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Mis guerras. Espoleto |
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Pero la guerra era la única forma de conseguir un título de nobleza y convertirme en alguien de la clase alta. Por mucho dinero que tuviera mi padre siempre sería un "menor", un perteneciente a la clase baja. Por eso comencé mi segunda guerra. Quise hacer realidad, de nuevo, el sueño de grandeza: llegar a ser "caballero". Se me presentó una ocasión de oro. Salía una expedición de Asís presidida por el conde Gentile, que debía unirse en la Pulla con Gualterio de Brienne, que dirigía el ejército del Papa. Esperaba consagrarme "caballero" en el mismo campo de batalla. Un buen caballo bien equipado y hechos todos los preparativos, me sumé a la comitiva del conde Gentile, que se dirigía a Espoleto.
Al llegar a esta ciudad, tuvimos noticias de la muerte de Gualterio. Debido a este contratiempo, que me truncaba las aspiraciones del joven que llevaba dentro, junto con la fiebre que de nuevo me acosaba, tuve que guardar reposo. Fue tiempo de reflexión, de sueños que parecían querer dar razón a mis deseos, aunque al mismo tiempo me inquietaban, me interrogaban. Sucedió lo siguiente: uno de esos días de mucha fiebre, revuelta la mente por los anhelos de grandeza y los obstáculos que encontraba, me detuve en sueños en un palacio grande y lujoso, con grandes salas y pasillos, y entre estas suntuosas paredes vi abundantes armas, selladas con la cruz, y una bellísima esposa. Esto me sucedió varias veces. En cierta ocasión me llamaron por mi nombre y yo dije que quería ir a la Pulla a combatir, y me preguntaron: "¿Quién puede favorecer más, el siervo o el
señor?" Y en aquel momento quedé desconcertado, como Samuel, y dije: "¿Qué quieres que haga, Señor?"
Yo no sé si entonces entendí algo o nada. Lo cierto es que, enfermo, volví a casa. Había sido el punto de mira de todos los ojos de Asís en mi marcha, pero lo era también a mi regreso, y a la admiración de entonces se unió el cuchicheo de todos por mi poco valor, por mi flojera, por mi poca valía...
En casa pasé mucho tiempo sin comprender el sueño y con calentura, desencajado, enfermo...
Mis amigos notaba que no les hacía caso, que estaba como ausente. Me preguntaban qué me pasaba y les dije que estaba enamorado y que me iba a casar con una dama muy importante. Andaba muy serio y pensativo y mi enfrentamiento con mi padre era cada vez más duro, hasta el punto que me encerró en una habitación de casa convertida en celda de prisión. Mi madre también sufría mucho. Cuando estaba encarcelado mi padre tuvo que irse a uno de sus viajes
de negocios y mi madre me abrió las puertas de la prisión
familiar.
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