CAPÍTULO 4º

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CONCLUSIÓN

1. El proceso de transformación del corazón

Lo primero que me evoca este recorrido por el Tratado de la oración y meditación de San Pedro de Alcántara es que lo que late en el corazón de la obra es un deseo de conducir al orante, principalmente al hombre de a pie, sencillo y principiante, a alcanzar un corazón pronto y hábil para el encuentro y la voluntad de Dios, para el “bien obrar”, dicho en términos del Tratado.

A mi parecer, y sin querer forzar el conjunto del texto, se contempla un itinerario de transformación del corazón.

De hecho, el texto comienza planteando que lo que acontece en el corazón del hombre es un problema afectivo: “la mala inclinación de su corazón”. Esta mala inclinación no le permite alcanzar su última felicidad y bienaventuranza, que es el mismo Dios.

Ante esta situación, la devoción aparece, desde el primer momento, como horizonte de todo el Tratado, porque esa prontitud para el bien obrar que la define, o disposición a la voluntad de Dios, que es lo mismo, no es sino el culmen del proceso oracional, a la vez que la solución propuesta por el autor para salir de esa “torpeza” de corazón.

De este modo, todo el cuerpo del Tratado que desentraña todo el proceso oracional, está al servicio de alcanzar esa devoción y de que, por lo tanto, el corazón del hombre, centro de todo su mundo afectivo, se libere de esa mala inclinación, y, transformado, alcance su unificación en la adhesión afectiva a la voluntad de Dios.

Vamos a distinguir tres momentos dentro de este proceso de transformación que no quiere ser una síntesis literal de lo que ha sido el capítulo anterior, sino describir el proceso de la oración afectiva en el Tratado con una terminología y esquema actual aplicable a la oración afectiva hoy.

Hablar de proceso de transformación puede parecer un tanto incoherente o forzado sabiendo, como hemos visto en este estudio, que Dios es el protagonista de todo proceso afectivo, cosa que no se oculta por parte de San Pedro. Cuando introduce las “seis cosas” que pueden intervenir en el proceso oracional, ante las que el orante se ha de mover con mucha libertad porque no pretende que sean ley sino una ayuda, al final viene a decir que el verdadero pedagogo es el Espíritu Santo. Y cuando introduce los avisos de la primera parte dice: “Y aunque de esta materia (la oración) el principal maestro sea el Spíritu Sancto, pero todavía la experiencia no ha mostrado ser necessarios algunos avisos en esta parte, porque el camino para ir a Dios es arduo y tiene necessidad de guía sin la cual muchos andan mucho tiempo perdidos y descaminados”; por lo tanto, aunque Dios sea el mayor “artífice” de todo proceso, no es descabellado hablar de un cierto proceso en el que se subrayan unas experiencias básicas y necesarias, también porque somos testigos de la fe y podemos hablar de un itinerario en el encuentro de Dios y el hombre.

Para hablar de proceso, por lo tanto, es necesario hablar de la precedencia de un amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado.

Se puede decir que “la vida mística es la historia del nacimiento de este amor y de su crecimiento”. Hablar de proceso y de transformación es hablar de crecimiento del amor. San Pedro no utiliza normalmente estos términos en el Tratado, pero habla de “negocio” o “exercicio” para referirse al proceso oracional; y es que tanto el ejercicio como el proceso llevan a “algo”, uno se ejercita para algo, en este caso, para el encuentro con Dios.

Vamos a distinguir tres momentos principales que, a mi parecer, recorren el Tratado desde este punto de vista transformativo.

En primer lugar se parte de un cambio de afectividad. Como decíamos, el Tratado parte de la afirmación de que el corazón del hombre está “mal inclinado” para alcanzar al Dios que es todo bien, toda suficiencia, y para bien obrar.

Ante esta situación del hombre, San Pedro dice que para “quitar”esta dificultad que tiene el hombre, éste ha de caminar por alcanzar la devoción de la mano de la meditación y la contemplación. Me parece muy importante el término “quitar” porque está haciendo referencia implícita a la necesidad de la conversión: se trataría de “quitar” la mala inclinación del corazón para alcanzar un corazón recto ante Dios; de cambiar unos afectos, fruto del pecado, por otros que hablan de adhesión amorosa al Señor.

Con la oración se obtiene “este affecto y sentimiento en la voluntad que llamamos devoción, el cual nos incita y mueve a todo bien”, con lo cual, la devoción es resultado de una relación profunda con Dios. Toda la propuesta oracional del Tratado está al servicio de alcanzar la unificación. “La dimensión contemplativa del hombre es, desde y con el amor, un lugar privilegiado para unificar otorgando sentido al resto de nuestras conductas, actividades y tareas”

El hombre difícilmente está unificado y centrado, sino que habitualmente se halla disperso y llamado por los intereses más diversos que ocupan su mundo personal; además, la realidad del pecado es fuerza que descentra y desarmoniza. Todo el proceso de transformación será, pues, ir inclinando nuestro corazón al amor de Dios.

Jean Lafrance, refiriéndose básicamente a lo mismo, habla del vivir dormidos o despiertos. El cristiano vive, pero no acaba de ser plenamente consciente de lo que lleva en él, vive adormecido, se puede decir que es un problema de vivir dormidos ante la presencia de Dios. El hombre debe despertar pues vive a menudo olvidado de Dios, olvida que está presente en su vida continuamente para darle la existencia. El despertar es signo de ese amanecer a la conversión. El orante es un hombre que vive despierto.

Por eso la oración va a ser manifestación de una vida en conversión, de tener el corazón vuelto al Señor. Así, San Pedro evoca a San Buenaventura para hacer ver que de la oración se derivan frutos de conversión y adhesión afectiva a Dios:

 “Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias desta vida, seas hombre de oración; si quieres alcançar virtud y fortaleza para vencer lal tentaciones del enemigo, seas hombre de oración (...); si quieres fortalecer y confirmar tu coraçón en el camino de Dios, seas hombre de oración (...) Y demás desto si quieres subir a la alteza de la contemplación y gozar de los dulces abraços del Esposo, exercítate en la oración, porque este es el camino por do sube el ánima a la contemplación y gusto de las cosas celestiales”.

Dentro de este proceso de transformación, y enmarcada dentro de esas seis cosas necesarias para la oración, que son los grados, la primera serie de meditaciones ocupan su protagonismo por la misma finalidad purgativa que tienen.

En todo proceso espiritual auténtico tiene que ir dándose una progresiva liberación de nuestra afectividad y voluntad de cualquier cosa que la ate, excepto el amor de Dios, por eso, estas meditaciones tienen como contenidos aspectos que conducen fundamentalmente a la conversión, es decir, a adherirse a ese amor de Dios: el conocimiento de sí mismo, de los propios pecados y miserias y de los beneficios de Dios; la vanidad de la vida; la muerte; el juicio final; la gloria... De los aspectos que inciden bastante en la conversión, el conocimiento de sí mismo expresa toda una tarea de ir centrando la vida en Dios, en uno mismo, para contemplar en lo más profundo de la persona la pequeñez y la misma presencia de Dios. Se trata de los contenidos de la oración de propio conocimiento.

La pureza de corazón exige un trabajar los afectos del corazón, realizando un trabajo de autoconocimiento interior, de nuestro mundo emocional. Se trata de contemplar nuestra vida con realismo, sin máscaras.

La oración de un corazón puro es la oración de “un corazón que, unificado y centrado, busca y persigue, a través de todas las realidades, tanto terrestres como celestes, lo que constituye el único objeto de su deseo: el Dios vivo”; por lo tanto, se trata de un corazón desasido, capaz de descubrir en su centro la presencia de Dios.

Un segundo momento que se percibe es la personalización del afecto. El afecto “toma cuerpo” cuando nos encontramos con el tú de Dios. Algo sucede de particular en mi afectividad cuando entro en relación con el Otro. La personalización de los afectos se realiza en Jesucristo.

El amor a Jesucristo se convierte en clave de la oración afectiva. Se trata de un amor afectivo que no se queda en la contemplación de sus misterios, de su vida, sino que es exigencia de imitación, de configuración con Él y con su proyecto amoroso. Esto es lo propio de la oración de seguimiento de Cristo que contemplábamos en las meditaciones de la Pasión, del Tratado.

La contemplación de Jesucristo y de su misterio de amor implica seguimiento, es interesante como, a propósito de esto, en alguna ocasión dentro de las meditaciones dice: “Y no pienses esto como cosa ya passada, sino presente; no como dolor ageno, sino como tuyo propio”. La verdadera personalización del afecto se manifiesta en la consciencia creyente de que el misterio redentor de Cristo es actual, y en hacer propios los sentimientos y las actitudes de amor del mismo Cristo.

Según esto, las meditaciones de la Pasión son todo un itinerario orante de personalización del afecto.

La oración no es “pensar” sobre Jesús y el Reino de Dios, sino creérselo y por eso, el gozo de la oración no reside en la elucubración sutil y filosófica, sino en la sorpresa gratuita. Orar en Jesús supone que Jesús ha sido evangelizado en mi existencia, y por eso le conozco y le quiero y hago experiencia de ese acontecimiento salvífico.

En las meditaciones de la Pasión, a mi parecer, se hacen patentes tanto la dimensión del Jesús histórico, como del Cristo de la fe. Pero, también es cierto que con un peso más fuerte en el Jesús histórico. Es preocupación del momento resaltar la Humanidad del Salvador. Si la oración se centrara exclusivamente en el Jesús histórico, seguir a Jesús sería un simple mimetismo; y si la centramos en el Cristo, sería hacer de la tierra el cielo pero demasiado humano y olvidar la realidad humana de Jesús y sus consecuencias. Para que la personalización del seguimiento de Cristo a través de la meditación sea auténtica es necesario reconocer en Jesús la huella histórica de Dios, reconocer las dos dimensiones.

Pero, aparte de esto, es de destacar que lo que se pretende con la contemplación de estos misterios es invitar al orante a la adhesión y configuración con Cristo. La imitación brota de este sentir y se quiere actualizar en el presente del cristiano.

En la oración no basta el descenso al yo profundo, sino que requiere la relación afectiva con el tú de Jesucristo, ya que Él se encuentra en la raíz de toda oración cristiana. “Podemos orar y podemos creer porque Jesús ha muerto y resucitado. De lo contrario vana es nuestra fe, vana nuestra oración”.

Desde aquí, no podemos prescindir de Jesucristo en la oración. Su Humanidad y vida entera es revelación y donación del Padre, posibilitándonos entrar en comunión con Él. La oración es un ir entrando en relación con Jesucristo, en la que le vamos conociendo más profundamente y nos vamos sintiendo atraídos por su Persona, todo lo cual va desencadenando en el creyente una identificación cada vez mayor con su vida y proyecto. La identificación y unión transformante es el resultado de la seducción afectiva del Señor en nuestro corazón.

En el encuentro con Cristo en la oración podemos descubrir dos puntos que se reflejan en las meditaciones de la Pasión:

- Un traer a Jesucristo a la mente, pero sobretodo al corazón. Las meditaciones invitan a sentir con el sentir de Cristo. Se trata de una meditación imaginativa por la que el misterio de Cristo queda representado en el corazón del creyente, representado en calidad de actualizado, este es un aspecto que interesa mucho en la oración de seguimiento. Con estas meditaciones se pretende que el orante asienta desde el corazón al proyecto de Jesús. “En Cristo el encuentro amistoso, que es la oración, se hace profundamente real y entrañablemente humano”. Personalizar el proyecto de Jesús es personalizarlo afectivamente, desde el corazón, por eso en tantos momentos se incita a que al orante se le conmuevan las entrañas, a veces con expresiones trágicas, que tuvimos ocasión de constatar.

- Se trata de entrar en Jesucristo, en lo concreto de su existencia, para hacerla vida propia. De este modo nos adentramos en el misterio de amor y de gracia que es su Persona. Este entrar en Jesucristo se hace patente con las exhortaciones: camina, piensa, considera, despierta, contempla... verbos todos ellos en presente y activos que actualizan en el orante el misterio redentor. Hay expresiones que evocan claramente invitación a la adhesión afectiva: “Luego puedes ir con el Señor a la casa de Anás”. Se trata de que el cristiano vaya haciendo suyo todo el proyecto de Jesús.

Finalmente, el tercer momento del proceso de transformación del corazón lo constituye la identificación y la unificación de vida. Esta etapa queda esbozada fundamentalmente en la petición especial del amor de Dios y en el aviso 8.º de la primera parte, en donde queda reflejada la oración de unión.

El orante se siente identificado con la persona de Jesús y se constituye para él en amor teologal, en experiencia fundante. La identificación no brota de la gratificación, sino de la orientación que Cristo da a la propia vida.

En esta etapa se despliega el lenguaje poético, la utilización de posesivos, el lenguaje esponsal, la metáfora. La identificación lleva al deseo profundo de ser uno con el Amado, es más, es un ser consciente de la presencia del Dios que nos ora en nuestro interior. En la identificación, la oración está hecha de vaciamiento, de dejar un hueco amoroso para acoger a Dios. El aviso 8.º nos da una buena lección de esto: encerrarse dentro del alma donde está Dios y escucharlo atentamente y gozar de ese momento, de esa escucha.

La oración afectiva es la consciencia amorosa del Dios que nos ama, y este amor será el que conducirá toda nuestra vida. Es experiencia de saberse amados, es intuición de una presencia.

En la identificación afectiva “el “yo” ha madurado a través de pensamientos, saberes, sentimientos, amores, conocimientos, y ha encontrado en su desnuda consistencia la fuerza para perderse en el ser”. Desde aquí el “yo” está preparado para la renuncia y quiere desaparecer para que brille en él el Amado. Los hombres y mujeres se hacen auténticos cuando abandonan su yo para encontrar el yo del que habla el texto bíblico: “quien quiere salvar su vida la perderá; cuando, al contrario, quien perdiere su vida por causa de mí, la salvará” (Lc 9,24). Este abandono del yo es autotranscendencia.

La verdadera autotranscendencia se produce a través del amor, que se hace actualidad en el enamoramiento. Y enamorarse de Dios es estarlo de alguien, y de alguien transcendente, sin condiciones o reservas o límites. Si ese alguien transcendente es mi amado, está en mi corazón, es real dentro de mí.

De la identificación brota la vinculación afectiva, la pertenencia y la disponibilidad. El orante se siente perteneciente de Dios y no quiere que nada entorpezca esta pertenencia. Esto se refleja muy bien en la petición del amor de Dios: “¿Cuándo seré del todo tuyo? ¿Cuándo dexaré de ser mío?”, “¿Cuándo, quitados todos los impedimentos y estorvos me harás un spíritu contigo, para que nunca ya me pueda más apartar de ti?”.

El hombre unificado es aquel que, habiendo hallado a Dios como centro de su vida, no establece escisiones entre oración y vida, sino que su oración es continuamente discernida a la luz de la vida y halla a Dios presente en la vida.

Se puede decir que en estos “alturas” del camino espiritual el hombre va alcanzando la devoción, como esa disposición a la voluntad de Dios. Su vida de relación con Dios, único bien, única suficiencia, le lleva a desplegar el bien.

La devoción es, pues, el fruto maduro de la relación con Dios. Es la obediencia a Dios, como prontitud a hacer su voluntad, lo que unifica el ser.

Se puede decir que todo este camino en la vía mística, proceso de transformación, es un “ir enamorándose”. Es un lento proceso de conversión e iluminación. Nacidos en un estado de aislamiento, o de mala inclinación del corazón, por emplear términos del Tratado, vamos poco a poco pasando a un estado de “enamoramiento”. Pero no podemos olvidar que nuestro “estar enamorado” es parcial, esa prontitud para la voluntad de Dios que es la devoción, es algo que habrá que cuidar continuamente; siempre estamos en camino, siempre transformándonos, “haciéndonos”. Sólo Dios es el que está enteramente en “estado de amor”, lo nuestro es un camino.

La oración afectiva es, pues, la prioridad del corazón sobre la razón, pero sin desechar lo que el entendimiento nos va llevando de la mano como medio para el encuentro afectivo con el Señor hasta prescindir de él. Esta oración es pedagogía de nuestra afectividad, la cual va educando a fin de que sea adhesión amorosa con Cristo, el Esposo. En la oración afectiva el corazón encuentra su centro, que es Cristo (unificación con Cristo) y de ese centro, el amor se proyecta en el prójimo y en la vida, como criterios de discernimiento de que esa oración ha sido sanamente afectiva y libre de cualquier sentimentalismo (unificación de vida). Porque la oración, que es cuestión de amor, brota del corazón, para aproximarnos a los otros, para extender el amor que Dios nos ha tenido dándonos a su Hijo.

Nos unimos a San Ireneo en su invitación a dejarnos hacer, a dejar que el amor brote de lo profundo de nosotros mismos y así, ser hombres unificados y centrados en Dios.

Hemos repetido muchas veces que la oración cristiana no puede ser sino transformante: o el encuentro con Dios nos va haciendo criaturas nuevas con un corazón cada vez más ancho, o cuesta decir que haya habido verdadero encuentro orante. La oración, ante todo, es un encuentro amoroso, pero un encuentro generador de conversión, un encuentro que va cambiando nuestros afectos y nos hace brotar los mejores, aquellos que están en nuestro corazón como una semilla, como un germen de vida que no nos deja tranquilos hasta que lo descubrimos.

Con el tiempo se va aprendiendo que la oración simple consiste en permanecer amando con la mirada del corazón. Capacidad para escuchar sus latidos y ofrecérselos al Señor. El latido del corazón es sólo para el Señor, y desde Él, para los suyos, para los hermanos, para la Iglesia.

“Llegará un tiempo en el que, por la gracia de Dios, podrá decir:
Señor, ya no soy yo.
Tú y yo somos una sola cosa en el amor.
Unidad de fe y de vida.
Plenitud de amor.
Comunión.
Tú en mí.
Yo en ti.
Desde tu amor y desde tu vida, ya no me pertenezco.
En ti, Señor, desde tu amor, soy de todos.
Desde tu corazón mi entrega llega a todos”.

2. Conclusiones sobre la oración afectiva en el “Tratado de la Oración y Meditación” útiles para el orante de hoy

En primer lugar, una de las conclusiones a las que llego tras este estudio es que se puede hablar de un estilo afectivo de orar. La oración que propone San Pedro de Alcántara es una oración afectiva. En nuestro momento actual generalmente todo pasa por la razón y nos cuesta pasar las cosas y la vida por el corazón. El peligro sería en crear paralelismos, tales como que la razón es negativa y lo afectivo, lo positivo, pero eso está lejos del sentir de Pedro de Alcántara y de la teología actual de la oración. El proceso meditativo es elemento necesario en la medida en que me lleva al encuentro con Dios, que es lo importante y a un encuentro afectivo que expresa que la persona de Jesús ha tomado carne en nosotros, es central. Lo afectivo no ha de ser sinónimo de “ñoño”, sino de un “sentir con” y adhesión desde las entrañas, desde el corazón, desde lo profundo. Estos elementos son perfectamente válidos para el hombre de hoy.

Lo que Dios pide del hombre es el amor, seremos examinados en el amor, no por nuestra capacidad de “pensar” en Dios. La afectividad entendida con hondura es el horizonte al que se dirige todo encuentro con Dios, de modo que el fin de la oración y del orante es el amor de Dios.

El orante lo que ha de buscar ante todo es la comunión con Dios, comunión o encuentro que se realiza principalmente a través del amor, donde confluyen todas las demás actitudes del hombre, que le posibilitan abrirse a Dios, realizarse y madurar en Él. Por lo tanto, la esencia de la oración queda identificada con la caridad.

Aquello que pone en movimiento el proceso de cristificación y maduración del orante no es otro que el amor, que es derramado en nosotros por Dios. San Pedro define la contemplación, según veíamos, como “aver ya sacado esta centella (...) aver hallado esse affecto y sentimiento”. Esta “centella” no es otra que el fuego del amor de Dios, es el amor afectivo que Dios mismo nos da. “El amor de Dios derramado provoca en el espíritu humano el ansia y el deseo de abrirse a ese amor, cuyas fuentes se hayan en Dios. Y el entrecruce de ambos amores produce en el hombre la paz”.

Como viene a decir Secundino Castro, la oración va abriendo al hombre al misterio del amor divino, que se apodera de él, mientras el hombre va dejando espacios del corazón humano para dar cabida a ese amor que cada vez se va comunicando con mayor intensidad.

La oración afectiva es, pues, “ir dilatando los espacios del corazón humano” a la presencia amorosa de Dios. Por lo tanto la oración, ante todo, es un “asunto del corazón” en el que queda prendida esta “centella”.

En segundo lugar, otra conclusión que me parece importante para el orante de hoy, y que aparece también en San Pedro, aunque de forma somera, es que la oración ha de ir conectada con la vida o que la oración es transformante. En el aviso primero de la segunda parte veíamos que San Pedro dice que el que quiera revisar cómo ha sido su oración, que revise cómo soporta el conflicto con el otro, como relativiza los problemas, cómo atiende a las necesidades de los demás, y sigue poniendo ejemplos. No se extiende mucho en esto pero es suficiente para hacer ver que la oración queda discernida por la misma vida del orante.

Corremos el peligro constante de hacer de la oración, como dice un himno de la Liturgia de las Horas, “un espacio de aristocracia interior” y olvidar al que nos necesita; o vivir mundos paralelos, sin conexión.

La mejor oración será aquella que haga mejor al hombre en todos sus aspectos. La propia personalidad no se construye sólidamente sin el cimiento de la humildad que se refleja en el servicio al hermano. Por lo tanto, la “obras” dan consistencia al edificio oracional. En otro momento, advierte claramente Pedro de Alcántara de que hay personas que han descubierto la virtud de la oración y que todo el camino espiritual depende de ella, que se olvidan de las otras virtudes y esto lo considera como uno de los mayores peligros. El desarrollo normal de la oración queda verificado en su plasmación en las virtudes. Cuando la vida no crece se puede decir que la oración ha entrado en la vía muerta del egoísmo. Es en la densidad de la vida en donde se muestra la hondura y la verdad de la oración.

La oración ha de transformar el corazón, ser capacitadora de vida, la oración genera conversión; creo, ciertamente, que ésta es una de las premisas y objetivos del Tratado. El hombre ha de poder cambiar el corazón “mal inclinado” y abrir todo su afecto y voluntad a Dios, y, por conclusión, a los hermanos. Donde se ve un cambio positivo de vida es señal de que Dios actúa.

La mejor oración, por lo tanto, es la que más transforme la vida. Dice, a propósito de esto, William Johnston que la diferencia entre un neurótico y un místico estriba en la vida diaria. Estos grandes maestros ponían menos atención en lo que sucedía en la mente durante la oración que en la vida de la persona al margen de la oración.

La oración, pues, no puede ser un paréntesis o un adorno al margen de la vida. La oración es para la vida. El tiempo material que le dedicamos a la oración para que tome cuerpo en nuestra vida, no ha de ser un tiempo cerrado en sí mismo, sino que es un tiempo que va creando una actitud abierta que va llenando nuestras conductas. Por eso la oración es como una escuela en la que se aprende a vivir el presente, a hacer lectura creyente de la realidad. “La ayuda que presta la oración a la vida pasa por la lenta transformación del orante, que no se aísla de la existencia histórica, sino que se compromete con ella desde dentro”. Esta conexión de la oración con la vida, de forma tan estrecha, es lo que San Francisco entiende por insistir en que los hermanos “no apaguen el espíritu de oración y devoción”. Tener un espíritu de oración permanente, es tener un corazón centrado en Dios, en comunión con Él fuera de los momentos explícitos de oración.

Orar desde la vida es no considerar la oración como un acto puntual entre muchos otros, sino como elemento de lectura de la existencia. Cuando iniciamos la oración es necesario que tomemos consciencia de lo que existe, para que, transcendiendo lo accidental, lleguemos al yo-esencial en el que poder nombrar a Dios, de este modo no huiremos de la realidad, sino que nos encontraremos con ella. La oración nos ha de capacitar para “ver” con autenticidad la realidad, nos tiene que agudizar la mirada.

Justamente la enseñanza bíblica sobre la oración descubre un horizonte en el que la oración brota de la misma vida, de la historia y de la existencia concreta del pueblo. De hecho los himnos y salmos del Antiguo Testamento traducen en oración, la historia de salvación. El mismo ejemplo de la vida de Jesús es indicador de su profunda oración en el interior de su ministerio, ninguna actividad le priva a Jesús de la oración. La oración, pues, no es algo yuxtapuesto a la existencia, sino inserta en ella.

Sintomáticamente este es un aspecto en el que han insistido y advertido todos los maestros de oración, lo cual indica que podemos seguir “mirándonos” en la doctrina que de ellos, por la gracia, dimana. Y es que el amor contemplativo del que hablan es un amor coherente que necesita ser contrastado con lo real.

En tercer lugar, me parece importante que la oración que se refleja en el Tratado es una oración hecha desde la Sagrada Escritura. Gran parte de las meditaciones están formuladas desde la lectura orante de la Pasión del Señor.

Hoy asistimos a una revalorización de la Sagrada Escritura en los procesos de oración. Curiosamente estos autores oraban también desde la Palabra, a su manera, evidentemente y según los acentos y estilos del momento. Pero lo que, a mi parecer, hemos de resaltar es que la oración ha de estar “hecha” desde la relación afectiva con una Persona. Nuestro encuentro orante, el orar cristiano, tiene un rostro en Jesús. Nos relacionamos con un Jesús que nos ha amado profundamente y esto lo puede interiorizar el orante contemplando sus gestos de amor, preferentemente los momentos de la Pasión del Señor, tema que constituía, en el siglo XVI, el eje sobre el que giraba la vivencia de Jesucristo. La Pasión es como un modelo para el cristiano y es también generadora de conversión pues el orante no ha de quedar impasible

Por eso orar no es el encuentro con el vacío, sino con una Persona que nos ha amado, aunque esos procesos vayan acompañados de oscuridad; pero, desde la fe, nos sabemos con Alguien que ha vivido una historia de amor.

Además, algo de lo nos advierte también nuestro autor es que cuando oramos estos misterios, no hay que considerarlos como pasados, sino que acontece en el hoy de la vida del orante y generan seguimiento. El discípulo que se encuentra con el Maestro ha de llegar a hacerse como Él. A través de todas las vivencias que pasa Cristo, “el cristiano se adentra en el alma de Jesús, comulga íntimamente con sus sentimientos y correlaciona su tragedia y la de los demás con la del Señor”.

No hay oración cristiana independiente de la Buena Noticia. La oración en Jesús supone que Él ha sido evangelizado en mi vida, que yo le conozco y le quiero.

La vida cristiana es respuesta afectiva a Aquel que se ha entregado incondicionalmente por nosotros, puesto que la santidad del hombre radica en el encuentro “inmediato” y “directo” con la Humanidad de Jesús. El camino del cristiano no es sino un proceso de cristificación que desemboca en la transformación trinitaria. Pero hay que advertir una vez más que la santidad no se reduce a la contemplación de la historia de Cristo, sino a tener sus mismos sentimientos a través de la comunión con su Persona. Sólo injertados en Cristo podremos producir sus obras.

El reto para el creyente de hoy es vivir arraigado en Cristo y traerlo al presente de su existencia, tal vez no a través de esas escenas trágicas que recorren el Tratado, pero sí metiéndose en el pasaje de la Escritura y siendo consciente que ese amor y sufrimiento es real y sigue actuante en nosotros. La oración cristiana tiene el rostro de Jesús y nos lleva a una unión afectiva a su proyecto de amor y salvación para ser prolongación de ese amor y salvación.

Y en cuarto lugar, aspecto importante que destacaría de este recorrido, es que la oración, aunque necesitemos ponernos grados, métodos, recursos, para unirnos afectivamente al Señor, ante todo es obra del Señor y por ello hemos de estar lo suficientemente “abiertos” y libres para dejarnos hacer por Él. Esta advertencia aparece varias veces en el Tratado y me parece de una sabiduría rica y perfectamente válida para nuestro presente: no hemos de hacer ley o norma lo que, ante todo, es medio. Hemos de tener la capacidad de pararnos y de no estar tan atados al método o a la técnica, que no reconozcamos el paso de Dios en la oración.

Esto nos hace ser conscientes que Dios supera nuestros esquemas y proyectos cerrados en sí mismos y absolutos y se encarga de desmontarnos nuestros planes cuando creemos tenerlo todo bien atado. Por eso, largo capítulo en la pedagogía de la oración es enseñara a aceptar a Dios, a “darle lugar” para que pueda actuar como Dios en nosotros. Esto será muchas veces fuente de conflicto y crisis en el orante que no lo encontrará donde quisiera o lo encontrará donde no lo esperaba ver, pero esto es por su condición de ser libre y desbordador de nuestros esquemas y previsiones. Lo grande de la oración es que siempre nos abrimos a la “novedad” de Dios, en contra de nuestra búsqueda de seguridades.

Hoy apelamos también mucho a las técnicas de oración, y tal vez no se trate de prescindir de ellas ni de unos contenidos mínimos que preparen sanamente nuestra oración, pero no han de ser tan cerrados que la guíen o la condicionen, pues el orante ha de sentirse libre para guiarse por su propia experiencia, aprendiendo del lenguaje de sus sentimiento y descubriendo detrás de ellos las iluminaciones, mociones e inspiraciones del Espíritu.

Un aspecto muy unido a este anterior, y que viene a ser el alma del Tratado por la especificidad alcantarina, es el dejar la meditación, lo especulativo por lo afectivo y la voluntad. Esta es la premisa afectiva que recorre el conjunto del Tratado y que está revelando que Dios es el conductor de todo proceso oracional, pero el hombre ha dejarse hacer cuando a Dios lo siente como cercano, afectivo, compañero. La iniciativa la tiene Dios, y la contemplación no es sino la respuesta a ese don de Dios, lo nuestro es abrir el corazón para recibir ese don y permitir que el amor a Dios surja dentro de uno. Se trata de que el orante haga experiencia de Dios desde el corazón, desde las entrañas y se una a Él firmemente , cogido por dentro, el medio siempre será eso: un medio, aunque un medio importante. Lo esencial es que el orante se encuentra con Dios y ese encuentro es transformativo llegando a ser Dios para él el mayor bien y su única suficiencia, el Único necesario.

La oración, hemos dicho, que no es cuestión de pensar, sino de amar y el orante se ha de conducir por todo aquello que le lleve a amar más a Dios y a vivir según su voluntad. Aunque, como hemos apuntado en varias ocasiones, no podemos desechar el papel importante del entendimiento o la meditación como elementos que merman la imaginación y su intensidad. Hemos de recordar que la finalidad de la meditación está en “prender el afecto”, educar la afectividad y disponer a la contemplación que es gustar del encuentro afectivo con Dios, pasivamente, agradeciendo el don de su presencia amorosa. En la contemplación, la voluntad se siente completamente cogida y el entendimiento perplejo intentando comprender algo de lo que Dios hace. Se trata de un comunicación desbordante y misteriosa para la misma alma.

Creo, pues, que el orante de hoy puede relacionarse con Dios desde el primado de lo afectivo y que la oración franciscana tiene ahí una veta a recuperar de forma más vital y más convencida. Un sano discernimiento y la misma vida cristiana como maestra de discernimiento se encargará de desvelar los engaños en los que podemos caer en esta oración del corazón.

La oración de recogimiento, tal y como la hemos ido analizando en este trabajo, es una forma de orar que nos puede servir hoy. Es una oración que ahonda primeramente en las raíces del ser humano para conocerse, va haciendo camino afectivo en el seguimiento al Señor, para transformarse y unirse en Él. Todo camino oracional lleva hasta aquí. El recogimiento es, pues, atención amorosa, vital a la Persona. No es un quedarme conmigo mismo, con mis ideas y sentimientos. Sino que es “entrar dentro de mí con Dios”; se trata de centrar mi atención en la Persona.

3. Conclusión final

Decía en el Prólogo que el tema de la oración me resultaba sugerente y más cuando a este término se le añade el de afectiva. Curiosamente, cuando algunos me preguntaban sobre el tema de la tesina, y yo les respondía con estos términos con sus caras y expresiones revelaban lo atrayente y lo bello del tema, evocaba los mejores sentimientos. Esto me hace pensar y confirmar que la oración ante todo es cuestión de amor y lo grande de la oración es que sea encuentro amoroso y gratuito con Dios, hoy que, en tantos ambientes secularizados nos podemos encontrar con la pregunta: y la oración ¿para qué sirve?. Servir no es el parámetro con el que se la puede definir. Tal vez, nos sirva más todo lo que sea encuentro amoroso o amistoso.

Pero que en la oración prive lo afectivo no significa que ésta no tenga su componente doloroso y el necesario proceso meditativo. Necesitamos de “muletas” para conducirnos a Dios.

Parándome en aquellos puntos en los que San Pedro expresaba su parecer más genuino, me he ido dando cuenta de que este hombre, como tantos otros, eran hombres de experiencia en la oración que saben advertir de los peligros de la misma, que hoy siguen siendo los mismos en muchos casos; que no hacen del precepto una ley, sino que el precepto está al servicio del amor y del encuentro gozoso con Dios. Todo lo cual, libera bastante de la imagen encorsetada y agria que, en algunas ocasiones, ha envuelto a San Pedro de Alcántara por su penitencia y ascetismo, aspectos que no pretendo negar sino indicar que no son los primeros que se manifiestan en el Tratado, sino todo lo contrario; y que si están patentes es fruto de una identificación con Cristo profunda que se interpretaba de este modo en su tiempo. Además, a propósito de esto, quiero destacar la cantidad de veces que advierte que la oración no es cuestión de “fuerza de brazos”, sino que, ante todo, es gracia y el mejor maestro, el Espíritu Santo.

Para concluir me hago y hago la invitación a ponernos a la escucha de estos autores como maestros de oración que, en lo fundamental, tienen todavía mucho que decirnos. Otra cosa es el envoltorio dramático o ascético que es fruto de una época, de una mentalidad, de una cultura que hemos de saber leer para quedarnos con la esencia del mensaje.

Me ha parecido muy interesante introducirme en este tema de la oración afectiva y más en un hombre franciscano para quien la oración fue esencial en su vida. Ha sido un trabajo un tanto complejo dado lo poco escrito en torno a este tema en San Pedro. Me he centrado en “captar”, en “leer”su doctrina oracional afectiva a la luz de sus textos y a la luz de la tradición franciscana y a la luz de la mística oracional del momento: el recogimiento.

Bueno sería que nos permitamos dejarnos sentir ese afecto y sentimiento, que es la centella de la presencia de Dios en nuestro corazón y estemos atentos sólo a Él.