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Introducción
por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap
El libro de las
Florecillas es una de las obras maestras de la literatura universal;
traducido a todas las lenguas, sigue editándose sin cesar, sin que pierda
actualidad el mensaje fresco e ingenuo de sus relatos.
Algo hay en sus páginas que sigue hablando; y habla de manera especial
a los hombres de nuestra generación, que se encierran en una existencia
impersonal que, prisionera de sus propias conquistas técnicas, añora ese
clima de ingenuidad, donde los valores terrenos -el tener, el poder y
el saber- se relativizan y vuelven a su sentido contingente, en función
de lo único necesario y absoluto.
Es el clima de las Florecillas. En ellas campea esa nueva primavera
traída al mundo por Francisco de Asís. La creación hermana no aparece
manipulada por el hombre, sino amada en sí misma y respetada. Dama Pobreza,
la gran liberadora, pone un guiño de ironía sobre los afanes terrenos
y nos descubre los tesoros verdaderos en la fruición del que es el único
Bien, todo el Bien. Y los hermanos, despreocupados, sencillos, impregnados
de minoridad y de caridad evangélica, se mueven con espontaneidad, sufriendo
y gozando en familia, llevando adelante la inefable aventura iniciada
por Francisco.
¿Quién escribió las «Florecillas»?
Testamento espiritual del primer siglo franciscano, las Florecillas,
no tienen una firma. Fueron escritas por todos aquellos caballeros de
dama Pobreza: el hermano Bernardo, el hermano Gil, el hermano Maseo, el
hermano Rufino..., y por el maestro de todos: San Francisco. Los relatos,
ya poéticos y bellos en su origen por el espíritu que les dio vida, se
fueron transmitiendo de una generación a otra, de eremitorio en eremitorio,
para alimentar aquellos «coloquios espirituales» en que el novicio imberbe
escuchaba, boquiabierto, los recuerdos y las sentencias de los veteranos.
Y, como era normal, al pasar de un narrador a otro fueron adornados y
nuevamente poetizados según la fantasía del mismo, y también según su
posición en la polémica de familia sobre las «intenciones» del Fundador.
La crítica histórica está hoy acorde en atribuir la paternidad de la
compilación, al menos en su mayor parte, al hermano Hugolino de Santa
María (hoy Montegiorgio), que murió hacia el año 1350. La fecha de composición
de Actus viene fijada entre los años 1328 y 1343; el escenario
geográfico y religioso en que brotó es el de la región de la Marca de
Ancona, donde vivió el autor.
Las Florecillas propiamente dichas constan de 53 capítulos,
cuarenta de los cuales relatan episodios de la vida de San Francisco,
de sus compañeros y de Santa Clara, mientras que los 13 últimos están
destinados a dar a conocer las virtudes y gracias extraordinarias de numerosos
santos hermanos de la provincia franciscana de las Marcas.
Significado histórico y espiritual de las «Florecillas»
¿Con qué actitud se han de leer las Florecillas? Para el historiador,
hecho a situarse en el ambiente cultural y humano de cada época, el problema
no ofrece dificultad. Pero puede haber quienes, queriendo leer esos capítulos
con mentalidad del siglo XX, los hallen insulsos, cargados de fantasía
y de visionismo, imagen de un mundo irreal al servicio de gente que evade
la tarea seria del existir.
Desde luego, no hemos de pretender leerlos con la credulidad de los
destinatarios de hace seis siglos. Un sano sentido crítico nos hará discernir
lo que es fruto de la creatividad literaria y aun de la tendencia a los
sueños místicos, que ha existido en todos los tiempos, y lo que hay de
auténtica vivencia cristiana en esos episodios. Cada género literario
tiene su manera propia de narrar y de valorar los hechos; éstos han de
ser vistos en el contexto vivencial de la generación que los ha transmitido.
Las Florecillas no son un libro histórico, en el sentido
corriente de este término. Con todo, si por historia entendemos la visión
dinámica de una época o de una institución, con todos los factores que
la impulsan y la definen, no temo afirmar que las Florecillas
encierran unos valores profundamente históricos; sin ellas, la historia
de la primera centuria franciscana quedaría incompleta, porque no sería
posible percibir el secreto del enorme influjo franciscano en la Iglesia
y en la sociedad. El hecho franciscano no se ciñe a una regla ni a una
orden; es un estilo del ser y del vivir que se capta en los personajes
bien caracterizados de las Florecillas. Por lo demás, también
la leyenda, como producto y expresión de los ideales vividos por una generación,
es verdadera historia.
Y precisamente ese mensaje espiritual es el núcleo que el lector del
siglo XX debe saber descubrir tras el desbroce de lo legendario y de lo
arcaico.
- Francisco hizo escuela, frente al pesimismo cátaro de la ascética
de su tiempo, con su mirada límpida sobre la realidad circundante, sobre
su propia realidad de hombre. Convertido a la vida según el Evangelio,
cambió su visual sobre los valores creados; pero los valores estaban
allí, seguían siendo los mismos: lo bello seguía siendo bello, lo placentero
seguía siendo placentero, lo útil seguía siendo útil. Sólo que el centro
de referencia de la belleza, del goce, de la utilidad, ya no era el
yo personal, sino el amor del Creador.
- Y Francisco estuvo siempre alerta para no hacer víctima de su «apropiación»
abusiva a ninguna de las criaturas de Dios; menos aún a sus propios
hermanos y compañeros de la misma vocación. Tuvo un respeto de fe a
la individualidad, que él llamaba «gracia», de cada uno. Bastaba que
fueran dóciles al «espíritu del Señor y su santa operación» (2 R 10,8).
- Por eso, los protagonistas de las Florecillas se mueven
y se muestran con tanta originalidad, con tanta autenticidad, sin modelos
estereotipados de comportamiento. Francisco, más que un modelo que copiar,
es un indicador, o, mejor, un «espejo de perfección»: el modelo es Cristo,
el «Cristo pobre y crucificado».
El hombre de hoy, receloso instintivamente del anonimato y de la instrumentalización,
de tantos agentes que tratan de invadir su personalidad, tiene necesidad
de volver a dar con el camino de la verdad, que nos hace verdaderamente
libres.
Los personajes de las «Florecillas»
Además del protagonista San Francisco, el «segundo Cristo», van desfilando,
con sus características personales bien perfiladas, las figuras de sus
«caballeros de la tabla redonda». El arte narrativo, por su misma ingenua
inmediatez, ha ido inmortalizando a esos paladines de la gran aventura
evangélica, haciendo resaltar, sin falsearlos, los rasgos de cada uno.
Todos ellos nos son conocidos también por otras fuentes históricas.
El hermano Bernardo de Quintavalle. Las Florecillas dedican los primeros capítulos
a la amable figura del «primogénito» de San Francisco, quien le distinguió
con especiales muestras de afecto y de delicadeza, no sólo por haber sido
su primer seguidor, sino, sobre todo, por su don de contemplación, como
también por su natural propenso a zozobras y depresiones interiores.
El hermano Gil de Asís.
Tercero de los discípulos de Francisco, que lo recibió en el grupo
el 28 de abril de 1208. Hombre de gran experiencia mística y de ingenio
natural penetrante, en ocasiones cáustico, ejerció como cierto magisterio
espiritual entre sus hermanos. Vivió hasta 1262. La Iglesia ha reconocido
su culto como beato.
El hermano Silvestre de Asís. Fue el primer sacerdote alistado en la fraternidad,
ya entrado en años. El día en que el hermano Bernardo distribuía a los
pobres el producto de la venta de sus bienes ayudado por Francisco, Silvestre
fue a reclamar una deuda que éste tenía con él por unas piedras que le
había vendido. Avergonzado más tarde por ese acto de avaricia, fue tocado
de la gracia, y por fin se unió al grupo cuando ya Francisco había obtenido
la aprobación de la «forma de vida». Fue hombre de subida contemplación,
amante del eremitorio de Monte Subasio.
El hermano Rufino de Asís. De familia noble, era
primo hermano de Santa Clara. Entró en la fraternidad probablemente en
1210. Tímido, más bien acomplejado aun espiritualmente, amaba el silencio
y el retiro; le resultaba molesto salir por la limosna y, sobre todo,
ir a predicar. San Francisco, aunque alguna vez lo puso a prueba, fue
siempre comprensivo con él y lo hubiera canonizado en vida. Tomó parte
con los hermanos León y Ángel en la compilación del relato de los «Tres
compañeros». Murió en Asís en 1278 y fue sepultado en la basílica de San
Francisco, lo mismo que Bernardo, Ángel y Maseo.
El hermano Maseo. Es una de las figuras
más populares y castizas del primitivo franciscanismo. Entró en la fraternidad
en 1211. De porte airoso y de maneras gentiles, era preferido por Francisco
por su decir agradable, por su prudencia y porque se daba arte para protegerle
a él de la indiscreción de la gente en sus raptos. Por lo mismo que era
humanamente bien dotado, trabajó durante toda su vida por adquirir la
virtud de la humildad; en ocasiones le ayudaba el Santo en ese empeño,
ejercitándolo intencionadamente. Murió nonagenario en 1280, venerado como
preciada reliquia de los tiempos heroicos.
El hermano León. Es el más celebre de los compañeros
de San Francisco. Era sacerdote. Debido a su gran pureza de alma y a su
sencillez, Francisco lo escogía con frecuencia como compañero y le hacía
confidente de sus secretos. Le llamaba «ovejuela de Dios». Se ha dicho
de él que es como el San Juan de Francisco, su discípulo amado. Era su
confesor y también su secretario. Debió de unirse a la fraternidad en
1210 y vivió hasta 1271. Gran parte de las fuentes biográficas sobre San
Francisco, desde la Vida segunda de Celano, en adelante, se inspiran
en los recuerdos que dejó escritos el hermano León. Fue el único testigo
de la estigmatización de San Francisco. De él recibió el conocido autógrafo
con la bendición y las alabanzas de Dios, que llevó siempre junto al pecho
como reliquia preciosa, lo mismo que la carta de libertad evangélica,
que se halla entre los escritos del Santo.
El hermano Junípero.
Propiamente hablando, no es un personaje de las Florecillas,
que se limitan a mencionarlo en el capítulo 48. a pasado a la posteridad
como el personaje bufo de la epopeya franciscana. Sus extravagancias daban
en rostro a los prudentes; pero San Francisco, que respetaba la «gracia»
particular de cada hermano y sabía descubrir la veta de la auténtica santidad,
solía decir: «¡Quién me diera un bosque de juníperos!» Entró en la fraternidad
en 1210. Santa Clara, que lo apodaba el «juglar de Dios», lo quiso a su
cabecera a la hora de su muerte en 1253. Falleció en Roma en 1258.
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