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1. Esquema del “Tratado”Inicio este capítulo con un esquema que resalta los temas centrales del Tratado. Aunque lo pudiera parecer, no coincide con el índice del Tratado, sino que y he hecho mi propia estructura.
Al tratar el tema de la oración afectiva en el Tratado de la oración y meditación de San Pedro de Alcántara, y al encontrarnos con esta obra, cuyo título tiene los términos de “oración” y “meditación”, llama la atención que ya en el primer capítulo el autor ponga como punto de partida y fin de la obra la devoción, como prontitud a la voluntad de Dios y al bien obrar. Pero si nos paramos un instante a pensar, todo proceso oracional es una disposición continua a la voluntad de Dios, es un querer estar a su lado y amar lo que Él ama, es un querer fundirse en unidad afectiva con Él; y el ser humano que está unido a Dios no puede sino hacer el bien. Esta finalización de la devoción se hace tanto más necesaria cuanto que el hombre tiene un corazón que se inclina al pecado y se le hace dificultoso obrar el bien; con lo cual, llegar a Dios como “última felicidad y bienaventuranza” requiere todo un proceso de conversión. Y los medios para ir caminando hacia la devoción son la oración y meditación, elementos necesarios para ir convirtiéndose a Dios. Para esta oración el autor establece una pedagogía que llevará al orante al encuentro con Dios bajo los pasos anteriormente citados, en donde la meditación, con sus dos series, viene a ser el engranaje entre los pasos anteriores y los posteriores. Los avisos son como unos consejos generales en los que se refleja la orientación afectiva que ha de tener el proceso oracional. Es de destacar el aviso octavo por ser de San Pedro y por ser el “alma” de la oración afectiva en esta obra. En él define la contemplación como el culmen del proceso oracional. De la segunda parte destacaría que, aparte de ser más ascética, de las cosas que impiden la devoción, de las tentaciones de la oración y de los avisos, se pueden ver elementos de discernimiento de la oración. 2. Temas-clave que aparecen en el “Tratado”Respecto a la estructura interna del Tratado que acabamos de ver, constatamos que hay una terminología que le da cuerpo y que es importante ir desentrañando para proseguir en el desarrollo de los siguientes puntos del capítulo. Vemos, pues, los temas de la devoción, la meditación, la oración, todos ellos “bañados” de criterios afectivos; y por último, veremos qué vocabulario, propiamente afectivo, recorre el Tratado. DevociónConviene señalar, de entrada, que este concepto tiene dos acepciones o sentidos que San Pedro emplea en diversos momentos. Nos ocupamos, en primer lugar del primer sentido, pues es el que da cuerpo a todo el Tratado. Hay que decir, en primer lugar, que la devoción es la clave hermenéutica de todo el tratado alcantarino. Y, si es así, es porque San Pedro toma como punto de partida la situación existencial del hombre, situación expresada más bien en tonos negativos y que no vamos a desarrollar porque lo hicimos en su momento: “la mala inclinación de su corazón y la dificultad y pesadumbre que tiene, para bien obrar”. Si ésta es la situación existencial del hombre, se trata de una situación que le aleja del fin para el que ha sido creado: “alcançar su última felicidad y bienaventuranza”. La devoción, pues, es la que conducirá al hombre a alcanzar su última felicidad y bienaventuranza que es Dios mismo. San Pedro, en el capítulo primero de la primera y segunda parte, haciéndose eco de la definición de Santo Tomás, describe la devoción así: “...no es otra cosa devoción sino una prontitud y ligereza para el bien obrar, la cual despide de nuestra ánima toda esa dificultad y pesadumbre y nos haze prontos y ligeros para todo bien. Porque es una refectión spiritual, un refresco y roscío del Cielo, un soplo y aliento del Spíritu Sancto; y un affecto sobrenatural, el cual de tal manera regala, esfuerça, y transforma el coraçón del hombre, que le pone nuevo gusto y aliento para las cosas espirituales, y nuevo desgusto y aborrescimiento de las sensuales”. De modo que la devoción se inserta dentro de la concepción cristiana del hombre en cuanto que es y es finalizado hacia el misterio de Dios. La devoción es considerada, desde lo que venimos diciendo, como un fin. Así, dice San Pedro, al respecto en el aviso primero y segundo: “Porque como el fin de todo esto (la oración) sea la devoción, como diximos, yerro sería buscar en otra parte, con esperança dubdosa, lo que ya tenemos en las manos cierto”; “Para lo cual es de saber, que la devoción que pretendemos alcançar no es cosa que se ha de alcançar a fuerça de braços”. En la segunda parte del Tratado, cuando habla de las cosas que ayudan a alcanzar la devoción y de las que impiden, también este término devoción tiene el mismo sentido de finalidad y de prontitud y ligereza para el bien. Ésta era la primera acepción o sentido al que aludíamos al principio, y que es, en definitiva, herencia de la Edad Media, período en el que se acentúa de la devoción todo lo que se refiere a la prontitud de la voluntad en darse al culto y servicio de Dios y al fervor de la caridad como profundidad y espontaneidad de la oración (cf. Santo Tomás), ésta sería la devoción sustancial, o esencial, según San Pedro de Alcántara. El segundo sentido, también de herencia medieval, es el de devoción como el conjunto de consuelos y sentimientos agradables que acompañan a menudo el servicio de Dios. Aquí parece que el factor de consuelo parece dominante. A menudo se le suele llamar devoción sensible en tanto que se siente el gusto de las cosas religiosas y afecta a la esfera de lo afectivo y emocional. Lo que caracteriza a esta devoción es la alegría y el placer, gozo y ternura, etc.... San Pedro viene a definir esta devoción o este aspecto de la devoción también en el capítulo primero de la segunda parte, después de definir la anterior. En principio, niega que esos contenidos que define sean devoción, para pasar a reconocerlos después, pero siempre subordinados a la devoción entendida como prontitud para el bien. Es decir, la devoción sensible está subordinada a la esencial: “Porque no es devoción aquella ternura de corazón o consolación que sienten algunas veces los que oran, sino esta promptitud y aliento para el bien obrar; de donde, muchas vezes acaesce hallarse lo uno sin lo otro cuando el Señor quiere provar los suyos. Verdad es que de esta devoción y promptitud muchas veces nasce aquella consolación y por el contrario esta mesma consolación y gusto espiritual acrecienta la devoción esencial que es aquella promptitud y aliento para bien obrar. Y por esta causa los siervos de Dios pueden con mucha razón dessear y pedir estas alegrías y consolaciones, no por el gusto que en ellas ay, sino porque son causa de acrescentamiento desta devoción”. Es decir, estas dos devociones están interrelacionadas, aunque no tienen por qué ir siempre juntas: de la devoción esencial nace la sensible y la devoción sensible acrecienta la esencial. San Pedro, desde este criterio, acepta pedir este tipo de devoción consoladora, pero, como buen maestro espiritual, con tal que no sea por quedarse en el gusto que hay en ella, sino porque ayuda a alcanzar el bien, la unión con Dios. Su sentido agudo de discernimiento le hace ver que en la ausencia de la devoción sensible, se encuentra la mano de Dios que prueba al hombre. De este modo, la concepción alcantarina de la devoción corresponde, dentro de la sistematización de la teología de la vida espiritual, a la necesaria purificación que ha de hacer el hombre en su interioridad para despojarse de todo aquello que le impide conseguir el fin para el que ha sido creado. Este camino purificativo o purgativo se va a explicitar a lo largo de todo el Tratado a través de la oración y meditación. Porque los medios por los cuales se alcanza la devoción son “la meditación y contemplación de las cosas divinas”. Ya en el capítulo primero de la segunda parte, a la devoción se le atribuyen una serie de características: “Porque esta virtud, tal de manera es virtud, que también es un especial don del Spíritu Santo, un roscío del cielo, un socorro y visitación de Dios alcançado por la oración, cuya condición es pelear contra esta difficultad, despedir esta tibieza, dar esta promptitud, hinchir el ánima de buenos desseos, alumbrar el entendimiento, esforçar la voluntad, encender el amor de Dios, apagar las llamas de los malos desseos, causar hastío del mundo u aborrescimiento del pecado, y dar al hombre por entonces otro fervor, otro spíritu y otro esfuerço y aliento para bien obrar”, aspectos todos que vendrían a ser como el resultado o el fruto de la conversión, o de la persona que se conduce según Dios. MeditaciónConviene empezar señalando que los conceptos oración y meditación los emplea el Santo indistintamente, queriendo significar una, la otra, es decir, que bajo el concepto meditación hay, en ocasiones, un sentido oracional. Por ejemplo, cuando el autor habla en el capítulo quinto de la primera parte “de seis cosas que pueden intervenir en el ejercicio de la oración” una de esas seis es la meditación, con lo cual ésta forma parte del proceso oracional, aunque tenga un carácter más racional. Ante todo, cuando habla de meditación se está refiriendo a las dos series que escribió para todos los días de la semana, unas para la mañana y otras para la noche. Las primeras son sobre los misterios de nuestra fe entre otras cosas, y las segundas son sobre la pasión. Estas meditaciones son componente y núcleo en torno al cual gira todo el proceso oracional, como veremos más adelante, y tienen un fondo afectivo: “... por cuanto este sancto exercicio (oración y meditación) se ordena a criar en nuestros corazones amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos”. San Pedro también distingue entre meditación imaginaria, que es la que se puede representar con la imaginación, y aquello que se puede representar con la imaginación son los pasos de la vida y pasión de Cristo, el juicio final, el infierno y el paraíso; y la intelectual, que pertenece más al entendimiento, y lo que se considera son los beneficios de Dios, su bondad, su justicia y misericordia u otras perfecciones de Dios. Debajo del concepto de meditación hay un fondo más racional y discursivo, pues el objeto es “filosofar y ocupar tu pensamiento por los días de la semana”. Pero no hay que olvidar en absoluto el fondo afectivo y libre con el que se ha de hacer la meditación puesto que se puede meditar “cualquier cosa que induce nuestro corazón a amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos”. Ya en los avisos vuelve a retomar el tema de la meditación en donde acentúa el carácter especulativo de la misma en función de lo que quiere destacar en ellos, que es el primado de la contemplación, aspecto que ya veremos en su momento. Así, por ejemplo, el conocido aviso octavo establece claramente la diferencia y, a su vez, la complementariedad entre meditación y contemplación. Según este aviso, “el officio de la meditación es considerar con estudio y attención las cosas divinas, discurriendo de unas en otras para mover nuestro coraçón a algún afecto y sentimiento de ellas”. En este texto se contempla el carácter especulativo del entendimiento en la actividad meditativa, pero remarcando que el fin de la oración es afectivo. OraciónRetomando lo que decíamos anteriormente, San Pedro no ofrece, de entrada, una definición de oración, sino que directamente, desde las primeras páginas del Tratado se está refiriendo a ella, en primer lugar, como un elemento de la vida que ha de llegar a todos: esto es lo que viene a decir en el prólogo manifestando su deseo de ofrecer un manual sencillo de oración que pueda ser entendido por los pobres y por los que no tienen posibilidad de acceder a libros caros; y en segundo lugar, y más importante, que la oración (contemplación dice él), junto con la meditación, es el camino y medio para alcanzar aquella prontitud y ligereza para el bien obrar, que es la devoción y, en definitiva, la unión con Dios que es el alma del Tratado; y además de alcanzar la virtud de la devoción, la oración es medio para alcanzar las demás virtudes: paciencia en las adversidades; fortaleza para vencer las tentaciones; vivir con alegría; salir de los vanos pensamientos; fortalecer y confirmar el corazón; desarraigar vicios y plantar virtudes..., haciéndose eco de las palabras de San Buenaventura. San Pedro también se refiere con “oración” a todo el proceso oracional, o, dicho de otra manera, a todos los componentes que la forman; él habla, de este modo, de “seis cosas que pueden intervenir en el ejercicio de la oración”. En estas seis cosas podemos contemplar lo que él entiende por oración, y concretamente oración afectiva, pero este punto no lo desarrollamos ahora porque será objeto de nuestro estudio posterior. En la petición especial de amor de Dios, oración no propiamente alcantarina, no contemplamos una definición de oración, sino una oración misma con claros tintes afectivos y propios de los últimos estados de la vida espiritual de unión con Dios al que debe aspirar todo creyente. Otro aspecto que hay que tener en cuenta es que San Pedro habla de oración y contemplación queriendo decir lo mismo, como medios para alcanzar el fin último, la devoción, como veíamos anteriormente. Pero en otra ocasión, y esto es muy importante, el término contemplación pierde el sentido mediático para convertirse en fin del proceso oracional y meditativo; la contemplación es, pues, gozar del afecto y sentimiento que se buscaba, es haber sacado la centella. Porque, ante todo, “la oración (contemplación) no se justifica por nada que esté más allá de ella misma; se justifica por sí misma. No es un sentido de funcionalidad el que está a la base de la oración, sino un sentido de comunión”. Al igual que decíamos de la meditación, la oración se ordena a “criar en nuestros corazones amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos”, por lo que la dinámica humana hacia lo verdadero y lo bueno sitúan al hombre en el camino adecuado, pero sólo en la fe en un Dios personal, que quiere comunicarse y dialogar con él, comprendemos la verdadera entraña de la oración. La oración es fruto de la fe atenta y confiada más que de la especulación, de ahí que se parta del amor y temor de Dios, por eso la meditación de la Palabra de Dios a través de la Pasión de Cristo lleva a la unión afectiva con Dios. La oración es más cuestión de escuchar que de hablar. Con este punto no señalamos más que, a grandes líneas, lo que entiende San Pedro de Alcántara por oración o contemplación y el papel general de la oración en el marco del Tratado, porque posteriormente entraremos más profundamente en el tema. Terminología en torno a la afectividadEn primer lugar, lo que evoca el término afectividad es la acentuación de lo subjetivo sobre lo objetivo, y dentro de esta subjetividad, se acentúa la experiencia interpersonal del amor. Por lo tanto, la afectividad en el terreno de la espiritualidad acentúa el primado del amor en tanto que relación inmediata de amor con Dios como centro de la experiencia. San Pedro de Alcántara afirma este primado de la relación con Dios y, por tanto de la oración, en la que acentúa fuertemente su dimensión afectiva de encuentro gratuito, amoroso, contemplativo y obediente con Dios. Hacemos un recorrido en torno a este vocabulario afectivo. Afecto(s), afecciónEste término es de los más empleados en el Tratado, aparece en torno a veinte veces. El afecto viene a ser el toque delicado e íntimo que, un recuerdo, una representación o una visión, determinan en el ánimo o corazón de una persona. El afecto designa una actitud de placer, de benevolencia, de devoción, de adhesión, de gratitud..., aunque no se excluyen de su campo de significado los sentimientos de odio, ira, desprecio, antipatía, sufrimiento, cuando el objeto del afecto es un mal del que hay que alejarse. Según esto, también en el Tratado, este término presenta pequeñas variantes terminológicas. Podemos definirlo, de entrada, como un sentimiento amoroso que transforma el corazón y mueve a todo bien, así es definida la devoción: “ Porque es (la devoción)... un affecto sobrenatural, el cual de tal manera regala, esfuerza y transforma el corazón del hombre, que le pone nuevo gusto y aliento para las cosas espirituales”; o también: “...no se contenta el hombre con mirar lo que por defuera padesce, sino mucho más ay que contemplar en el ánima de Christo que en el cuerpo de Christo; assí en el sentimiento de sus dolores, como en los otros affectos y consideraciones que en ella avía”. Otra cita en la que vemos esta idea de sentimiento o actitud amorosa es en el aviso octavo: “Más la contemplación es aver ya sacado esta centella, quiero dezir, aver ya hallado esse affecto y sentimiento que se buscava”. Según mi opinión en todos los lugares en los que aparece este término está expresando este sentimiento de amor; lo que ocurre es que, generalmente el término este va acompañado de otro que viene como a matizar o explicitar lo que quiere decir con afecto. De este modo, términos que le acompañan son el mismo término sentimiento, que venimos utilizando para definir afecto: “...porque de la profunda meditación y consideración de ellas (las cosas divinas) redunda este afecto y sentimiento en la voluntad que llamamos devoción”; el término virtud: “...Y por esto deven los que comiençan perseverar por algún espacio de tiempo en la consideración de estas cosas, para que assí se funde más en las virtudes y affectos suso dichos”; el término caridad: “Primeramente pidamos con gran afecto de caridad y con celo de honra de nuestro Señor”. Luego hay también una serie de términos que vienen a ser sinónimos de afecto, por lo menos así lo evoca el contexto en el que son utilizados: - Los términos amor y temor de Dios que suele colocar juntos y que suelen ir unidos al término corazón que analizaremos después: “...por cuanto este sancto exercicio (oración y meditación) se ordena a criar en nuestros coraçones amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos”; “...por lo cual con mucha razón se dice que el Símbolo es la materia propiísima de este sancto exercicio, aunque también lo será para cada uno lo que más moviere su coraçón al amor y temor de Dios”; “cualquier cosa que induce nuestro corazón a amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos es materia de meditación”. - El término amor simplemente: “Otras veces devemos sacar de aquí motivos de amor y de agradecimiento, considerando la grandeza del amor que él por aquí nos descubrió”; “el principal fin de todas nuestras obras aya de ser amar a Dios y buscar a Dios” . - El término voluntad: “Acabada la preparación, se sigue luego la lectión de lo que se ha de meditar en la oración. La cual no ha de ser apresurada, ni corrida, sino attenta y sossegada, aplicando a ella no sólo el entendimiento para entender lo que se lee, sino mucho más la voluntad”. Una dimensión o propiedad del afecto o la voluntad es que su esencia es diferente al discurso, a la especulación, al entendimiento. Un ejemplo de esto lo acabamos de ver en la cita anterior, pero aparece marcadamente en los avisos: “Sea el segundo (aviso) que trabaje el hombre por escusar en este exercicio la demasiada speculación del entendimiento y procure de tratar este negocio más con affectos y sentimientos de la voluntad, que con discursos y speculaciones del entendimiento”; “debemos sossegar el entendimiento y entregar todo este negocio a la voluntad”; “...cuando está adormecido el entendimiento y vela la voluntad”; “Donde también es mucho de notar que assí como nos conviene dexar la meditación por la affectión para subir de menos a más”. Esta esencia del afecto es el gusto, el gozo, el reposo... También cabría decir que el afecto se despliega en el hombre bajo unos sentimientos concretos, con lo cual se podría hablar de “tipos” de afecto: “...gozar de aquel affecto que se le da, ora sea de amor, ora de admiración, o de alegría o cosa semejante”. Y, aunque no es frecuente encontrar en el Tratado alusiones a afectos que hay que desechar, sí que encontramos alguna: “Ayuda también la guarda del coraçón de todo género de pensamientos ociosos y vanos y de todos los affectos y amores peregrinos y de todas turbaciones y movimientos apasionados”. CorazónEs otro de los grandes temas afectivos del Tratado. Este término aparece unas cuarenta veces, lo cual indica su importancia. La actividad orante acontece en el corazón, en el fondo, en el centro, en lo más íntimo de la persona tal y como lo indica la oración de recogimiento. El corazón es el centro afectivo de la persona, lugar en el que residen los afectos, lugar desde el que tomamos las decisiones. Vivir unificados es cosa del corazón, si éste está centrado en lo verdaderamente importante que es Dios. Se trata de una palabra que expresa al hombre en su totalidad. Desde ese centro que es el corazón, es desde donde se realiza la apertura hacia Dios y hacia el prójimo. Por lo tanto, la dinámica del corazón es la salida de sí hacia otro. También, desde la idea neotestamentaria el corazón es el yo del hombre, su interior en contraste con lo exterior. El corazón es el punto de apoyo de la acción de Dios que lo escudriña y pone a prueba. Todo el Tratado parte haciendo una constatación en el hombre: “la mala inclinación de su corazón y la difficultad y pesadumbre que tiene para bien obrar”. Con lo cual, el centro afectivo, la interioridad del hombre tiene una mala orientación y, por lo tanto, está requerida de conversión, por eso, todo el camino oracional que propone el Tratado es un proyecto de conversión que venga a “restaurar” el corazón. Esta restauración del corazón o cambio del mismo, es un cambio de vida y una renovación espiritual interior que lleva a la devoción que es disposición a la voluntad de Dios y al bien obrar. En una serie de ocasiones San Pedro asocia el término corazón a los términos que veíamos de amor y temor de Dios. Es el corazón, la interioridad, lugar de los afectos donde “reside” el amor y temor de Dios. Todo el proyecto oracional está caracterizado por la libertad, y la oración del corazón será libre, pero con la condición de que el fin de todo sea el amor y temor de Dios: “(la oración y meditación) se ordena a criar en nuestros coraçones amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos”; se aconseja el Símbolo como materia muy propia de oración y meditación, “aunque también lo será para cada uno lo que más moviere su corazón al amor y temor de Dios”; “cualquier cosa que induce nuestro corazón al amor y temor de Dios y guarda de sus mandamientos es materia de meditación”. En algunas ocasiones este término adquiere un sentido activo: “debemos ir inclinando nuestro coraçón unas vezes a compasión de los dolores de Christo”; este sentido activo evoca que el corazón unificado se va conformando a Cristo: “Mortifica en mí todo lo que desagrada a tus ojos y hazedme hombre según tu coraçón”. En otras, la blandura de corazón evoca la conmoción y conversión ante la humildad de Cristo. El corazón también aparece como personificado y adquiere un sentido metonímico: “coraçón mío ¿qué piensas?”. El tema de la preparación de la oración con un corazón bien dispuesto es muy insistente, Por ejemplo, compara el corazón a una vihuela en el sentido que es necesario que el corazón se ubique, se prepare, sea consciente de lo que va a realizar; al igual que un instrumento que, para que suene bien, requiere su afinación. Esta idea es similar a la de la necesidad de “tener el coraçón no caído ni floxo, sino bivo y atento y levantado a lo alto”, un corazón preparado y centrado en Dios. Así, también, cuando habla de “recogimiento de corazón” se refiere a tener el corazón vuelto al Señor, tener la mirada puesta en el centro de uno, lugar de la presencia de Dios, centrado en lo importante: Dios mismo. También habla de la necesidad de que la oración sea más bien larga, porque si es breve, todo el tiempo “se gasta en sossegar la imaginación y quietar el coraçón”. Conviene tomar la oración muy en serio “con un corazón muy determinado y offrecido a todo lo que fuere necesario para alcanzar esta preciosa margarita”. Términos todos ellos similares que vienen a expresar lo mismo. El corazón también indica veracidad y profundidad: “Dadas de todo corazón al Señor las gracias por todos estos beneficios”; “...diciendo de lo íntimo de nuestro corazón”. Amar a Dios con todo el corazón expresa una idea de totalidad, que veíamos al principio como definición de este término. El término corazón, en otras ocasiones, va acompañado de otros vocablos que se refieren a la posibilidad de que el corazón viva desviado. De modo que hay que evitar, por ejemplo, la ternura de corazón en el sentido de sentimentalismo que no lleva a una adhesión seria y comprometida con Dios, sino que está al amparo del puro gusto o sentimiento; el derramamiento del corazón, que como bien indica la palabra es tener el corazón, desperdiciado en otras cosas, desorientado y descentrado, es lo contrario a unificado; la dispersión es la pérdida del norte, del verdadero centro que es Dios, es tener puesto el mundo de los afectos en otras cosas no tan importantes. El distraimiento del corazón, puede significar lo mismo que lo anterior, pero veo en ello un matiz más superficial y no tan profundo por el contexto en el que está empleado: se apela a la necesidad de soledad para evitar despistes y distracciones. La amargura y desabrimiento de corazón, expresa una idea de tristeza y esterilidad que le hace perder la orientación. En otra expresión se dice que las muchas ocupaciones “dejan al hombre sin tiempo y sin corazón para vacar a Dios”, es decir, el corazón está tan lleno de otras cosas que no queda sitio en él para Dios. Por último, destacar el tema de la guarda del corazón. Esta expresión procede de Prov 4,23: “Sobre todo, guarda tu corazón, porque de él procede la vida”. No vamos a repetir la definición del corazón como sede de la vida, a todos los niveles, de la persona, tan sólo destacar que esta expresión ha sido usada para indicar una actividad espiritual bastante compleja, que consiste en el ejercicio de una vigilancia continua sobre pensamientos, imaginaciones, impulsos desordenados de la afectividad, a fin de contenerlos y dominarlos. De modo que la finalidad de la guarda del corazón es evitar cualquier pecado o desorden a fin de alcanzar la pureza de corazón en cuanto estado de purificación interior y recogimiento que favorece el encuentro con Dios. Este sentido se refleja claramente en el Tratado: “Ayuda también (a la devoción) la guarda del corazón de todo género de pensamientos ociosos y vanos y de todos los afectos y amores peregrinos y de todas las turbaciones y movimientos apasionados, pues cada cosa de éstas impide la devoción”; “Ayuda (...) el uso de aquellas breves oraciones que S. Agustín llama iaculatorias, porque éstas guardan la casa del corazón”. MoradaMuy vinculado al término corazón está el de morada, término no muy frecuente en el Tratado pero que aparece alguna vez. Este término expresa físicamente, sirviéndose del “espacio íntimo”: hogar, casa, habitación, celda..., la intimidad más profunda de la persona en donde Dios se hace presente. Esta idea ya la recogen los Padres, así Guillaumont define el corazón como “esa celda secreta donde se desarrolla todo el drama de la existencia, de la conversión y de la salvación”. Es el tema de la inhabitación de Dios en el fondo de nuestro corazón, de nuestro ser tan querida por el oriente cristiano. Ya desde la encarnación, la morada de Dios es el mundo entero, la historia y el corazón del hombre. Dice así Silvano de Athos: “Es cierto que tenemos iglesias para orar y libros litúrgicos, pero que tu oración interior esté continuamente contigo. En las iglesias se celebra el culto, y en ellas habita el Espíritu Santo, pero que tu alma sea también la iglesia de Dios”. Vimos también que este tema es muy rico en el mismo San Francisco. Vemos lo que nos dice el Tratado al respecto. Es de destacar la presencia de este tema en la petición especial de amor de Dios, que no es precisamente alcantarina sino de la Guía de pecadores de Fr. Luis de Granada, cuyo contenido es puramente afectivo: “Apareja, Dios mío, apareja, Señor, una agradable morada para ti en mí, para que, según la promessa de tu sancta palabra vengas a mí y reposes en mí”, el matiz que podemos encontrar en el texto es que se pide que sea el mismo Dios el que prepare el corazón del hombre para habitar en él; la soledad también “convida al hombre a que more dentro de sí mismo y trate con Dios y consigo”. Entrañas, ánimaEstos términos expresan también interioridad. Las entrañas expresan lo mismo que corazón, pero, si acaso, con un matiz que resalta lo más profundo y escondido. Así en la petición especial de amor de Dios se le pide amarlo con todas las entrañas, es decir, amar a Dios desde lo más profundo, desde las motivaciones más profundas. En alguna ocasión, las entrañas son el mismo Dios para el orante: “¡O Dios mío, amado mío, entrañas mías, bien de mi ánima! (...) ¡O Dios de mis entrañas!”. Amar a Dios “con toda mi ánima” expresa lo mismo, además el alma tiene ese matiz de totalidad, de centro de uno mismo tan propio de la corriente espiritual del siglo XVI como veíamos en los capítulos anteriores: “Hiere, Señor, lo más íntimo de mi ánima, con las saetas de tu amor”. 3. La vía del recogimiento en el “Tratado”. Grados de la oraciónAl empezar a considerar el tema de la oración afectiva, una de las primeras preguntas que podemos hacernos es, qué tiene la prioridad, lo objetivo o lo subjetivo en el interior de la experiencia religiosa, o lo que es lo mismo, lo afectivo o lo “dictaminado” por la fe, porque la afectividad en el camino espiritual se sitúa en el seno de esta problemática. La respuesta primera y rápida que podemos dar es que los excesos o extremos en un polo u otro no edifican, lo ideal es la integración. Ninguna de ellas se puede considerar prioritaria si se parte de la contraposición. Priorizar lo objetivo sería confundir la fe con un conjunto de normas, y priorizar lo subjetivo sería confundir la fe con la experiencia psicológica. Los que apelan a la prioridad de lo objetivo lo hacen basándose en el primado de la Revelación y la liturgia sobre la autoconciencia subjetiva. Es cierto que Dios se puede servir de la mediación objetiva de la Iglesia (Palabra y Eucaristía) para transformar al creyente, pero lo que también es cierto es que la Iglesia es para el hombre y no al revés. La fe dogmática es una formalización con autoridad eclesial para garantizar el contenido de la Revelación, lo cual no significa que sea la revelación misma. De lo que se trataría, pues, es de hablar del primado de lo objetivo desde la interioridad de la subjetividad; lo objetivo: Palabra, Eucaristía, Liturgia... Dios mismo, tiene su primacía en la medida que el creyente, en su subjetividad lo hace experiencia teologal; en este sentido la primacía la tiene lo objetivo. El amor teologal en el creyente, como experiencia de amar a Dios en sí mismo y de salir de sí para centrarse en Él, lleva a no hacer problema de hablar de oración litúrgica o dato objetivo. Por eso lo ideal es la integración, hay que afirmar la necesidad de lo objetivo, que libera del puro subjetivismo y posibilita el paso del deseo a la fe; pero hay que recuperar también el primado de la subjetividad en la experiencia espiritual. Y precisamente Pedro de Alcántara y el movimiento alcantarino, como miembros de la tradición de “los recogidos”, recrean la espiritualidad cristiana integrando el principio de la subjetividad y la afectividad, frente a una tradición muy polarizada en lo objetivo. La espiritualidad alcantarina supo armonizar lo objetivo de la fe con la experiencia subjetiva. El primado de la oración contemplativa nos ofrece el equilibrio entre pensamiento y oración. La oración afectiva se sitúa desde la primacía del amor teologal que se caracteriza por lo siguiente: a) El amor teologal es un don escatológico, es fuente de la voluntad, no su producto, porque en el origen no está nuestra voluntad de amar sino que “Él nos amó primero”, por eso es don escatológico, porque parte de la iniciativa amorosa de Dios. b) El amor teologal encuentra su plenitud en el Tú, concentra la existencia en Dios, Dios es el que unifica el conjunto de la existencia. c) Dios es su todo, pero integra otro amor, porque es un amor maduro. Da pie a otras relaciones, pero evita erigir en amor absoluto lo que no lo es y evita que hagamos a Dios objeto de deseo. d) integra amor a Dios como Absoluto y amor al prójimo, porque el prójimo, como imagen de Dios y presencia del Resucitado que es, es digno de ser amado por sí mismo. Además, Dios mismo se ha desapropiado en el hombre, y quiere ser amado en él; lo cual no quita que en el acto teologal del amor Dios es percibido en la gloria definitiva de su amor y amado escatológicamente en sí mismo. e) Es experiencia del señorío de Dios en el propio corazón. f) Vence a la muerte desde dentro, haciéndose solidario con todas las víctimas de la injusticia. Este amor ha hecho de la muerte camino de vida eterna, como Jesús, y prefiere la desapropiación y entregar la propia vida a guardarla. g) Es amor de Dios en Dios porque es el mismo amor de Dios en nosotros. Lo decisivo es la afirmación neotestamentaria: se trata del amor escatológico, el que pertenece a la vida íntima de Dios mismo. Esto lo experimenta el cristiano de diversas maneras: transcenderse a sí mismo; es un amor que nace de la gratuidad y lleva a la gratuidad; adora a Dios y está envuelto en la luz de Dios; lo percibe todo penetrado del amor de Dios; experiencia que cada ser humano, en su más profunda indigencia está en el corazón de Dios. h) Es amor que une el cielo y la tierra. Ya da lo mismo gozar del Amado en el cielo o en la tierra (cf. Flp 1), porque se vive en comunión real con Cristo resucitado y porque el amor es la vida eterna en la tierra y transfigura lo terreno, lo temporal, lo limitado. i) Es eterno porque el amor no pasa nunca y de las tres virtudes teologales la más excelsa es el amor (cf. 1 Cor 13,8-13). Se podría decir que toda la experiencia cristiana siempre ha sido afectiva por ser relación interpersonal con el Dios de la Alianza; pero es desde el s. XII, como tuvimos ocasión de ver, cuando surge la corriente que se ha dado en llamar “espiritualidad afectiva”, que se caracteriza por ese acentuar la subjetividad y, dentro de ella la experiencia interpersonal del amor; además de contemplar la Revelación preferentemente desde la humanidad histórica de Jesús. Por lo tanto, lo esencial de esta tradición religiosa es el primado del amor y de la subjetividad interpersonal amorosa. El centro de esta experiencia es la relación inmediata de amor con Dios, que Dios sea amado en Sí mismo, sin caer en el intimismo espiritualista, porque el verdadero amor teologal, como hemos visto, lleva al amor del prójimo. La oración afectiva lleva a contemplar a Dios en la entraña de la vida, por debajo de cada tarea, sin quedarse en lo superficial. En el tema de la oración cristiana hemos de partir de un dato previo, de aquello que especifica al cristiano: la fe. Toda vivencia de lo cristiano desemboca en una experiencia de convivencia “yo-tú” en la relación interpersonal, y la fe es encuentro personal con Jesús, encuentro que no ha de terminar en la oración, sino que se prolonga en la misma existencia. El verdadero encuentro personal con el “Tú” de Jesús acontece en el amor, porque la verdadera relación y el verdadero encuentro no se pueden basar en el puro conocimiento, sino en el carácter pasivo de la experiencia afectiva, esta pasividad la vemos en que el acto de amor no es el fruto de resoluciones violentamente forzadas, sino una exigencia de atracción que le viene de fuera. Es tal vez por un concepto antropológico basado en la filosofía cartesiana, por el que hemos caído a veces en un intelectualismo y voluntarismo, que venía a solucionar el problema espiritual con la asimilación de una serie de ideas y criterios, dejando al descubierto lo más estrictamente personal y el mundo de la vida afectiva. Esto es lo que veíamos anteriormente con la problemática de lo objetivo y lo subjetivo. El dinamismo de la fe arranca del corazón, porque todo progreso en la fe comporta un progreso de la acción del Espíritu en el corazón, como lo más hondo del ser del hombre: “Que el espíritu os fortifique en lo profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones... para que podáis comprender... y saber...” (Ef 1,15-18). De manera, que Dios actúa en la intimidad del creyente, transformando su corazón y dándole un nuevo conocimiento del misterio. Dios es el que tiene la iniciativa, adelantándose. Según esto, no podemos entender el acto de orar, sin tener en cuenta el centro misterioso del hombre del que parte todo su dinamismo hacia Dios: el corazón. Este dinamismo de la oración lo tratamos en tres aspectos: - El dinamismo del ser. Existe un dinamismo en el hombre que le lleva a amar más a Dios que así mismo; en primer lugar, porque, según Santo Tomas, la criatura ama más a Dios como bien supremo; en segundo lugar, porque en el hombre existe una energía amorosa que ha sido puesta por Dios en su ser que le lleva a inclinarse a un ser más digno de amor: Dios mismo, ésta era la familiaridad de los primeros padres: gozar de la familiaridad de Yavé, por eso, la primera vocación del hombre es la oración; y en tercer lugar, porque la caridad inclina a amar a Dios sobre todas las cosas. Por lo tanto, en lo profundo del ser del hombre hay una inclinación natural que tiende hacia Dios, de ahí que lo más auténtico y lo más profundo del hombre se encuentre en ese centro misterioso de la persona. Dice Jean Lafrance que en algunos momentos de nuestra existencia nos vienen como “bocanadas” de oración y esto es gracias a la vida trinitaria escondida en nuestro corazón; la adoración es un movimiento espontáneo y constitutivo en el hombre porque su verdadera naturaleza es la oración, por eso la inclinación del corazón del hombre es ofrecerse, amar y dar culto a Dios porque está habitado por el amor que le lleva a la alabanza.Precisamente porque el hombre es espíritu está abierto hacia el horizonte ilimitado del ser. Respecto a esta inclinación del ser a Dios, a mi juicio, hace el autor del Tratado una leve alusión en el primer capítulo de la primera y segunda parte. En la primera parte viene a decir que, si no fuera por la mala inclinación del corazón del hombre y su dificultad para obrar bien , le sería fácil “correr por el camino de las virtudes y alcanzar el fin para el que fue criado”: vivir en el amor de Dios, que es “su última felicidad y bienaventuranza”. Y en la segunda dice que, si no falta la devoción, como don del Espíritu Santo que es, la oración es cosa fácil y dulce; estos datos nos hacen ver la presencia de este dinamismo en el hombre que tiende a Dios porque habita en él, de hecho, experimenta en la oración/relación como fácil y agradable. - La concupiscencia como fuerza de oposición del hombre a Dios. Frente a la atracción fundamental del hombre a Dios, existe la concupiscencia como energía de oposición a esta atracción. De forma que el hombre se ve como dificultado y moralmente imposibilitado para actuar en su inclinación hacia su centro. Este punto es muy importante porque es precisamente de aquí desde donde parte San Pedro de Alcántara al iniciar su Tratado. Él constata que la dificultad que tiene el hombre para alcanzar “su última felicidad y bienaventuranza” es por “la mala inclinación de su corazón y su dificultad y pesadumbre para bien obrar”. Para iluminar esta situación con un ejemplo, cita la lucha que vivió San Pablo de atracción al mal que no queremos y la oposición al bien que quisiéramos hacer (cf. Rom 7,19), remedio para lo cual será la devoción que se alcanza con la oración y la meditación. - Progreso de crecimiento espiritual. Toda conversión auténtica y todo itinerario espiritual tienen que arrancar del corazón, porque la gracia opera en el hombre su opción fundamental hacia Dios haciendo que realice la caridad en el sentido de donación a Dios. En la medida que esta donación amorosa va creciendo, también crece la tendencia radical a Dios. Para los autores espirituales la perfección cristiana y la madurez espiritual no se ha de entender en el sentido de una conducta intachable, sino como perfección del amor que consiste en la ordenación de la vida afectiva y se manifiesta en el modo de actuar que consiste en la prontitud, facilidad y espontaneidad que experimenta el hombre para hacer el bien y evitar el mal, esto es lo que San Pedro entiende por devoción, que es el culmen del camino espiritual y que viene a restablecer, en la medida de las posibilidades, la integridad primera que Dios constituyó en el hombre: “alcançar la su última felicidad y bienaventurança” y “alcançar el fin para que fue criado”. Por lo tanto, la esencia de la oración reside en la toma de conciencia de que la oración cristiana no es sólo el producto de nuestro dinamismo a Dios; sino que Dios mismo, con su gracia, está en la entraña de la misma. Precisamente porque en el bautismo hemos recibido la vida de la gracia, la vida de Cristo, nuestro progreso espiritual va a ser un ir experimentando esta experiencia de la gracia. Con esto hemos visto que el dinamismo de la oración parte del centro afectivo de la persona: el corazón, se encuentra con dificultades y tiende a la perfección del amor. Otra de las características de la oración afectiva es que es una experiencia de gratuidad; gratuidad entendida en el sentido de no rentable, algo que no se puede comercializar, lo único que se busca es la comunicación. Y en el encuentro gratuito la persona necesita estar con la otra. Por lo tanto, de lo que hablamos es de la primacía del estar sobre el hacer. Orar es haber descubierto en la fe la existencia de un amigo o padre con quien sentimos la necesidad afectiva y personal de estar. Y el contenido de ese estar con, de ese trato no es un contenido predeterminado, aunque, como sucede en la relación de amistad, los que se aman se recuerden las mismas cosas y con el mismo amor, dolor o rabia.. La relación interpersonal gratuita está hecha de lo que las personas son y tienen, no es una relación de artificios. Los intereses del diálogo en Dios no son otros que los problemas que tiene con los hombres. Dios no puede hablar más que de su amor y su dolor, en definitiva, de la vida, pues ésta ha de estar en el centro del acto oracional. Esta gratuidad del estar con, San Pedro de Alcántara la refleja muy bien cuando define la contemplación como gozar del afecto que se le da y el contenido de este afecto puede ser de amor, alegría, admiración o cosa parecida. Esta dimensión de gratuidad de la oración ha de llevar al compromiso amoroso como instancia crítica de la misma, aunque hay que repetir que la oración no está al servicio del compromiso, sino que tiene sentido en sí misma. El orante va a la oración ante todo a estar con Dios, no a comprometerse; pero el discernimiento de si ha sido verdadera oración es el compromiso. Tampoco podemos buscar en la oración un impulso para el trabajo o una higiene para el equilibrio personal. La oración no es para sino que es en sí misma portadora de sentido. Esto está reflejando lo que comentábamos más arriba del amor teologal: el orante ha de amar a Dios por sí mismo. Partiendo de esta característica de la oración como gratuidad, como estar con, como “gozar del afecto”, que dice San Pedro de Alcántara, nos adentramos en el análisis procesual o gradual de la oración. Hablamos, pues, de los grados de la oración en el Tratado. La oración, al igual que la amistad, al igual que el amor, es encuentro dinámico porque es una realidad viva. Es una realidad no terminada. En el amor, en el afecto vamos creciendo progresivamente y difícil es señalar, si no imposible, el punto de llegada. El progreso oracional se da a partir del núcleo del amor y cada paso posterior incluye el anterior, por lo tanto, se trata de un proceso homogéneo; y no lineal por el que, alcanzado el escalón superior, el otro se considere inútil; tampoco es circular, que gira en torno a sí mismo, se trata de un movimiento espiral pues cada momento es síntesis de los anteriores y prepara para los siguientes. El proceso no se ha de entender, pues, como escalones, sino como partes vivas de una totalidad. La oración no es una realidad hecha, sino que se está haciendo en la realidad concreta de cada orante y por ello hay que tener en cuenta las flexiones y modulaciones, avances y retrocesos del proceso oracional, aunque, si bien es verdad, cada grado o paso de la historia de la oración comporta un distanciamiento de la parte más superficial y externa del hombre, que son sus sentidos y un acercamiento a la realidad teologal de la existencia; la oración es camino hacia el amor teologal: amar a Dios por sí mismo, en estos niveles altos de contemplación, la acción de Dios es más protagonista y aumenta la pasividad del hombre. A medida que se avanza en el proceso oracional, crece la pasividad del hombre, aunque la presencia de Dios sea siempre la protagonista.
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