| 
32851

|
Capítulo 29
| El demonio se apareció al hermano Rufino
en forma de Cristo para engañarlo, diciéndole que estaba condenado. |

|
Cómo el demonio se apareció al hermano Rufino
en figura de Cristo crucificado y le dijo que estaba condenado.
El hermano Rufino, uno de los más nobles caballeros de Asís, compañero
de San Francisco y hombre de gran santidad, fue un tiempo fortísimamente
atormentado y tentado en su interior por el demonio acerca de la predestinación.
Esto le hacía andar triste y melancólico, porque el demonio le hacía creer
que estaba condenado y que no era del número de los predestinados a ir
a la vida eterna, siendo inútil todo lo que hacía en la Orden. Como esta
tentación perdurara varios días y él no se atreviera a manifestarla a
San Francisco por vergüenza, no omitiendo por ello las oraciones y las
abstinencias que acostumbraba, el demonio comenzó a añadirle tristeza
sobre tristeza, combatiéndolo, además de con la batalla interior, también
con falsas apariciones exteriores. Una vez se le apareció en la forma
del Crucificado y le dijo:
-- ¡Oh hermano Rufino! ¿A qué viene macerarse con penitencias y rezos,
si tú no estás predestinado a ir a la vida eterna? Créeme, yo sé muy bien
a quiénes he elegido y predestinado, y no creas a ese hijo de Pedro Bernardone
si te dice lo contrario. Y no le preguntes sobre esto, porque ni él ni
ningún otro lo sabe, sino yo, que soy el Hijo de Dios. Créeme, pues, si
te digo que tú eres del número de los condenados; y el hijo de Pedro Bernardone,
tu padre, como también su padre, están condenados, y todos los que le
siguen están engañados.
Al oír estas palabras, el hermano Rufino comenzó a verse tan entenebrecido
por el príncipe de las tinieblas, que estaba para perder por completo
la fe y el amor que había profesado a San Francisco, y ya no se cuidaba
de decirle nada. Pero lo que el hermano Rufino no dijo al santo Padre,
se lo reveló a éste el Espíritu Santo. Viendo, pues, en espíritu San Francisco
el gran peligro en que se hallaba el pobre hermano, mandó al hermano Maseo
a buscarlo. El hermano Rufino le respondió con brusquedad:
-- ¡Qué tengo que ver yo con el hermano Francisco!
Entonces, el hermano Maseo, todo lleno de sabiduría divina, entreviendo
la perfidia del demonio, le dijo:
-- Hermano Rufino, ¿no sabes tú que el hermano Francisco es como un
ángel de Dios, que ha iluminado a tantas almas en el mundo y por medio
del cual hemos recibido nosotros la gracia de Dios? Quiero absolutamente
que vengas a él, porque veo claramente que el demonio te está engañando.
A
estas palabras, el hermano Rufino se puso en camino para ir a San Francisco.
Viéndole venir de lejos, San Francisco comenzó a gritarle:
-- ¡Oh hermano Rufino, tontuelo!, ¿a quién has dado crédito?
Llegado el hermano Rufino, le manifestó punto por punto toda la tentación
que había sufrido del demonio interior y exteriormente, haciéndole ver
que aquel que se le había aparecido era el demonio y no Cristo, y que
en manera alguna debía hacer caso de sus insinuaciones.
-- Si vuelve otra vez el demonio a decirte: «Estás condenado» -añadió
San Francisco-, no tienes más que decirle: «¡Abre la boca, y te la llenaré
de estiércol!», y verás cómo huye en cuanto tú le digas esto; señal de
que es el diablo. Y debías haber conocido que era del demonio al ver cómo
endurecía tu corazón para todo bien; éste, en efecto, es su oficio. En
cambio, Cristo bendito jamás endurece el corazón del hombre fiel, antes,
al contrario, lo ablanda, como dice por la boca del profeta: Yo os quitaré
el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36,26).
Entonces, el hermano Rufino, al ver que San Francisco le decía punto
por punto cómo había sido su tentación, se compungió con sus palabras,
rompió a llorar a lágrima viva y cayó a los pies de San Francisco, reconociendo
humildemente la culpa que había cometido ocultando su tentación. Quedó
así muy consolado y confortado con las recomendaciones del Padre santo
y totalmente cambiado para mejor. Por fin, le dijo San Francisco:
-- Anda, hijo, confiésate y no abandones el ejercicio acostumbrado de
la oración; no dudes que esta tentación te servirá de gran utilidad y
consuelo, como lo comprobarás muy pronto.
Volvió el hermano Rufino a su celda en el bosque, y, hallándose en oración
con muchas lágrimas, he aquí que vuelve a venir el enemigo bajo la figura
de Cristo, según la apariencia exterior, y le dice:
-- ¡Oh hermano Rufino!, ¿no te dije que no debías creer al hijo de Pedro
Bernardone y que es inútil que te fatigues en lágrimas y oraciones, puesto
que estás condenado sin remedio? ¿De qué te sirve atormentarse cuando
estás en vida, si al morir te has de ver condenado?
Al punto, le respondió el hermano Rufino:
-- ¡Abre la boca, y te la llenaré de estiércol!
El demonio, enfurecido, se fue inmediatamente, causando tal tempestad
y cataclismo de piedras que caían del monte Subasio a una y otra parte,
que por largo espacio de tiempo siguieron cayendo piedras hasta abajo;
y era tan grande el ruido de las piedras chocando las unas con las otras
al rodar, que se llenaba el valle del resplandor de las chispas. Al ruido
tan espantoso que producían, salieron del eremitorio, alarmados, San Francisco
y sus compañeros para ver lo que ocurría, y pudieron ver aquel torbellino
de piedras.
Entonces, el hermano Rufino se convenció claramente de que había sido
el demonio quien le había engañado. Volvió a San Francisco y se postró
otra vez en tierra, reconociendo su pecado. San Francisco le animó con
dulces palabras y lo mandó totalmente consolado a su celda.
Estando en ella devotamente en oración, se le apareció Cristo bendito,
le enardeció el alma en el amor divino y le dijo:
-- Has hecho bien, hijo, en creer a Francisco, porque el que te había
llenado de tristeza era el diablo; pero yo soy Cristo, tu Maestro, y,
para que no te quepa duda alguna, te doy esta señal: mientras vivas no
volverás a sentir tristeza ni melancolía.
Dicho esto, desapareció Cristo, dejándolo lleno de tal alegría y dulzura
de espíritu y elevación del alma, que día y noche estaba absorto y arrobado
en Dios.
Desde entonces fue de tal manera confirmado en gracia y en la seguridad
de su salvación, que se halló cambiado en otro hombre, y hubiera estado
día y noche en oración contemplando las cosas divinas si los demás le
hubieran dejado. Por eso decía de él San Francisco que el hermano Rufino
había sido ya canonizado en vida por Jesucristo y que él no dudaría, excepto
delante de él, en llamarlo «San Rufino» aun estando vivo en la tierra.
En alabanza de Cristo. Amén.
|