
Nació en Asís (en el centro de Italia) en 1181, por lo que es
llamado "Francisco de Asís". Francisco procedía de una familia
rica . Su padre era comerciante de telas. Vivió como todos
los jóvenes de su edad y de su época diversas experiencias: las fiestas,
las escapadas e incluso las guerras, durante las cuales fue hecho prisionero y
sufrió enfermedades. Durante su convalecencia, sintió una insatisfacción
profunda ante la vida. Buscó, miró
a su alrededor, pero su pregunta quedó sin respuesta...
Un
día, escuchando un pasaje del Evangelio, le llegó la respuesta a lo que
buscaba: pasar la vida amando a toda la creación. Transformó entonces
su vida, se hizo pobre, tomo la tarea
de anunciar el mensaje de alegría, de esperanza y de amor contenido en
la Biblia, y de llevar la paz a todas las gentes y a toda la Creación.
Se vistió de un sayal gris y se ciñó con un cordón. Se vistió con los
vestidos de los pobres de su época.
Toda su vida se convirtió en una anuncio y trabajo en defensa de la
solidaridad con los pobres, los
disminuidos, los marginados. Denuncia las injusticias y se opone a toda
apropiación. En la oración encuentra su fuerza para amar y para ayudar
a los otros. Un día descubre que toda la Creación forma una
gran familia, una especie de fraternidad universal. Entonces invita
a todos los hombres a cantar al Señor, al amor mutuo y al respeto
de nuestra madre tierra, de nuestra hermana la luna, de nuestro hermano
el sol...
Sus hermanos frailes querían convertir la fraternidad en una orden como
las otras que existían: con grandes conventos, mucha organización, dedicación
al estudio... e intentaron quitarles la gran libertad que tenían de ir
de un lugar a otro y vivir en chozas y lugares abandonados. Eso reportó
a Francisco un gran dolor.
Al final de su vida, resume en el "Cántico del hermano sol"
sus enseñanzas sobre el respeto y el amor que todos los humanos deben
tener hacia todas las criaturas de Dios. Reúne así las preocupaciones
de los que cuidan la defensa de la naturaleza, de los animales y del medio
ambiente. Por esto se le nombró en 1979 "patrón de los ecologista".
El ideal franciscano de fraternidad nace en un momento en que la sociedad
trata de establecer unas relaciones más libres e igualitarias. El feudalismo
que desde cuatro siglos aplastaba al pueblo bajo atándolo a la tierra.
Pero en tiempo de Francisco nace el mundo de las ciudades; un mundo de
comerciantes cuya necesidad esencial es la de circular para ganarse la
vida. Francisco nace en plena edad de oro de los comerciantes. Esta renovación
de los intercambios hace surgir una nueva clase social: los mercaderes.
En un mundo inmovilizado, clavado a la tierra, estos primeros mercaderes
tienen apariencia de vagabundos y de seres marginales.
El despertar del comercio de los siglos XI y XII transforma las ciudades
y hace que aparezcan nuevos burgos, dominados por los comerciantes que
constituyen una verdadera revolución dentro de la vieja sociedad feudal
y rural. Y con el desarrollo de las compras y las ventas toma mayor importancia
el dinero. Monedas primero de plata y luego las de oro. El símbolo de
la riqueza no es ya solamente la tierra, sino también el dinero.
En algunas localidades los comerciantes obtuvieron privilegios económicos
logrando el derecho de mercado. Pero, una vez probada la libertad económica,
aspiraron a la libertad política y exigieron el derecho de administrarse
a sí mismos. Para ello los habitantes de las ciudades se agruparon en
una asociación o comuna. En tiempos de la juventud de Francisco
de Asís aparecen comunas libres que se emancipan del poder feudal
y del sistema social existente. Buscan libertad para administrase y la
igualdad en las relaciones humanas.
El nuevo orden no es una balsa de aceite. Las comunas tienen también
sus tormentas. La nueva sociedad lleva en sí misma lo mejor y lo peor:
mayor libertad y fraternidad; pero al mismo tiempo aparece con toda su
fuerza el amor al dinero, al oro.
En la nueva sociedad de las comunas, el dinero es el rey. Esto hace
aparecer rivalidades entre las comunas. En Asís los habitantes
construyen un cerco de murallas alrededor de la ciudad utilizando las
piedras de la antigua fortaleza feudal que acaban de arrasar. Y las ciudades
vecinas hacen otro tanto. Están siempre alerta y a veces se atacan unas
a otras. Así es como la ciudad de Asís se lanzará contra Perusa.
Francisco de Asís nace en este mundo de las comunas, comparte el ideal
de libertad y de asociación. Pero descubre que el dinero ejerce un verdadero
imperio sobre las personas. Y se da cuenta de que existe un mundo de pobres
y marginados. El Evangelio le revela el camino de la verdadera fraternidad
humana por el camino de la pobreza (la comuna y los comerciantes no lo
lograron por el el camino del imperio del dinero).
Francisco estaba destinado a hacerse comerciante como su padre. Recibió
una instrucción apropiada. Aprendió a leer y escribir en la escuela parroquial,
luego adquirió los conocimientos básicos de cálculo. Hasta tuvo trato
con el latín y fue iniciado en el francés. Acompaña a su padre en sus
viajes de negocios a Francia. En la tienda de su padre demuestra habilidad
y sentido comercial. Sabe vender y gana mucho dinero. Pero lo gasta con
la misma facilidad.
Gusta de fiestas y vale para organizarlas y animarlas y animarlas. Llega
a ser el centro de la juventud dorada de Asís que le aclama como su jefe.
Francisco sueña. Aspira a elevarse desde
la burguesía comercial hasta la nobleza, ser armado caballero. En su sueño,
ve la tienda de su padre convertirse en un palacio cuyas salas resplandecerán
por el brillo de toda clase de armas, colgadas de las paredes. Francisco
tiene veinte años y sueña convertirse en caballero.
Para esto hay que hacer la guerra. Asís está en lucha con la vecina
Perusa. En noviembre de 1202 se enfrentan las dos ciudades en la batalla
de Ponte san Giovani. Los asisienses son derrotados y Francisco es hecho
prisionero. Pasará un año en cautividad.
Pero no renunciará a perseguir la gloria de las armas.
De vuelta a Asís, apenas repuesto de un serio percance en su salud, se
equipará para tomar parte en una nueva expedición militar. Un gentilhombre
de Asís organiza un grupo de soldados que han de ir a combatir al sur
de Italia. Francisco decide partir con él y se equipa de pies a cabeza.
En Espoleto oye una voz interior que le pregunta: "¿Quién puede
darte más, el amo o el esclavo?" "Entonces por qué sigues al
esclavo". Francisco se deja convencer y vuelve a Asís ante el asombro
de sus parientes y amigos que lo tratan de cobarde. Se pone enfermo y
tiene que guardar cama durante largas semanas. Fue un tiempo de soledad,
silencio y reflexión. Cuando vuelve a salir se le nota profundamente cambiado.
Él que no podía soportar la vista de un leproso, puede ahora ir a prodigarles
atenciones. Él dice más tarde que "cuando estaba en pecados, me resultaba
muy amargo ver leprosos. Pero el Señor me llevó entre ellos, y practiqué
con ellos misericordia. Y lo que antes me parecía amargo se me volvió
en dulzura del alma y del cuerpo."
Descubre poco a poco el mundo de los pobres. Al principio desde fuera,
como un rico que da limosna. Pero nota que esto no le acerca al pobre,
sino que le separa de ellos. Para conocer el mundo de los pobres hay que
meterse en él, hacerse uno de ellos. Entonces toma aparte a un mendigo,
cambia sus lujosos vestidos por los harapos del pobre y se mezcla entre
los mendigos que piden limosna. Así aprende qué es ser el deshecho de
la sociedad.
Percibe que no sólo los leprosos y mendigos son objeto de desprecio.
También el pueblo bajo en los talleres es aplastado y humillado. La revolución
comunal ha roto las ataduras de la gente a los nobles (los mayores) pero
ahora esa misma gente, esos pequeños, se ven esclavos de los burgueses
comerciantes. El verdadero amo de la comuna es el dinero. No hay igualdad
ni fraternidad por mucho que se proclame.
Francisco hasta ahora había pasado al lado de la pobreza sin verla,
en medio de cantos y fiestas. Ahora percibe los estragos que produce el
dinero en la sociedad. Ya no sueña en ser noble y caballero, sino en una
comunidad humana más justa, más libre y más fraterna.
Pasa larga horas delante de la imagen del crucificado
en la iglesita de San Damián. Ese Dios no se le parece al de los señores
eclesiásticos, ni es el Dios de las guerras feudales ni de las guerras
santas. Nada tiene que ver con el dinero ni con el poder. Ve que Jesús
"siendo sobremanera rico, quiso escoger el mundo de la pobreza".
Un día oyó que Cristo le dijo: "Francisco, vete y repara mi casa,
que, como ves, se está derruyendo". Creyó que le pedía la restauración
esa ermita y se puso inmediatamente manos a la obra.
La nueva vida de Francisco no le gustó a su padre. No comprendía lo
que le pasaba a su hijo: abandonaba el comercio, frecuentaba los leprosos,
caminaba con los mendigos, gastaba dinero en la restauración de una miserable
capilla abandonada. Su padre se sentía deshonrado por la conductas de
su hijo. Hasta le había robado piezas de tela de la tienda, las había
vendido y había gastado el dinero en la reparación de una iglesia. Entonces
su padre le llevó ante el tribunal del obispo. El obispo le aconsejó que
devolviera el dinero robado. Francisco se lo devolvió y le dio también
toda la ropa que llevaba y desnudo pudo decir: "Desde ahora ya no
llamaré padre a Pedro Bernardone y diré con libertad: 'Padre nuestro que
estás en los cielos' y me iré desnudo al Señor".
Tomó un hábito de ermitaño sujeto con una correa, llevaba un bastón
en la mano y los pies descalzos. Mendigaba su comida por las casas y aceptaba
las humillaciones con paciencia pensando en el Crucificado. Restauró la
iglesia de san Damián. Luego se fue a un lugar llamado Porciúncula donde
se alzaba una capilla muy antigua dedicada a la bienaventurada Virgen
y Francisco emprendió igualmente la reparación.
En esa iglesia de Santa María de la Porciúncula oyó leer en el evangelio:
"Id, proclamad que el Reino de los Cielos se acerca... No llevéis
ni oro ni plata ni dinero, ni bolsa de viaje ni dos túnicas, ni calzado,
ni bastón...". Francisco exclamó lleno de alegría: "Esto es
lo que yo quiero, esto es lo que yo busco". Reparar la casa de Dios
no era solamente poner piedras. Era ir a los hombres como los discípulos
enviados por el Maestro, sin poderío ni seguridad.
Entonces lanza sus sandalias y bastón y sustituye el cinturón por una
cuerda.
En el texto del Evangelio que le ha impactado ve que Jesús llama a sus
apóstoles a una misión. Ve que la cristiandad está sólidamente
instalada y destinada al inmovilismo. Y ahí el evangelio suena raro. Los
apóstoles son invitados a ponerse en camino. Desarraigarse de toda instalación
territorial. Descubre el Evangelio como movimiento de Dios hacia los hombres.
Halla de nuevo la palabra "misión".
La Regla consagra un capítulo a "como han de ir los hermanos
por el mundo". "Cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan
de palabra ni juzguen a otros; sino que sean apacibles, pacíficos y
mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene.
Y no deben cabalgar sino apremiados por una manifiesta necesidad o enfermedad.
En toda casa en que entren digan primero: 'Paz a esta casa'. Y les está
permitido, según el Evangelio, comer de todos los manjares que se les
sirven".
En el texto del Evangelio hay una exigencia de pobreza: "No
os procuréis ni oro ni plata..." En el siglo de los comerciantes
los seres eran valorados cada vez más en función de su oro y plata. Quien
los poseía dominaba a los demás. El oro y la plata creaban nuevas desigualdades
sociales. Donde reinaban, se había acabado la fraternidad entre los hombres.
Privados de "beneficios" eclesiásticos, están sin recursos.
Para vivir están forzados a ayudar en sus trabajos a las gentes de la
región por donde pasan, o a recurrir a la "mesa del Señor",
es decir, a la limosna. Aún más, deben rehusar el dinero, nuevo símbolo
de la riqueza y del poder, el que malogra las nuevas relaciones sociales.
Dice Francisco: "Y los hermanos de ningún modo reciban ni hagan
recibir, ni pidan dinero como limosna. Ni por sí mismo ni por intermediarios".
Los primeros hermanos caminan en seguimiento de Cristo pobre "como
peregrinos y extranjeros"
En el texto del Evangelio ordena Jesús: "En cualquier casa
en que entréis decid: 'Paz a esta casa'". Evangelizar en anunciar
la paz que reconcilia a los hombres entre sí, transformando sus relaciones,
librándolos de toda esclavitud. Sólo se puede anunciar a hombres sin codicia
y sin voluntad de poder. Francisco sabe que no hay paz efectiva y duradera
sino en el respeto de los derechos de cada uno. Intenta lograr el primer
objetivo de las comunas: espíritu de asociación y de fraternidad.
Se hizo amigo de todos los hombres. Y en esta amistad, los hombres menos
recomendables y los más marginados comprendieron que Dios se había acercado
a ellos: nadie era rechazado. Francisco podía decirles: "Él os ha
perdonado, haced vosotros lo mismo. Acogeos unos a otros como Él os ha
acogido".
Francisco manda que "ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio
sobre otros". No son una Orden, sino una fraternidad. Una o dos veces
al año se reúnen en capítulo, durante el cual los hermanos con la alegría
del encuentro se empapan juntos en el espíritu de oración y de alabanza.
En estas asambleas democráticas en las que reina la gran libertad de los
hijos de Dios, los hermanos debaten sobre sus problemas, se comunican
sus experiencias, eligen sus responsables; redactan nuevas leyes y las
promulgan; toman las grandes decisiones que comprometen el porvenir de
la comunidad.
Francisco dijo: "Quiero que esta fraternidad se llame Orden de
Hermanos Menores". "Mis hermanos se llaman menores
precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña
a seguir las huella de la humildad de Cristo". En su época "majores"
eran los ricos burgueses y los "minores" eran el pueblo pequeño
de los talleres y de los sótanos, de los criados.
La humildad a que los llamaba no era sólo una actitud interior; tenía
también una dimensión social. Los hermanos no debían ejercer ningún poder
o dominio entre sí ni en la sociedad. El cronista dice que "los hermanos,
sometidos a todos, buscaban siempre el último puesto y trataban de emplearse
en oficios que llevaran alguna apariencia de deshonra". "Deben
gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con
los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos
de los caminos"
No es simplemente una fraternidad de pobres voluntarios que viven en
un universo cerrado, separado del mundo. Debe ser también una fraternidad
con los pequeños y los pobres, un compartir su condición de vida y sus
aspiraciones, esforzándose por vivir en fraternidad con los más desamparados.
¿Cuál es el resorte oculto que impulsa a Francisco a la empresa evangélica?
¿Qué es lo que le da esta libertad, esta agilidad, y, para decirlo toda
alegría? El que pretende volver al Evangelio sólo puede ser un panfletario
que denuncia y desacredita a la Iglesia "establecida", en nombre
de la pureza redescubierta, o bien la del poeta que celebra una experiencia
de admiración. Esto segundo es lo que hizo Francisco. La gracia que el
Señor le dio no fue haber redescubierto el Evangelio de la pobreza -otros
lo hicieron en su época- sino el haberlo redescubierto al mismo tiempo
que el cántico y la acción de gracias. Francisco es un pobre que canta.
Si leemos sus biografías primitivas nos admira la importancia que tiene
el canto en la vida de Francisco. Apenas abandona el tribunal del obispo,
en el cual acaba de romper con su padre, emprende un nuevo camino cantando
las alabanzas del Señor. "De la abundancia del corazón -escribe
Celano, su primer biógrafo- hablaba la boca, y la fuente de amor iluminado,
que llenaba todas sus entrañas, bullendo saltaba fuera... Estando de viaje,
cantaba a Jesús o meditaba en Él, muchas veces olvidaba que estaba de
camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a alabar a Jesús"
(Celano, Primera Vida, 115).
La pobreza evangélica de Francisco no es solamente un desasimiento ascético.
A ejemplo de la pobreza de Cristo que se propone imitar, su pobreza es
un modo de comunión con los más humildes y los más pobres. Es una experiencia
de comunión con la humanidad herida, de la que el leproso fue para Francisco
el símbolo viviente. Sin duda que esta experiencia le aportó un gozo puro
y profundo. Francisco escribe en su Testamento que, al regreso
de sus visitas a la leprosería, en tiempo de su conversión, experimentó
una felicidad indecible: "... y al separarme de los leprosos, aquello
que me parecía amargo, se me tornó en dulzura del alma y del cuerpo".
Francisco quería marchar a encontrarse con los hermanos musulmanes.
Primero fue en Marruecos, pasando por España. Pero se puso enfermo y tuvo
que regresar. Finalmente pudo llegar a Egipto. Quería entrevistarse con
el Sultán, pero los jefes de las Cruzadas se lo desaconsejaron porque
temían lo peor, aunque Francisco y su compañero insistían que querían
ir en son de paz. Los hicieron prisioneros y les llevaron a la presencia
del Sultán. Ante el pudieron predicar la paz y testimoniar el Evangelio
por medio de su vida. Viendo su espíritu pacífico y su sentido de fraternidad
los acogieron sincera y cordialmente. Y les dio un "pasaporte"
para que pudieran visitar los Santos Lugares donde vivió y murió Jesucristo.
Pero hasta allí le llegaron las malas noticias de Italia: algunos hermanos
que no comprendían la "libertad cristiana" intentaban esclavizar
con imposiciones a los hermanos, tales como ayunos, abstinencias, preceptos,
consejos... intentaban hacerles monjes. Francisco habló con el Papa y
vieron la necesidad de que los que querían ser frailes tuvieran un año
de prueba, el noviciado. Y tuvo que enfrentarse con los que capitaneaban
el movimiento de transformación de la fraternidad.
Esto le llevó a abandonar la dirección de la fraternidad. Entonces marchó
al monte Alverna. Y rezaba muchos días y noches. Y ayunaba. Hasta que
comprendió que su fraternidad la llevaba Dios; que no era su obra o su
posesión. El Señor le desnudó de esta "propiedad", la última
que tenía. Desnudo totalmente, sin apropiarse de nada, le quería
el Señor.
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