CAPÍTULO SEXTO

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VALORACIÓN PASTORAL DE LA MINORIDAD

Como conclusión a este trabajo, después de haber empezado haciendo consciente la importancia de la minoridad hoy y de haber estudiado su fuente y su realización en los Escritos de san Francisco de Asís, recogemos ahora lo más importante y significativo para valorarlo pastoralmente. 

Procedemos, en primer lugar, destacando la importancia de la minoridad como elemento básico. Para ello subrayamos la convergencia de los documentos oficiales de la Orden con los Escritos de san Francisco con en lo que respecta a la minoridad, y la necesidad de fomentar una espiritualidad basada en ella. En segundo lugar, mostramos cómo la minoridad conforma la vida de los hermanos. En tercer lugar, pasamos a la dimensión orientadora de la minoridad en la misión. En cada uno de los puntos avanzamos desde los Escritos de Francisco y los documentos de la Orden, hasta llegar al contacto, seguramente muy subjetivo, de la realidad. Al final de cada punto se plantean unas posibles perspectivas pastorales en forma de cuestiones. Son preguntas difíciles de responder y seguramente obedecen también a inquietudes personales, pero creo sinceramente que si la vida religiosa franciscana ha de tener futuro, deben ser planteadas y reflexionadas en fraternidad con mucha seriedad. 
La última parte del capítulo finaliza con unos apuntes de lo que la minoridad puede aportar a la vida de la Iglesia. El capítulo concluye con el resumen.

6.1. La categoría de la minoridad como elemento básico del carisma franciscano.

6.1.1. Convergencia entre el pensamiento de san Francisco y la sensibilidad actual de la Orden.

A través de los capítulos dedicados a los Escritos de san Francisco hemos visto cómo para él la realidad de "ser menores" ante Dios, ante los demás y también como actitud personal, es sumamente importante. Hemos podido comprobar cómo esta actitud nace de la experiencia de Dios, del amor que siente a él y del amor con que se siente amado por él, y que le lleva a amar a los demás. Por ello, esta actitud inunda toda la vida y actividad de Francisco y sus hermanos a través del servicio a todos; del cuidado de los leprosos; de la humildad, pobreza y sencillez en la vida; del anuncio de la Palabra de Dios sin imposición ni prepotencia. 

También hemos podido comprobar cómo la sensibilidad de la Orden hoy, conecta con esta intuición de Francisco. La documentación oficial de la misma recoge los principales puntos que se destacan en Francisco. Estos puntos están actualizados y adaptados al mundo de hoy; y así, la presencia de Francisco con los leprosos se corresponde con la presencia de los marginados; una vida pobre y austera, gozándose de los pobres de los caminos y acogiendo a todos, se corresponde con una vida pobre inserta en medio de los barrios pobres o de zonas deprimidas; la presencia amistosa entre los no cristianos y el anuncio del Evangelio, se corresponde con la promoción humana y espiritual. Y muchas más correspondencias que irán apareciendo a lo largo del capítulo. 

En lo que respecta a la realidad concreta, los documentos de la Orden indican la distancia que hay entre el ideal y la concretez. La mayor parte de las veces las ocupaciones de los hermanos los sitúa más entre los mayores que entre los menores; las propiedades, instituciones o la misma posición social les impide a menudo identificarse con los pobres; el tipo de pastoral o de presencia tampoco tiene presentes en muchos casos a los menores de nuestro tiempo. Tampoco en tiempos de Francisco debió de ser todo lo ideal que pueda pudiera. Ya él mismo, al insistir en la pobreza, en la sencillez, en el trabajo, en la presencia entre los menores como menores indica que tampoco debió de ser tan fácil la vida menor en aquel tiempo. 

A pesar de esto no faltan, ni faltaron hermanos que siguen a Cristo en verdadera minoridad. Tampoco faltan fraternidades que han optado por una vida menor entre los menores trabajando con ellos y para ellos, evangelizándoles y dejándose evangelizar por ellos. También es verdad que en muchas de nuestras fraternidades se dan pequeños pasos para buscar la manera de compartir los bienes con los más desfavorecidos, para hacer presentes a los que sufren o a los enfermos, para crear un clima de igualdad entre todos. Se está despertando una conciencia de hacer eficaz la minoridad, y de acercarnos a los demás como menores, aunque aún es difícil y costoso realizar grandes cambios en esta línea. 

6.1.2. La necesidad de una espiritualidad minorítica. 

Hemos visto, sobre todo al hablar de la fundamentación de la minoridad, cómo ésta surge de la visión de Dios que Francisco contempla en Cristo. El Todopoderoso, Omnipotente y Eterno, se le presenta, por amor, como siervo, pobre, humillado y menor en Cristo, sobre todo en el misterio de la Encarnación, en la Pasión y en la Eucaristía. Toda la vida de Cristo, de María y de los Apóstoles es vista por Francisco en clave de pobreza, de abajamiento, en definitiva, de minoridad. Por ello el seguimiento que surge de ahí responde a una vida entregada por amor, a los demás, una vida de servicio y de verdadera minoridad. 

En los últimos tiempos la Orden no ha cesado de hacer un llamamiento a la oración y contemplación como motor de la vida franciscana. Ha impulsado la creación de casas de oración, de eremitorios, de documentos, de folletos y ayudas para la oración. Todo ello es muy positivo, importante y necesario para fructificar y avanzar en la vida religiosa. 

El peligro de esta situación es que se quede sólo en buenas intenciones, en buenos materiales, pero sin llegar a la vida de los hermanos, centrada a veces en otras prioridades y preocupaciones más pragmáticas. 

A pesar de todo, es necesario insistir en la necesidad de cultivar una teología y una espiritualidad basada en una visión de Dios que, por amor, se ha hecho pobre, menor y último en Cristo; que ha hecho a toda la Humanidad fundamentalmente Fraternidad con un sólo Padre, el del cielo; que es misericordioso y compasivo con los pecadores, con los pobres y con los que sufren; que nos ama a cada uno con amor personal; que nos invita y nos urge a construir su Reino en medio del mundo; que se hace presente en los pobres, en los últimos y pequeños. Es necesario que descubramos que Dios nos llama a seguir a su Hijo Jesucristo pobre y menor, sin poder ni preeminencias, con humildad y mansedumbre, reconociendo que todo bien viene de Dios y que nosotros sólo somos sus siervos. Que este servicio nos lleva, por amor, a servir a los hermanos, especialmente a los últimos. Es necesario que nos ilusione vivir el Evangelio de Jesucristo, en obediencia, castidad y sin propiedades, entre los pobres y como menores, al servicio de todos, y que nos dejemos evangelizar por los pequeños para así poder llegar a todos. 

En definitiva, es imprescindible que partamos de una experiencia radical de fe que nos lleve a vivir entre todos como menores por el Reino de Dios, de lo contrario nuestra presencia en el mundo y en la Iglesia carecerá de sentido. 

6.2. La minoridad y la organización de la Fraternidad. 

6.2.1. Los servicios de la fraternidad: minoridad y "poder".

Ya hemos visto cómo para Francisco dentro de la fraternidad todos los hermanos son iguales, es decir, "menores". Pero la fraternidad es un grupo humano unido por unas motivaciones comunes, vocación o llamada, y unos propósitos, seguimiento de Cristo, y por ello necesita una organización interna que haga posible la consecución de los mismos. Francisco organiza el grupo desde el servicio menor de unos a otros, en mutua dependencia, poniendo como fundamento el amor que Cristo nos manifestó y que nosotros debemos manifestarnos. Para ello, el grupo se da a sí mismo los cargos y ministerios necesarios para su funcionamiento. Estos ministerios son los "ministros y siervos" de toda la fraternidad. Estos ministros no están investidos de potestad o dominio, como los "príncipes del mundo", sino que su función es velar por los hermanos, cuidar de ellos y servirles, como Cristo nos muestra. Por ello, aunque considerados como los "mayores" en la fraternidad, su función es la de ser los "menores" de todos y estar pendientes de los "enfermos", "pecadores" y últimos. Su misión dentro del grupo es que todos sean fieles a la vida evangélica que prometieron. Por ello son los animadores de los hermanos en el seguimiento de Cristo, y su autoridad se mantiene dentro de este margen. Por esta razón, todos están obligados a "obedecer a los ministros", como los encargados de cuidar esta opción evangélica de vida. Esta obediencia no exime a nadie de su responsabilidad en su opción personal por el Evangelio, más bien al contrario, obliga a todos a discernir el camino evangélico. Por eso, se reúnen en "capítulo" para discernir la voluntad de Dios para llevarla a cabo en fraternidad. Cuando, por la razón que sea, los ministros no son capaces de continuar su servicio a la comunidad, los hermanos los sustituyen por otro hermano en ese servicio. 

Este sentido que se desprende de los Escritos de san Francisco está perfectamente recogido en los documentos de la Orden, sobre todo en las Constituciones Generales, que nombra a los hermanos encargados del cuidado de los hermanos con los títulos de "ministros", "guardianes" o "custodios", tal como lo quiso san Francisco, eliminando otros títulos, como es el de "superior", más adecuado al Derecho Canónico que a la tradición de la Orden y a las palabras de Jesús, y poco feliz en cuanto al aspecto de la minoridad se refiere. También hay que decir que en muchas de nuestras fraternidades los guardianes o los ministros provinciales son verdaderos siervos de los hermanos, sobre todo pendientes de los enfermos y ancianos, cada vez más numerosos. 

Las decisiones que afectan a la fraternidad también son tomadas, cada vez más, de común acuerdo entre todos los hermanos reunidos en capítulo local, de manera que cada uno pueda expresar sus opiniones en lo que concierne a la vida común. La obediencia a los ministros se entiende hoy de forma dialogada y en base a criterios tanto personales como pastorales de manera no arbitraria. 

A pesar de estos avances, e influidos por la nomenclatura jurídica común de la Iglesia, aún son muchos los hermanos que se dirigen a los guardianes o custodios como a los "superiores", con lo que la palabra tiene de matiz piramidal más que de fraterno e igualitario. Tal vez no tenga demasiada importancia el término en sí, pero teniendo en cuenta el campo semántico de cada palabra creo que sería bueno, por sensibilidad y por tradición, reforzar los términos propios de la Orden, ya referidos, que son más evangélicos. Por otro, lado también se pueden dar algunos casos de hermanos que se "apropian de la prelacía", tomando decisiones sin consultar con el resto de los hermanos y creando, con ello, no poco malestar. Tampoco sería extraño que ocurriese precisamente lo contrario: confundir la obediencia dialogada con la independencia dentro de la comunidad. Si pernicioso es el autoritarismo, pues destruye la dinámica del amor evangélico, igualmente destructivo es el individualismo que lleva a cada cual a hacer su voluntad sin contar con los demás, con lo que se hace muy difícil llevar un estilo de vida menor y evangélico basado en el mandamiento del amor.

Si la realidad difícilmente va a coincidir con el ideal, no quiere decir que no debamos aspirar a acercarnos a éste. Las palabras de san Francisco y el mensaje de la Orden respecto a los servicios de la fraternidad deben ser elementos de tensión que nos lleven a buscar siempre lo óptimo, aunque sea difícil alcanzarlo. Para ello, ¿no habría que pensar para los cargos de autoridad en la fraternidad en hermanos especialmente infundidos por el espíritu evangélico, con capacidad de servicio a los hermanos -especialmente a los enfermos, débiles y menores de la fraternidad-, sencillos, abiertos a la realidad, comprensivos con todos y aceptados por el resto de los hermanos? Por otro lado, ¿es posible llevar adelante un proyecto evangélico fraterno sin capacidad de obedecer por amor a quienes hemos colocado al frente de nuestras fraternidades?, ¿tiene sentido una vida en seguimiento en la que cada uno "haga de su capa un sayo"?, ¿no será más fraterno y evangélico que todos nos sintamos responsables de todos?, ¿la comunidad cristiana, sea cual sea su peculiaridad, no se edifica con la colaboración de todos los bautizados?

6.2.2. La vida en la fraternidad desde la minoridad.

6.2.2.1. Todos "hermanos menores".

Hemos podido comprobar cómo el seguimiento evangélico que Francisco propone se realiza desde la igualdad de todos los hermanos, por ello, quiere que se llamen y sean "hermanos menores", y que se sirvan unos a otros como expresión del amor fraterno, fruto de la paternidad de Dios, y del ejemplo de Cristo que "no vino a ser servido, sino a servir" . Desde los inicios de la Orden existieron hermanos presbíteros y hermanos no presbíteros, pero esto no impidió que les uniesen los mismos lazos de fraternidad y minoridad, de manera que todos se reconocían igualmente como hermanos y, como consecuencia, todos podían ser reclamados a asumir las mismas tareas de responsabilidad. Lo que prevalecía entre ellos no era el ministerio ordenado o la función laical, sino el testimonio de una vida evangélica en minoridad y pobreza en la que todos se servían a todos, a ejemplo de Cristo.
Hoy, la Orden, tras un largo periodo de división entre clérigos y laicos, ha vuelto a centrar las relaciones dentro de misma basándose en la igualdad de todos, que surge del seguimiento de Cristo, que se hace realidad en el amor mutuo y el servicio como menores, recuperando por ello la denominación de "hermanos menores", querida por Francisco, como único título para todos, y eliminando de su legislación títulos adheridos de tradiciones externas a la propia, y que marcaban la diferencia, como eran los de "padre" para los clérigos, y "lego" o "hermano" para los laicos. El deseo de igualdad entre todos los miembros es tal, que la Orden se ha empeñado, como vimos en el primer capítulo, en una revisión de su legislación para poder ser reconocida por el Derecho Canónico como "orden mixta", en la que todos sean ante todo hermanos, y por ello, tengan la misma posibilidad de acceder a los cargos de responsabilidad en la misma. 

Pero si en el papel todo es claro y concordante con las palabras de san Francisco y con el Evangelio de Jesucristo, en la realidad es más complicado. Si hay hermanos que van asumiendo la terminología que nos identifica como hermanos, con lo que supone teológica y espiritualmente, e iguales dentro de la vocación franciscana, también es cierto que la mayoría de los frailes siguen utilizando los términos "padre" y "hermano" o "fray" para designar dos clases de frailes dentro de la fraternidad. Ciertamente, en muchas ocasiones es fruto de la inercia y de la formación recibida, pero el lenguaje, queramos o no, marca distancias entre unos y otros; si bien son distancias cada vez más cortas y llamadas a desaparecer. Por otro lado, se puede dar una dificultad a este respecto, y es que, el proceso de sacerdotalización y sedentarización de la Orden fue colocando en un lugar central a los hermanos presbíteros, y los otros hermanos pasaron a desempeñar las tareas domésticas, a diferencia de los inicios que, como vimos, todos los hermanos trabajaban en cualquier oficio compatible con la Regla, lo cual no impedía la tarea pastoral. 

En un momento como el actual, en el que las labores domésticas en las fraternidades son cada vez más asumidas por personal empleado, puede darse que, si la fraternidad no se fundamenta en el estilo de vida evangélico menor marcado por la Regla y las Constituciones, entendidas como la lectura franciscana del Evangelio, sino en el ministerio ordenado, el papel del hermano laico pierda sentido, lo cual resultaría ser un daño irreparable en el carisma franciscano. 

Estas cuestiones no son fáciles de responder, pero sí es importante plantearlas: ¿No estará más cerca del espíritu de san Francisco y del mismo Cristo la renuncia a títulos que nos sitúan por encima de los otros?; y, puestos a reconocernos en algún tipo de nombre, ¿no será mejor utilizar aquel que Francisco y la Orden quieren, y que designa nuestra identidad, esto es, el de "hermanos menores"? Por otro lado, si la misión de las fraternidades sigue determinada por el ministerio ordenado, ¿qué capacidad testimonial tendrá nuestra vida como vivencia del Evangelio en clave de minoridad?; ¿no será empobrecer la vida franciscana y con ello la Iglesia?; ¿no deberían replantearse hoy los papeles del hermano presbítero y del no presbítero desde los Escritos de Francisco, los documentos de la Orden y el servicio a la comunidad eclesial?; ¿no será muchísimo más evangélica una vida fraterna, basada en el mandamiento del amor, en la que todos los hermanos son menores e iguales aunque sean diferentes sus funciones?

6.2.2.2. Menores y pobres.

Ya vimos en Francisco cómo el seguimiento de Cristo desde la minoridad se realizaba en pobreza y en desapropiación. Ello incluía una vida de austeridad personal y pobreza institucional, el trabajo manual como forma de ganar el sustento, la falta de privilegios y la renuncia a reclamarlos, la negativa a ejercer un poder sobre los hermanos o sobre cualquiera, la sumisión a todos, la vida sencilla entre los demás pobres, la renuncia a cabalgar o a vestir ricamente... Francisco se preocupa no sólo de ser interiormente menor y pobre sino también exteriormente.

También, la documentación actual de la Orden pide una vuelta a la pobreza evangélica, que siempre fue uno de los elementos característicos de lo franciscano, como testimonio real de vida según el Evangelio de Jesucristo y el espíritu de san Francisco. Incluye la solidaridad y la convivencia con los pobres, la revisión y conveniencia de las propiedades en clave de pobreza, el estilo de vida propio de una fraternidad de hermanos que se sitúan como menores ante todos, el trabajo asalariado como traducción del trabajo manual de san Francisco... 

Ciertamente, hay hermanos y fraternidades pobres, tanto personalmente como institucionalmente. También hay hermanos que trabajan de forma remunerada fuera de las propias estructuras. Pero hay que reconocer que son casos, hoy por hoy, excepcionales. Lo más habitual es que nuestro estilo de vida corresponda al de la clase media, con lo que difícilmente podemos identificarnos como pobres. Incluso en ocasiones la austeridad de vida no lleva a mayor pobreza o a compartir los bienes, sino a un mayor ahorro y a un incremento del capital. Por otro lado, es difícil el abandono de un estilo de vida más "conventual", a menudo situada lejos de los pobres, lo cual hace también difícil la posibilidad del trabajo asalariado.

Ante estos retos preocupantes nos podemos preguntar si frente a una sociedad consumista, ¿no tendrá más valor evangélico una vida pobre que una vida acomodada?, ¿qué estilo de vida será más testimonial, y por lo tanto vocacional? Como menores, ¿no deberíamos ver las posibilidades de estar presentes donde viven los menores de nuestro mundo?; el estilo de vida conventual, ¿es un estilo válido para todos los hermanos y en todos los contextos?, ¿no debería estar reservado para las casas de oración de gran tradición en la Orden?, ¿no sería bueno que hubiesen otros modelos de fraternidad más apropiados al tenor de nuestra vida como pobres y menores al lado de los últimos?

6.2.3. La minoridad en la iniciación franciscana: minoridad y formación inicial. 

En los textos de san Francisco no hemos visto una estructura concreta de la formación inicial respecto a la minoridad . Teniendo en cuenta esto, muchos de los Escritos de Francisco, en especial las Admoniciones, tienen un marcado carácter formativo y sirven de criterios de formación para la minoridad. Así, podemos ver la humildad, la mansedumbre, el servicio, la no vanagloria, la aceptación de las criticas como criterios de vida menor según el Espíritu. El gozo de convivir con los últimos, los leprosos, los de baja condición, los pobres y todos aquellos que "van por los caminos" son signos de discernimiento. Lo mismo la misericordia y la compasión con los pecadores o el cuidado de los débiles y enfermos. Por último, también el trabajo y la corresponsabilidad son un criterio de discernimiento.

Hoy, la Orden ha realizado una importante revisión del proceso formativo, cuidando los elementos psicológicos, afectivos, espirituales e intelectuales. La "Ratio Formationis" marca las etapas generales de este proceso que, en la formación inicial, se divide en postulantado, noviciado y estudiantado. Los elementos que veíamos presentes en san Francisco quedan patentes en este proceso.
La formación es pieza clave en el futuro que se imprime a la Orden. La institución depende en gran medida de la formación y viceversa. Sin duda, el esfuerzo que los hermanos han realizado en la formación es enorme, y su adecuación a las necesidades del mundo de hoy, de la Iglesia y al espíritu de la Orden está siendo muy positivo y abriendo caminos hacia el futuro. En la primera etapa de la formación inicial, llamada postulantado, se educa la verificación de la decisión tomada. En este periodo se cuida la minoridad a través de la disponibilidad del hermano para compartir la vida, la capacidad crítica, el conocimiento personal que puede llevar a reconocerse humilde y menor ante Dios y ante los demás, el reconocimiento de los propios talentos y su servicio al bien común, el trabajo, la presencia de los menores y de los pobres, y en definitiva la voluntad de seguir a Cristo en pobreza, obediencia y castidad, como hermano menor. El periodo del noviciado es el dedicado a un conocimiento más profundo de Jesucristo, a quien se quiere seguir. Es éste el momento de introducirse en la espiritualidad y la experiencia de Cristo menor y al servicio de los menores, de manera que el candidato reoriente su vida a querer ser menor y último por el Reino de Dios, tanto en la comunidad como en la sociedad. El noviciado es un momento especial para descubrir la propia pequeñez e indignidad, y a la vez la llamada y la gracia de Dios. También es un momento en el que es necesario tener y conocer experiencias en medio de los pobres, ancianos, enfermos y menores, al igual que los primeros hermanos hacían entre los leprosos. En el periodo de la profesión temporal el hermano se integra en la vida de la fraternidad, asume su responsabilidad y su labor como hermano menor en fraternidad con los demás hermanos. Es el periodo en el que los hermanos se dedican principalmente al estudio y formación de cara al futuro. Todos los hermanos, sea cual sea su opción, profundizan los aspectos franciscanos, teológicos y humanísticos. Aprenden a vivir pobremente, a tratar a los hermanos con misericordia y compasión, a responsabilizarse de su futuro, a conjugar la actividad con la oración. Es también el periodo en el que los hermanos participan en las actividades apostólicas, especialmente entre los pobres y menores, como menores que son. 

Sin duda, la formación es la base de la vida del futuro, y en ella la minoridad está presente y asegurada, pero también pueden surgir algunas cuestiones. La mayoría de las veces las casas de formación se encuentran en lugares a los que los menores de nuestro mundo no tienen acceso, bien sea por estar lejos de donde viven éstos, o por estar insertas en estructuras "conventuales". Es verdad que los hermanos salen y van allí donde están los pobres pero, ¿no puede convertirse esto en un ir a los pobres sin ser de ellos?, ¿no puede crear una doble vida: por una parte los pobres y el servicio a ellos y por otro lado una vida cotidiana que nada tiene que ver con ellos?, ¿realmente nos podemos identificar como menores entre los menores si estamos lejos de ellos?, ¿no sería mejor abrir caminos de futuro en este primer periodo para buscar la manera de presentar, anunciar y vivir el Evangelio entre los que están más lejos de éste?

La formación teológica es hoy necesaria y conveniente, pero esto puede llevar a presentar a los hermanos en formación inicial como único modelo de hermano menor al presbítero, centrando toda la etapa formativa en los estudios eclesiásticos, ¿no sería necesario que hacia el final del periodo de formación se diese un discernimiento en el que fuese tan recomendable la opción presbiteral como otras?, incluso los hermanos que hiciesen una opción presbiteral ¿no sería bueno que pudiesen prepararse también para otras labores, además de la propia del presbítero? La opción en igualdad de condiciones de uno u otro modelo, ¿no ayudaría a fundamentar en la práctica la vocación de menores en el seguimiento de Cristo más que en la opción que después se tome?, ¿no sería muy positivo que cada hermano se preparase en la etapa formativa para ejercer un trabajo que sea compatible con la vida minorítica tal como se contiene en la Regla?

6.2.4. La minoridad y la Formación Permanente. 

Ya dijimos en el punto anterior cómo Francisco apunta en sus Escritos criterios de minoridad y fraternidad para los hermanos.

Hoy, la Orden, además de la formación inicial, ha realizado un empeño en la formación continuada de los hermanos a través de la llamada formación permanente. ésta se percibe como una necesidad radical para el presente y futuro de la Orden. 

Éste podría ser un terreno propicio para educar a los hermanos en la sensibilidad que se desprende de los Escritos de san Francisco y de los documentos de la Orden, en torno a la minoridad. 

En primer lugar, sería importante una actualización teológica y espiritual que destacase los rasgos de minoridad que Francisco percibía en Cristo. Para ello, sería positivo una formación bíblica y orante al respecto que ayudase a cultivar el seguimiento de Cristo como menores, y que lo tradujese en actitudes personales con los demás hermanos. También sería necesario presentar las tareas de todos los hermanos como servicios a la comunidad cristiana y siempre en función de ésta, podría ser muy positivo para diseñar una forma menor de ser ministro ordenado o laico al servicio de los demás. No estaría de sobra para la vocación minorítica, sino todo lo contrario, formar en el conocimiento de la realidad y en los retos que ésta nos plantea hoy. Sobre todo, sería importante analizar quiénes y dónde están hoy los menores, cómo vivir el Evangelio entre ellos y cómo poder anunciarlo a todos desde la vida de los más menores. 

El problema que se puede plantear es que los hermanos se sientan poco interesados por la formación permanente, que la sientan poco vital para ellos o alejada de sus realidades. Esto nos debería plantear si no sería bueno finalizar cada tema con propuestas prácticas a llevar a cabo en las distintas fraternidades.

6.3. La minoridad pauta de las elecciones pastorales.

6.3.1. Servir a los más menores.

Ya hemos visto cómo Francisco en sus Escritos se presenta a sí mismo y a sus hermanos como pobres. Por ello, van a pedir limosna como aquellos, visten ropas viles y las remiendan cuando se rompen, no cabalgan ni quieren privilegios, los lugares en los que viven son pobres y no les pertenecen, además, se encuentran fuera de las ciudades donde viven los excluidos, van por los caminos con toda clase de gentes... En definitiva, son pobres. Pero Francisco no se contenta con ser pobre, sino que también quiere servir a todos como menor que es, y por ello cuida y pide limosna para los leprosos y para los enfermos; es compasivo y acogedor con el pecador; al débil pide que se le acoja de forma maternal; y al que llega donde están los hermanos, sea amigo o adversario, ladrón o bandido, quiere que se le acoja. Francisco quiere servir a todos y especialmente a los últimos y es que, para él, son presencia de Cristo, que se hizo pobre y último por nosotros. 

Los documentos de la Orden traducen hoy esta la opción de servicio menor de Francisco como opción preferencial, no exclusiva, por los pobres. Subrayan cómo son el mejor medio para aprender a ser menores y para leer la historia y los signos de los tiempos desde la minoridad. Esta opción nos debe llevar a los nuevos "leprosos" para encontrar allí la presencia de Cristo, anunciarles la salvación de Dios y vivir con ellos las Bienaventuranzas del Reino. Incluso, plantean la necesidad de reconvertir las propiedades, su uso, y la posibilidad de compartirlas con los desfavorecidos, o bien venderlas en favor de ellos, siguiendo las palabras de Cristo al joven rico que también Francisco recogió. También avisan los documentos que, cuando vivamos con los pobres, lo hagamos desde la minoridad, no con protagonismos ni con mesianismos, pues el único Mesías que debemos anunciar es Jesucristo.

Hay una conciencia creciente entre los hermanos acerca de la necesidad de estar al servicio de los pobres en la tarea evangelizadora. De hecho, son conocidas y memorables las hazañas de algunos hermanos que en zonas del tercer mundo han creado hospitales, centros, granjas, capillas y toda una red cristiana y franciscana de ayuda a los más desfavorecidos. Desde aquí se les apoya económicamente o con la presencia temporal de algunos hermanos. También existen algunas fraternidades que están en función de tareas a la vez ministeriales y sociales, con atención a drogadictos, transeúntes o insertas en barrios. Incluso, existen algunos edificios cedidos para programas o tareas con marginados. Pero lo cierto es que estos casos son excepcionales en comparación con la tarea pastoral habitual.

¿No habría que cuestionarse si el tipo de pastoral, dedicada en algunos casos exclusivamente a lo sacramental; los lugares en los que están presentes los hermanos, parroquias o colegios, y, en algunos casos, el estilo de vida, no hacen difícil el servicio a los más menores de los menores?, ¿no sería bueno renunciar a alguno de los ámbitos que están cubiertos por otras instancias, estatales o eclesiales, y cambiarlo por presencias en ámbitos más necesitados de la presencia de los hermanos menores a modo de "tapa-agujeros" como veíamos en alguno de los documentos de la Orden? En las comunidades donde no sean posibles cambios en esta línea por la razón que sea, ¿no sería bueno aprovechar las plataformas para dar pequeños pasos, sea con campañas de concienciación, de ayuda a proyectos, con voluntariados? Junto a esta problemática, también tiene su peso el descenso numérico, ¿la preocupación por el número no puede paralizar las opciones nuevas o los intentos de crear nuevas presencias que faciliten la vivencia de lo que hoy pide la Orden respecto a la minoridad?, ¿no será precisamente el descenso numérico una posibilidad para ceder o donar algunas de las propiedades a los que más lo necesitan?, ¿no sería un gesto realmente evangélico? 

Muchos hermanos invocan la necesidad de estar al servicio de todos y no sólo de los pobres, pues necesidades y debilidad se encuentra en todas partes. Esta objeción, si bien es cierta, ¿no puede esconder una secreta intención de inmovilismo?; por otro lado una cosa es pretender realizar un cambio radical en todo un amplio grupo humano, y otra cosa es que ese grupo humano sea capaz de animar a algunos de sus miembros a tomar opciones que, igual una mayoría, con toda la legitimidad y respeto que se merece, no está dispuesta a realizar. Puede haber cierta visión individualista de la consagración, de la santidad y de la salvación que no coloque en su horizonte a los necesitados. ¿No puede ser esto una apropiación de la llamada de Dios?, ¿no se muestra Dios en los últimos?, ¿no se le mostró a Francisco en los leprosos, a quienes fue llevado por él? 

Por último, también es posible que haya una cierta desconfianza por la opción preferencial por los pobres, tachándola de política, pero nos podemos cuestionar: ¿se puede llamar de apolítica la pastoral dirigida a otras clases sociales?, ¿no tratar cuestiones sociales no estará favoreciendo los intereses de algunas clases?, ¿la pluralidad de contextos dentro de la misma entidad no sería el mejor antídoto de una uniformidad de pensamiento y una riqueza para todos?

6.3.2. La necesidad de discernir en cada momento quiénes son y dónde están los "últimos" de la sociedad. 

Francisco quiso vivir como menor y por ello quiso estar en último lugar. Esta posición la aprendió de Cristo y de su contexto. Como ya hemos dicho esta intuición le llevó a tener un amor por los más últimos de los menores de su contexto. Éstos fueron los leprosos, los débiles, los atribulados, los enfermos y los pecadores, en ellos encontraba la presencia de Dios, que se hizo pobre y menor por nosotros. 

También, la Orden se plantea el servicio a los últimos, como ya se ha dicho, y para ello discierne quiénes son. Encontramos distintas respuestas como son los refugiados, los carentes de derechos humanos, los pobres, los marginados, los enfermos, las mujeres maltratadas y todos aquellos que, igual que los leprosos, se encuentran al margen de la sociedad. 

En nuestro contexto también debemos plantearnos quiénes son los últimos y cómo podemos ayudarles. En primer lugar, ¿quiénes son los últimos de la fraternidad?, ¿cómo los tratamos? Y en nuestros contextos, ¿quiénes son y dónde están los "leprosos" de nuestra sociedad? Parece ser que hoy, en una sociedad capitalista y neoliberal, abundan desde los drogadictos hasta los niños abandonados, desde ancianos hasta los enfermos tanto, físicos como mentales, y, cada vez más, los emigrantes. Los lugares deprimidos en los que podemos encontrar a los últimos de nuestra sociedad también son variados, pero principalmente son los cinturones de las grandes ciudades o sus núcleos más antiguos, y también amplias zonas rurales con población muy mayor, sin un futuro y cada vez más abandonadas por las instituciones sociales y religiosas; ¿no serán los lugares a los que nos estará llamando el Espíritu para dar testimonio del Evangelio de Jesucristo?, ¿no será en la marginación y en el dolor donde estará el terreno preparado para recibir la semilla de la esperanza del Reino anunciada a los pobres en las Bienaventuranzas?, ¿no será el testimonio de una vida sencilla y evangélica, vivida en minoridad y en pobreza la mejor forma de llegar a tantos "leprosos"?

6.3.3. Servirlos como menores. 

En los textos de Francisco encontramos toda una forma de relacionarse con los demás como menores. Así, él habla de ser mansos, apacibles, amables, corteses, acogedores, serviciales, pacíficos, alegres, reconciliadores, y toda una serie de características personales y comunitarias que hacen de los hermanos verdaderos menores, a quienes nadie debe temer, y que expresan con su vida la vivencia del Evangelio, sobre todo, entre los más necesitados de amor y perdón. Cuando el servicio como menores se realiza a los leprosos Francisco habla de "hacer misericordia", que sería la actuación de todas las características minoríticas.

También los documentos de la Orden, sobre todo las Constituciones Generales y la Ratio Formationis Franciscanae, recogen estas características personales y comunitarias, y las aplica al conjunto de la vida en fraternidad, a la evangelización y, en general, al trato con todos, especialmente a los más desfavorecidos.

Hoy nuestras fraternidades han ganado mucho en la relación interpersonal. Muchos hermanos se muestran amables y corteses con todos aquellos que se acercan a los lugares donde están los hermanos, pero también es cierto que, en muchas ocasiones, tenemos pocas posibilidades de encontrarnos cerca de los últimos. Cuando se presentan éstas, ¿no deberíamos tratarlos "como si fuesen nuestros señores" como dice Francisco?, ¿no deberían tener lugar en nuestras casas los últimos y necesitados, los amigos o enemigos, bandidos o ladrones, en palabras de Francisco?, ¿no deberíamos "gozarnos" cuando convivimos con ellos? 

6.4. Aportación de la minoridad franciscana a la Iglesia.

6.4.1. La minoridad-diaconía como fundamento de la comunidad cristiana nacida del amor: el servicio a los más menores.

Lo que fundamenta la comunidad cristiana es el amor de Dios revelado en Cristo que se hace menor y último. El servicio de Cristo se muestra en su encarnación, en sus signos, en sus palabras y en su donación total en la Cruz, en la Resurrección y en el envío del Espíritu Santo. Cristo se convierte en siervo de todos, por ello, el servicio define el ser de Jesús. La Iglesia es la comunión de convocados y reunidos por este mismo Espíritu, llamados a vivir con los "mismos sentimientos de Cristo"y, por ello, se sirven humildemente con caridad como hermanos, de forma especial sirven a los más pobres en quien encuentran la presencia de su Señor; se reúnen para celebrar su fe en Cristo Jesús; y esperan activamente el Reino de Dios que se realizará en la escatología. El amor que Cristo muestra y que es el fundamento de la vida eclesial tiene una praxis: el mandamiento del amor. Este amor tiene un lugar teologal especial en los pobres, pues, en palabras de Jesús, quien los sirve a ellos le sirve a él. Ellos revelan la realidad de Cristo que, "siendo rico no hizo alarde de Dios, sino que se despojó de su rango pasando por uno de tantos y se rebajó hasta una muerte de Cruz" (Flp 2, 6-11). 

Estos aspectos de la vida de la comunidad cristiana se traducen en servicios, ministerios y carismas que pertenecen a ella. El carisma del seguimiento humilde de Cristo desde el último lugar como siervo y menor que Francisco contempla en la vida y palabras de aquel, pertenece a toda la Iglesia, porque es un rasgo esencial de ella y es en la fe de ésta de donde Francisco lo aprende. Por ello, quiere vivirlo dentro de ella, porque en la raíz de la vocación cristiana está ese seguimiento menor de Cristo. Francisco, con su vida, recuerda a toda la comunidad cristiana que el fundamento de la vocación cristiana es el amor servicial de Dios mostrado en Cristo, que este amor nos hace hermanos, y que, al igual que Cristo, nos lleva a servir a los últimos. 

También, los hermanos, con nuestra vida tenemos que testimoniar que la comunidad cristiana está basada en el amor y en el servicio, que todo cristiano es, ante Dios y ante los hermanos, menor y siervo. Que el seguimiento de Cristo, pobre entre los más pobres, es una llamada apremiante del Espíritu a toda la comunidad eclesial.

6.4.2. La iniciación cristiana y la minoridad: coincidencia en lo básico cristiano. 

Toda persona que descubre a Dios en su vida, que se siente llamada a seguir a Cristo, se reconoce pequeña y menor. Tanto la iniciación cristiana como franciscana muestran la debilidad, la pequeñez y la minoridad radical y existencial del hombre ante Dios, y a su vez le descubren el don y el gozo de ser acogidos como hijos amados por ese mismo Dios. Tanto la iniciación cristiana como franciscana envían a "anunciar la buena noticia a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19). Tanto la iniciación cristiana como franciscana incorporan al pueblo de los siervos de Dios que renuncian a todo poder y buscan servir a los últimos y desfavorecidos. Tanto la iniciación cristiana como franciscana buscan construir la fraternidad como signo del Reino en el que todos son iguales entre sí, hermanos de Cristo e hijos de Dios por el Espíritu. 

Ese servicio a los demás se ha expresado a través de los siglos de diversas maneras por parte de la Iglesia: desde la ayuda a viudas y huérfanos (Hch 6, 1-4) hasta las tareas en favor de los pobres, pasando por los "lazaretos", hospitales, colegios y toda una serie de redes sociales que, a lo largo de dos milenios, a hecho efectivo el servicio a los últimos.

Como menores y servidores de los menores también los hermanos se dedicaron al cuidado de los leprosos en los lazaretos. Junto a Francisco y a los hermanos fueron apareciendo grupos de cristianos que, infundidos por el espíritu y el ejemplo de aquellos, salieron al paso de los problemas sociales de su época. Herederos de estos grupos son la Orden Franciscana Seglar, y la multitud de Congregaciones Franciscanas dedicadas a la promoción social y cultural. Sería importante hoy relanzar y vincular a la tarea evangelizadora de los hermanos a los grupos franciscanos seglares como comunidades de base al servicio de los últimos edificando la fraternidad universal. 

6.4.3. La minoridad y el servicio como fuente de los ministerios en la Iglesia. 

Las comunidades franciscanas, como ya hemos dicho, se estructuraron y se dieron a sí mismas los ministerios necesarios para su funcionamiento como fraternidades serviciales que seguían a Cristo que se hizo siervo por amor. Hoy, estos ministerios siguen siendo necesarios en el funcionamiento de la misma, como ya hemos podido ver. Pero estos ministerios, por ser servicios, están en función de la comunidad para animarla, para recordarle su misión servicial y evangélica, fruto del seguimiento de Cristo, para que no olvide que lo importante no es ella, sino el Reino y su justicia, para anunciar la Buena Nueva a los últimos.

La minoridad y el servicio no son exclusivos, como ya se ha dicho, del carisma franciscano, sino que pertenecen a la Iglesia en general. Por ello, en la vivencia de estos valores la Iglesia puede redescubrir su dimensión fraterna como nota propia, y única forma de estructurarse como Pueblo, que brota de la paternidad de Dios. Es una fraternidad cristiana en la que nadie está por encima de nadie, y en la que los ministerios se entienden como servicios. La Iglesia comprende su misión, no centrada en sí misma, sino volcada al mundo, para anunciarle el Evangelio de Jesucristo, preferencialmente a aquellos que fueron acogidos y queridos por el Señor: los últimos, los desheredados, los pobres y los menores. Sólo así, el Evangelio de Cristo será la entraña, la misión y el elemento configurador de la Iglesia.

6.5. Resumen. 

En primer lugar, destacábamos la importancia de la minoridad y veíamos cómo existe una convergencia entre los Escritos de Francisco y los documentos de la Orden, que adaptan y actualizan lo dicho por aquel. Algunos de estos últimos subrayan la distancia que existe entre el ideal propuesto por Francisco y la realidad que se vive, si bien, siempre existen signos de esperanza.

Para poder avanzar en la línea de la minoridad es necesaria una espiritualidad y teología que destaque los aspectos menores que Francisco descubrió en Cristo, y que quiso vivir como forma de vida. 

En segundo lugar, resaltábamos cómo la minoridad organiza la fraternidad. Francisco la organiza desde el servicio mutuo de los hermanos, en donde los "mayores" son "ministros y siervos" de todos, especialmente de los débiles de la fraternidad. Su misión es animar al grupo en su empeño de vida evangélica, y por ello, los hermanos, que son quienes lo eligen, le deben obediencia, sin que por ello mengüe la responsabilidad personal. Estos aspectos están recogidos en la legislación de la Orden, recuperando en algún caso elementos o terminologías propias de la tradición de la misma. Se recoge después las luces y las sombras de la realidad de las relaciones entre autoridad y obediencia. Por ello se plantean un grupo de cuestiones que pueden servir de vías de actuación en esta línea. 

Destacábamos también cómo en un principio el seguimiento de Cristo en minoridad y pobreza hacía de todos los hermanos clérigos y laicos verdaderos "hermanos menores" e iguales. Veíamos cómo hoy la Orden, después de un largo periodo de división entre clérigos y laicos, apuesta por la igualdad de todos, eliminado los términos que pudieran significar diferencias entre los miembros, y recupera el nombre propio que Francisco quiso para la Orden. Este intento de la Orden choca a veces con la realidad en la que aún se puede dar el esquema divisorio en que prevalecen los unos sobre los otros.
Después pasábamos a tratar de la pobreza de los hermanos como signo de minoridad. Señalábamos cómo Francisco y los hermanos se esforzaban por ser realmente pobres. También la Orden siente hoy la necesidad de revisar la pobreza de las comunidades a la luz del espíritu de Francisco y de las necesidades y prioridades actuales. La realidad actual es que cuesta en muchos casos identificarse con los pobres, con lo que el estilo de vida puede desvirtuar de alguna manera el mensaje. 

Un elemento sumamente importante para la minoridad es la formación inicial. Si bien Francisco no la describe, sí que nos deja elementos que pueden servir de discernimiento sobre si un hermano está dispuesto a vivir como menor. En la "Ratio Formationis" sí que aparece una estructuración de la formación, teniendo en cuenta los elementos aportados por Francisco y también el proceso psicológico, afectivo, espiritual e intelectual, en el que aparecen elementos propios de la minoridad, tales como el deseo de seguir a Cristo en sus rasgos de menor, siervo y pobre; la presencia de los pobres y últimos; el trabajo y otros aspectos constitutivos del hermano menor. La Orden ha dado hoy un impulso muy importante a la formación, procurando una etapa formativa lo más integral posible. Los problemas que pueden plantearse surgen por los contextos sociales en los que se vive, y por la posible falta de un discernimiento sobre la opción clerical o laical. 

Señalábamos también la idoneidad de la Formación Permanente como plataforma para formar en minoridad a todos los hermanos. 

En tercer lugar, nos fijábamos en la minoridad como pauta de las elecciones pastorales.

Observábamos cómo Francisco, como pobre y menor, invitaba al servicio de todos, pero especialmente a los más menores. Esta postura de Francisco la traduce hoy la Orden como opción preferencial por los pobres. Esta opción exige transformaciones importantes del corazón y de las estructuras.

Destacábamos algunos ejemplos de esta opción y nos cuestionábamos sobre las posibles dificultades.
En la misma línea es necesario discernir hoy quiénes son los últimos de la sociedad. Para Francisco, éstos eran los leprosos, los débiles, los enfermos y los pecadores, entre otros. También la Orden se pregunta hoy quiénes son los nuevos "últimos": estos son los refugiados, los carentes de derechos, los pobres, los marginados, y quienes están fuera de la sociedad. Desde el contexto de cada fraternidad también debería plantearse quiénes son y dónde están los últimos.

Francisco se relaciona con los demás siempre como menor y, en especial, con los últimos a los que "hace misericordia". También los documentos de la Orden recogen esta forma de tratar a los demás, especialmente los últimos, comportándonos como menores. 

En cuarto lugar, destacábamos la aportación de la minoridad franciscana al conjunto de la Iglesia. 
Subrayábamos cómo el servicio despojado de poder que Cristo, por amor, muestra en favor de la Humanidad, es el fundamento de la comunidad de creyentes. Ese despojo es el sentido de la minoridad vivida por Francisco. Por ello, el carisma de ser menor él lo encuentra dentro de la fe de la Iglesia, y a la vez, es recuerdo a la Iglesia de la misión que tiene de servir a todos y, especialmente, a los pobres. 
Por ser el amor el fundamento de la comunidad, la iniciación en ésta es un proceso de abajamiento, al igual que Cristo en el que el creyente se siente enviado a anunciar la Buena Nueva a todos los hombres, especialmente a los más pobres. En esta tarea, tanto la Iglesia como la Orden Franciscana han sabido crear una serie de redes de solidaridad que hoy habría que relanzar. 

Por último, la minoridad y el servicio, consecuencia del amor, pueden llevar a la Iglesia a descubrir la fraternidad que la funda y a los ministerios eclesiales como servicios que ésta se da, relanzando la misión como servicio a toda la humanidad.