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Capítulo 3º C

4. Los avisos, pautas pedagógicas de la oración afectiva

En el Tratado, San Pedro de Alcántara comienza los avisos diciendo que aunque el principal maestro de oración es el Espíritu Santo, “todavía la experiencia nos ha mostrado ser necessarios algunos avisos en esta parte, porque el camino para ir a Dios es arduo y tiene necessidad de guía sin la cual muchos andan mucho tiempo perdidos y descaminados”.

Con lo cual, los avisos los vamos a leer como pautas pedagógicas de la oración. Pero quiero advertir, de entrada, que no toda la pedagogía oracional está contenida en los avisos. Hemos visto que en los grados de oración también hay rasgos pedagógicos, de hecho se presentan como una metodología. En este caso, los avisos son como unas puntualizaciones a tener en cuenta para el que se da a la oración, sobre todo, considerando que la práctica de la oración va dirigida al pueblo, y a inexpertos. Nosotros nos centramos en los avisos por la sabiduría que encierran desde este punto de vista.

Primado de la espontaneidad y la libertad en el proceso oracional

Recordábamos que cada una de la meditaciones estaban pensadas para conducir al orante al amor y temor de Dios, pero éste se podía servir de aquella meditación que libremente le condujere a esto. Esta idea va a ser una constante, y la trae precisamente a colación en el aviso 1.º: “si en algún passo de tu oración o meditación sintiere más gusto o devoción que en otro, deténgasse en él todo el espacio que le durare este affecto, aunque todo el tiempo del recogimiento se vaya en esso. Porque como el fin de todo esto sea la devoción, como diximos, yerro sería buscar en otra parte, con esperança dubdosa, lo que ya tenemos en las manos cierto”. Esta libertad y espontaneidad brotan del hecho de que la devoción, en tanto que encuentro con Dios, es lo principal, es el objetivo de toda oración, por eso, el medio siempre ha de ser relativo y con él nos hemos de mover en libertad. De ahí que San Pedro inste a dejarse sentir el gusto o el afecto quedándose en una de las meditaciones o en algún paso de la oración de los que tratábamos en el apartado anterior, sin encorsetarse el orante en lo que es una ayuda. La oración es un encuentro con el Dios que nos ora, Dios es el que dirige nuestros pasos en el encuentro con Él, lo importante no es el mensaje que Dios me transmite -por importante que pueda ser- ni lo que yo le digo a Dios, ni que soy fiel “a lo establecido”, sino que lo verdaderamente importante es que yo me encuentro con Dios. Uno pone los medios pero Dios da gusto o afecto cuando quiere, por eso es erróneo querer buscar en otra parte lo que ya da cuando quiere. Por eso el orante ha de moverse con libertad en la oración, puesto que el primado lo tiene el afecto, el amor.

Las pistas son algo que tenemos al alcance de la mano para utilizarlo en el momento necesario, pero, ante todo hay que dejar espacio al asombro, siendo libre incluso en aquello que nos hemos marcado como itinerario oracional.

Estas “reglas y documentos” no se pueden convertir en “arte”, pensando que, por el mero hecho de cumplirlos, se obtendrá lo que se desea. Esto es jugar con la gracia y reducir a regla lo que es ante todo don y misericordia de Dios.

Primado de la voluntad y el afecto sobre lo especulativo

Dice así en el aviso 2.º: “Sea el segundo que trabaje el hombre por escusar en este exercicio la demasiada speculación del entendimiento y procure de tratar este negocio más con affectos y sentimientos de la voluntad, que con discursos y speculaciones del entendimiento”. Este es otro de los criterios que ha de tener en cuenta el orante y muy relacionado con el anterior. El peligro de meditar los misterios divinos reside en hacer de ellos objeto de estudio y especulación, pero sin hacer de ellos camino de encuentro afectivo con el Señor, actuar de esta manera es más “derramar el spíritu”, y el fruto de esto es la sequedad y superficialidad. Algo muy importante que dice el Santo a propósito de esto, es que la oración es más cuestión de escuchar que de hablar.

La elaboración de ideas sobre Dios no va a cambiar necesariamente nuestra vida, la cual la podemos confundir con nuestro pensarla sin ensanchar el corazón, de ahí ese quedarse “secos y sin xugo de devoción y tan fáciles y ligeros para cualquier livianidad”. La meditación ha de ser camino creyente que, a través de mínimos contenidos intelectuales, busca la escucha silenciosa. La oración, por lo tanto, no consiste en “saberes pensados” sobre Dios, sino en que, a la vez que se piensa en algo, acontece un encuentro.

La “solución” ante esto es acercarse a la oración “con coraçón de una vejezica ignorante y humilde, y más con voluntad dispuesta y aparejada para sentir y afficionarse a las (cosas) de Dios, que con entendimiento despavilado y attento para escudriñarlas”; es decir, con un corazón sencillo, con el afecto, porque la oración no es sino la consciencia creyente de la acción de Dios en nosotros y que sigue actuando aunque no oremos. El papel del entendimiento no es para escudriñar sobre Dios, sino para que, a la luz de los pensamientos, acontezca una transformación del corazón, de la vida. La oración afectiva tiene su razón de ser en el estar con y no en el para.

Prioridad de la acción de Dios (la gracia)sobre la voluntad y el esfuerzo

En algunos casos, el afecto o la voluntad es tan intensa que el creyente llega a creer que el acto oracional depende de él y hace de la oración una suma de esfuerzos olvidando que, ante todo, es gracia, don: “Para lo cual es de saber, que la devoción que pretendemos alcançar no es cosa que se ha de alcançar a fuerça de braços, como algunos piensan, los cuales con demasiados ahíncos y tristezas forzadas y como hechizas procuran alcançar lágrimas y compassión (...) Conténtese, pues, el hombre con hazer buenamente lo que es de su parte, que es hallarse presente a lo que el Señor padesció, mirando con una vista senzilla y sossegada, y con un coraçón tierno y compassivo y aparejado para cualquier sentimiento que el Señor le quisiere dar (...) Y esto hecho, no se congoxe por lo demás cuando no le fuere dado”.

La actitud del hombre es estar presente ante el Señor de forma “sencilla y sosegada” con un corazón bien dispuesto: la preparación, lo demás es cuestión de Dios. Se puede decir que tarea del orante es el abandono, el despojo, la humildad. Humilde es el hombre que deja a Dios protagonizar su vida. Dios es el que sabe por dónde nos tiene que llevar, no nos corresponde a nosotros aconsejarle o forzar la situación. El protagonismo se niega cuando el orante pretende “alcançar a fuerça de braços” el encuentro con Dios o se acongoja cuando no le es dado el afecto que esperaba obtener. Pero no podemos olvidar lo que decíamos al inicio del apartado anterior, que la oración no depende sólo de nuestro dinamismo interno, por el que el mismo Dios nos atrae a Él, sino que la oración es gracia y no la podemos hacer depender de nuestros “esfuerzos”, Dios se manifiesta cuando y cómo quiere. El orante ha de ser consciente que el don o el afecto que reciba en la oración es fruto de su misericordia, no porque él lo merezca.

La atención en la oración ha de ser moderada

Toda esta pedagogía está haciendo referencia constantemente a la tensión entre lo especulativo y afectivo.

El corazón, centro afectivo de la persona, requiere la necesaria atención como pedagogía para entrar en la oración, pero con el exceso de atención se corre el peligro de que “fatiguemos la cabeça” y no nos conduzca a lo verdaderamente importante que es el encuentro con Dios; a su vez, no mantener unos mínimos de atención supone “andar vagando el pensamiento por do quisiere”. Por lo tanto, lo ideal es el equilibrio. San Pedro pone el ejemplo de la rienda que no ha de estar “ni muy apretada ni muy floxa”; al igual en la oración “devemos procurar que vaya nuestra atención moderada y no forçada, con cuidado y no con fatiga congoxosa”.

Pedagógicamente, es aconsejable que al inicio de la meditación no ponga uno demasiada atención, pues luego faltan las fuerzas para el resto de la oración.

Capacidad para la perseverancia

Este es un elemento importante a tener en cuenta, porque importante es “que no desmaye el que ora, ni desista de su exercicio, cuando no siente luego aquella blandura de devoción que él dessea”. Tenemos la tentación constante de dejarnos llevar por lo agradable y el gusto en la oración y dejamos de ser conscientes de que en la oración, en tanto que relación con Dios, contemplamos el misterio de una “desproporción”, contemplamos a un Dios grande en el sentido que nos sobrepasa, que no conocemos del todo, que sus caminos no son los nuestros, y nosotros vamos con nuestras expectativas, prisas y anhelos. En el aviso 5.º se dice que “necesario es, con longanimidad y perseverancia, esperar la venida del Señor, porque a la gloria de su magestad y a la baxeza de nuestra condición y a la grandeza del negocio que tratamos, pertenece que estemos muchas vezes esperando y aguardando a las puertas de su palacio sagrado”; esto es lo que Santa Teresa diría con que Dios nos espera a que nos hagamos de su condición. Se nos plantea en este punto la capacidad de espera en el encuentro oracional. Hasta los momentos más inútiles para nosotros, para Dios son importantes.

De modo que este punto, aparte de ser un consejo pedagógico, es un punto de discernimiento, “aprender a vivir en esperanza es la primera prueba a que se somete el orante”.

Así, el orante, en perseverante espera, ha de tener dos actitudes ante el Señor: si siente su presencia darle gracias por ello, y si no, mantener una actitud humilde y pensar que uno no lo merece, viviendo con paz lo que ha estado de su parte. “El buen orante, paciente y esperanzado, seguirá fiel a la oración y sufrirá con humilde templanza las incongruencias de su propia vida”.

Necesidad de una oración prolongada

“...se aconseja que tomemos para este sancto exercicio el más largo espacio que pudiéremos; y mejor sería un rato largo que dos cortos; porque si el espacio es breve, todo él se gasta en sossegar la imaginación y quietar el coraçón y, después de ya quieto, levantámonos del exercicio cuando lo oviéramos de començar”. Pues gran parte del tiempo se pasa en aquietar el interior. Ante lo cual, se aconseja que el tiempo no sea inferior a una hora y media o dos horas.

Una premisa en este punto es que no deje de hacerse la oración por poco tiempo que se disponga.

Atención al “hacer” de Dios

Este punto es muy similar a alguno de los que hemos visto. Se trata de aprovechar las “visitas” que el Señor hace al orante sea en el momento que sea “en la oración o fuera della”, precisamente porque los ritmos de Dios no son los nuestros. Hay que saber dejar lo establecido, ya sea el momento de oración o el grado de la oración para atender la visitación del Señor.

Primado de la contemplación sobre la meditación

Este aspecto corresponde al conocido aviso octavo del Tratado que es propiamente alcantarino. Vamos a hacer referencia a él desde el punto de vista pedagógico para luego volver a aludir a él como criterio de discernimiento y culmen de la oración afectiva.

Este aviso no difiere demasiado de lo que han sido algunos de los anteriores en lo que se refiere a la libertad en la oración y al primado de lo afectivo.

Vuelve a expresar aquí San Pedro lo que ha sido una constante en nuestro estudio, que la meditación es un escalón para la contemplación que es adonde queremos llegar como unión afectiva con el Señor. La meditación es discurrir a fin de obtener algún afecto, es “como quien hiere un pedernal para sacar alguna centella dél” y la contemplación es “aver hallado esse affecto y sentimiento que se buscava”. Si la meditación es medio, éste debe cesar en cuanto obtenemos el fin, que es el encuentro contemplativo, es el “amor y affecto de la voluntad”. La contemplación es vista como un bien mayor, ante lo cual el orante ha de tener la suficiente libertad para dejar los otros bienes, no porque sean malos, sino porque son impedimento de goce de ese bien mayor.

Libertad para vivir el momento: “Y no sólo al fin del ejercicio”, es decir, en los últimos grados de la oración, “sino también al medio, y en cualquier otra parte que nos tomare este sueño spiritual, cuando está como adormecido el entendimiento y vela la voluntad, devemos hazer esta pausa y gozar deste beneficio”. En este aspecto es muy exigente.

Hay algunos, dice, “tan tomados del amor de Dios, que apenas han començado a pensar en él, cuando luego la memoria de su dulce nombre les derrite las entrañas”. Hay personas, desde el punto de vista psicofisiológico, más aptas, menos necesitadas de lo reflexivo y especulativo para amar, con mayor capacidad de salir de sí, de perder el yo para encontrarse con el Otro, y un ejemplo de ello es la madre y la esposa que no necesita de grandes reflexiones para amar al hijo o al esposo.

No se trata de situar a San Pedro como partidario de la meditación o de la contemplación, sino que todo el proceso depende de Dios, y la meditación habrá que dejarla cuando se convierte en impedimento de otro bien mayor, que es la contemplación.

La contemplación, según es definida por San Pedro de Alcántara en la mejor mística afectiva de recogimiento, es “aver sacado esta centella, aver sacado ya esse affecto y sentimiento y estar en reposo y silencio gozando de él”. La contemplación es amor, gusto, reposo, alegría, admiración.

Contemplar es saberse en presencia del Señor sin especular, es disfrutar del abrazo. Es estar atento y escuchar profundamente en el interior de uno “donde está la imagen de Dios”, “ser oración es saberse hombre o mujer habitado”. Contemplar es casi no saber que se está orando porque se prioriza el gozo del encuentro.

La mirada contemplativa es reposo en la realidad contemplada, frente al predominio de la indagación, la curiosidad y la disquisición de conocimiento. El conocimiento contemplativo comporta, en buena medida, una nota de pasividad, es un dejarse hacer; es el primado del padecer sobre el hacer o realizar.

5. Algunos criterios de discernimiento de la oración afectiva en el Tratado

Me parece importante incluir como último punto del capítulo algunos criterios de discernimiento que, sin duda, son evidentes y que, a mi parecer, quedan recogidos en la segunda parte del Tratado, que es más ascética, en donde se habla de las cosas que ayudan o impiden la devoción, de las tentaciones y de otros avisos. Me centro en esta parte, aunque haré referencia a aspectos ya vistos que ofrecen también esta “cara” o vertiente de discernimiento.

Discernimiento de la oración afectiva a partir de tres componentes del amor: afecto, solicitud e intimidad

La oración como consciencia contemplativa de la fe ha de ir integrando lúcidamente el afecto, la solicitud y la intimidad. La oración es experiencia creyente de afecto, como hemos ido viendo, esta experiencia se ha de expresar en el deseo de estar cerca del Señor. En el Tratado hemos contemplado múltiples ejemplos de este deseo, pero uno de los más elocuentes es la petición del amor de Dios: “¡O, toda mi esperança, toda mi gloria, todo mi refugio y alegría!”, “¿Cuándo seré del todo tuyo?”, en toda ella se manifiesta este deseo de unión, se manifiesta la importancia de un amor sincero, de adhesión al proyecto de Dios.

Otro criterio de discernimiento de la oración es la solicitud. La oración verdaderamente afectiva se caracterizará por la capacidad de concretizar el amor afectivo con los otros. Este es un punto muy importante que no aparece muchas veces en el Tratado, pero sí lo suficiente para darnos cuenta que la oración no puede ir desligada de la vida, de la práctica de las virtudes, de la solicitud por el prójimo. Dice San Pedro en algunos de los avisos: “el que quisiere ver qué tanto ha aprovechado en este camino de Dios, mire (...) cómo acuerde a las necesidades de sus próximos”; “Otro peligro ay también en este camino, y por ventura mayor que todos los passados, el cual es que muchas personas después que algunas vezes han experimentado la virtud inestimable de la oración y visto por experiencia cómo todo el concierto de la vida espiritual depende della, paréscele que ella sola es todo y que ella sola basta para ponerlos en salvo y assí vienen a olvidarse de las otras virtudes y afloxar en todo lo demás”. El primer ejemplo es más concreto al respecto y el segundo más genérico, pero los dos vienen a decir que las virtudes y la preocupación por el prójimo nos hacen el discernimiento de la oración, dependiendo de cómo vivamos esto, sabremos de la autenticidad de nuestra oración. La oración no puede convertirse en un lujo, sino que es clave de interpretación de la propia existencia. No se puede contemplar sin ver la realidad que nos rodea. La oración no es sólo contemplación, sino adiestramiento para “ver” la realidad. “La oración es la cara contemplativa del servicio, y el servicio es el fruto realista, histórico, de la oración”. La oración, por lo tanto, se hace eficaz en el amor servicial, amor que da credibilidad a la oración, como experiencia del Dios Padre, del Dios de Jesús, del Dios liberador de la humanidad; por eso, el servicio/solicitud es criterio de discernimiento de la oración.

Finalmente, la oración es verdaderamente afectiva si es capacitadora de intimidad con el Amado. Veíamos en el aviso 8.º que contemplación es “abrazo” con el Amado, y el abrazo es expresión de intimidad. La contemplación, cuando se ha convertido en “centella y afecto” lleva a la intimidad, a encerrarse en el interior de uno donde Dios habita y escuchar atentamente su susurro, como si en el corazón no hubiese otro más que Él.

Discernimiento a partir de algunas dificultades en la oración

Las dificultades son fuente de discernimiento porque, dependiendo de la lectura o de la vivencia de las mismas por parte del orante, se puede constatar si ha habido auténtica oración.

En primer lugar la ausencia de gusto o la aridez. Dice San Pedro que no podemos hacer depender la oración de la “blandura de corazón” que se desea, ante lo cual el remedio es la “perseverancia”, saber estar por encima de lo gratificante. Con otras palabras, el Santo vendría a decir que, depender del gusto es manipular la acción de Dios. Dios, ante todo es misterio majestuoso y glorioso que nos desborda, pues somos pequeños, y da el afecto y la ternura cuando quiere.

Si el orante no recibe gratificación y esto lo vive en humildad se puede decir que la oración está siendo verdadero encuentro transformante.

Otro de los “remedios” es contentarse con adorar al Señor en espíritu y en verdad, que es como Él quiere ser adorado. La oración ha de ser verdadero abandono en la fe, prescindiendo al máximo del sentimiento, el cual habrá que disfrutar en acción de gracias cuando fuere dado, pero no exigirlo.

Esta misma idea vuelve a aparecer en otros lugares: “al que le faltaren las consolaciones spirituales, el remedio es que no por eso dexe el ejercicio de la oración acostumbrada”, antes bien, uno ha de ser humilde y ver si esa falta de gusto se debe por motivos que ha hecho. De modo que la oración es auténtica cuando la sequedad de la misma conduce a la humildad, viendo el propio pecado y la gran misericordia de Dios.

El gusto no es criterio de mayor oración, “porque no se requiere que sea siempre sabroso lo que ha de ser provechoso”, de ahí que “no es mucho durar mucho en la oración, cuando es mucha la consolación. Lo mucho es que cuando la devoción es poca, la oración sea mucha y mucho mayor la humildad y la paciencia y la perseverancia en el bien obrar”, este es un clarísimo ejemplo de discernimiento de la oración. Lo cual, nos muestra que la oración afectiva ante todo es un don. Podremos poner medios para que nuestra oración no sea demasiado especulativa, pero no podemos vivir dependientes del gusto o afecto.

Un aspecto que se deriva de la ausencia de gustos y consolaciones en la oración, que es la ausencia de asideros y cosas que sostiene la misma, es la necesidad de mantener la alegría espiritual a través de una especie de combate o pelea, lo cual “es imitar en las virtudes al Salvador”, y “este es el toque principal en que se prueba la fineza de los amigos, si son verdaderos o no lo son”. Por lo tanto, prueba de que la oración es verdadero encuentro de amistad, es imitar a Cristo en la pelea, el padecimiento, la aridez.

Dice San Pedro, en esta misma línea, en el primer aviso de la segunda parte, que algunos van a la oración o a los sacramentos “por el gusto grande que hallan en ellos, de tal manera que el principal fin que a esto les lleva es el desseo de esta maravillosa suavidad”, y dice seguidamente: “Este es muy grande y muy universal engaño. Porque como el principal fin de todas nuestras obras aya de ser amar a Dios y buscar a Dios, esto es más amar a sí y buscar a sí”. Por lo tanto, claro criterio de discernimiento es preguntarnos cuál es el fin de nuestra oración, cuáles son nuestras motivaciones profundas, puede que nos busquemos más a nosotros que el amor de Dios. El objeto de todo discernimiento, y la oración ha de ser discernida, es buscar la voluntad de Dios, sobre todo, con la capacidad de un sano negarse a sí mismo.

Además, la perfección de uno no depende del gustar más o menos de Dios. Si uno quiere probar, discernir, cuál ha sido su camino de adhesión afectiva al Señor, tendrá que mirar la paciencia en la tribulación, la abnegación de sí mismo y buscar la voluntad de Dios.

Otro de los peligros que dificultan la oración es dejarse llevar por la desconfianza y la presunción. El discernimiento que se deduce de lo primero es que no es auténtica la oración cuando el orante cree que todo ha de depender de las propias fuerzas: se requiere un abandono y “desconfianza” en sí mismo, pero no en Dios.

De la desconfianza se deriva la presunción que es creerse que el hombre está cerca de Dios, precisamente por eso el discernimiento que brota es que el hombre, pensando así, está más lejos de Dios.

Otra de las dificultades son las distracciones que en el Tratado aparecen bajo el nombre de “pensamientos importunos”, ante lo cual no hay que acongojarse, sino pelear y perseverar, pero con paz, es decir, la oración es más que aquello que la pueda entorpecer. No podemos hacer depender la oración de estar plenamente conscientes. Porque las distracciones “distraen” en cuanto que nos restan la atención que estábamos prestando a la acción de Dios en nuestro espíritu, lo cual no significa que Dios se aparte de nosotros, Dios sigue actuante en nosotros. Ante esto lo que hay que hacer es recuperar el hilo de la atención volviéndonos a centrar. Pero San Pedro hace hincapié en la perseverancia y resistencia en esta dificultad, valorándola como cuando se goza de la oración, con lo cual supone un rico elemento de discernimiento.

Dificultad también es el sueño ante lo cual San Pedro se muestra muy humano, si procede de una necesidad “el remedio es no negar al cuerpo lo que es suyo”, si es por la enfermedad, tampoco hay que hacer problema. La cuestión es si procede de la pereza, ante lo cual el remedio es poner medios que lo quiten, en una línea, más bien ascética: ayuno, no beber vino, beber poca agua... pero, ante todo, pedir la gracia. Con lo cual, vemos que el sueño ha de ser también discernido: puede venir por necesidad o por negligencia.

Otros criterios de discernimiento

El corazón dividido. Pudiera suceder que la “amargura y dessabrimiento de coraçón y tristeza desordenada”, junto con los “cuidados demasiados” y las “occupaciones demasiadas”, invadiera el corazón que es el centro afectivo de la persona, con lo cual, lleno de estas cosas, queda impedido para el encuentro con Dios. Todos estos elementos, como “dispersión afectiva”, roban presencia de Dios. Buen criterio de discernimiento, pues, es revisar qué cosas nos atan impidiéndonos centrarnos en lo único necesario.

No desear lo extraordinario en la oración: arrebatamientos, visiones, revelaciones. Este es un elemento muy importante del que advierten los místicos. El verdadero encuentro con Cristo acontece en lo cotidiano, en lo no espectacular. En este aspecto el hombre ha de desconfiar siempre y no pararse en ello, “no tenga el hombre miedo de ser desobediente a Dios”. Si es de Dios lo que manifiesta, ya le hará ver al orante con credibilidad que es así.

Evitar sentimentalismo. Esto es lo mismo que la ausencia de gusto o sentimiento, pero dicho en positivo. Me explico, normalmente se ha hablado en el Tratado de lo discernidor que es la ausencia de estos sentimientos, pero en algún momento se hace referencia a relativizar el sentimiento cuando se tiene: “que el siervo de Dios no se contente con cualquier gustillo que halla en la oración, como hazen algunos, que en derramando alguna lagrimilla o sintiendo alguna ternura de corazón, piensan que han ya cumplido con su exercicio”. Por lo tanto, discernir la oración afectiva es ser consciente que ésta es mucho más que el gusto o la ternura de corazón, por eso hay que relativizarlo, aunque también hay que dejarse sentirlos.

Reducir la oración a un acto de disfrute interior corre el peligro de caer en el egoísmo que es avaricia, lujuria o gula espiritual, que es amarse más a sí mismo que buscar a Dios, que es el principal fin de la oración.

Otro criterio de discernimiento es el racionalismo, que es un elemento que está en la base de todo el Tratado y del que se advierte en todo momento. Vimos este aspecto más en concreto en el punto de la pedagogía de la oración. La oración afectiva se caracteriza por ser una oración que deja brotar el afecto y sentimiento sobre el entendimiento, aunque éste tiene su papel en su justa medida. Porque, en el camino de la oración, “no aciertan los que se ponen a meditar los mysterios divinos, como si los estudiassen para predicar, lo cual es más derramar el spíritu, recogello y andar más fuera de sí que dentro de sí”. Decíamos en otros momentos que el fin de la oración es el “amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos” , que San Pedro traía a colación en tantas ocasiones.

A veces, una muestra del racionalismo que es hacer reflexión sobre Dios pero sin tocar el corazón, es “querer aprovechar a los otros” olvidándonos de nuestra tarea de “procurar tener tan larga y profunda oración que baste para traer siempre el coraçón con esta manera de recogimiento”. También se refleja en el “apetito de saber y estudiar” y poner en ello la gloria, cuando lo que verdaderamente ha de conducir a la persona es el amor, que es sobre lo que va a ser examinado.

La humildad es un criterio de discernimiento que recorre el espíritu del Tratado y del que participan muchos místicos.

El que quiere entrar en la oración lo ha de hacer “con mucha humildad y reverencia y llevar consigo ojos de paloma senzilla y no de serpiente maliciosa y coraçón de discípulo y no de juez temerario. Hágase como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos”, pues nos relacionamos con un Dios cercano, pero a la vez, muchas de sus cosas sobrepasan nuestro conocimiento. Humilde, pues, es el hombre que deja que Dios sea el protagonista de su vida; Él es el que tiene la iniciativa y la elección del camino para el encuentro con el hombre.

La humildad del orante se manifiesta también “en callar los favores y regalos que nuestro Señor le hiziere, si no fuere sólo a su maestro spiritual”. Cabe señalar aquí la figura del maestro espiritual como el que ayuda a discernir la oración a la luz de esos favores y regalos.

El trato con Dios siempre debe de ser en un espíritu de humildad y reverencia, y aún cuando el orante reciba gratificaciones en la oración, no se ha de apartar de esa humildad que le ha de permitir ver su fondo de pecado, pues, de lo contrario, sería restarle protagonismo a Dios preocupándose y auscultando su oración, pidiendo a Dios un cambio de la oración cuando ésta resulta dolorosa. Por lo tanto, humildad es no depender de las gratificaciones, sino apertura a lo que Dios quisiere dar.

Por finalizar, elemento de discernimiento importante es la vida y sus avatares. Aunque no aparece así de explícito en el Tratado, hay un párrafo del aviso 1.º de la segunda parte que me parece recoge unos aspectos vitales en los que contrastar la oración como “camino de Dios”. Dice así el texto: “el que quisiere ver qué tanto ha aprovechado en este camino de Dios, mire cuanto cresce cada día en humildad interior y exterior; cómo suffre las injurias de los otros; cómo sabe dar passada a las flaquezas agenas; cómo acuerde a las necessidades de sus próximos; cómo se compadesce y no se indigna contra los defectos agenos; cómo sabe esperar en Dios en el tiempo de la tribulación; cómo rige su lengua; cómo guarda su coraçón; cómo trae domada su carne con todos sus apetitos y sentidos; cómo se sabe valer de sus prosperidades y adversidades; cómo se repara y provee en todas las cosas con gravedad y discreción”. Dependiendo de cómo se vivan estas cosas, cuyo horizonte es el amor, la oración habrá sido auténtica o no.

“El discernimiento definitivo de toda oración es la vida. Si la oración me humaniza al estilo de Jesús, si permite la transparencia del barro de que estoy hecho, si se concreta en un amor efectivo, entonces la mía es una oración recibida del Espíritu de Dios”.

Si una persona de oración no ama o ama mal, no hay oración , sino “rezo”, que viene a ser lo mismo que quedarse en las “puertas” de la oración, que es sentir o no a Dios. La oración se transforma en frutos de amor: “por sus frutos lo conoceréis”.

El “paso” auténtico del Señor en la vida del creyente acontece cuando podemos hablar de una coherencia entre los niveles místico y moral. La oración no la podemos desconectar de la historia. La esencia amorosa de la oración nos lleva al amor de lo real. Lo afectivo de la oración nos ha de llevar a que nos “afecte” la vida, porque hemos sido empapados por la gracia.

Desde esta premisa viviremos unificados, sin disociar vida y oración, y unificados con Dios desde el corazón.

Concluimos, pues, este largo capítulo en el que, a mi parecer, hemos podido ver, al menos un poco, que la oración que se propone es una oración desde el corazón, desde el mundo afectivo, lo cual no significa desechar lo especulativo sino situarlo en el justo lugar. Para “velar” por esto, el Tratado muestra esa linea pedagógica y discernidora.