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Con este título salí a la calle el número de Alfa y Omega del 1 de julio, cara a las vacaciones de verano. Vamos a entresacar algunas ideas para estimularle a leer el artículo entero que se puede conseguir de la web de esa revista. En Grecia el término ocio se equiparaba con la formación no utilitaria de la persona. Implicaba liberarse de la necesidad del trabajo y disponer de tiempo; definía al hombre libre. La música y la contemplación implicaban una formación humana no utilitaria, y todo servía a la formación de la mente y al acercamiento a la virtud. En cierto sentido, la educación griega es educación para el ocio en tanto que virtud. En Roma el tiempo libre de ocio cobró otros tintes y se convirtió en momento de descanso y de recreación del espíritu; un tiempo de recuperación y de no trabajo, cuya finalidad era reemprenderlo con eficacia. El ocio es, en Roma, complemento del trabajo. Las distintas concepciones de ocio se suceden durante la Edad Media y el Renacimiento; es llamativo cómo, en la baja Edad Media, el tiempo no productivo, pero valioso, se convertirá en prueba de riqueza y poder, configurándose así el ocio burgués. Llegado el siglo XVII se desarrollará un significado que guiará al hombre hasta nuestros días, en que la idea griega de contemplación va perdiendo fuerza. Se desarrollan nuevos valores que consideran el empleo como una virtud suprema, y al ocio como algo prescindible, en casos, como una pérdida de tiempo. Estas ideas, acompañadas de las nuevas condiciones sociales, llevarán al hombre a vivir para el trabajo, o para los ocios instructivos, según las exigencias. Es con la Revolución Francesa cuando se acaba de configurar el trabajo y el ocio modernos, a partir de los nuevos sistemas técnicos de producción y de la nueva organización económica-política. Para el Cristianismo el ocio es importante porque representa un momento de liberación del peso de la jornada, del trabajo agotador y monótono, de las ocupaciones y preocupaciones de la vida, y al mismo tiempo es un momento de recreo y realización de sí mismo, en el modo que mejor corresponde a las capacidades y aspiraciones de cada uno. Debe de estar dirigido a suscitar sentimiento de solidaridad, alegría y paz. Ha de estar orientado por valores positivos. El trabajo puede embrutecer al hombre y hacer que pierda el sentido personal, lo que le convierte, dado el tiempo que dedica al trabajo, en autómatas. El trabajo y el ocio. Roberto San
Salvador, profesor de la Universidad de Deusto dice en una entrevista:
Hoy día no hay una frontera clara y nítida entre el ocio y el trabajo,
el ocio y el descanso, y el transporte... Depende más de la actitud
con la que las personas encaran cada una de estas realidades,
que en el hecho en sí. Yo conozco a personas que han hecho de su trabajo
un ocio auténtico, y a personas que viven el ocio como un auténtico trabajo,
en el sentido más peyorativo del término. Hay personas que han hecho del
transporte un lugar donde han encontrado un momento de sosiego y reflexión,
y de introspección, de descubrir a los demás, de diálogo, de tertulia...
Yo creo que las realidades hoy no tienen tantas fronteras, no son tan
limitadas. Lo más importante es darle un sentido pleno a la vida
en su conjunto, utilizar el ocio como un tiempo y un espacio al servicio
de este objetivo, de la calidad de vida, del bienestar, del desarrollo
personal y social.
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