El Señor me llevó entre los leprosos

Me fui en peregrinación a Roma, a visitar la tumba de los Apóstoles. Allí me puse a pedir limosna mezclado entre los mendigos a la puerta de una iglesia. Le pedía a un mendigo que me cambiara sus vestidos.

El mendigo no se hizo de rogar. La gente no comprendía mi gesto. Yo estaba contento porque había encontrado la Dama que iba buscando, con la que me quería desposar. Era la Dama Pobreza, a la que ya no abandoné nunca.

Me volví a Asís. Vagaba con mi caballo por caminos solitarios de los alrededores de Asís pensando en el rumbo que iba a dar a mi vida. Un día encontré a un leproso en mi camino. Di media vuelta y me marché a todo galope.

Pero al rato reaccioné y me volví al lugar donde había huido del leproso. Le pedí perdón. Le di dinero. Y me atreví a besar su cara desfigurada.

Seguí acudiendo al lugar donde estaban los leprosos, les lavaba, les llevaba comida. Aquello me marcó. Al final de mi vida, cuando quise escribir unas palabras para mis hermanos, como una especie de testamento recordaba perfectamente el momento de mi encuentro con los leprosos.


De mi testamento

El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos.Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo.