CAPÍTULO 1º B

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LA ORACIÓN AFECTIVA DENTRO DE LA TRADICIÓN FRANCISCANA

Espiritualidad de la Observancia

La observancia de Villacreces de retorno al Evangelio se concretó bajo una serie de prácticas no contenidas expresamente en la Regla, pero con el espíritu de Francisco. Esto se puede contemplar en lo siguiente: “La abstinencia que acostumbramos por nuestra devoción, non contenida en la regla; o el silencio perpetuo, non contenido en la regla; e la clausura devota, que San Francisco ordenó en los eremitorios e en la Porciúncula, non contenida en la regla; las camas pobres, non contenidas en la regla; e cómo nuestros edificios han de ser pobres, non en la regla contenidos, salvo en el Testamento,..., todo lo cual no se contiene en la regla explícitamente, aunque el que santamente la quiere entender, todo se contiene en ella e se consigue della, cuanto más siguiendo a San Francisco, perfecto en todo ello..., e cómo la nuestra regla fue ordenada por un método o sendero exquisito, de gran atajamiento sobre los otros atajos para venir apriesa a bien a este amor de Dios...”.

Son de destacar las palabras atajo y atajamiento para alcanzar pronto el amor de Dios, porque tendrán un eco repetido en la historia de la espiritualidad española y francesa.

Todo es un deseo de retorno al Evangelio y a la Regla, a la sabiduría, pobreza, humildad, caridad y simplicidad del fundador.

Los observantes franciscanos tienen preferencia por los eremitorios, situados en descampado y al lado de ermitas de las que reciben su nombre como: Nuestra Señora de la Salceda, del Castañar, de la Aguilera, del Abrojo... La principal tarea es la oración y la predicación en los pueblos de alrededor.

El rasgo distintivo de la reforma villacreciana fue la pobreza, en la cual distinguieron seis grados.

El primer grado corta toda superficialidad en el uso de las cosas necesarias tales como libros, calzados, vestimentas, vasijas y joyas.

El segundo afecta a las iglesias y casas de las que se pide una mayor estrechez, a fin de evitar la soberbia y posibilitar la oración.

El tercero afecta a lo que nos es necesario y agradable a Dios como el vestir, dormir y calzar. Villacreces tiene gran estima por lo viejo y remendado, la limpieza, enfermedad, ancianidad que debe ser ayudada según las necesidades.

El cuarto se refiere a la castidad y al uso del habla. Ante lo que recomienda la guarda de los consejos evangélicos, la lejanía del mundo, el silencio, la mortificación, la huida de alborotos.

El quinto grado se concreta en las cosas que entran en nuestra carne desde fuera como el comer, el beber, el dormir desordenado, la ociosidad viciosa que enfría la oración y devoción.

El sexto grado afecta a la interioridad del corazón, pues es en el corazón donde están las tres potencias del alma: entendimiento, memoria y voluntad. Pero, de estas seis cosas, en lo que hemos de ser más pobres es en esta última.

La pobreza del yo ilumina aspectos cerrados de la persona.

“Esta sexta pobreza de las riquezas del ánima es la más perfecta de todas las otras cinco, e la más acepta a Dios..., porque de aquí arriba no nos quedan otras mayores riquezas, nin más preciosas de que nos podamos facer pobres de Jesucristo. E ésta es la perfecta impasibilidad que los Santos ponen, sin la cual no se puede llamar ninguno verdadero fraile Menor, ca esta es la más alta perfección, e la más alta pobreza evangelical, a que hemos sido tenidos de subir e llegar, si perfectos pobres del evangelio queremos ser”.

La radicalidad de la mística consiste en la fidelidad plena a la llamada divina y en el retorno al Evangelio y a la Regla primitiva. Por lo tanto, la radicalidad del místico nace de su encuentro con Cristo, de reconocerle como su único amor y de no tener otro señor más que Él. El encuentro personal con Cristo cambia a la persona y no puede más que seguirle. En definitiva, es una experiencia de conversión hallada en el recogimiento interior, que lleva al creyente a dejar lo menos valioso para escoger lo más seguro y permanente.

Uno de los aspectos de esa radicalidad, como acabamos de ver, es la pobreza, que es mucho más que carencia de bienes materiales o de status social, es un ideal positivo centrado en una especial atención a Dios. La pobreza es disponibilidad y condición para el seguimiento: “vende lo que tienes, ven y sígueme”. El creyente se desapropia, se despoja porque no ha encontrado más riqueza que Cristo, la única que le puede llenar.

Historia de la mística del recogimiento

La expresión espiritual franciscana más importante a finales del s. XV se centra en la mística del recogimiento, en torno a la cual girarán la mayoría de las concreciones espirituales españolas del s. XVI.

La mística del recogimiento no es una ideología sino una experiencia de unión de Dios y el hombre por amor. Se sitúa más allá del escotismo, del tomismo, del nominalismo y del humanismo renacentista para fijarse en el hombre concreto y real. Se centra mucho en el amor de Dios al hombre, pero sobre todo, en el amor del hombre a Dios, como entrega gratuita de sí mismo sin recompensa. Esta mística se va a adentrar en el proceso de purificación de los motivos del amor.

El seguimiento a Cristo que propugna es integral, el hombre lo seguirá con todo su ser, cuerpo y alma. Ese seguimiento no es sólo obra del entendimiento o de la voluntad, sino de todos los sentidos y virtudes infusas. Por lo tanto, se trata de una unidad antropológica, espiritual y ética que busca la unidad del hombre, pues generalmente el hombre ve con dos ojos, anda con dos pies, rema con dos remos, pero no debe andar dividido, cuerpo por un lado y corazón por otro. Dice Francisco de Osuna que tener dos corazones sería como tener dos cabezas o dos almas.

La mística del recogimiento viene a ser el punto maduro de la espiritualidad de la Observancia. El espíritu de la reforma de Villacreces, como concreción de la Observancia, siguió vivo en la descalcez extremeña, cuyo objetivo apostólico fue la conversión de los moriscos en el reino de Granada.

Este movimiento de la descalcez lo inició Juan de Guadalupe en 1496 y se formalizó en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Hornachuelos y sus primeros miembros fueron llamados descalzos, capuchos, frailes del Santo Evangelio, de Nuestra Señora de la Luz, de la Custodia de Extremadura.

Al principio fueron combatidos por los observantes, por el cardenal Cisneros y por los Reyes Católicos, hasta que se les reconoció oficialmente cuando se aceptó la escisión entre observantes y conventuales de 1517.

A partir de entonces se encaminaron hacia tierras de América. De entre los descalzos salieron en 1523 los Doce Apóstoles de México.

La mística del recogimiento fue tomando cuerpo con la reorganización de los recolectorios o casas de oración y retiro autorizada por el ministro general de la Orden fr. Francisco de los Ángeles.

Se dice que el recogimiento tuvo su cuna en el eremitorio o casa de oración y retiro de la Salceda, fundado a finales del s. XIV en el que se retiraron San Diego de Alcalá, Francisco de Cisneros y Francisco de Osuna.

Este último fue el primero que escribió sobre la mística del recogimiento, se retiró a la Salceda en torno a 1520-1522 y publicó el Tercer Abecedario Espiritual en 1527. Pero las primeras sistematizaciones de esta mística pueden estar en torno a 1475-1480 o antes.

En Francisco de Osuna, “recogimiento” deja de ser un nombre común para pasar a ser un término técnico de un camino espiritual concreto.

Posiblemente fuera a la Salceda en busca de un maestro que le introdujese en este camino espiritual quien le enseñaría a bajar a lo hondo de sí mismo, al yo esencial, a morir al yo personal para universalizar su experiencia espiritual. Dios, el hombre y el amor son realidades universales.

En ese maremagnum todos buscaban la unión con Dios de forma apasionada, con la diferencia de que unos lo hacían con una base teológica sólida; y otros, aunque con buena voluntad, carecían de ella lo cual llevaba a confusiones. Así, unos recibirán el nombre de recogidos y otros el de alumbrados, dejados o perfectos.

El recogimiento como novedad

A la vez que Osuna codifica la mística del recogimiento, Francisco de Vitoria inicia su magisterio en la universidad de Salamanca, Carlos V afianza su política imperial y en el Nuevo Mundo se va abriendo camino la cristalización de América.

Los místicos, con la universalización de la experiencia del amor entre Dios y el hombre, harán caer los esquemas de la dignidad de la persona, a la vez que asentarán la participación del hombre en la naturaleza divina. Los místicos van a analizar la imagen y semejanza de Dios en el hombre, su capacidad de amar, de buscar la belleza, la justicia y de participar en el ser de Dios.

Una premisa muy afectiva va a ser creer que Dios nos ama y que el hombre puede responder con amor superando todas las formas de racionalidad.

El ideal cristiano superará el ideal simplemente humano, saciando el vacío interior: “Hasta que el ánima entra en esa bodega, todo es mendiguez y pobreza y no hay cosa que satisfaga ni llene los senos del corazón. La bodega dice hartura, cumplimiento del deseo, deleite, satisfacción, embriaguez”.

El intento de los místicos es construir sólidamente el hombre interior de modo que las pasiones no lo derriben y su adhesión a Dios no sea superficial, sino profunda.

Francisco de Osuna en el capítulo séptimo de su tratado 17 del Tercer Abecedario expresa la novedad de la espiritualidad del recogimiento en relación a la de sus antecesores y contemporáneos.

Francisco de Osuna, cuando habla de sus contemporáneos se refiere a los alumbrados, erasmistas y protestantes, pues todos ellos se apartan de la pobreza de sí y tienen a los demás por personas que no han alcanzado la libertad de espíritu y son principiantes. A los que recuerda que si quieren seguir al Señor han de hacerlo negándose a sí mismos, tomando su cruz cada día y seguirle en lo interior y exterior, en lo de dentro y de fuera.

Historia y geografía

La mística del recogimiento se desarrolla desde el punto de vista editorial entre 1513 y 1837. En ambas fechas aparecieron unas obritas en cuyo título aparece la palabra atajo.

Con este término se quiere presentar el recogimiento como un sendero fácil, seguro y experimentado de unión con Dios y de reforma de la Iglesia.

Estos autores contrastan la propia experiencia con la doctrina revelada y con el magisterio de la Iglesia. De este modo disciernen la verdad de su vivencia y doctrina separándose de alumbrados, protestantes y erasmistas. Son buscadores de la verdad, beben de la herencia de las observancias, meditan la Biblia, leen los libros de los grandes maestros del espíritu, reflexionan sobre la experiencia propia y ajena y, en base a todo esto, edifican su propio edificio.

En la historia de esta espiritualidad se pueden distinguir como tres períodos en la Edad de Oro en función de autores y publicaciones.

El primer período va desde la publicación de Hun brevísimo atajo e arte de amar a Dios, con otra arte de contemplar e algunas otras reglas breves para ordenar la piensa en el amor de Dios (1513) y Sol de contemplativos (1514) hasta el Indice de libros prohibidos de Fernando de Valdés (1559). En este período destacan Alonso de Madrid, Francisco de Osuna, Bernabé de Palma, Bernardino de Laredo, Francisco de Hevia, Juan de Cazalla, Francisco Ortiz, Luis de Maluenda. En ellos se reflejan las dos tendencias propias del momento: la mística y el alumbradismo.

El segundo período (1560-1625), está protagonizado por el Beato Nicolás Factor, fr. Juan de los Ángeles, Antonio Sobrino, Miguel de Medina, Diego Murilla, Antonio Ferrer, Juan Carrillo... La mística del recogimiento entra en el corazón de la espiritualidad española con San Juan de Ávila, Santa Teresa de Jesús, Baltasar Álvarez...

Al tercer período pertenecen Andrés de Guadalupe, Antonio Panes, Félix Alamín, Isidoro de León... período en el que la mística del recogimiento está consolidada.

Geográficamente hablando, algunos autores vinculan la tierra de santos al paisaje abulense, o se valora la desnuda meseta castellana como espacio de una espiritualidad esencial. Aunque la mística de la Edad de Oro se tejió en tierras castellanas, extremeñas, andaluzas, valencianas, aragonesas, catalanas y gallegas, en el altiplano mexicano y en la costa limeña del Pacífico.

Fuentes de la mística del recogimiento

Es de destacar la Biblia, los grandes maestros y doctores de la Iglesia: Agustín, Gregorio Magno, Bernardo, Hugo y Ricardo de San Víctor, Gerson..., la rica herencia de Jerónimo, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán... Cabría distinguir también fuentes mediterráneas, nórdicas y autóctonas.

La mística del recogimiento se ha ido gestando en el seno de la observancia y la descalcez, en tierras pobladas por cristianos, moros y judíos con lo de confluencia de corrientes religiosas y teológicas que esto conlleva.

Dentro del mundo cristiano, cada Orden religiosa exteriorizaba su propia regla, carisma y escuela religiosa y teológica. El s. XIV vivió muy fuertemente el espíritu de escuela.

A todo esto hay que añadir la pugna entre observantes y claustrales, el peso de la cultura humanista, y, dentro de ella el erasmismo, y lo que de revolucionario tenían las teorías de la salvación por abandono a Dios o por pura fe sin necesidad de obras propuestas por alumbrados y luteranos.

La influencia de lo mediterráneo es la más abundante en lo que respecta a libros y vida; la intraibérica (en lo que se refiere a la influencia de moros y judíos en lo cristiano), es la más profunda y difícil de detectar por lo que tiene de contacto en lo cotidiano en el trabajo, en el mercado y en la vida: la influencia nórdica es más contabilizable por manuscritos, ediciones de libros, ferias, comercio, relaciones universitarias, políticas y económicas.

Esta presencia nórdica se centra y concretiza en la Devoción Moderna, en las instituciones europeas con representación en el camino de Santiago, en la llegada y traducción de libro como la Imitación de Cristo, Cordial o libro de las cuatro cosas postrimeras de Dionisio de Rijkel, Vida de Cristo de Ludolfo de Sajonia y de otros grandes autores como Herp, Suso, Ruusbroec...Todo esto tiene lugar fundamentalmente a partir de las últimas décadas del s. XV y sobre todo a medida que avanza el s. XVI.

La imprenta, los capítulos generales de las Órdenes religiosas, los intercambios culturales y comerciales facilitaron la llegada de autores nórdicos, franceses e italianos.

Las codificaciones

Posiblemente Francisco de Osuna cursó los estudios teológicos en Alcalá. Poco después se retiró a la Salceda, eremitorio en donde, junto a Francisco Ortiz, se dedicó a la oración y al apostolado entre grupos de seglares y clérigos de los alrededores. En este eremitorio le inició un fraile en la mística del recogimiento. Pero pronto surgieron varias tendencias.

Francisco de Osuna y Francisco Ortiz representan la experiencia espiritual de aquel anciano y de la atmósfera espiritual de la Salceda. Hablaban de oración de propio conocimiento y de seguimiento de Cristo, de amor mutuo, de contemplación quieta, de silencio de las potencias, de abandonarse en totalidad al amor de Dios, de oración de quietud; y el grupo de los alumbrados esto lo entendía a su manera. Y como no hubo acuerdo, en 1523 se produjo la ruptura.

Francisco de Osuna codificó esta mística recibida del anciano fraile en unos dísticos en forma de abecedario, porque cada uno empezaba con una letra del mismo.

El nombre

Este camino espiritual que Francisco de Osuna fue recibiendo no tenía nombre, fue él quien se lo dio en el Tercer Abecedario: recogimiento o vía espiritual del recogimiento. Osuna, después de emplear una variedad de nombres (arte de amor, oración de sabiduría, unión, abrazamiento, ascensión espiritual...) y ver que una palabra no acaba de expresar del todo la idea, cree que “recogimiento”es el término más adecuado pues:

recoge a los hombres que lo usan haciéndoles de un corazón y amor;
recoge al hombre a sí mismo a dejar negocios distractivos o a apocarlos y moderarlos;
recoge la sensualidad debajo del dominio de la razón;
induce al hombre a recogerse y a morar en partes más retraídas y a salir muy de tarde en tarde;
recoge los sentidos;
recoge los miembros corporales;
recoge las virtudes al hombre que se recoge a él;
recoge los sentidos al interior del corazón;
recoge las potencias al centro, donde está impresa la imagen de Dios;
recoge en uno a Dios y al alma. Dios se recoge al alma como a casa propia, como si no tuviese cielos en que morar. No menos solícito él en recogerse a su casa que su casa a recogerse en él. Es el tema que podríamos llamar de la inhabitación y que tantas veces aparece en los escritos de San Francisco. Vemos un ejemplo en la Regla no Bulada: “... en la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto a los ministros como a los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, como mejor puedan, sirvan, amen, honren y adoren al Señor Dios, y háganlo con limpio corazón y mente pura, que es lo que Él busca por encima de todo; y hagamos siempre en ellos habitación y morada a Aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo”.

Junto a Tercer Abecedario aparecieron otras dos codificaciones: Via spiritus de Bernabé de Palma y Subida del Monte Sión de Bernardino de Laredo a modo de experiencia personal.

Para Osuna, Palma y Laredo, se trata de una vía contemplativa resuelta en arte de amor. La primacía la tiene el amor y no el conocimiento y se dan cuenta del problema filosófico que esto comporta, pero ellos afirman que aman más de lo que conocen.

La unión con Dios es un proceso en el que se distinguen diversas etapas: exterior, interior, superior; corpórea, corpóreo-espiritual, espiritual, sobrenatural; sentidos, potencias, centro; buscar a Dios por de fuera (abstinencias, mortificaciones...) o por los adentros (vaciamiento de sí) hasta alcanzar la transformación en Dios. Para todo lo cual es necesaria la integración del hombre interior y exterior en el centro. En este proceso, cuando se llega a ciertos grados, el entendimiento calla para dar paso a la voluntad que ama.

Osuna distingue tres gracias de Dios al alma: darle un don, ayudarla a conocerlo, y ayudarla a exponerlo. Teresa de Jesús discernió, dentro de la mística del recogimiento, nuevos grados y maneras de vivirla que expuso desde las cuartas moradas hasta las séptimas y en la cuenta de conciencia 54, distinguiendo oración de recogimiento, de unión, de vuelo de espíritu en diversas variedades, de desposorio y de matrimonio espiritual.

Entramado teológico de la mística del recogimiento

La mística del recogimiento es la corriente primera y fundamental en la que se engarzan, en cierto modo, todas las posteriores. Se trata de un modo accesible, rápido y seguro de alcanzar la unión con Dios, pues este es el objetivo.

Lo que pretende esta mística es la unificación del hombre desde su centro esencial y simplicísimo, a partir de la oración de propio conocimiento, de seguimiento de Cristo y de unión o transformación.

En lo más profundo del hombre se realiza el encuentro del alma, desnuda o purificada de sí, con Dios; lo cual es como un modo de adelantar la visión intuitiva que espera el hombre en la otra vida.

Oración de propio conocimiento

Es llamada también conocimiento de la propia nada, y “aniquilación” en el sentido de humildad o reconocimiento de la propia verdad. Este término fue empleado por Taulero, Kempis, Palma, Laredo, Juan de Ávila, Francisco de Borja, entre otros. Ante todo es oración y no proceso puramente psicológico, aunque lo incluya, cuando algunos hablan de purificación de los sentidos y potencias. Esta oración recoge desasimiento de sí mismo y de las cosas para ordenarse toda el alma a Dios en abandono total.

Se puede decir que la oración de propio conocimiento es el punto de partida del camino a la unión con Dios (todo un camino de conversión). Allí inicia su reconstrucción de hombre nuevo y su encuentro con Dios, centro de todo. Para ir a Dios es necesario el descubrimiento de las profundidades del “yo”, el descenso a sí mismo. Más que ejercicio psicológico es orar en los abismos de la condición humana, donde descubrimos la propia pequeñez y la grandeza del Absoluto.

Algún ejemplo de esto lo encontramos en Bernardino de Laredo: “No puede ser posible sin nuestro conocimiento... alcanzar la santidad perfecta, que está en conocer a Dios por contemplación quieta”.

La oración de propio conocimiento suele comportar también la negación de sí mismo y la purificación activa: “Para negarse el hombre a sí mismo... conviene que se conozca de raíz... Busque, pues, su propio conocimiento justamente en los principios, con tanto que comience de sí siempre”.

Pero esta oración es vuelta a sí mismo, no olvidarse quién es, cultivo y respeto de la propia condición personal, es decir, diríamos hoy necesidad de una sana autoestima. Quien no sepa lo que es, desconocerá los bienes que hay en el alma y lo que ésta contiene de divino, y no podrá negarse verdaderamente a sí mismo.

La oración de propio conocimiento no es un simple entrar en sí para dar la espalda a Dios. Es un entrar en sí, en el centro, para conocer los apetitos y deseos que, cuanto más protagonistas son, más dificultan el acceso del alma a Dios. Por eso, para hacer el camino a Dios, y cuando uno es sabedor de sus apetitos y deseos que oscurecen el camino, es necesario inclinarse siempre a lo más dificultoso, desear entrar en la desnudez y pobreza.

Este viaje a los fondos de la persona comporta experiencia de las propias limitaciones, de la integración de la persona, de la propia libertad, de la igualdad humana.

Se trata de una introspección que lleva a pararse, no en lo positivo o negativo, sino en el reconocimiento de la propia verdad, sin tapujos, sin máscaras. Lo importante es bajar al fondo o centro del yo, donde reside la fuerza de Dios, y revestirse de Él. Este proceso de bajada o descenso lo llaman también reflexión de los sentidos y potencias al centro. Ante todo, se trata de una simplificación experiencial de los sentidos y potencias hacia su fuente y raíz última, que los místicos llaman centro, fondo, hondón, ápex, parte más alta, o también corazón, como se deduce de Francisco de Osuna. En definitiva, se trata del camino a la interioridad, al centro afectivo de la persona en el que Dios hace su “habitación y morada” como diría San Francisco. Por eso, para caminar hacia ese centro, los místicos hablan de entrarse, irse, acercarse, meterse, recogerse, retirarse al centro, de encogerse a lo interior, a lo más profundo de nosotros. El centro es el espacio sagrado o lugar de encuentro con Dios. El lenguaje con el que se expresa la interioridad es muy variado: subir, bajar, imprimir, sellar, juntar, abrazar, robar, levantar, atravesar, herir, arrebatar...

La doctrina del “fondo” o centro tiene su máximo exponente en el maestro Eckhart, que relaciona fondo del alma y fondo de Dios. Esta doctrina la divulgaron en España los místicos del recogimiento. Dios se localiza en el centro del alma, de ahí la importancia de buscarle dentro de sí.

La reflexión es el medio de reducirse a la zona más interior de sí mismo o sustancia del alma, donde tiene lugar la experiencia mística. Esa sustancia o centro del alma es el yo plenificado, el punto más vivo de la unificación, el corazón. A esta línea se une San Pedro de Alcántara como veremos más adelante.

El centro del alma no es tanto espacio o lugar, cuanto centro afectivo en el que acontece la relación más estrecha y completa con Dios. Ese descenso al centro crece en la medida en que la persona se une y acerca más a Dios, que inhabita allí.

En esta operación descendente y ascendente se canalizan muchos procesos de interiorización y personalización. Laredo los clasifica en cuatro grados:

- llegarse el alma a sí misma, o evitar la imaginación;
- entrarse en sí misma, o dentro de sí, o acallar el entendimiento;
- subir sobre sí, sobre todo lo creado y quietarse en Dios;
- salir el alma de sí, éxtasis.

El bajar y subir lleva a la purificación de vida, pues no se trata de quedarse encerrado en sí mismo, sino que el fin está en Dios, es necesario un proceso de subida para alcanzar la transcendencia. Del reconocimiento humilde de lo que el hombre es en su verdad, brota la oración de asombro y alabanza, la espiritualidad del beneficio de Dios y de Cristo.

“El conocimiento de la propia limitación y miseria aumenta con la meditación de los beneficios divinos de la creación, redención y santificación. Esta oración constituye el tema básico de la vía del beneficio, la cual es una parte importantísima de esta primera parte de la del recogimiento. De hecho, los autores franciscanos insisten sin excepción en ella, desde los primeros codificadores: Osuna, Palma, Laredo, siguiendo por Cazalla, Evia, San Pedro de Alcántara”.

La mística española se caracteriza por la separación del dualismo para incidir en los procesos de personalización, con lo que estos tienen de integración de la persona, cuerpo, alma y potencias de la persona, para alcanzar la felicidad suprema.

La oración de seguimiento de Cristo. Reflejo en la vida española

La oración de propio conocimiento lleva al hombre a conocer su identidad. La de seguimiento de Cristo lleva también a la verdad de sí pero por el camino de imitación y transformación. Cristo es la referencia fundamental en esta oración para la construcción del hombre cristiano; por eso va a ser muy importante la Humanidad del Salvador.

Esta oración no invita a quedarse en Cristo como modelo ético, como autor de la salvación, sino que invita a un seguimiento que comporta configuración interna con Él, transformación, participación de su divinidad. En esta oración Cristo hace al hombre suyo y éste se apropia de su ser y propiedades.

Participar de la vida y obra de Cristo es dar respuesta al mandato evangélico de cargar con la cruz y seguirle. Se trata de la cruz del camino de la fe, del Calvario, de la pobreza total, presencia de la ausencia, padecer, silencio...

Los místicos evangélicos siguen este mandato evangélico formulado por San Agustín como imitación y concretado así por San Buenaventura: “Cristo es el camino y la puerta..., la escalera y el vehículo. Quien a este propiciatorio mira... celebra con Él la Pascua... Y en este tránsito, si es perfecto, es necesario que se dejen todas las operaciones intelectuales, y que el ápice del afecto se traslade todo a Dios y todo se transforme en Dios”.

Para conocer a Cristo, que es la ciencia más alta, no se puede llegar si primero no se pasa por la estrechura del padecer interior y exterior, si no se pasa por la “espesura” como diría San Juan de la Cruz.

En el misterio de Cristo cabe distinguir tres niveles. Ético: Cristo modelo, paradigma y medida de la persona, realización suprema de la entrega de sí mismo en servicio de los demás, desde el dolor, la incomprensión y la muerte. Teológico: Cristo palabra y sabiduría de Dios, rostro visible del Padre, mediador hecho carne que llama a compartir su misión. Contemplativo: Jesús, Dios y hombre, camino, verdad y vida, expresión suprema de fidelidad en el amor.

Laredo conjunta la oración de propio conocimiento y de seguimiento: “Busque su propio conocimiento el que desea seguir a Cristo en la cruz, y después pase a la contemplación de remansada quietud... Se compadece bien la cruz y el propio conocimiento juntamente en los principios, con tal que comience de sí siempre”.

Santa Teresa resume bien la base teológica de la oración de seguimiento: “Para contentar a Dios... quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima... Por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de la contemplación”.

Algo importante de la oración de seguimiento es la unión de lo divino con lo humano, sin miedo a la contaminación de lo divino por su inserción en lo humano. Desde este punto de vista se desliga de la teología luterana del Cristo solo, Biblia sola, gracia sola, como negación de lo humano en orden a la salvación. El protestantismo parece como un reproche a la antropologización de lo divino.

La mística española hizo una experiencia profunda de seguimiento y no se limitó a una lógica o teoría de pura transcendencia. Cristo hizo inmanente lo transcendente. Pero el hecho de que los místicos insistan más en el Cristo sufriente, como dijimos en otra ocasión, es porque la cruz es inseparable de la vida humana y por haber elegido Él libremente el camino del Calvario. Por esta razón hay un aprecio por las mortificaciones, que no es desprecio del cuerpo, sino señal de identificación con Cristo.

Por eso la pobreza, particularmente en la espiritualidad franciscana, está planteada desde el seguimiento de Cristo. El místico sigue desnudo a Cristo desnudo en el pesebre y en la cruz, es decir, por una identificación con su persona; pero también lo sigue desnudo porque cuando ha descubierto que su centro afectivo es Él, no puede sino vivir en un desprendimiento interior que se manifiesta también en lo exterior: en el vestido, calzado, comida”.

Podemos decir que la oración de seguimiento es una oración que no se queda en la contemplación, sino que da un paso a la imitación, configuración y transformación en Cristo.

Oración de unión, de contemplación quieta, de transformación

La mística española es una respuesta de amor a la llamada de amor. Su objetivo es hacer de dos voluntades una. Esta mística, casi en su totalidad, es afectiva y equivale a unión con Dios por amor. El alma anhela esta unión, pero es Dios el que la puede dar. En ese sentido es más un recibir que dar; ser transformada, que se transforma; se parte de la llamada, de la iniciativa de Dios, es el Espíritu Santo el que mueve, el que enamora.

Francisco de Osuna la llama oración de toda el alma por la que el hombre se hace un espíritu con Dios y Bernardino de Laredo la describe así: “La contemplación quietísima y reposada y muy pura llámase oración mental, que quiere decir de sólo el alma en su pura sustancia esencial, ajena a sus potencias interiores... Oración mental, absoluta y puramente, muy solamente es aquella en la cual el ánima, encerrada en su quietud, no entiende lo que contempla, no sabe entender en aquel su esencial encerramiento otra cosa sino amar”.

Para este tipo de oración se emplean diferentes terminologías. En concreto, Osuna emplea la palabra transformación, pero más frecuentemente unión de voluntades en un espíritu, conformación a un tercero, concordia de dos en uno.

Los codificadores de la mística del recogimiento hablan de encuentro inmediato con Dios en el fondo del alma, de contacto del hombre desnudo de lo que es en sí.

El proceso de la mística del recogimiento: oración de propio conocimiento, oración de seguimiento, oración de unión, no se puede contemplar como escalones o compartimentos estancos, sino que son como partes vivas de una totalidad. Proceso que no consiste en la actividad del hombre, sino en el amor y la receptividad, se trata de un don gratuito de Dios. La lógica y la actividad del hombre son medios para abrirse a este don gratuito, pero nunca fines.

La unión con Dios no es eros, o sexualidad; filía, o amistad, que se da o recibe; sino ágape, o donación gratuita de Dios, que carga con las culpas ajenas y entrega la propia vida. Dice Osuna que el amor de Dios en el hombre es la fuerza de la criatura racional y la fuente de la libertad.

Algo muy importante es que, normalmente, el contacto o unión del hombre con Dios acontece de forma indirecta, mediada, a través de imágenes y conceptos. Captar a Dios sin las mediaciones es un privilegio o poder que se encuentra un tanto dormido en el hombre de hoy, pero bastante despierto en los místicos de aquel tiempo. Si ellos dicen poder tener este encuentro más “inmediato” es gracias al corazón, a la voluntad, a un movimiento diverso del de los sentidos y el entendimiento; la razón, pues, es afectiva. La voluntad se une en abrazo con el Amado cuando el entendimiento no puede aportar más recursos. Cuando acontece el encuentro amoroso y el corazón está inundado de amor, los pensamientos y discursos pierden protagonismo e importancia y el silencio es el mejor medio de comunicación. “Cuando por experiencia se conocen los que se aman, entrambos callan, y recompensa el amor, que los junta, la falta de palabras”.

Es el conocimiento de una realidad de forma experiencial prescindiendo del discurso, a través de las huellas que su toque deja en nuestro ser. Es una experiencia que no se opone a la razón pero tampoco se reduce al sentimiento piadoso.

Esta experiencia los místicos la llaman tocamiento, llama, incendio, toque en lo más profundo de la persona, o ayuntamiento de Dios solo y el alma sola en la morada más recogida del castillo interior, en términos teresianos. Es la cima más alta de la vida espiritual y exige al hombre desposeerse de sí mismo para poseerse totalmente en Dios. Es conocimiento experimental solo alcanzado por amor, piedra de toque de la mística del recogimiento según Osuna.

Experiencia inmediata significa saborear, intuir la presencia de un tú-amor.

El recorrido experiencial de la historia de la propia salvación se describe en términos nupciales, de servicio, de filiación, de fraternidad, de amor interpersonal: alianza, salvación, matrimonio, cuerpo místico, sustancia, esencia, castillo, fuego, incendio. Esta experiencia salvadora es don de Dios, descenso de Dios antes que ascenso del hombre.

Los grandes místicos españoles no escriben tratados sistemáticos, sino experiencias de búsqueda, de purificación, de encuentro, de unión esponsal. El alma en libertad se entrega a Dios que la ha llamado a participar de su divinidad siguiendo el camino de Cristo, que se despojó de lo divino encarnándose en lo humano, para que el hombre se desvista de lo humano y participe en lo divino.

Lo que hace que la experiencia inmediata no haya caído en el puro intimismo ha sido gracias al examen de conciencia y al discernimiento de espíritus; además, la oración de seguimiento de Cristo lleva a la persona a contrastar su vida con Él, pues no es una oración que lleva al compromiso práctico.

Este modo de unión, en silencio del entendimiento, tiene el efecto de hacer uno al hombre con Dios. Esta unión se produce por tocamiento de Dios al centro del alma: “se hace un espíritu con él por trocamiento de voluntades, que ni el hombre quiere otra cosa que lo que Dios quiere, ni Dios se aparta de la voluntad del hombre, mas en todo concuerdan en uno”.

De modo que podemos hacer coincidir la oración de propio conocimiento con la vía clásica purgativa, puesto que es un proceso de conversión, de ver la propia verdad desnuda y más a la luz del beneficio de Dios; la oración de seguimiento con la vía iluminativa, Cristo es luz para el creyente; y la oración de unión con la vía unitiva.

Los dos primeros pasos son ascendentes dentro de este proceso de transformación o divinización, el alma va subiendo a Dios; pero el tercero es descendente: Dios baja al alma y la deifica, la iniciativa es toda de Dios y el hombre padece y recibe. Dios es el primer agente de la contemplación a través de su Espíritu Santo, haciéndole sentir al hombre su presencia íntimamente (pasividad), capacitándole para acogerle con actos personales de entendimiento y amor (actividad). La acogida que le da el hombre a Dios es entrega generosa y total y compromiso. Por lo tanto, no podemos reducir la experiencia contemplativa a pura pasividad. Y en ese movimiento ascendente y descendente se produce la experiencia fruitiva de lo divino, en el corazón en la cima del afecto. Y el conocimiento de Dios que se produce es por afecto o amor, es un conocimiento experiencial, no intelectivo.

Una vez hecho este recorrido puntual de la oración afectiva en el franciscanismo, que en este siglo XVI adquiere una importancia, sistematización y generalidad considerable, y de la que Pedro de Alcántara es partícipe, entramos en el Tratado para abordar en el siguiente capítulo los temas de “Dios” y el “hombre” como temas-base que “dicen” mucho de la concepción franciscana de los mismos. Estos temas llevan a comprender que la oración afectiva que brota de estos textos no es sino la respuesta agradecida del hombre que se siente pequeño ante tanto beneficio que recibe de Dios, que es el mismo bien.