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Día segundoMEDITACIÓN.- El deber del estudio I. La imagen de San Antonio suele mostrar un libro, símbolo de la divina sabiduría que enriqueció el alma del Santo. Al colegial le dice algo más ese símbolo. Es como el programa de su trabajo, de la tarea que debe llenar su vida de estudiante. La ley del trabajo es ley general. Si en el Paraíso tenía la misión de procurar el desarrollo y perfección de las facultades humanas, después del pecado lleva, además, el carácter de castigo: "Con el sudor de tu frente comerás tu pan" (Gen. 3, 19). El niño comienza a entrar ya en esa ley general del trabajo. Su tarea no rinde momentáneamente su fruto. Es tarea de siembra. Pero por eso mismo, encierra una importancia que sólo se da a conocer cuando llega, el tiempo de la cosecha. Con el grano que queda ahogado, no se pierde un grano, sino una espiga. Así también con el minuto mal empleado no se disipa un minuto, sino todo el rendimiento del minuto en el tiempo y... en la eternidad. ¿Quién sabe lo que Dios tiene deparado de cada uno de, los alumnos que en estos instantes se ocupan en estos santos pensamientos? El porvenir es un secreto para todos. Pero lo que no es, secreto es que, donde no se siembra, no puede cosecharse; y que los designios de Dios sobre las almas se estrellan con frecuencia en la desidia humana. Colegial, que nunca escuches este reproche de labios de Dios. II. El tiempo tiene rendimiento de eternidad. El hombre, en efecto, no ha nacido tan solo para ser un profesional eminente, sino para que, por ese medio, dé a Dios gloria en vida y merezca después el premio eterno. Mide, pues, colegial, tu responsabilidad, el valor del tiempo que la Providencia coloca en tus manos, como un caudal del que tienes que beneficiarte. No pierdas tesoro tan precioso, del que depende tu porvenir eterno. ¿Qué es un minuto dentro de los 1.440 que componen un día?. Una; parte insignificante, como un grano en la siembra. Pero lo que durante el mismo sembrares en ideas nuevas y en resoluciones santas, saldrá un día, multiplicado, a luz. De los niños que supieron apreciar, esos minutos, salieron siempre los hombres, del mañana, los que supieron encauzar su vida con sentido de eternidad. De los que olvidaron que debían sembrar continuamente, salieron los que prestaron al diablo el asidero del ocio y se pusieron en peligro -de perderse para siempre. No estés nunca con las manos cruzadas, para no dar lugar a que el diablo se aproveche de la tierra preparada de tu alma virgen, y siembre en ella su simiente, la cizaña de malos pensamientos, intenciones perversas, fatiga de obrar el bien, pasiones desordenadas. Pídete todos los días cuenta de cómo has aprovechado el tiempo. Considera como un don del cielo la oportunidad que tienes de educarte científica, moral y religiosamente en el Colegio, oportunidad de la que tantos otros, los más, carecen. No estés contento de tu esfuerzo, mientras el juicio mensual de tus maestros, de los forjadores de tu alma, no sea laudable.
San Antonio fue, desde sus tiernos años, modelo de buenos estudiantes. Todavía muy niño, fue enviado a la escuela de la Catedral dé Lisboa, donde, a más de la instrucción primaria, estudió la gramática, la retórica y la dialéctica, es decir, las materias de lo que entonces constituían la Enseñanza media. A los quince años de edad, vistió el hábito dé los canónigos regulares de San Agustín en el monasterio de San Vicente. Luego pasó de Lisboa al convento de Santa Cruz de Coimbra, principal centro científico de Portugal en aquel tiempo. Allí se dedicó con afán indecible al estudio de la Sagrada Teología, dejando mudos de asombro a sus maestros al ver lo extraordinario de sus progresos en el conocimiento de las ciencias divinas y lo prodigioso de su memoria, en la que retuvo, según se dice, toda la Biblia y los principales pasajes de los libros de los Santos Padres, sin que nunca más se le olvidaran. Campo tan bien abonado dio magníficos y óptimos frutos. Sus contemporáneos, admirados de la sutileza y seguro tiento de su doctrina en la defensa de la ortodoxia, le llamaban «Martillo de los herejes». El celebre Maestro Tomás Gallo, abad de Vercelli, le denominó en una de sus obras «Lámpara ardiente y luminosa». El Cardenal Guido Monfort le tenía por «Padre de la ciencia». El Pontífice Gregorio IX, asombrado de sus conocimientos en las divinas Escrituras, le apellidó «Arca del Testamento». El mismo Seráfico Patriarca ¡magnífico testimonio!- extendió el año 1223, a favor de Antonio, el nombramiento de Lector y Maestro en Sagrada Teología -el primero de la Orden-, oficio que ejerció en Bolonia, donde a la sazón florecían los más esclarecidos ingenios. Y en nuestros días han sido reconocidos sus méritos como maestro de la Ciencia divina, al ser declarado por S. S. Pío XII en 16 de enero de 1946 «Doctor de la Iglesia universal». ¡Cuán sazonados frutos en tan pocos años como vivió! Todo porque la infancia y juventud fueron tiempo de rica siembra. ORACIÓN ¡Oh Dios, autor de toda luz y principio de toda sabiduría y de la ciencia
verdadera! Tú que esclareciste el espíritu del bienaventurado Antonio
con los rayos de tu Esencia, ilumina nuestras mentes con la verdad, y
haz que aprovechemos los talentos de que nos has dotado, a fin de que,
empleándolos para gloria tuya en este mundo, logremos un día
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