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Capítulo 33
| La hermana Clara, por mandato del Papa, bendijo el
pan de la mesa, por lo cual apareció en todos los panes el signo de
la Santa Cruz.
A gloria de Cristo. Amén. |

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Cómo Santa Clara bendijo, por orden del papa, los
panes,
y en cada uno apareció la señal de la santa cruz.
Santa Clara, discípula devotísima de la cruz de Cristo y noble planta
de messer San Francisco, era de tanta santidad, que no sólo obispos y
cardenales, sino aun el papa deseaba, con grande afecto, verla y oírla,
y la visitaba con frecuencia personalmente.
Una vez entre otras, fue el santo padre al monasterio donde ella estaba
para oírle hablar de las cosas celestiales y divinas; y, mientras se hallaban
así entretenidos en divinos razonamientos, Santa Clara hizo preparar las
mesas y poner el pan en ellas, para que el santo padre lo bendijera. Concluido
el coloquio espiritual, Santa Clara, arrodillada con gran reverencia,
le rogaba tuviera a bien bendecir el pan que estaba sobre la mesa. Respondió
el santo padre:
-- Hermana Clara fidelísima, quiero que seas tú quien bendiga este pan
y que hagas sobre él esa señal de la cruz de Cristo, a quien tú te has
entregado enteramente.
-- Santísimo padre, perdonadme -repuso Santa Clara-; sería merecedora
de gran reproche si, delante del vicario de Cristo, yo, pobre mujercilla,
me atreviera a trazar esta bendición.
-- Para que no pueda atribuirse a presunción
-insistió el papa-, sino a mérito de obediencia, te mando, por santa obediencia,
que hagas la señal de la cruz sobre estos panes y los bendigas en el nombre
de Dios.
Entonces, Santa Clara, como verdadera hija de obediencia, bendijo muy
devotamente aquellos panes con la señal de la cruz. Y, ¡cosa admirable!,
al instante apareció en todos los panes la señal de la cruz, bellísimamente
trazada. Entonces comieron una parte de los panes, y la otra parte fue
guardada en recuerdo del milagro. El santo padre, al ver el milagro, tomó
de aquel pan y se marchó dando gracias a Dios, dejando a Santa Clara con
su bendición.
Por entonces estaba en el monasterio sor Ortolana, madre de Santa Clara,
y sor Inés, su hermana; ambas, como Santa Clara, ricas de virtudes y llenas
del Espíritu Santo, y, asimismo, otras muchas monjas. San Francisco les
enviaba muchos enfermos, y ellas con sus oraciones y con la señal de la
cruz les devolvían a todos la salud.
En alabanza de Cristo. Amén.
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