CAPÍTULO CUARTO

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FUNDAMENTACIÓN DE LA MINORIDAD

Vista la experiencia propia de san Francisco, pasamos ahora a tratar los fundamentos de la minoridad que aparecen en sus Escritos.

Distribuimos el material en dos apartados. En el primero trato los fundamentos bíblicos que Francisco explicita a través de dos puntos: uno cristológico y otro en que recogemos las citas explícitas de la Escritura que hace en relación con la minoridad. En el segundo apartado se especifican los fundamentos teológico y espirituales en cuatro puntos, el primero sobre la imagen de Cristo, el segundo sobre al imagen de Dios, el tercero sobre la imagen del hombre y el cuarto sobre el amor como fundamento de la minoridad. 

El capítulo acaba con el resumen del mismo.

4.1. Fundamentación bíblica de la minoridad.

Exponemos a continuación las citas de la Sagrada Escritura que Francisco utiliza en referencia a la minoridad. No son los únicos textos bíblicos que resuenan en Francisco, como ya veremos en el apartado de la fundamentación Teológico-Espiritual, pero sí los textos o expresiones explícitas que él utiliza.

En el conjunto de los Escritos de san Francisco apreciamos que, a la cabeza de las citas bíblicas, se encuentran las procedentes del libro de los Salmos (si bien el resto del Antiguo Testamento apenas aparece), y es normal, pues compuso el "Oficio de la Pasión", casi exclusivamente con pasajes de los Salmos. Después de los Salmos siguen las citas de los Evangelios de Mateo y de Lucas, mientras que el de Marcos se queda atrás. Esto es un indicio de que Francisco adquirió el conocimiento de la Escritura con la liturgia de la misa y con el rezo del breviario, en los cuales el Evangelio de Marcos aparecía muy escasamente. También cita el Evangelio de Juan, al que prestó gran atención. Las cartas de san Pablo no aparecen demasiado, a excepción de la Carta a los Romanos y la Primera a los Corintios. Por el contrario, la Carta de Santiago, la Primera de Pedro y la Primera de Juan, a pesar de su brevedad, son citadas y conocidas suficientemente por Francisco. También conoce y cita con cierta asiduidad el libro del Apocalipsis. Los textos de la Escritura estaban tomados de la Vulgata, si bien no había una única edición de ésta ni de los libros litúrgicos.

4.1.1. Cristológica.

Los textos bíblicos que marcan los dos ejes cristológicos en referencia a la minoridad son los que tratan sobre el hecho de la Encarnación y la Pasión-Muerte de Cristo. 

4.1.1.1. Encarnación.

En la Segunda carta a los Fieles, Francisco concentra todo el misterio de la Encarnación:
"Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el altísimo Padre del cielo por medio del santo ángel Gabriel, [fue enviado] al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad".

En este párrafo resuenan textos bíblicos que debieron estar muy presentes en la vida de Francisco, y en su comprensión de la minoridad. Los textos que podemos constatar son:

En primer lugar, la expresión Verbo del Padre Francisco la toma del prólogo del Evangelio de san Juan (Jn 1, 14): "Y el Verbo se hizo carne y puso su Morada entre nosotros". Francisco añade al término bíblico Verbo el complemento del Padre, expresando de esta manera la procedencia del Verbo y la estrecha relación con el Padre.

Pero el Padre no sólo está en estrecha relación con el Hijo sino que también es quien se adelanta en la iniciativa de la Encarnación. Para expresar esto, Francisco utiliza el capítulo primero del evangelio de san Lucas (Lc 1, 26-27): "Al sexto mes envió Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María". Francisco recoge el lenguaje de la cita bíblica y lo modifica para incorporarlo a su carta. Así, donde el texto bíblico dice Dios, como sujeto de la acción, Francisco explicita que se trata del Padre del cielo. En la mirada trinitaria de Francisco, éste quiere expresar que la Encarnación es obra de la Trinidad, pero cada una de las divinas personas tiene su propia actuación. Otra variación que hace Francisco en la utilización del texto se da respecto a la persona de la Virgen María, a la que acompaña con los calificativos de santa y gloriosa, que muestran la estima que María tenía para él. 
En segundo lugar, para Francisco, el misterio de la Encarnación consiste en que el Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, en el seno de la santa y gloriosa Virgen María, recibe la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. La referencia al seno de María la encontramos en el mismo texto de Lucas (Lc 1, 30-31): "No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús". En este seno recibe la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. En esta expresión encontramos una clara referencia en contra de los cátaros, muy vigentes en su tiempo. Para éstos la carne era mala y, por consiguiente, Jesucristo tuvo carne de forma aparente pero no verdadera. Por ello, Francisco habla de verdadera carne.

Pero en la visión de Francisco la carne del Verbo es la de nuestra humanidad y fragilidad. Es decir, el que es digno, santo y glorioso por ser Dios, asume la carne de nuestra humanidad y fragilidad. Es este el núcleo del misterio de la Encarnación para Francisco en lo que se refiere a la minoridad. Aunque Francisco no cite el texto de la kénosis de Cristo de Filipenses 2, el tema expresado por san Pablo y el que Francisco expresa aquí es el mismo: Cristo, "siendo de condición divina ..., se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres" (Flp 2), y en boca de Francisco: "Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso... en el seno de la santa y gloriosa Virgen María... recibió la verdadera carne de nuestra humildad y fragilidad". 

La realidad teológica de la Encarnación, como opción de minoridad, se hace historia en el nacimiento del Hijo de Dios:"Porque se nos ha dado un niño santísimo amado, y nació por nosotros (Is 9,5) fuera de casa y fue colocado en un pesebre, porque no había sitio en la posada (cf. Lc 2,7)".

El texto está tomado del Oficio de la Pasión compuesto por Francisco a partir de los Salmos. En concreto este salmo lo rezaba en el tiempo de Navidad.

Este versículo está compuesto por dos citas: una de Isaías y otra del Evangelio de Lucas. La de Isaías dice así: "Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado" (Is 9, 5). Francisco añade al texto la aclaración de que ese niño santísimo nació por nosotros. Francisco subraya la donación del Hijo de Dios, que ya aparece en el texto bíblico, y quiere destacar la voluntad salvífica de Dios y la opción de éste por ofrecerse. Él contempla el nacimiento desde la opción de Dios por donarse a los hombres. Pero Francisco contempla no sólo la donación, sino el modo de realizarla desde la pobreza y compartiendo la suerte de los excluidos, y para ello trae a colación la cita del Evangelio de Lucas: "y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada"(Lc 2, 7). Francisco contempla a Cristo pobre en el pesebre, y sin una morada en la que nacer, fuera de casa.

Francisco lee la Encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios en clave de minoridad. Pero, para nuestro santo, la asunción de la condición de menor en Jesucristo no acaba con la Encarnación y su realidad histórica, sino que su propia vida es una opción de abajamiento y minoridad como a continuación expresa Francisco: "Y, siendo él sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger la pobreza".

Francisco recoge el contraste "riqueza-pobreza" de Cristo de 2 Co 8, 9: "Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza". Con esta expresión, amplía la minoridad de Jesucristo, y la de su Madre, a toda su vida. Francisco lee la vida Jesucristo y de María a la luz de la Escritura en clave de opción por el abajamiento, el servicio y la minoridad. Se trata de una cristología descendente en la que Francisco descubre la razón del ser menor y siervo de todos. 

4.1.1.2. Pasión-Muerte.

El segundo eje cristológico que aparece en los Escritos en referencia a la minoridad es la Pasión y Muerte del Señor. 

En la misma Carta a todos los Fieles, y a continuación de la Encarnación, Francisco nos dice:
"Y poco antes de la pasión celebró la Pascua con sus discípulos, y, tomando el pan, dio las gracias, pronunció la bendición y lo partió, diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo (Mt 26,26). Y, tomando el cáliz, dijo: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados (Mt 26, 27). A continuación oró al Padre, diciendo: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz. Y sudó como gruesas gotas de sangre que corrían hasta la tierra (Lc 22,44). Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre, diciendo: Padre hágase tu voluntad (Mt 26, 39). Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos lo entregó y el cual nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1P 2,21)".

Vemos en este texto cómo Francisco va desgranando los momentos más importantes de la Pasión a través de cortas citas de la Escritura. En primer lugar recuerda el momento de la celebración de la Cena Pascual, con la institución de la Eucaristía. Para ello, utiliza los textos del Evangelio de Mateo (Mt 26, 26-27). Continúa con la oración en el Monte de los Olivos, empleando el texto del evangelio de Lucas, que expresa de forma más plástica la angustia de Jesús: "Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra" (Lc 22, 44). Seguidamente, coloca el desarrollo del desenlace de la Pasión como la acción del Hijo que realiza la voluntad salvífica del Padre. Para ello, Francisco continúa con citas del Evangelio de Mateo.

El desarrollo de la Pasión se realiza a través de fórmulas que expresan un lenguaje confesante con el que resume la acción salvífica de Jesús: el Padre nos entregó a su Hijo para que se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz por nuestros pecados. Son todo palabras y fórmulas que expresan una contemplación del misterio de la Pasión y Muerte de Cristo por parte de Francisco. Pero en la comprensión de Francisco el Hijo de la Pasión es el bendito y glorioso Hijo del Padre, éste es el que se entrega, el que se abaja para morir por nosotros. De nuevo aparece la kénosis del Hijo de Dios, el bendito y glorioso se ofrece como sacrificio por nuestros pecados. Francisco contempla en la Pasión, al igual que en la Encarnación, el radical anonadamiento del que es por naturaleza el Señor por quien todo fue hecho y cuyo proyecto de vida no es para sí mismo sino para entregarla por todos. Pero en Francisco, éste no es un hecho para la "devoción" sin más, sino que en él la contemplación lleva a la acción: dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas.

Francisco contempla la Pasión como el autor de la Primera Epístola de san Pedro, de donde saca la frase que indica el seguimiento del abajamiento de Cristo. En esta epístola encontramos, al hablar de la actitud paciente de los esclavos maltratados: "Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas" (1P 2, 21). Francisco utiliza esta frase para fundamentar el hecho del abajamiento de cada uno, de la minoridad y del servicio. No hay seguimiento de Cristo sin abajarse como Cristo en beneficio o al servicio de los demás. 
Otro pasaje de la Pasión que Francisco tuvo muy presente en su vida es el lavatorio de los pies:

"Y nadie sea llamado prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro (cf. Jn 13,14)".

Ya indicamos en el capítulo dedicado a la terminología el uso que Francisco hace de las expresiones que indican sumisión o servicio, utilizando la figura de los pies. Sin duda él contempló la imagen de Cristo lavando los pies a los discípulos en la Última Cena: "Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?. Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros" (Jn 13, 12-14).

Francisco utiliza este texto para recordar las relaciones que deben reinar entre los hermanos y que se traducen en el servicio humilde según el recuerdo de Cristo contemplado en este texto. 

Francisco contempla a Cristo despojado y último no sólo en los textos evangélicos, sino también en la oración litúrgica nacida de los salmos. Así, en el Oficio de la Pasión compone dos salmos, que pone en la boca de Jesús, y cuya expresión es este despojo y abajamiento:

"Misericordia, Dios mío, que me han pisoteado, me han atribulado todo el día, combatiéndome (Sal 55,2). Todo el día me pisotearon mis enemigos, porque son muchos los que luchan contra mí (Sal 55,3). Todos mis enemigos pensaban contra mí, pronunciaron palabras perversas contra mí (Sal 40, 8-9). Los que me custodiaban conspiraron contra mí (Sal 70, 10). Salían fuera y hablaban (Sal 40, 7) juntos (Sal 40,8). Todos los que me vieron se rieron de mí, hablaron y menearon la cabeza (Sal 21,8). Yo soy gusano y no hombre, vergüenza de los hombres y desprecio de la plebe (Sal 21,7). Para mis vecinos me he convertido en motivo de gran afrenta, más que todos mis enemigos, y en temor para mis conocidos (Sal 30, 12). Padre santo, no me retardes tu auxilio, atiende a mi defensa (Sal 21,20). Ven en mi auxilio, Señor, Dios de mi salvación (Sal 37,23)".

Francisco contempla a Jesucristo despreciado y pisoteado, solo ante todos sus enemigos. Es el momento de mayor abajamiento, y por ello pone en su boca las palabras del salmo 21, 7: "Yo soy gusano y no hombre, vergüenza de los hombres y desprecio de la plebe". Francisco contempla, medita y ora con esta imagen de Cristo que, despreciado, suplica el auxilio del Padre. 

Francisco resume la vida de Cristo entregado por nosotros en la imagen del Buen Pastor:

"¡Oh, cuán santo y cuán amado es tener un tal hermano y un tal hijo, agradable, humilde, pacífico, dulce, amable y más que todas las cosas deseable, nuestro Señor Jesucristo!. El que dio su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15)...".

En Francisco resuena el texto del Evangelio de Juan: "Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas [...]. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mi, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 11.14-15). Francisco contempla agradecido a Cristo que opta por dar su vida por las ovejas. Pero no sólo habla de forma agradecida, sino también de forma "admirada", de ahí la cantidad de adjetivos con los que acompaña al sujeto de la acción, Jesucristo. 

4.1.2. Recomendaciones explícitas de Jesús.

Francisco, ante la Escritura, muestra una simplicidad infantil y una profunda reverencia, unida a una clara convicción de que es inútil el conocimiento de la Biblia si no se pasa a la acción. Para él la interpretación existencial de la Sagrada Escritura tiene la primacía. La exégesis que él y sus hermanos hacen de la Escritura es adentrarse en el camino de la praxis.

Trato, pues, aquí de citas que corresponden a recomendaciones que recoge san Francisco de la Escritura.

4.1.2.1. Citas expresas en relación a la minoridad y al servicio.

El mayor sea como el menor

La cita bíblica que nos da la clave del sentido de la minoridad en san Francisco es sin dudad el Evangelio de Lucas 22, 26, y que Francisco cita en la Carta a Todos los Fieles y en la Primera Regla:

"Pero aquel a quien ha sido encomendada la obediencia y que es tenido por mayor, sea como el menor (Lc 22,26) y siervo de los otros hermanos. Y con cada uno de los hermanos practique y tenga la misericordia que quisiera que se tuviera con él si estuviese en caso semejante. Tampoco se deje llevar de la ira contra el hermano por algún delito suyo, sino con toda paciencia y humildad amonéstelo y sopórtelo benignamente". 

Francisco, para exponer cómo debe ser el ejercicio de la autoridad, recoge la cita del Evangelio de Lucas: "Entre vosotros, el más importante ha de ser como el menor, y el que manda como el que sirve". Con ella expresa lo más genuino del cuidado de los hermanos dentro de la fraternidad. Este cuidado, a quien ha sido encomendada la obediencia, se separa del modelo sociológico para centrarse en el modelo evangélico enseñado por Jesucristo, es decir, el servicio entre iguales:

"... ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos. Pues, como dice el Señor en el Evangelio, los príncipes de los pueblos se enseñorean de ellos y los que son mayores ejercen el poder en ellos; no será así entre los hermanos (cf. Mt 20, 25-26), y todo el que quiera hacerse mayor entre ellos, sea su ministro y siervo, y el que es mayor entre ellos, hágase como el menor (cf. Lc 22, 26)".

En este texto de la Primera Regla, Francisco cita el texto del Evangelio de Lucas acompañándolo de Mateo 20, 25-26: "Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor". El modelo de la autoridad en Jesús está presidido por el cuidado del hermano y el servicio a éste. Por ello, en la fraternidad de hermanos iguales, quien quiera hacerse mayor debe hacerse como el menor. Francisco aplica este texto a su visión de la autoridad, y por ello incide siempre de una manera u otra en recordarlo a los hermanos que tienen la responsabilidad de cuidar a los otros. El Pobre de Asís quiere que su fraternidad se rija según el modelo vivido y anunciado por Jesús y aprendido en el Evangelio. 

No vine a ser servido sino a servir

Como ya hemos visto en el punto anterior, Francisco basa su concepción de la autoridad dentro de la Fraternidad por él fundada en el modelo de Cristo Siervo. Otra cita escriturística que utiliza para hacerlo aparece en la Primera Regla y en la Admonición 4:

"Y recuerden los ministros y siervos que dice el Señor: No vine a ser servido, sino a servir (Mt 20, 28), y que le ha sido confiado el cuidado de las almas de los hermanos...".

"No vine a ser servido, sino a servir (cfr. Mt 20,28), dice el Señor.

Los que han sido constituidos sobre otros, gloríense de tal prelacía tanto como si estuviesen encargados del oficio de lavar los pies a los hermanos".

La cita la recoge del Evangelio de san Mateo: "...El que quiera ser importante entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos"(Mt 20, 26-28). La cita de Mateo es paralela a la cita de Lucas, mencionada en el punto anterior y, como aquella, el contexto es la discusión sobre los lugares de preeminencia entre los discípulos de Jesús. Éste les enseña que en la comunidad por él fundada la preeminencia se muestra en el servicio, que es la actitud por él practicada. Francisco comprende esto y aplica la cita a la cuestión de la autoridad. En la fraternidad por él fundada los oficios que pueden implicar superioridad deben realizarse según el modelo enseñado por Jesús, y éste es el del servicio. 

No sólo aplica la cita expresa de Mt 20, 28, sino que, además, la carga de fuerza al recordar que el hermano constituido sobre los otros debe realizar su función como si tuviese el oficio de lavar los pies. Lo que resuena en este subrayado de Francisco es el episodio del lavatorio de los pies del Evangelio de san Juan (Jn 13). Con ello Francisco deja claro que el modelo del hermano menor es Cristo, y Éste como Siervo. 

Todos vosotros sois hermanos

Un signo de la minoridad es la fraternidad, la consideración del otro como hermano y de Dios como Padre de todos. También esta característica la aprende Francisco de las palabras de Jesús:

"Y recurramos a Él como al pastor y obispo de nuestras almas (1P 2,25), que dice: Yo soy el buen pastor, que apaciento a mis ovejas y por mis ovejas doy mi vida. Todos vosotros sois hermanos; y entre vosotros no llaméis a nadie padre sobre la tierra, pues uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Tampoco os llaméis maestros, pues uno es vuestro maestro, el que está en los cielos (cf. Mt 23,8-10)".

Francisco recoge las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo: "Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis a nadie padre vuestro en la tierra; porque uno sólo es vuestro Padre: el del cielo. Ni os dejéis llamar preceptores, porque uno sólo es vuestro preceptor: el Mesías" (Mt 23, 8-10). Francisco quiere que en la fraternidad, por él fundada se viva con los sentimientos y las enseñanzas de Cristo. Quiere que la relación interpersonal, lejos de institucionalizarse y jerarquizarse, esté impregnada de la experiencia del que descubre que Dios es Padre de todos. Francisco quiere que el único modelo de relación, la única "política" interna sea el Evangelio y las palabras de Cristo, no los modelos sociológicos y jerárquicos reinantes. 

Vende lo que tienes y dáselo a los pobres 

La minoridad en Francisco está estrechamente unida a la pobreza:

"[a los que quieren tomar esta vida, los ministros provinciales] díganles la palabra del santo Evangelio (cf. Mt 19,12): que vayan y vendan todo lo suyo y procuren distribuírselo a los pobres. Y, si no pueden hacerlo, les es suficiente la buena voluntad". 

La entrada a la fraternidad franciscana exige del aspirante la pobreza real. Para Francisco esta pobreza tiene su fuente en las palabras del Señor al joven rico: "Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego sígueme". También Francisco sitúa la cita en un contexto de seguimiento para los que quieren iniciar este estilo de vida. Francisco contempla a Cristo pobre que invita a desprenderse de los bienes en favor de los más pobres. En el mismo sentido utiliza Francisco la cita, si bien le añade una excepción al reparto, la imposibilidad de realizarlo, en cuyo caso es suficiente la buena voluntad y basta con abandonarlos.

4.1.2.2. Actitud personal cristiana.

Citas bíblicas que utiliza Francisco para expresar la actitud personal con la que vivir como menores. 

Humillaos para ser enaltecidos por Dios

Francisco recoge en la Carta a toda la Orden una cita de la Escritura en relación a la humildad:

"Mirad, hermanos la humildad de Dios y derramad ante Él vuestros corazones (Sal 61, 9); humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por Él (1P 5,6; St 4, 10)".

Francisco contempla la humildad de Dios en la Eucaristía, sacando como conclusión que también los hermanos deben humillarse. Para ello utiliza una cita que puede estar sacada, o bien de la Primera Epístola de san Pedro: "Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce" (1P 5,6); o bien de la Epístola de Santiago: "Humillaos ante el Señor y él os ensalzará" (St 4,10). Las dos citas destacan que la única manera de ser ensalzados por Dios es reconociéndonos humildes ante él. Francisco aplica la cita a los hermanos sacerdotes. A estos les invita a descubrir la humildad de Dios y por ello les invita a que su ministerio esté impregnado de la misma actitud.

Negarse a sí mismos

Si en el apartado anterior Francisco incidía en la humildad de los hermanos sacerdotes, ahora se dirige a todos los religiosos para recordarles que:

"Debemos, igualmente, negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24) y poner nuestros cuerpos bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia, según lo que cada uno prometió al Señor".

Francisco utiliza la cita del Evangelio de Mateo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24). Francisco toma esta cita del contexto del seguimiento de Cristo en donde aparece en el Evangelio. Para él, el seguimiento no se puede realizar sin negación, y ésta entendida como servicio (servidumbre) y obediencia a lo prometido. 

4.1.2.3. Actitud relacional cristiana.

Reúno aquí las citas escriturísticas que fundamentan actitudes relacionales de minoridad.

Amar al prójimo

Francisco recoge el mandamiento del amor en una serie de exhortaciones en la Carta a los Fieles:

"Y amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos (cf. Mt 22,39)".

El mandamiento del amor lo conoce Francisco del Evangelio de Mateo: "El segundo [mandamiento] es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,39). Para Jesús, la Ley descansa en el amor a Dios y al hombre, y esto es lo que viene a indicar aquí. Francisco también coloca el amor a Dios y al hermano en el centro de las relaciones fraternas. Todo lo demás será consecuencia de estos dos ejes.

No son los sanos los que necesitan de médicos

Francisco, en la Carta a un Ministro le dice:

"Y ninguno de los hermanos que sepa que [otro hermano] ha pecado lo abochorne ni lo critique, sino tenga para con él gran compasión y mantenga en secreto el pecado de su hermano, porque no son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos (Mt 9,12)".

Francisco fundamenta la compasión a un hermano que ha pecado con la cita de Mt 9,12: "No necesitan médico los sanos, sino los enfermos". La verdadera actitud del hermano menor para con el pecador es la compasión, pues ésta es la manera de ayudar al hermano. El hermano menor se sabe enfermo, y sabe que el Señor es el único médico. Por ello, no puede abochornar o criticar a otro hermano, porque todos somos enfermos. Una actitud del menor ante el débil, en este caso, el pecador, es la compasión. De lo contrario, el hermano se situaría por encima del pecador, haciéndose mayor respecto al otro, y, por consiguiente, dejaría de ser menor. 

Tratar a los demás como quisierais ser tratados

Entre las relaciones fraternas hay una norma que podría ser considerada como la regla de oro:
"Y [los hermanos] pórtense entre sí como dice el Señor: Todo lo que quisierais que os hicieran los hombres, hacédselo también vosotros a ellos (Mt 7, 12); y: No hagas a otro lo que no quieres que se te haga a ti (Tb 4, 15)".

Resuenan en este texto dos citas de la Escritura. La primera del Evangelio de Mateo: "Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos" (Mt 7,12). La otra del libro de Tobías: "No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan" (Tb 4,15). El mensaje de las citas es el mismo, con lo que se podría haber utilizado una sola, pero Francisco quiere subrayarlo y por ello utiliza las dos, pues una expresa el mensaje en positivo y la otra en negativo. Lo que Francisco señala es que, en la relación con el otro, debe primar siempre el bien del otro, y la mejor manera de asegurarlo es teniendo la capacidad de colocarse en el lugar del otro y preguntarse cómo quisiera ser tratado.

Amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos odian

De nuevo es en la Carta a Todos los Fieles, y dirigiéndose a los religiosos, donde Francisco nos dice:

"Debemos amar a nuestros enemigos y hacer el bien a los que nos tienen odio (cf. Mt 5,44; Lc 6,27)".

Francisco utiliza en esta exhortación el mandato de Jesús: "...amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen" (Mt 5,44), o más probablemente: "...amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian" (Lc 6,27). El hermano menor, y todo cristiano, sabe que su vida puede generar conflicto, creando enemigos y personas que les odien. Es lo mismo que le pasó a Jesucristo. Para Francisco, sólo hay una actitud posible frente a este tipo de reacciones, la misma actitud de Jesús: el amor. El seguidor de Jesús está llamado a vivir con los mismos sentimientos de su Señor. Por ello frente al enemigo y al adversario no cabe la violencia ni el odio, sino sólo el amor. En la relación adversa, el hermano menor debe hacer patente su minoridad con el amor y el bien a quien nos hace mal. 

No devolver mal por mal

Otra actitud del hermano menor que Francisco fundamenta en la Sagrada Escritura la expresa en la Paráfrasis que compone sobre el Padrenuestro:

"...para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf. 1Ts 5, 15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo".

Utiliza en este texto la cita de 1Ts 5, 15: "Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal, antes bien, procurad siempre el bien mutuo y el de todos". A parte de la fundamentación espiritual que en esta oración encontramos, Francisco se sirve de la cita para concretar cómo se puede amar a los enemigos: no devolviendo con la misma moneda con la que nos hayan podido dañar. Sigue el ejemplo de Cristo, y la enseñanza de las primeras comunidades cristianas, al pedir devolver bien por mal. El hermano menor procura desterrar de sí mismo el odio, y amando a Dios y al prójimo, no devuelve a nadie mal por mal.

4.2. Fundamentación Teológico-Espiritual.

En el apartado anterior trataba las citas bíblicas, más o menos expresas, que aparecen en los Escritos de san Francisco como fundamento de la minoridad. En este punto trato los aspectos teológicos y espirituales de los que él habla y que están en la base de la minoridad.

4.2.1. Imagen de Cristo.

4.2.1.1. Vida de Cristo y María.

Opción de Cristo y de María por la pobreza

Ya hemos visto en la fundamentación bíblica cómo Francisco contempla el abajamiento de Cristo en la Encarnación y en la Pasión. También allí hemos esbozado que este abajamiento va más allá de esos dos momentos; y es que Francisco contempla la vida de Cristo, y también la de María, en actitud constante de abajamiento. Por ello leemos:

"Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso...[fue enviado] al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Y, siendo él sobremanera rico (2Co 8, 9), quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger la pobreza".

Francisco contempla la vida de Jesucristo y de su Madre como una constante opción de minoridad de ser pequeños y pobres. Francisco contempla en Cristo, por una parte, la grandeza de ser quien es, Dios, y por ello digno, santo y glorioso; y por otra parte, la humillación por la que opta. Francisco ofrece una visión cristológica unitaria y global en la cual la exaltación y la humillación de Jesucristo están perfectamente armonizadas. 

También a María la contempla como la santísima Madre, la santa y gloriosa Virgen María o la bienaventurada Virgen, su Madre para después decir que, junto con su Hijo, quiso escoger la pobreza. 
La vida de Jesús y de María tiene un valor ejemplar para él y para los hermanos. La manera de vivir que Francisco quiere está basada en la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo:

"Empéñense todos los hermanos en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo y recuerden que nada hemos de tener de este mundo, sino que, como dice el Apóstol, estamos contentos teniendo qué comer y con qué vestirnos (1 Tm 6,8)".

En la mirada de Francisco, Jesucristo ha querido ser verdaderamente pobre, ha querido vivir pobremente junto a María como huésped y de limosna. Y no sólo Jesús y María, sino también los discípulos de éste quisieron vivir pobres como el Maestro:

" Y, cuando sea menester, vayan por limosna. Y no se avergüencen; y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Dios vivo omnipotente, puso su faz como piedra durísima (cf. Is 50,7) y no se avergonzó; y fue pobre y huésped y vivió de limosna, tanto Él como la Virgen bienaventurada y sus discípulos".

Por ello, los hermanos no deben avergonzarse de pedir limosna, pues lo hacen imitando al Hijo de Dios vivo omnipotente, que también lo hizo, y no porque estuviese obligado a ello, sino, al contrario, lo hizo por nosotros, abajándose y mostrándonos una vida en pobreza y humildad:

"Los hermanos no se apropien de nada para sí, ni lugar, ni cosa alguna. Y, cual peregrinos y forasteros en este siglo (cf. Gn 23,4; Sal 38,13; 1P 2,11), que sirven al Señor en pobreza y humildad, vayan por limosna confiadamente. Y no tienen por qué avergonzarse, pues el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo (cf. 2Co 8,9)". 

Vivir como menores es vivir con las mismas opciones con las que vivieron Jesús, María y los discípulos. Entre estas opciones, Francisco contempla la pobreza, la humildad y la limosna. Para Francisco, los primeros menores son Cristo y su Madre. Para él, quien desee vivir el Evangelio tendrá que ocupar el mismo puesto por el que optaron Jesús y María.

Kénosis de Cristo

En la fundamentación bíblica ya hablamos de la Encarnación y de la Pasión como los dos momentos cumbres en los que Francisco descubre el abajamiento o kénosis de Cristo. Son dos momentos de la vida del Señor que Francisco considera esenciales en su vivencia espiritual:

"Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste (cf. Jn 17,26), quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte".

La obra redentora es vista por Francisco como manifestación del santo amor del Padre, es él quien envía al Hijo, el cual se hace último por nosotros. La ultimidad de Jesús se manifiesta de forma plástica y clara en su cruz, y sangre, y muerte. Francisco no se cansa de contemplar la muerte de Cristo, y lo hace no sólo desde el hecho en sí, como elemento dinamizador de piedad, sino desde el sentido salvífico que aquella tiene.

"Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz".

La pasión de la cruz es opción de Cristo por salvar las ovejas, y Francisco se siente alcanzado por esa salvación que entiende, como ya se ha dicho, en clave de amor:

"EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, DÁNOSLE HOY: para que recordemos, comprendamos y veneremos el amor que nos tuvo y cuanto por nosotros dijo, hizo y padeció".

La vida entregada de Cristo, que Francisco resume en tres verbos: dijo, hizo y padeció, es la manifestación del amor callado y entregado del Señor. La minoridad -la kénosis- de Cristo, es consecuencia de su amor.

Jesucristo hermano, humilde, pacífico, dulce, amable

Pero en la visión de Francisco, la minoridad de Cristo, intrínsecamente unida a su exaltación, no acabó con la Resurrección. Francisco sigue contemplando a Cristo con rasgos de menor. Así, en la Carta a todos los Fieles, cuando describe las relaciones de la persona con la Trinidad, en relación con Jesucristo, Francisco nos dice que "somos hermanos cuando cumplimos la voluntad del Padre" y Cristo es nuestro hijo "cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros". Seguidamente exclama: 

"Oh, cuán santo y cuán amado es tener un tal hermano e hijo agradable [Jesucristo], humilde, pacífico, dulce y amable y más que todas las cosas deseable. El cual dio su vida por sus ovejas (Jn 17,6)...".

Francisco contempla a Cristo como el Señor y el santo, pero a la vez como hermano e hijo a quien le atribuye el ser humilde, pacífico, dulce y amable. Ve a Jesucristo en la actualidad, es decir en su señorío, con las actitudes del siervo, del menor. Para Francisco no hay una ruptura entre las actitudes de Jesús en su vida terrena y en la Gloria. Jesucristo, que es Dios y Señor, sigue mostrándose a los ojos de Francisco como menor. Por ello, los seguidores de Cristo lo serán de verdad si viven con las actitudes de menores. 

4.2.1.2. Seguimiento de Cristo y de su Evangelio.

Seguir las huellas del Hijo

La minoridad es consecuencia del seguimiento de Cristo:

"Puso, sin embargo, su voluntad en la voluntad del Padre [...]. Y la voluntad de su Padre fue que su bendito y glorioso Hijo, a quien nos lo entregó y el cual nació por nuestro bien, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia, por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz; no para sí mismo, por quien todo fue hecho (cf. Jn 1,3), sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas (cf. 1P 2,21)". 

La vida de Cristo, que es manifestación de la voluntad del Padre, es ejemplo a seguir por Francisco y los hermanos. La minoridad que Francisco contempla en la entrega, sacrificio y donación del Hijo de Dios al hombre es el motor del seguimiento en Francisco. Seguir a Cristo es hacerse pequeño por el otro, y entregar la vida en servicio a los demás. 

La vida y regla es el Evangelio 

Pero la vida de Jesucristo se concreta en su doctrina y sus huellas:

"Esta es la regla y vida de los hermanos: vivir en obediencia, en castidad y sin nada propio, y seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo, el cual dice: Si quieres ser perfecto, vete y vende todas las cosas (cf. Lc 18, 22) que tienes y dáselas a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven sígueme (Mt 19,21)". 

El contenido de la vida en minoridad lo encuentra Francisco en el Evangelio. Él propone vivirlo de una forma especial en obediencia, en castidad y sin nada propio, para lo cual, invita a entregar los bienes a los pobres.

Francisco encuentra a Jesucristo en el Evangelio y es en su lectura y en su meditación donde descubre su proyecto de vida. Francisco no propone como modelo de vida el expresado en Hechos 2, 42-47, conocido como la comunidad de Jerusalén, sino el mostrado y leído en el Evangelio:

"Atengámonos, pues, a las palabras, la vida y la doctrina y al santo Evangelio de quien se dignó rogar por nosotros a su Padre y manifestarnos su nombre". 

Francisco entiende que este estilo de vida debe ser vivido dentro de la comunidad cristiana:

"...para que, siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica (Col 1,23), guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos".

Francisco quiere vivir en la Iglesia de su tiempo, enzarzada en conflictos contra los herejes y promotora de una nueva cruzada, el santo Evangelio en pobreza y humildad. Para él, la fidelidad al Evangelio no puede desligarse de la institución eclesial, y a la vez debe enriquecerla y recordarle lo más genuino de su identidad, es decir, el Evangelio de Jesucristo. 

4.2.1.3. Kénosis en la Eucaristía.

La mirada del abajamiento de Cristo no sólo se da en su vida terrena, sino que el abajamiento de Cristo se sigue dando cada día en la Eucaristía:

"Ved que diariamente se humilla (cf. Flp 2, 8), como cuando desde el trono real (Sb 18, 15) descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros Él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre al altar en manos del sacerdote".

Francisco realiza un paralelismo entre la Encarnación y la Eucaristía, y en ambas descubre el abajamiento del Hijo de Dios. Francisco remarca la verdadera presencia de Cristo al afirmar que quien viene a nosotros es Él mismo. Éste es el que por naturaleza está en el trono real y en el seno del Padre, es decir, afirma la divinidad del Hijo para así subrayar más su descenso, su humillación.Para Francisco, la Eucaristía es un misterio desconcertante y admirable, pues resume toda la kénosis del Hijo:

"¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!. Mirad, hermanos la humildad de Dios y derramad ante Él vuestros corazones (Sal 61, 9); humillaos también vosotros, para ser enaltecidos por Él (1P 5,6; St 4, 10)".

Por ello exclama en alabanza y admiración ante el abajamiento que descubre en la Eucaristía. No tiene otra forma de expresarlo que uniendo palabras o expresiones, de sí contrarias, para expresar que en la Eucaristía se da a su vez la manifestación de Dios a través de dos realidades contrarias: absoluta omnipotencia unida a absoluta debilidad. El que es sublime, Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios (parece que le faltan expresiones para mostrar la transcendencia de Dios), se humilla, se esconde en una pequeña forma de pan (resalta la debilidad del pan). Es este el misterio que Francisco contempla en la Eucaristía, la absoluta minoridad por la que Dios opta.

Pero para Francisco este descubrimiento y contemplación no es algo extático o solamente para la piedad y la adoración. En él no hay elemento que descubra en Cristo que no deba ser puesto en práctica, y por ello, después de la admiración suscitada en él, vuelve su mirada a los hermanos para sacar la praxis del misterio de la Eucaristía: al igual que se abaja Dios, también nosotros nos debemos abajar. La devoción, la oración, el amor a Dios sólo se demuestra viviendo la actitud de menor que de tantas formas muestra la visión de Cristo en Francisco.

4.2.2. Imagen de Dios.

Analizo algunos de los rasgos que tiene la imagen de Dios para Francisco, sobre todo los que tienen una relevancia con el tema que nos ocupa. 

4.2.2.1. Dios como Mayor.

Las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición al Altísimo corresponden

Para Francisco, Dios es el Trascendente ante quien el hombre no es digno:

"Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición. A ti solo, Altísimo corresponden y ningún hombre es digno de hacer de ti mención".

Francisco entiende a Dios como el Altísimo, el omnipotente y el buen Señor. Es el único digno de alabanzas, gloria, honor y bendición. Toda la grandeza es de Dios, y ante él el hombre no es nadie, ni siquiera digno de hacer de ti mención. La diferencia entre Dios y el hombre es tal que éste último no es quien para nombrarle. Para Francisco, la Transcendencia de Dios es absoluta, total y por ello el hombre ante él es miserable:

"Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada...". 

Francisco utiliza un lenguaje respecto al hombre que puede herir nuestra sensibilidad actual. Pero hay que decir que Francisco no tiene una antropología negativa, incapaz de descubrir nada positivo en el hombre. Lo que ocurre es que Francisco desea poner a Dios en un lugar preeminente, por encima de todo, y para ello carga las tintas sobre lo que el hombre es ante Dios. 

4.2.2.2. Dios como Menor.

Ya dije, respecto a la visión de Cristo en Francisco, cómo para éste se da una unión intrínseca entre la exaltación y el abajamiento de Cristo. Lo mismo se puede decir en la visión de Dios: en él se da la fuente de la trascendencia, como acabamos de ver, pero a la vez descubre en él aspectos importantes que integran la minoridad. 

Dios es humilde, paciente, manso, bueno, piadoso, suave, dulce...

En la visión de Francisco nos encontramos que Dios está adornado con una serie de características que coinciden con las del hermano menor:

"...tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia (Sal 70, 5), tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; [...] tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre...".

La oración la realiza a Dios trino y uno, es decir, se dirige a Dios Trinidad. A él le atribuye no el tener humildad, paciencia o mansedumbre, rasgos característicamente minoríticos, sino el ser esos rasgos que después Francisco vivirá dentro de su forma de seguimiento. En el Dios Altísimo descubre Francisco también su cercanía, su Inmanencia. Los rasgos de esta cercanía son el comportamiento que Francisco descubre en la relación de Dios con el hombre:

"Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, y Redentor, y Salvador, solo verdadero Dios, que es bien pleno, todo bien, bien total, verdadero y sumo bien; que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce; que es el solo santo, justo, veraz, santo y recto; que es el solo benigno, inocente, puro; de quien, y por quien nos viene, y en quien está todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en el cielo".

El Creador, Redentor y Salvador que deleita y agrada a Francisco es, a la vez, el Todopoderoso y el bien, bueno, piadoso, manso, suave, dulce, benigno, inocente y puro. Parece que Dios es la plenitud, no sólo de la omnipotencia, sino también de la minoridad. Francisco descubre que Dios se relaciona con él, y con todo hombre, no desde la soberbia, el poder y el avasallamiento, sino desde la minoridad, la sencillez y la humildad. Si todo hombre es imagen de Dios, parece que el hermano menor es la imagen que Francisco ve y experimenta en el Dios revelado en Jesucristo.

La minoridad no es una cuestión de ascesis y de esfuerzo, ni de méritos para el más allá. La minoridad es devolverle a Dios aquello que él nos ha dado a raudales, esa parece ser la realidad que Francisco quiere vivir.

La sencillez, la humildad y la obediencia proceden de Dios

En la visión de Francisco las virtudes, como hemos visto anteriormente, proceden de Dios, que las infunde en el hombre por su Espíritu. Francisco escribe un Saludo a éstas llamándolas señoras, debido a su procedencia. Estas virtudes las presenta por binomios:

"¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la santa pura sencillez!, ¡Señora santa pobreza, el Señor te salve con tu hermana la santa humildad!, ¡Señora santa caridad, el Señor te salve con tu hermana la santa obediencia!, ¡Santísimas virtudes, a todas os salve el Señor, de quien venís y procedéis".

Francisco empareja la sabiduría con la sencillez. Para él la santa sencillez protege a su hermana la reina sabiduría, desenmascarando la falsa sabiduría o sabiduría según la carne. La sabiduría auténtica, la que procede de Dios es sencilla, sin sutilezas, desenmascara los disimulos y excluye la vanidad o la vanagloria. Para Francisco, este correctivo que se aplica a la sabiduría, y que la discierne de la falsa sabiduría, es la santa humildad. Ésta también procede de Dios, y cuando el hombre la recibe lo hace sabio según Dios. 

La otra pareja la forman la pobreza con la humildad. Francisco no contrapone pobreza a riqueza, sino a orgullo o soberbia, por ello la une con la humildad. Francisco entiende la pobreza no sólo con la falta de medios, que podría llevar a sentirse orgulloso de sí mismo por la austeridad conseguida, sino con la radical desposesión del hombre frente a Dios y a sus hermanos. Para Francisco, es verdaderamente pobre el que tiene conciencia de no tener nada propio que ofrecer, y si algo tiene es porque lo ha recibido de Dios. Por ello, no puede vanagloriarse de nada, y de esa manera es a la vez pobre y humilde. 

La tercera pareja que Francisco enlaza son la caridad y la obediencia. Con esta vinculación Francisco expresa que la verdadera obediencia brota del amor, y el verdadero amor es obediente. La caridad sin la obediencia o ésta sin aquella no son verdaderas virtudes. 

Estos tres pares de virtudes: sabiduría-sencillez, pobreza-humildad, caridad-obediencia, pueden considerarse como las virtudes que conforman al hermano menor, que le aportan las condiciones sin las cuales no se puede desarrollar la verdadera minoridad. Pero estas virtudes no se consiguen por méritos o a fuerza de puños, sino que vienen y proceden de Dios. El verdadero hermano menor deberá abrirse a ellas y recibirlas agradecidamente, sabiendo traducirlas en obras concretas de servicio y minoridad. Obras que no le pertenecen a él sino a Dios, fuente de toda virtud en Francisco de Asís.

4.2.3. La vida según el Espíritu.

Hemos dicho que las virtudes que configuran al hermano menor proceden según san Francisco de Dios, y es que, para él, la vida en humildad y paciencia -la vida en minoridad-, es obra del espíritu del Señor:

"Guardémonos, pues, todos los hermanos de toda soberbia y vanagloria; y defendámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne (Rm 8,6), ya que el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres[...]. El espíritu del Señor, en cambio, quiere que la carne sea mortificada y despreciada, tenida por vil y abyecta. Y se afana por la humildad y la paciencia, y la pura y simple y verdadera paz del espíritu". 

Para Francisco la religión se puede vivir de dos maneras: una desde el espíritu de la carne y otra desde el espíritu del Señor.

La religión vivida desde el espíritu de la carne se esfuerza por las palabras, por la apariencia, por el prestigio y la vanagloria. Es una religión exterior y busca agradar a los hombres. En cambio, la religión vivida desde el espíritu del Señor rechaza el egoísmo y ser el centro de atención, en cambio se esfuerza por tener más obras que palabras, y por vivir en humildad, paciencia y sencillez, que es la verdadera paz del espíritu.

La vida en minoridad es obra del Espíritu al que los hermanos se abren y al que se aplican sobre todas las cosas:

"Amonesto y exhorto en el Señor Jesucristo a que se guarden los hermanos de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia (cf. Lc 12,15), preocupación y solicitud de este mundo (cf. Mt 13,22), difamación y murmuración, y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho. Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un corazón puro, y tener humildad y paciencia en la persecución y en la enfermedad, y amar a los que nos persiguen y reprenden y acusan,...".

Los frutos del Espíritu son el corazón puro, la humildad, la paciencia en la adversidad y el amor a todos, especialmente a los enemigos. 

4.2.4. Imagen del hombre ante Dios.

Francisco entiende al hombre como un ser totalmente débil y pecador, y a la vez como imagen de Dios y llamado por éste.

4.2.4.1. El hombre como siervo.

El servicio humilde a Dios

Ya vimos en el capítulo dedicado a la terminología cómo Francisco concibe al hombre como siervo de Dios. En su visión del hombre, éste pertenece al mundo de las criaturas, y comparte con ellas la alabanza y el servicio humilde a Dios, como aparece al final del Cántico de las Criaturas:

"Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran humildad".

Francisco imagina a toda la Creación, incluido el hombre, como criatura más importante, alabando y bendiciendo al Señor. Esta alabanza se traduce en la acción de gracias y en el servicio humilde. Para Francisco, Dios es el Altísimo, Omnipotente y buen Señor, de quien todo procede, y ante quien el hombre no puede ser más que siervo. La realidad del hombre como siervo ante Dios es, para Francisco, una realidad existencial de la que aquel puede o no ser consciente. 

Los que aceptan conscientemente esa realidad de servicio a Dios no pueden más que acoger la primacía de Dios en sus vidas:

"[los religiosos] Debemos, igualmente, negarnos a nosotros mismos (cf. Mt 16,24) y poner nuestros cuerpos bajo el yugo de la servidumbre y de la santa obediencia, según lo que cada uno prometió al Señor".

El señorío de Dios, para Francisco, conlleva la servidumbre y la santa obediencia según lo que cada uno prometió al Señor. Francisco emplaza al hombre a poner su vida al servicio de Dios. Este servicio, cuyo centro es Dios, lleva al hombre a servir a su hermano:

"Y ningún hermano haga mal o hable mal a otro; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado (cf. Ga 5,13). Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo".

El servicio a Dios y la obediencia a éste se verifica y plasma en el servicio y la obediencia gozosa al hermano.

El servicio a Dios y al hermano se concreta en el anuncio de la Palabra

En el servicio a Dios y al hermano, Francisco se siente llamado a servir y suministrar las odoríferas palabras de mi Señor:

"A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres; a cuantos habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera en el Señor. Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor".

Francisco, a pesar de sentirse indigno, se sabe llamado a anunciar a todos los hombres el mensaje de Cristo. Es un mensaje que considera odorífero, perfumado, es decir, agradable al hombre. Para Francisco, el mayor servicio que se puede prestar al hombre es anunciar que Dios tiene una palabra para éste, y que es una palabra de salvación. 

Sumisión a los hombres y a los animales

El hombre realmente consciente de su realidad más profunda se sabrá siervo y en manos de Dios, por ello es capaz de someterse a éste y realizar su voluntad:

"La santa obediencia confunde todos los quereres corporales y carnales; y mantiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y lo sujeta y somete a todos los hombres que hay en el mundo; y no sólo a los hombres, sino aún a todas las bestias y fieras, para que, en cuanto el Señor se lo permita desde lo alto, puedan hacer de él lo que quieran".

Hasta tal punto el hombre es siervo de Dios y sometido a éste que es capaz también de someterse a sus hermanos, a todos los que hay en el mundo, e incluso a las bestias y fieras. Francisco no entiende el servicio del hombre como servilismo o como anulación de la propia voluntad. Para él, el hombre es imagen y semejanza de Dios, y por ello su mayor realización es cumplir la voluntad de Dios. Francisco entiende el servicio como algo positivo, humanizador y bueno para el hombre. Para él la vida se gana sirviendo a Dios y a los demás, incluso sirviendo a la creación, que Francisco contempla conducida por Dios. De ahí la sumisión incluso a las bestias y fieras. Para Francisco, el hombre sólo tiene dos opciones: ser siervo de Dios o del pecado, la opción liberadora es la primera, la segunda es esclavizadora. 

4.2.4.2. Pequeñez ante Dios.

Ante Dios el hombre es pequeño y último, pero a la vez es obra de Dios y presencia de éste.

De nada puede gloriarse el hombre ante Dios

Para Francisco, el hombre no tiene nada que pueda presentar ante Dios como mérito:

"Repara, ¡oh hombre!, en cuán excelencia te ha constituido el Señor Dios, pues te creó y formó a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu (cf. Gn 1, 26) [...]. ¿De qué, pues, puedes gloriarte?. Pues, aunque fueses tan agudo y sabio que tuvieses toda la ciencia (cf. 1Co 13,2) y supieses interpretar toda clase de lenguas (cf. 1Co 12,28) y escudriñar agudamente las cosas celestiales, no puedes gloriarte de ninguna de estas cosas [...] Asimismo, aunque fueses el más hermoso y rico de todos y aunque hicieses tales maravillas que pusieses en fuga a los demonios, todas estas cosas te son perjudiciales, y nada de ello te pertenece y de ninguna de ellas te puedes gloriar".

En primer lugar, Francisco reconoce la grandeza del hombre por su creación a imagen del Hijo en el cuerpo y a su semejanza en el espíritu. Francisco pide al hombre que reconozca esta magnifica obra hecha por Dios en él. Y es que Francisco reconoce la verdad creacional del hombre y descubre en ella rasgos de Dios. Pero al mismo tiempo Francisco avisa del peligro de vanagloriarse. Si el hombre es imagen y semejanza de Dios, si es capaz de lo más sublime y maravilloso no es por sus méritos, sino porque lo ha recibido de Dios. Francisco no niega la grandeza del hombre, la reconoce y la alaba, pero esa grandeza no le pertenece al hombre sino a Dios, pues todo bien que en hombre hay procede de aquel:

"Por lo que, en la caridad que es Dios (cf. 1Jn 4,16), ruego a todos mis hermanos, predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que procuren humillarse en todo, no gloriarse ni gozarse en sí mismos, ni exaltarse interiormente de las palabras y obras buenas; más aún, de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por ellos, según lo que dice el Señor: Pero no os alegréis de que los espíritus os estén sometidos (Lc 10,20)".

En la visión de Francisco el hermano menor es cauce de Dios, por ello, no puede enaltecerse de lo bueno, porque le es dado. Lo que sí le cabe hacer al hombre es devolver a Dios esos bienes recibidos:

"Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien, bien total, que eres el solo bueno (cf. Lc 18,19), a ti te tributemos toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición, y te restituyamos todos los bienes. Hágase. Hágase. Amén".

Dios hace bien en el hombre y el hombre puede restituir a Dios ese bien. La manera de restituirlo es con las obras. Si esos bienes son de Dios y están en todos los hombres, en la visión de Francisco no caben los celos o la envidia, pues los bienes del hermano son acción de Dios como lo son los bienes personales:

"Dichoso aquel siervo que no se enaltece más por el bien que el Señor dice y obra por su medio, que por el que dice y obra por medio de otro".

Francisco descubre la bondad de Dios en el hombre, pero a la vez descubre la debilidad de éste, es en eso en lo que el menor puede gloriarse:

"Por el contrario, es en esto en lo que podemos gloriarnos: en nuestras flaquezas (cf. 2Co 12,5) y en llevar a cuestas diariamente la santa cruz de nuestro Señor Jesucristo (cf. Lc 14,27)".

El hermano menor se sabe débil ante Dios y, a la vez, descubre en sí su presencia inmerecida.

El hombre es lo que es ante Dios

El hombre menor sabe que su verdad se mide ante Dios:

"Dichoso el siervo que no se tiene por mejor cuando es engrandecido y enaltecido por los hombres que cuando es tenido por vil, simple y despreciable, porque cuanto es el hombre ante Dios, tanto es y no más". 

Esa verdad ante Dios es siempre la misma: "pequeñez-nulidad, amado-salvado", sea este ensalzado o vilipendiado por los demás.

4.2.4.3. Grandeza del hombre.

El ser humano está en relación con la Trinidad

Aunque el hermano menor sea pequeño y despreciable, a su vez está llamado a la plenitud y a gozar de la presencia de Dios:

"Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por sola tu gracia, a ti, Altísimo, que en perfecta Trinidad y en simple Unidad vives y reinas y estás revestido de gloria, Dios omnipotente, por todos los siglos de los siglos. Amén".

Francisco contempla a Dios omnipotente siendo misericordioso con el hombre, quien no deja de ser miserable ante él. Este hombre miserable y pequeño puede abrirse a la acción de Dios realizando la voluntad del Padre gracias a la iluminación del Espíritu y al seguimiento del Hijo para alcanzar de esa manera, por la gracia, el gozo de unirse al Dios Trinidad. 

En la visión de Francisco, la bajeza y pequeñez del hombre está salvada y llamada a la misma gloria de Dios. Lo más bajo está llamado a gozar de lo más alto. El menor está invitado a vivir con el mayor. Es la expresión mística de la minoridad en Francisco aceptada por amor y que culmina con el amor de Dios. 

Pero la vida menor, el seguimiento del Evangelio no sólo alcanza a Dios en el más allá, sino que en la vida concreta Dios ya va transformando la vida:

"Y sobre todos aquellos y aquellas que cumplan estas cosas y perseveren hasta el fin, se posará el Espíritu del Señor (Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23). Y serán hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50). Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a Jesucristo. Y hermanos somos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1Co 6,20) por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros (cf. Mt 5,16)".

Quien acepta ser pequeño y siervo, pobre y humilde por Dios y por los hermanos está "habitado" por el Espíritu del Señor, que le hace hijo del Padre, pues realiza sus obras; esposos de Jesucristo por la unión con el Espíritu Santo, hermanos suyos por realizar la voluntad del Padre, y madres suyas por llevarlo en el corazón y darlo a luz por las obras. 

El verdadero hermano menor es "pariente cercano" de la misma Trinidad, se siente inundado por ella y no puede vivir ya para sí, sino para los demás. 

4.2.4.4. El fundamento de la minoridad es el amor.

El amor a Dios y al hermano

El deseo que mueve a Francisco en su vida es el amor a Dios y al hermano:

"HÁGASE TU VOLUNTAD, COMO EN EL CIELO, TAMBIÉN EN LA TIERRA: para que te amemos con todo el corazón (cf. Lc 10,27), pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con todas nuestras fuerzas, empleando todas nuestras energías y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no de otra cosa; y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos, según podamos, a tu amor, alegrándonos de los bienes ajenos como de los nuestros y compadeciéndolos en los males y no ofendiendo a nadie (cf. 2 Co 6,3)".

Todo él aparece volcado al amor a Dios por encima de todo. Pero este amor no tiene sólo una vertiente vertical, sino que se realiza y se expresa en el amor al hermano, para que, también éste, pueda gozar del amor de Dios. Francisco experimenta que es precisamente ese amor el que hace del prójimo hermano:

"Y dondequiera que estén y se encuentren unos con otros los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal (cf. 1Ts 2,7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?".

El amor de Dios hace del hermano alguien a quien se le ama con amor de madre. El amor del hermano menor se expresa mejor en el símil del amor maternal, entregado y al servicio de los hijos. De la misma manera se entrega el amor al hermano. 

Amar en la adversidad

El amor entregado se pone a los pies del otro, siempre dispuesto a acogerlo y a perdonarlo:

"Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y soportan enfermedad y tribulación".

La manifestación de Dios se da en ese amor capaz de perdonar al otro sin llevar cuentas del pasado. Quien descubre el amor de Dios y a Dios, descubre al hermano débil, necesitado y pecador:

"Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo tuyo y suyo: si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiese pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales".

Lo descubre y lo acoge amorosamente. La minoridad se convierte en amor al más pequeño precisamente en aquello en que es pequeño. La misericordia y la compasión son los medios con que el hermano menor se acerca a los más menores o necesitados. Y lo hace desde el amor de Dios por los pequeños. No hay barrera que no derribe la compasión, la misericordia y el amor. Es la manera de hacer llegar el Evangelio a todos y de provocar el encuentro del hermano con el Dios de la vida y del perdón.
El amor que lleva a la opción por ser menor no se busca a sí mismo, sino al otro:

"...para que por ti amemos de verdad a los enemigos y en favor de ellos intercedamos devotamente ante ti, no devolviendo a nadie mal por mal (cf. 1Ts 5, 15), y para que procuremos ser en ti útiles en todo".

4.3. Resumen.

Francisco fundamenta la minoridad en dos pilares básicos: la Escritura y la Teología-Espiritualidad.
En el aspecto escriturístico tienen un peso especial las citas que hacen referencia al misterio de la Encarnación, con el prólogo del Evangelio de san Juan y los Evangelios de la infancia de Mateo y Lucas, y las referentes a la Pasión y Muerte, a través, tanto de los relatos evangélicos como de los salmos. Subrayado especial tiene en Francisco la imagen de Cristo lavando los pies a los discípulos. Francisco contempla a Cristo, como menor, sirviendo a los discípulos hasta el punto de dar la vida por ellos. 

Francisco recoge también una serie de citas que son recomendaciones explícitas de Jesús. Entre estas citas aparecen aquellas que hacen referencia explícita a ser menor como son Lucas 22, 26 y Mateo 20, 25-26. También aparecen las citas que se refieren al servicio (Mt 20, 28), a la fraternidad igualitaria (Mt 23, 8-10) o al reparto de los bienes con los pobres (Mt 19, 12), a fin de hacer el bien a los "menores" y hacerse menor entre ellos. 

Otro grupo de citas expresan actitudes personales de minoridad como son la humildad o la negación de sí mismo. Junto a estas hay una serie de textos que indican actitudes relacionales como son el amor al prójimo, la necesidad de médico para los enfermos, el trato a los demás como el querido para sí mismo, el amor a los enemigos o el devolver bien por mal.

En el aspecto teológico y espiritual nos encontramos en primer lugar con todo lo referente a la imagen de Cristo, junto a María, que Francisco contempla. Esta imagen abarca la opción por la pobreza, la kénosis y la permanencia de los rasgos minoríticos de Cristo en la gloria. Francisco vive la minoridad de Cristo a través del seguimiento a éste y de la vivencia del Evangelio. Y es que Francisco continúa contemplando a Cristo en continuo abajamiento en la Eucaristía. 

En segundo lugar, se da en Francisco la imagen de Dios en la que se une la trascendencia de éste con su inmanencia. Dios, en Francisco, parece tener la plenitud de la gloria y a la vez la plenitud de la minoridad: Dios es el más grande y el más humilde. La opción por la minoridad parte de Dios y es acogida por el hombre gracias al Espíritu Santo. 

En tercer lugar, aparece la imagen del hombre ante Dios. Aquel se presenta como siervo de éste y de sus semejantes. Para Francisco el mayor servicio que el hombre puede realizar es el anuncio de la Palabra de Dios al hombre. Es el resultado de la conciencia del hombre sumiso a Dios y a su obra creadora. 

Todo ello lleva a Francisco a ver al hombre como un ser que no es nadie ante Dios, de quien todo lo recibe y ante quien descubre su realidad de absoluta minoridad. Pero a la vez, este mismo hombre, cuando se abre a la acción del Espíritu, recibe el don de la gracia y la amistad y familiaridad con Dios. 
Como conclusión, podemos afirmar que el último fundamento de la minoridad en Francisco es el amor a Dios y al hermano que es expresión del infinito amor que Dios nos tiene.