CAPÍTULO QUINTO

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LA PRAXIS DE LA MINORIDAD SEGÚN LOS ESCRITOS DE SAN FRANCISCO

De la comprensión de la minoridad que tiene san Francisco surgen unas actitudes, opciones y motivaciones que llevan, a él y a los hermanos, a una práctica concreta. Esta práctica, tal y como aparece en los Escritos, es la que estudiamos en este capítulo.

Dividimos el capítulo en las actitudes hacia Dios y las actitudes hacia los hermanos. En estas últimas vemos unos principios generales, las relaciones interpersonales, el compromiso con la paz, las relaciones al interior de la fraternidad, el lugar social de los hermanos y la opción por los pobres y los débiles.

Finalizamos el capítulo con el resumen del mismo. 

5.1. Actitudes en la relación con Dios.

La vivencia de la minoridad conlleva una manera de actuar y de vivir en la presencia de Dios. 

5.1.1. Reconocer la soberanía de Dios.

Restituir los bienes a Dios, reconocer que de él vienen y darle las gracias por ellos

El menor reconoce que Dios obra el bien a través de él:

"Y restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, posea, a Él se le tributen y Él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las acciones de gracias y la gloria; suyo es todo bien; y sólo Él es bueno (cf. Lc 18,19)".

Por ello, Francisco pide que "los talentos" recibidos de Dios para la construcción del Reino no sean tomados como propiedad, sino que sean restituidos a su legítimo dueño. La manera de restituirlos es hacerlos trabajar y fructificar. Por ese fruto no podemos enorgullecernos, sino dar gracias. La actitud del menor ante Dios es la acción de gracias por todo lo que de éste recibe. Si los bienes que tenemos o que obramos son "dados", no cabe en nosotros el orgullo o el enaltecimiento, sino, más bien, el reconocimiento de la presencia de Dios en nuestra debilidad:

"Así puede conocerse si el siervo de Dios tiene el espíritu del Señor: si, cuando el Señor obra por medio de él algo bueno, no por ello se enaltece su carne, pues siempre es opuesta a todo lo bueno, sino, más bien, se considera a sus ojos más vil y se estima menor que todos los hombres". 

Por ello, la actitud del hermano menor ante la obra de sus manos, lejos de llevarle a creerse más que los otros o con más méritos, consiste en el crecimiento en humildad, en no gloriarse ni gozarse por lo "bien que habla" o lo "bueno que es": 

"Por lo que, en la caridad que es Dios (cf. 1Jn 4,16), ruego a todos mis hermanos, predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que procuren humillarse en todo, no gloriarse ni gozarse en sí mismos, ni exaltarse interiormente de las palabras y obras buenas; más aún, de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por ellos, según lo que dice el Señor: Pero no os alegréis de que los espíritus os estén sometidos (Lc 10,20)".

Dios aparece ante el verdadero menor como el Altísimo y el Sumo a quien se tributa toda Gloria, por consiguiente el hombre se reconoce vil, menor que todos, siervo y su respuesta es humillarse, no gloriarse, no exaltarse y no enaltecerse. 

Reconocer la acción de Dios en el otro

Si el hermano menor reconoce la acción de Dios en el bien que hay en él, lógicamente, reconocerá esa misma acción en el bien que hay en el otro:

"Dichoso aquel siervo que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro".

Esta sentencia de Francisco apunta a dos de los grandes problemas de la relación interpersonal: la envidia y los celos. Visto desde la perspectiva teológica de Francisco no cabe una actitud de envidia o celos ante el otro, pues lo bueno del otro no le pertenece, ya que a quien pertenece lo positivo es a Dios. Por ello, tener celos del otro, en definitiva, es tener envidia de Dios:

"...todo el que envidia a su hermano por el bien que el Señor dice o hace en él, incurre en un pecado de blasfemia, porque envidia al Altísimo mismo, que es quien dice y hace todo bien".

5.1.2. Servir a Dios con humildad anunciando el Evangelio.

Francisco entiende como actitud fundamental del hombre el servicio humilde a Dios:

"Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran humildad".

Este servicio a Dios es el que le lleva a consagrarse a su tarea evangelizadora:

"A todos aquellos a quienes llegue esta carta, rogamos, en la caridad que es Dios (cf. 1Jn 4,16), que acojan benignamente con amor divino las sobredichas odoríferas palabras de nuestro Señor Jesucristo".

Francisco entiende el servicio de la predicación como uno de los ejes de su vocación y de su opción de vida. Por ello, se entregó a él desde pronto, y cuando ya no pudo ejercerlo con la presencia, lo hizo a través de las cartas. 

Pero la predicación en Francisco tiene unos matices muy especiales. La realiza desde la sencillez y la humildad, desde el ruego y la súplica, desde la posición de abajo, de verdadero menor:


"Yo, el hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y suplico, en la caridad que es Dios (cf. Jn 4,16) y con el deseo de besaros los pies, que os sintáis obligados a acoger, poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo". 

Es una predicación sencilla, cargada de respeto y que transmite, antes que normas morales o preceptos, discursos o disquisiciones teóricas, un gran afecto y amor por Cristo y su mensaje de vida.

5.1.3. Seguir a Cristo Menor.

La opción de Francisco por ser menor, como ya se ha visto, es consecuencia del seguimiento de Cristo. 

Empeñarse en seguir la humildad y la pobreza de Cristo

El principio rector de la vida de seguimiento de Cristo en Francisco es este:

"Empéñense todos los hermanos en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo...".

Para Francisco, la vida en minoridad exige un "empeño", es decir, una opción decidida por ser pobre y humilde, que es tal y como contempla a Cristo. Ese principio se concreta en la fraternidad minorítica, en la opción de vida que Francisco llama Regla y vida:

"Esta es la regla y vida de los hermanos: vivir en obediencia, en castidad y sin nada propio, y seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo, el cual dice: Si quieres ser perfecto, vete y vende todas las cosas (cf. Lc 18, 22) que tienes y dáselas a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven sígueme (Mt 19,21)".

La opción de vida que Francisco inaugura como seguimiento de Cristo pasa por la obediencia, la castidad y el desprendimiento de los bienes en favor de los más desfavorecidos.

No sólo es una actitud ascética la que Francisco descubre en el seguimiento, también tiene un aspecto social de inserción entre los pobres. En la fraternidad de Francisco los votos obligan a los hermanos a situarse realmente en el lugar de los menores, pues la castidad, obediencia y pobreza no sólo es una cuestión personal, sino también exigida al grupo o institución.

Francisco descubre en la Eucaristía la humildad de Dios encarnado en Cristo, y pide que la actitud de los hermanos sea la misma:

"¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!. Mirad, hermanos la humildad de Dios y derramad ante Él vuestros corazones (Sal 61, 9); humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por Él (1P 5,6; St 4, 10)".

La humildad del Hijo de Dios encarnado no sólo es lo constitutivo de Jesús, sino también la fuente de su modo concreto de vida. Francisco descubre que Jesucristo humilde es el Señor que se entrega y se ofrece por todos. Siguiendo a Cristo humilde, el hermano también debe vivir entregándose y ofreciéndose por todos:

"Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre [...]. Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos lo entregó y el cual nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1P 2,21)".

5.1.4. Amar con el amor de Dios.

La actitud del hermano menor ante Dios y el seguimiento de Cristo le llevan al servicio al hombre. Francisco traduce la experiencia teologal con la actitud ante el hermano. El amor que el hermano siente a Dios se expresa y se hace realidad en el amor a los demás, y en especial a los enemigos:

"...para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf. 1Ts 5, 15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo".

Francisco sabe que en la vida es inevitable encontrar enemigos, pero también sabe que la actitud ante ellos es la mejor verificación del amor de Dios en cada uno:

"Dice el Señor: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por los que os persiguen y calumnian (Mt 5,44).Así, pues, ama de veras a su enemigo el que no se duele de la injuria que se le hace, sino que por el amor de Dios se requema por el pecado que hay en su alma. Y muéstrele su amor con obras".

El amor efectivo, "mostrado con obras", es la realidad del que se siente salvado por Dios. El amor de Dios "requema al hombre" y le empuja a amar a todos. Francisco sabe que no es fácil amar a los que nos hacen daño, pero también sabe que el amor de Dios transforma a quien se deja. En este amor de Dios es donde se puede amar al enemigo y donde se puede recuperar la verdadera fraternidad, perdida por la enemistad y recuperada con el perdón:

"Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación".

5.1.5. Lugar donde se vive la minoridad.

El lugar en el que Francisco quiere vivir su estilo de vida menor es en el seno de la Iglesia, pueblo de Dios:

"Que, en señal del recuerdo de mi bendición y de mi testamento, se amen siempre mutuamente, que amen siempre a nuestra señora la santa pobreza y la guarden, y que vivan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia".

Francisco desea que su estilo de vida se realice dentro de la comunidad eclesial, y que se realice siendo menores, es decir, con fidelidad y sumisión. Francisco quiere ser menor y pequeño, y quiere que los hermanos lo sean, dentro de una institución que, por pecadora que sea, tiene como legado el Evangelio, y como misión, anunciar el Reino de Dios. Por ello, Francisco quiere que la fraternidad menor sea una vivencia del Evangelio en esa comunidad. La insistencia que Francisco pondrá en esta fidelidad marca la diferencia con otros grupos formalmente similares al suyo, y que acabaron desgajándose de la Iglesia. Con esta exigencia a la fidelidad, Francisco quiere que los hermanos sean testimonio evangélico y memoria de Cristo en el seno de la Iglesia.

5.2. Actitudes en la relación con el hermano.

5.2.1. Principios generales de relación.

Amor al prójimo

El principio general del que parte Francisco en la relación interpersonal es el amor al prójimo:

"...y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos, según podamos, a tu amor, alegrándonos de los bienes ajenos como de los nuestros y compadeciéndolos en los males y no ofendiendo a nadie (cf. 2Co 6, 3)".

Francisco pide que los hermanos se amen, pues esta es la verificación del amor a Dios y lo que puede hacer llegar a descubrirlo. Ese amor se vive en la relación en dos sentidos: uno es en la alegría por los bienes del hermano, y otro es en la compasión por los males de éste. El amor hacia el hermano se traduce, pues, en alegría y compasión.

Pero Francisco sabe que el ser humano es débil y falible, y el amor al otro, a veces, no es posible. Cuando es así, Francisco propone una opción "menos ambiciosa", y que a su vez es ya un avance en el camino hacia el otro:

"Y amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39). Y si alguno no quiere amarlos como a sí mismo, al menos no les haga el mal, sino hágales el bien". 

Preeminencia del otro

Una traducción del amor al prójimo es la preeminencia del otro. En la relación humana, desde la minoridad, el primer puesto siempre es para el otro:

"...quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a los que le golpean en la mejilla (cf. Mt 5, 39)".

Por ello, Francisco, con un lenguaje duro para nosotros, es capaz de hablar de odio a sí mismo y amor a los que le hacen el mal. Son formas generales que indican la preeminencia del otro, sea quien sea, incluso si ese primer puesto es en perjuicio propio. 

Colocarse en el lugar del otro

Otra versión del amor al prójimo es la capacidad de colocarse en el lugar del otro para saber cómo actuar:

"Y [los hermanos] pórtense entre sí como dice el Señor: Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres, hacédselo también vosotros a ellos (Mt 7, 12); y: No hagas a otro lo que no quieres que se te haga a ti (Tb 4, 15)".

La forma de ser verdaderamente menor es preguntándose cómo quisiera uno mismo ser tratado en un caso semejante. De esa manera uno siempre tiene una norma de actuación que respeta al otro, colocándose en su lugar. 

Igualdad fundamental

Otro principio del que parte Francisco en la relación interpersonal es el "principio de igualdad":

"Y nadie sea llamado prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro (cf. Jn 13,14)".

Dentro de la fraternidad franciscana todos son hermanos, pues son hijos del mismo Dios y tienen como "hermano mayor" a Jesucristo. Por ello, todos los demás son hermanos y menores, en un mismo nivel de dignidad, en el que no hay nadie que sea "primero-prior" de nadie. 

En la fraternidad franciscana siempre hubo hermanos clérigos y hermanos laicos, pero esto no es óbice para que todos sean hermanos benditos:

"Y mis hermanos benditos, tanto clérigos como los laicos, confiesen sus pecados a sacerdotes de nuestra Religión".

Todos son iguales en la fraternidad, aunque su ministerio u oficio sea diferente, pero la identidad que les une no es el ministerio u oficio, sino la filiación de Dios y la fraternidad.

Servicio y sujeción

Otro principio, que provoca la característica de minoridad, es el servicio y la sujeción a todos:

"Nunca debemos desear estar sobre otros, sino, más bien, debemos ser siervos y estar sujetos a toda humana criatura por Dios (1P 2,13)".

El deseo del hermano es situarse por debajo de los otros. Todos al servicio de todos sería la característica de la fraternidad menor. 

5.2.2. Relaciones interpersonales.

Conducirse con familiaridad

En las relaciones con los hermanos el modelo que Francisco imagina es el de la familia humana:

"Y dondequiera que estén y se encuentren unos con otros los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal (cf. 1Ts 2,7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?".

Los hermanos son una familia y se deben tratar como tal. Pero en esa relación familiar el patrón a seguir no es el paterno, sino el materno. Cada hermano debe nutrir y querer a su hermano como una madre a su hijo.

Normas de comportamiento

Como familia los hermanos se comportan entre sí de forma peculiar:

"Y guárdense todos los hermanos de calumniar y de contender de palabra (cf. 2Tm 2,14); más bien, empéñense en callar, siempre que Dios les dé la gracia. Ni litiguen entre sí ni con otros, sino procuren responder humildemente, diciendo: Soy un siervo inútil (cf. Lc 17,10). Y no se aíren, porque todo el que se deja llevar de la ira contra su hermano será condenado en juicio; el que dijere a su hermano: Raca, será condenado por la asamblea; el que le dijere: Fatuo, será condenado a la gehena de fuego (Mt 5,22).Y ámense mutuamente, como dice el Señor: Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 15,12). Y muestren con obras (cf. St 2,18) el amor que se tienen mutuamente, como dice el apóstol: No amemos de palabra y de boca, sino de obra y de verdad (1Jn 3,18). Y a nadie insulten (cf. Tt 3,2); no murmuren ni difamen a otros, porque está escrito: Los murmuradores y difamadores son odiosos para Dios (cf. Rm 1,30). Y sean mesurados, mostrando una total mansedumbre para con todos los hombres (cf. Tt 3,2); no juzguen, no condenen. Y, como dice el Señor, no reparen en los pecados más pequeños de los otros (cf. Mt 7,3; Lc 6,41), sino, más bien, recapaciten en los propios en la amargura de su alma (Is 38,15)".

Los hermanos deben desechar todo lo que erosiona la fraternidad. Esto es: calumniar, contender, litigar, airarse, insultar, murmurar, juzgar, condenar y fijarse en los pecados ajenos. En cambio, deben potenciar aquello que construye la fraternidad: prudencia para hablar y callar, responder humildemente, mostrar con obras el amor, ser mesurados y mansos con todos. Este podría ser el programa ético del hermano menor. Es la ética que surge del amor y del respeto al hermano, pues a éste se le debe amar siempre:

"Dichoso el siervo que tanto ama y respeta a su hermano cuando está lejos de él como cuando está con él, y no dice a sus espaldas nada que no pueda decir con caridad delante de él".

La presencia o ausencia del hermano no mengua la opción por amarle. Pero esta opción no impide la franqueza ni la claridad, pero, eso sí, las encamina por la caridad y el crecimiento del hermano.
Y esta forma de comportarse los hermanos es para Francisco obra del Espíritu. Por ello él la considera trato espiritual:

"Y, dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse espiritualmente y con amor y honrarse mutuamente sin murmuración (1P 4,9). Y guárdense de mostrarse tristes exteriormente o hipócritamente ceñudos; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor (cf. Flp 4,4) y alegres y debidamente agradables".

Es decir las relaciones interpersonales deben estar guiadas por el Espíritu del Señor y por el amor. Para Francisco, esta forma de actuar es la verdadera obediencia:

"Y ningún hermano haga mal o hable mal a otro; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado (cf. Ga 5,13). Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo".

Vivir al aire del Espíritu es lo que hace que el hermano sirva y obedezca a sus semejantes. El Espíritu es el motor de la minoridad. El amor es lo que lleva a ser el menor: sirviendo y obedeciendo a los demás, como se hace con Jesucristo. Este amor, vivido en la fraternidad, hace que "unos a otros" se busquen para hacerse el bien y servirse, constituyendo así una comunidad en la que cada uno respecto del otro se considera como "menor".

Corrección fraterna

Pero en un grupo siempre hay quien se deja guiar por el Espíritu y quien se deja guiar según la carne en sentido paulino:

"Y si entre los hermanos [...], hay alguno que quiere proceder según la carne y no según el espíritu, los hermanos con quienes está amonéstenlo, instrúyanlo y corríjanlo humilde y diligentemente". 

Francisco pide que cuando un hermano no quiera vivir la opción evangélica, en la que se traduce la vida según el Espíritu, los demás deben amonestarlo y corregirlo, pero desde su realidad de menores. Por ello, la manera de actuar debe estar presidida por la humildad y por el amor.

Amor a los enemigos

Francisco sabe que la relación fraterna no es fácil, que la vida puede crear heridas y enemistades, por ello él incide en el amor a los enemigos como opción minorítica:

"Debemos amar a nuestros enemigos y hacer el bien a los que nos tienen odio (cf. Mt 5,44; Lc 6,27)".

Amar a los enemigos y hacerles el bien es prueba de verdadera minoridad. Por un lado expresa la preeminencia del otro, aún cuando sea enemigo:

"Y ama a los que esto te hacen [son estorbo para amar al Señor]. Y no pretendas de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos precisamente en esto, y tú no exijas que sean cristianos mejores...". 

Por otro lado, el amor al enemigo purifica el propio egoísmo y pone al hermano en el camino del seguimiento de Cristo, quien también amó a sus enemigos:

"Prestemos atención todos los hermanos a lo que dice el Señor: Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian (cf. Mt 5,44), pues nuestro Señor Jesucristo, cuyas huellas debemos seguir (cf. 1P 2,21), llamó amigo al que lo entregaba (cf. Mt 26, 50) y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. Son, pues, amigos nuestros todos los que injustamente nos causan tribulaciones y angustias, sonrojos e injurias, dolores y tormentos, martirio y muerte; y los debemos amar mucho, ya que por lo que nos hacen obtenemos la vida eterna.".

5.2.3. Constructores de paz.

Los hermanos optan por ser pacíficos y por procurar la paz allá donde van. Por ello Francisco invita a los hermanos a saludar con la paz:

"El Señor me reveló que dijésemos este saludo: El Señor te dé la paz".

Para Francisco es importante traducir la minoridad en actitudes pacíficas y pacificadoras. Los hermanos se sitúan ante los demás como apacibles, pacíficos y mesurados, siendo con todos mansos y humildes:

"Aconsejo, amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a mis hermanos que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan de palabra (cf. 2Tm 2,14) ni juzguen a otros; sino sean apacibles, pacíficos y mesurados, mansos y humildes, hablando a todos decorosamente, como conviene. Y no deben cabalgar sino apremiados por una manifiesta necesidad o enfermedad. En toda casa en que entren digan primero: Paz a esta casa (cf. Lc 10,5). Y les está permitido, según el santo Evangelio, comer de todos los manjares que se les sirven (cf. Lc 10,8)".

La paz es la manera que tienen los hermanos de ir por el mundo dando vida al Evangelio de Cristo:

"No resistan al mal, sino a quien les pegue en una mejilla, vuélvanle también la otra (cf. Mt 5,39). Y a quien les quita la capa, no le impidan que se lleve también la túnica. Den a todo el que les pida; y a quien les quita sus cosas, no se las reclamen (cf. Lc 6,29-30)".

5.2.4. Relaciones al interior de la fraternidad.

5.2.4.1. La manera de ejercer el cuidado de los hermanos.

Francisco es consciente, desde que comenzó a tener hermanos, que en un grupo humano es necesaria cierta organización que haga posible la marcha del grupo. Lo que debe impulsar a su grupo es la vida evangélica que él y los hermanos quieren vivir. Para ello, se dan los ministerios necesarios para que este proyecto de vida pueda desarrollarse.

No hay potestad o dominio, sino servicio

La vida evangélica se desarrolla en fraternidad, es decir, entre hermanos. Por esto entre ellos no hay diferencias en cuanto a dignidad, todos son iguales, y si alguien se distingue entre los demás es el capaz de servir y guardar a los otros, el menor entre ellos:

"... ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos. Pues, como dice el Señor en el Evangelio, los príncipes de los pueblos se enseñorean de ellos y los que son mayores ejercen el poder en ellos; no será así entre los hermanos (cf. Mt 20, 25-26), y todo el que quiera hacerse mayor entre ellos, sea su ministro y siervo, y el que es mayor entre ellos, hágase como el menor (cf. Lc 22, 26)".

Las personas que cuidan de los hermanos y que velan por la fidelidad al Evangelio forman parte de la fraternidad, y su misión es servirla:

"Y recuerden los ministros y siervos que dice el Señor: No vine a ser servido, sino a servir (Mt 20, 28), y que le ha sido confiado el cuidado de las almas de los hermanos...".

Por esa razón son colocados y elegidos por el resto de los hermanos, que son los más apropiados para designar quién es el más cualificado de entre ellos:

"¡Ay de aquel religioso que ha sido colocado en lo alto por los otros y no quiere abajarse por su voluntad!".

Pero el ministro debe estar dispuesto a volver a su sitio cuando los hermanos lo crean conveniente, pues el ministerio, al ser servicio, acaba cuando los hermanos lo consideran oportuno:

"Y si alguna vez parece claro al conjunto de los ministros provinciales y custodios que el dicho ministro es insuficiente para el servicio y utilidad común de los hermanos, estén obligados los referidos hermanos, a quienes se ha confiado la elección, a elegirse en el nombre del Señor otro para custodio".

El ministerio es servicio, y esa es la gloria del que lo ejerce, ser siervo de los otros. La manera de ejercer el ministerio es desde abajo, con la actitud de Cristo Siervo que lava los pies:

"No vine a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20, 28), dice el Señor. Los que han sido constituidos sobre otros, gloríense de tal prelacía tanto como si estuviesen encargados del oficio de lavar los pies a los hermanos. Y cuanto más se alteren por quitárseles la prelacía que el oficio de lavar los pies, tanto más atesoran en sus bolsas para peligro del alma (cf. Jn 12, 6)". 

La prelacía es tan digna como el trabajo más humilde: lavar los pies, y además debe realizarse con el mismo espíritu: servir a los hermanos.

El ministro anima la fraternidad

Una de las tareas del ministro es la de animar a la fraternidad:

"Cada ministro podrá reunirse con sus hermanos una vez por año, en la fiesta de San Miguel Arcángel, y donde mejor les parezca, para tratar de las cosas que se refieren a Dios".

Los hermanos convocados por el ministro en capítulo hablan y disciernen sobre su vida. Si los ministros son los encargados del cuidado de los hermanos, éstos últimos son corresponsables y deben discernir, junto a los ministros sobre todos los aspectos de su vida para dinamizar el compromiso de seguimiento de Cristo. El ministro también debe animar a cada hermano. Por ello los visitan y corrigen con humildad y con amor:

"Los hermanos que son ministros y siervos de los otros visiten y amonesten a sus hermanos, corríjanlos humilde y caritativamente, y no les manden nada que esté en contra de su alma y de nuestra Regla".

El ministro debe mostrarse servicial

En la relación del ministro con los otros hermanos es importante que aquel sea una persona sencilla, cercana y humilde. El ministro debe ejercer su ministerio desde la minoridad, como un servicio:

"Y dichoso aquel siervo que no es colocado en lo alto por su voluntad y desea estar siempre a los pies de los otros".

De ese modo, el ministro acoge a los hermanos con caridad y benevolencia, especialmente aquellos hermanos que están pasando por dificultades. El ministro, como siervo de todos, es una persona de confianza y que busca, por encima de todo, el bien de los hermanos. Por ello, se esfuerza en crear un clima fraterno en el que el hermano pueda expresarse:

"Y los ministros acójanlos [a los hermanos que no pueden guardar la Regla] caritativa y benignamente, y tengan para con ellos una familiaridad tan grande, que puedan los hermanos hablar y comportarse con los ministros como los señores con sus siervos; pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los hermanos".

Los hermanos, que saben que el ministro es su siervo, acuden a él con la seguridad de sentirse escuchados y tratados con respeto. El ministro es capaz de colocarse en el sitio de los hermanos para poder discernir lo mejor para el hermano:

"Si los hermanos, dondequiera que estén, no pueden guardar nuestra vida, recurran, lo antes posible, a su ministro, poniéndolo en su conocimiento. Y el ministro procure proveer tal como querría que se hiciese con él si se encontrase en caso semejante".

El ministro se ciñe a la vida del Evangelio

La autoridad del ministro debe circunscribirse a la vida evangélica profesada por todos, también por él:

"Pero si alguno de los ministros manda a un hermano algo contra nuestra vida o contra su alma, el tal hermano no esté obligado a obedecerle, pues no hay obediencia allí donde se comete delito o pecado. Sin embargo, todos los hermanos que están bajo los ministros y siervos consideren razonable y atentamente la conducta de los ministros y siervos; y si vieren que alguno de ellos se comporta carnal y no espiritualmente en conformidad con nuestra vida, y que, después de una tercera amonestación, no se enmienda, denúncielo en el capítulo de Pentecostés al ministro y siervo de toda la fraternidad, sin que oposición alguna se lo impida".

Por esta razón, el ministro que manda algo que vaya en contra de la vida de seguimiento debe ser denunciado en el capítulo general, sin que nadie pueda interferir en la denuncia. 

Ni el ministro ni el predicador se apropien del ministerio

En Francisco, los puestos que pueden llevar a los hermanos a una posición sobre los demás son, como ya hemos dicho, ministerios de la fraternidad, por eso no cabe apropiárselos.

"Y ningún ministro o predicador se apropie el ser ministro de los hermanos o el oficio de la predicación; de forma que, en cuanto se lo impongan, abandone su oficio sin réplica alguna".

En el momento en que escribe Francisco los dos cargos que pueden engendrar mayor "prestigio" son ministro y predicador, de este modo avisa que no cabe la propiedad de éstos, y que, en consecuencia, cuando llegue el momento de abandonarlos, se haga con normalidad y sin réplica. El lugar natural del hermano menor es el servicio y por ello no cabe la propiedad.

5.2.4.2. La manera de dejarse cuidar por los ministros.

Hemos hablado de cómo deben ejercer su ministerio los ministros, ahora tratamos de cómo los hermanos se deben situar ante los ministros. 

La obediencia responsable

Ya hemos indicado cómo Francisco entiende la fraternidad como un conjunto de hermanos fundamentalmente iguales. Pero ese grupo se mueve por unas opciones evangélicas que todos deben vivir. Por ello Francisco entiende que, los que optan por vivirlos renuncian a sí mismos en pro de lo prometido:

"[los religiosos] Debemos, igualmente, negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24) y poner nuestros cuerpos bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia, según lo que cada uno prometió al Señor".

Para poder vivir estas opciones en grupo es necesario que los hermanos obedezcan a los ministros que ellos mismos se han elegido:

"Pero los hermanos que son súbditos recuerden que renunciaron por Dios a los propios quereres. Por lo cual, les mando firmemente que obedezcan a sus ministros en todo lo que al Señor prometieron guardar y no está en contra del alma y de nuestra Regla".

La obediencia a éstos debe ser real, pues de lo contrario es imposible la marcha del grupo y de los acuerdos decididos, y, a la vez, discernida.

Los hermanos que no son ministros tienen la obligación de obedecer en aquello que forma parte de la vida del Evangelio, pero deben discernir sus opciones, pues son responsables de sus acciones. Por ello, lo que va en contra de la opción de vida evangélica no es obediencia, y nadie puede excusarse en la obediencia cuando se aparta del Evangelio.

El sentido de la obediencia en Francisco no es una sumisión, sin más, a los mandatos de otro. Es sumisión a un ideal evangélico de seguimiento de Cristo, que todos deben vivir, y en el que unos, elegidos por todos, cuidan de la fidelidad al mismo. Está claro que ni la autoridad ni la obediencia son absolutas en Francisco, y mucho menos sacralizadas. Lo único sagrado para él y los hermanos es el seguimiento a Cristo, y la autoridad de unos y la obediencia de otros están al servicio de este seguimiento. 

5.2.5. Lugar social.

La opción de vida menor lleva a los hermanos a posicionarse en su contexto social dentro del ámbito de los pobres y los menores de su tiempo.

Comenzamos a tratarlo desde los aspectos más externos para ir llegando a los más internos.

Vestir ropas viles

Francisco, en su Testamento, recuerda cómo es el hábito de los hermanos:

"Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener (Jb 1,2), y se contentaban con una túnica, remendada por dentro y por fuera; con el cordón y los calzones. Y no queríamos tener más".

El contexto en el que describe el modo de vestir es de pobreza y de trabajo servil. Para Francisco, el hábito no es sólo un signo de consagración, es más, principalmente es un signo de pobreza y de opción por estar situado entre los pobres:

"Y todos los hermanos vistan ropas viles, y puedan, con la bendición de Dios, remendarlas de sayal y de otros retales; porque dice el Señor en el Evangelio: Los que visten con lujos y viven entre placeres (Lc 7, 25) y los que visten muellemente, en las casas de los reyes están (Mt 11, 8)".

El vestido de los hermanos es vil no se cambia cuando se estropea, sino que se remienda con tela pobre. El modo de vestir de Francisco se opone a los que visten con lujos y a los que visten muellemente y en las casas de reyes están. En cambio Francisco y sus hermanos visten pobremente porque su lugar no es el de "estar arriba" sino "abajo" entre los pobres. El que se considera vil ante Dios y ante los demás debe mostrar físicamente su actitud interna vistiendo también como los más viles: los más pobres de los pobres.

No cabalgar

Hoy puede parecernos curioso que Francisco imponga la prohibición de cabalgar. Pero en su época cabalgaban los que podían comprar un animal de montar:

"Impongo a todos mis hermanos, tanto a los clérigos como laicos, que, cuando van por el mundo o residen en lugares, que de ningún modo tengan bestia alguna ni consigo, ni en casa de otro, ni de ningún otro modo. Ni les sea permitido cabalgar, a no ser que se vean obligados por la enfermedad o por una gran necesidad".

Para Francisco la prohibición de cabalgar obliga a los hermanos a trasladarse como todos los demás pobres. Además, cabalgar sitúa al "caballero" por encima del "pueblo llano", es signo de distinción y de fuerza, por ello Francisco quiere que se evite. Forma por ello parte de su opción social.

El trabajo

Francisco insiste en varias ocasiones en la necesidad y conveniencia del trabajo:

"Y los hermanos que saben trabajar, trabajen y ejerzan el mismo oficio que conozcan, siempre que no sea contra la salud del alma y pueda realizarse decorosamente. Pues dice el profeta: Comerás los frutos de tus trabajos; dichoso eres y te irá bien (cf. Sal 127,2); y el Apóstol: El que no quiere trabajar, que no coma (cf. 2Ts 3,10); y también: Cada uno permanezca en el arte y oficio en el que ha sido llamado (cf. 1Co 7,24). Y por el trabajo puedan recibir todas las cosas que son necesarias, menos dinero. Y, cuando sea menester, vayan por limosna como los otros pobres".

Francisco propone a los hermanos que continúen realizando el trabajo que sepan, siempre que no vaya contra el tenor de la vida minorítica. La fraternidad se mantiene del trabajo de los hermanos. 

Pero hay trabajos que Francisco no quiere en la fraternidad. Son aquellos que sitúan a los hermanos como mayores ante los demás, o los que no son apropiados a su condición, pues Francisco quiere que el trabajo se realice desde la posición de menores y siervos.

"Los hermanos, dondequiera que se encuentren sirviendo o trabajando en casa de otros, no sean mayordomos ni cancilleres ni estén al frente en las casas en que sirven, ni acepten ningún oficio que engendre escándalo o cause perjuicio a su alma (cf. Mc 8,36), sino sean menores y estén sujetos a todos los que se hallan en la misma casa".

Francisco trabajó en trabajos sencillos y manuales:

"Y yo trabajaba con mis manos, y quiero trabajar: y quiero firmemente que todos los otros hermanos trabajen en algún oficio compatible con la decencia. Los que no lo saben, que lo aprendan, no por la codicia de recibir la paga del trabajo, sino por el ejemplo y para combatir la ociosidad. Y cuando no nos den la paga del trabajo, recurramos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de puerta en puerta".

El hermano menor opta por ganarse la vida con su trabajo. Pero, el trabajo, además de combatir la ociosidad, tiene una función testimonial, siendo ejemplo de pobreza y minoridad. 

La limosna

Francisco se niega siempre a recibir dinero por el trabajo realizado o por cualquier otro concepto. Por ello, además del trabajo, que es la principal fuente de recursos, busca otra fuente de recursos en la limosna:

" Y, cuando sea menester, vayan por limosna. Y no se avergüencen; y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Dios vivo omnipotente, puso su faz como piedra durísima (cf. Is 50,7) y no se avergonzó; y fue pobre y huésped y vivió de limosna, tanto Él como la Virgen bienaventurada y sus discípulos".

La limosna no sustituye para nada la necesidad de trabajar, al contrario, es un suplemento de aquel. Francisco, al proponer la práctica de la limosna, se sitúa en la misma posición que cualquier pobre de su época que también recurría a ésta cuando era necesario. 

La no apropiación

Otra de las insistencias de Francisco es la no apropiación:

"Guárdense los hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse para sí ningún lugar, ni de vedárselo a nadie. Y todo aquel que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente".

Francisco quiere que los hermanos vivan sin ninguna propiedad, como verdaderos pobres que son. En donde están los hermanos caben todos los que lleguen, pues al no ser propietarios, no pueden negar la entrada a nadie. 

En el Testamento, Francisco vuelve a incidir en el tema, advirtiendo a los hermanos sobre una realidad que se da, esto es, la construcción de edificios para ellos:

"Guárdense los hermanos de recibir en modo alguno iglesias, moradas pobrecillas, ni nada de lo que se construye para ellos, si no son como conviene a la santa pobreza que prometimos en la Regla, hospedándose siempre allí como forasteros y peregrinos (cf. Gn 23,4; Sal 38, 13; 1P 2,11)".

Francisco advierte que los edificios que se construyen deben ser pobres, acorde con la vida en minoridad y pobreza que viven y a la que no deben renunciar. Esos edificios, aunque sean usados por los hermanos no deben ser propiedad de ellos. Los hermanos deben vivir desapropiados realmente, pero no sólo de los edificios, sino de todo lo que les pueda hacer perder su identidad de siervos y menores:

"Mando firmemente por obediencia a todos los hermanos que, estén donde estén, no se atrevan a pedir en la curia romana, ni por sí ni por intermediarios, ningún documento en favor de una iglesia o de otro lugar, ni so pretexto de predicación, ni por persecución de sus cuerpos; sino que, si en algún lugar no son recibidos, márchense a otra tierra a hacer penitencia con la bendición de Dios".

Lugar entre los pobres

Francisco identifica a los hermanos con los pobres:

"Sin embargo, si lo precisan, por causa de esta necesidad, pueden los hermanos recibir, al igual que los otros pobres, las cosas necesarias al cuerpo, excepto el dinero".

Los hermanos menores están situados con las clases bajas y menores, y este es su lugar. Por ello, se gozan cuando conviven con los menores de su sociedad, porque se encuentran con los que comparten su situación:

"Y deben gozarse cuando conviven con gente de baja condición y despreciada, con los pobres y débiles, y con los enfermos y leprosos, y con los mendigos de los caminos".

5.2.6. Opción por los pobres y débiles.

Si Francisco tiene preferidos en su vida estos son los pobres de la sociedad y los débiles de la fraternidad.

5.2.6.1. Los pobres de la sociedad.

Servicio a los leprosos

En la vida de Francisco tuvieron un lugar preferente los leprosos, como ya dijimos en su momento. Estos representan la marginación más absoluta de la época, pues son por un lado pobres y por otro enfermos. Francisco los sirvió durante su vida, y los recordó al final de ella en su Testamento:

"Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo...".

El amor de Francisco por los leprosos llega hasta invitar a los hermanos a pedir limosna para ellos:
"Con todo, los hermanos, en caso de evidente necesidad de los leprosos, pueden pedir limosna para ellos".

Las limosnas de los hermanos se deben compartir con los que las necesitan, en este caso los leprosos.

Reparto de los bienes a los pobres

En la fraternidad franciscana los hermanos optan por la pobreza real. Por ello Francisco invita a los que quieran entrar a abandonar los bienes:

"Cumplido esto, el mencionado aspirante venda todas sus cosas y procure distribuírselo todo a los pobres si quiere y puede hacerlo según el espíritu sin impedimento". 

Los hermanos quieren ser pobres personalmente y comunitariamente por ello no pueden aportar sus bienes, sino que los deben repartir entre los pobres o, si no pueden, simplemente abandonarlos.

5.2.6.2. Los débiles de la fraternidad.

Soportar al frágil

El hermano menor sabe que los débiles y pobres no sólo están "fuera", sino también en el interior existen hermanos que son frágiles:

"Dichoso el que soporta a su prójimo en su fragilidad como querría que se le soportara a él si estuviese en caso semejante".

La opción del hermano desde la fraternidad y la minoridad es ser capaz de estar al lado del frágil y de ayudarle tal y como a él le gustaría en caso semejante.

Cuidar al enfermo

Los enfermos necesitan atención, cuidado y cariño por ello el hermano menor que vive el Evangelio, ama al enfermo aunque no le pueda corresponder:

"Dichoso el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle como cuando está sano y puede corresponderle".

Los hermanos deben tener una atención preferencial por los enfermos y servirles como ellos quisieran ser servidos en un caso similar:

"Y si alguno de los hermanos cae enfermo, los otros hermanos le deben servir como quisieran ellos ser servidos (cf. Mt 7,12)".

Hasta tal punto son importantes los enfermos que los ministros y custodios deben encargarse de las necesidades de aquellos y, si es necesario, buscar la ayuda de quien sea con tal de que están atendidos:

"Mando firmemente a todos los hermanos que de ningún modo reciban dinero o pecunia ni por sí mismos ni por intermediarios. Sin embargo, únicamente los ministros y custodios provean con cuidado solícito, por medio de amigos espirituales, a las necesidades de los enfermos y al vestido de los hermanos...".

Amar y compadecer al pecador

Otro grupo de necesitados dentro de la fraternidad son los pecadores. Francisco quiere evitar todo rasgo farisaico dentro de los hermanos, por ello pide compasión ante el hermano pecador:

"Y ninguno de los hermanos que sepa que [otro hermano] ha pecado lo abochorne ni lo critique, sino tenga para con él gran compasión y mantenga en secreto el pecado de su hermano, porque no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos (Mt 9,12)".

La compasión y la misericordia son la manera de acoger al pecador y de llevarlo al Señor. 

5.3. Resumen.

La vivencia de la minoridad repercute en una manera de actuar y de vivir. 

En primer lugar repercute en la manera de actuar respecto a Dios. Una consecuencia de la minoridad respecto a Dios es reconocer su soberanía, ésta se expresa con el reconocimiento de que todos los bienes vienen de Dios y la actitud del menor es restituírselos de forma agradecida. Por esta razón el menor no se enorgullece por los bienes y talentos que pueda poseer, porque sabe que no le pertenecen. Pero si Dios es el propietario de los propios bienes, también lo es de los ajenos, por ello no caben la envidia ni los celos, más aún, éstos son una blasfemia contra Dios, pues es el verdadero propietario de los bienes. 

Otra consecuencia de la minoridad respecto a Dios es el sentirse siervo de éste. Uno de los modos más eminentes de ejercer ese servicio a Dios es a través de la predicación realizada con respeto y humildad hacia todos.

La vivencia de la minoridad respecto a Dios lleva al seguimiento de Cristo como modelo de menor. Por eso los hermanos optan decididamente por seguir la humildad y pobreza de Cristo, es lo que plasman en su Vida y Regla. Este seguimiento no es sólo una actitud ascética, también entraña una opción social como menores entre los menores. Es una opción que lleva al hermano a entregarse como Cristo. Esta entrega lleva al hermano a amar por Cristo a todos los hombres, con lo que se hace siervo de todos. Esta situación es la mejor expresión del amor por Dios. El amor de Dios es el que lleva al hermano, si se deja, a poder amar en medio de la dificultad.

El lugar en el que Francisco quiere vivir las actitudes de menor, como vivencia evangélica, en el seno de la comunidad creyente, en la Iglesia.

En segundo lugar, las actitudes de menor se explicitan con los semejantes. Los principios que rigen la actitud de Francisco, desde los Escritos, son: el amor al prójimo, la preeminencia del otro, la capacidad de colocarse en el lugar del otro, la igualdad fundamental, el servicio y la sujeción al otro. Las relaciones interpersonales resultantes se explicitan en la familiaridad de unos con otros, en la cortesía, la sinceridad y el rechazo de todo lo que "erosiona" la relación, en la corrección fraterna realizada con misericordia y con claridad, y el amor a los que nos resultan menos amables. Los hermanos, como menores que son, se muestran pacíficos con todos.

Las relaciones que se dan en el interior de la fraternidad son fruto de la vida del Evangelio que desean vivir. Éstas se revelan como falta de potestad o dominio entre ellos, por ello el hermano encargado de cuidar del resto es su "ministro y siervo", y ejerce este ministerio con los mismos sentimientos de Cristo lavando los pies. La tarea principal del ministro es la de animar la fraternidad en el seguimiento de Cristo, para ello visita y, si es necesario, amonesta con humildad y amor a los hermanos. El ministro es servicial y acogedor con los hermanos, de manera que acudan a él con plena confianza, buscando siempre el bien de todos. La autoridad de la vida de los hermanos está en la vida del Evangelio profesada por todos, por ello si un ministro ordena algo que no es conforme al Evangelio no debe ser obedecido. Los puestos de ministro o de predicador son servicios, por lo tanto no pueden ser propiedad de nadie y el que los ejerce los debe abandonar cuando los hermanos lo crean conveniente.

Por su parte, los hermanos que no son ministros obedecen a los ministro para hacer realidad el proyecto evangélico común. La obediencia ha de ser real y a la vez discernida, pues el hermano es responsable, ante Dios, de sus opciones. En Francisco la obediencia y la autoridad no son absolutas ni sacralizadas sino medios para llevar adelante la vida del Evangelio. 

La opción de vida de los hermanos los lleva a posicionarse en su contexto social dentro del ámbito de los pobres y los menores de su tiempo. Por ello visten ropas viles, no cabalgan, trabajan de forma manual, piden limosna cuando no reciben paga por el trabajo, no se apropian de los lugares en los que viven y se identifican con los pobres, como menores que son. Todas estas actitudes hacen que Francisco y los hermanos realicen una opción por los pobres y los débiles tanto de la sociedad como de la propia comunidad. Por ello sirven a los leprosos y reparten los bienes a los pobres de su sociedad; y piden que se soporte al frágil, cuide al enfermo y ame al pecador, todo como signo de minoridad entre los más menores.