huye de los amigos que encarnan el rastrero ideal de ese mundo corruptor. Ríete de sus halagos, de sus engañosas promesas, de sus diversiones, que acaban en tedio, en hastío, en pecado y en muerte eterna. Aspira a las alegrías sanas de un santo y ordenado vivir, que incuba ya la alegría indeficiente de la Patria. Lucha por conquistarla. No cejes un momento en tu intento. Tu vida debe ser carrera de triunfo, camino de inmortalidad, conquista de una tierra de promisión, que te ha de dar la Generosidad divina, pero que has de ganarte también tú con la fuerza de tu brazo.

EJEMPLO

Dicen los biógrafos de San Antonio, que la pureza fue en él como una segunda naturaleza. Vino al mundo sellado ya por Dios; y por eso, antes de los seis años de edad, hizo voto de consagrar a Dios su virginidad. En su juventud, fue retrato acabado de un ángel en carne humana. Por eso el diablo, no pudiendo sufrir el dominio que aquel joven tenía sobre sus pasiones y la tranquilidad de que gozaba su alma pura  y candorosa, como fiera que acecha su presa, se le apareció un día en forma corpórea, mientras el adolescente subía la escalera del coro de la Catedral. El inocente mancebo, sin perder la serenidad. de su espíritu, hizo entonces con un dedo una cruz sobre la pared. El duro mármol cedió a la blanda presión del dedo de Antonio, y el enemigo malo huyó despavorido ante la señal de la Redención. Todavía hoy se muestra a los fieles esta cruz milagrosa, protegida por una verja. ¡Qué modelo tan perfecto para nuestra juventud! Y ¡cómo defenderá la pureza de sus patrocinados el que, con tanta facilidad ahuyentó al enemigo infernal y se burló de sus asechanzas!

ORACIÓN

Oh Dios, nuestro auxilio y protección, ven en ayuda de nuestra miseria y por la pureza admirable de tu bienaventurado confesor San Antonio, concédenos la gracia de que florezca nuestra carne y nuestro corazón con el vigor de la pureza y por la hermosura de la castidad. Devuélvenos lo que por el primer pecado perdimos, purificando con el
fuego del Espíritu Santo nuestras entrañas; así lograremos servirte con casto cuerpo y agradarte por la limpieza del corazón. Por Cristo Señor nuestro. Amén.

Oración final, responsorio...