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LA EXPERIENCIA PROPIA DE LA MINORIDAD EN SAN FRANCISCO Como hemos podido comprobar en el capítulo anterior, todos los Escritos de san Francisco rezuman experiencia y vivencia. Pero en ellos hay textos en los que asoma de manera más clara su conciencia de ser menor. Estos textos son aquellos en los que Francisco se presenta o habla de su propia experiencia. Son éstos el objeto que estudio en este capítulo. Desarrollamos el capítulo a través del comentario de estos textos que distribuimos según Francisco aparezca como menor ante Dios, siervo de los demás, súbdito de todos o personalmente indigno. Finalizamos comentando el texto más significativo de san Francisco respecto a su experiencia de minoridad. El capítulo acaba con el resumen del mismo. 3.1. Francisco se experimenta menor ante Dios.Recogemos las expresiones que se atribuye Francisco respecto a la minoridad ante Dios. Siervo suyo (de Dios) y el menor de los siervos de DiosFrancisco se comprende ante los demás no sólo como siervo de Dios, sino también de los hermanos y de todas las personas en general. Más aún, el primer aspecto aparece integrado en el servicio a los hermanos y a los hombres, de manera que Francisco nunca se presenta a sí mismo expresamente, como siervo de Dios, siendo una expresión que, como ya hemos visto, utiliza en varias ocasiones. Que no se apropie para sí de la expresión siervo de Dios, práctica frecuente entre sus contemporáneos que la usaban como fórmula protocolaria epistolar, no significa que no se entienda a sí mismo como siervo de Dios. De hecho, habitualmente se refiere a Dios o a Jesucristo con el término Señor (Dominus), o de forma explícita a sí mismo como siervo suyo (de Dios) o el menor de los siervos de Dios (pero, como ya he dicho, no con la fórmula de presentación individual siervo de Dios): "Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo...". "A todos los custodios de los hermanos menores a quienes llegue esta carta, el hermano Francisco, el menor de los siervos de Dios: salud y santa paz en el Señor". Francisco quiere expresar con ello que su realidad ante Dios, y ante los hombres es reconocerse al servicio de aquel. Más aún, Francisco se reconoce no como siervo, sino como el menor de los siervos de Dios. Francisco no se presenta aisladamente al servicio de Dios, como un mayordomo o un encargado, sino dentro de un grupo más amplio en el que él se reconoce como el menor de ese grupo, el de los siervos. Como ya vimos en el análisis del término siervo de Dios, este grupo puede ser el de los religiosos o, más bien, el más amplio que abarca a todos los hombres. Con ello, Francisco se sitúa en el último lugar ante Dios y ante los hombres y con la misión de ser siervo de todos. Hombre inútil y criatura indigna del Señor DiosOtra expresión que define el lugar de Francisco ante Dios y ante el hombre es el de hombre inútil y criatura indigna de Dios: "Yo, el hermano Francisco, hombre inútil y criatura indigna del Señor Dios, por el Señor Jesucristo digo al hermano H., ministro de toda nuestra Religión...". Si Francisco es siervo de Dios es por su realidad creatural. Francisco se presenta, se sabe y se siente creado y dependiente del Señor Dios. Con esta expresión Francisco reconoce su dependencia radical de Dios y su pertenencia a él, y es por ello, por lo que se dirige al hermano H. por el Señor Jesucristo. Francisco es consciente de que, como siervo de Dios, ha sido llamado a una misión entre los hombres de su tiempo. Dios le ha mostrado un camino: vivir el santo Evangelio: "el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio". Pero Francisco reconoce que no es merecedor de esto, se siente inútil e indigno. Francisco se declara hombre inútil y criatura indigna, no por falsa humildad, sino por conciencia de la obra de Dios en él: siendo radicalmente inútil e indigno, Dios le ha llamado a su servicio, con lo que la utilidad y la dignidad le han sido concedidas por Dios. 3.2. Francisco se experimenta siervo.A la experiencia de siervo de Dios va intrínsecamente unida la experiencia de siervo de los todos los hombres. Vuestro siervo, pequeñuelo siervoEn la Carta que envía a la Orden, Francisco se presenta ante los hermanos como vuestro pequeñuelo siervo: "A todos los reverendos y muy amados hermanos; al hermano A., su señor, ministro general de la Religión de los hermanos menores, y a todos los demás ministros generales que le sucederán; y a todos los ministros y custodios; y a los sacerdotes de la misma fraternidad, humildes en Cristo; y a todos los hermanos, sencillos y obedientes; a los primeros y a los últimos: el hermano Francisco, hombre vil y caduco, vuestro pequeñuelo siervo, os saluda en Aquel que nos redimió..." Si bien Francisco saluda a los miembros de la Orden según un orden descendente, empezando por el ministro general y acabando por los hermanos sencillos y obedientes, a todos se dirige en los mismos términos: reverendos y muy amados hermanos. Más aún, Francisco matiza los ministerios que pueden tener relevancia. Así, el ministro general, a quien reconoce como su señor, tiene como título el mismo que todos: hermano. Los sacerdotes de la fraternidad, que pueden sentirse superiores por su ministerio, son calificados como humildes en Cristo. Y a los hermanos los presenta como sencillos y obedientes. Con ello, a todos les da la misma dignidad, sea cual sea su posición, y a todos se presenta él como siervo, tanto de los primeros como de los últimos. Pero no sólo se siente siervo de los hermanos presentes, sino que también se siente siervo de los hermanos futuros, a través de los ministros generales que le sucederán. Es decir, Francisco quiere ser siervo de todos los hermanos y por siempre. El servicio de Francisco a los hermanos es de carácter personal, por ello, utiliza el adjetivo posesivo vuestro, o tuyo. Así, Francisco expresa que su servicio no se dirige a un colectivo genérico sin más, sino que se especifica en el servicio a cada hermano concreto y real. El servicio de Francisco a los hermanos tiene un motivo teológico: Francisco es siervo de los hermanos en Aquel que nos redimió. El servicio a los hermanos es el correlato lógico del servicio a Dios y, además, es el modo de seguir a Jesucristo, que es quien nos redimió. Pero Francisco no se reconoce siervo solamente de los hermanos, sino
también de la sociedad de su tiempo, a través de los podestá, cónsules,
jueces y regidores: "A todos los podestá y cónsules, jueces y regidores,
en cualquier parte de la tierra, y a cuantos llegue esta carta, el hermano
Francisco, vuestro siervo en el Señor Dios, pequeñuelo y despreciable,
deseándoos a todos salud y paz. Francisco se presenta al servicio de los que rigen la sociedad de su
tiempo. El servicio que cumple ante ellos es el de recordarles sus obligaciones
y responsabilidades como cristianos ante el pueblo que rigen. Francisco
no es un siervo "servil", dispuesto a cualquier cosa, sin discernimiento.
No, él es siervo del hombre para el bien de éste, según la voluntad de
Dios. La vocación y la misión de Francisco es ser siervo de Dios y como
tal sirve al hombre, elemento que podemos apreciar claramente en la presentación
de la segunda redacción de la Carta a todos los Fieles: "A todos los
cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres; a cuantos
habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito:
mis respetos con reverencia, paz verdadera del cielo y caridad sincera
en el Señor. Francisco se quiere presentar como siervo de todos los que habitan en
el mundo. Es siervo de absolutamente todos. Deja claro, con la repetición
por dos veces de su servicio universal, que nadie queda fuera de éste.
Francisco quiere ser el "siervo universal", que refuerza con el vocablo
súbdito. En este texto volvemos a encontrar claramente qué clase de servicio
es el que quiere realizar: servir y suministrar las palabras de mi Señor.
Francisco quiere anunciar, predicar, repetir las palabras de su Señor.
Pero esto no está dispuesto a realizarlo desde la prepotencia, la imposición
o la erudición. No, la manera de evangelizar, para Francisco, es desde
abajo, siendo siervo de todos. Para Francisco no se puede anunciar a Jesucristo
de cualquier manera, sino sólo desde el último lugar, desde la minoridad,
de lo contrario adulteraríamos y desvirtuaríamos el mensaje de Jesucristo,
el Siervo por antonomasia. Practiqué misericordia con los leprososEn la experiencia de Francisco como siervo y menor tienen un papel especial los marginados de su época: los leprosos. Al final de su vida recuerda que, en su proceso de conversión, el servicio a éstos tuvo un papel fundamental: "El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia; en efecto, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo; y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo". En estas pocas líneas, pues Francisco es poco dado a hablar de sí mismo, se precisa el comienzo de un proceso espiritual que culmina con la inversión de valores expresada con la antítesis amargura-dulzura, y por el hecho que la provoca: el servicio a los leprosos. Hay que decir que en la sociedad de Francisco los leprosos eran marginados y excluidos sociales. El miedo al contagio hacía que se les asignara una residencia obligatoria, aislada y fuera de la comunidad, prohibiéndoles incluso la entrada en las poblaciones. El mismo paso por los caminos estaba sometido a medidas restrictivas, debiendo evitar los caminos frecuentados, e incluso advirtiendo de su presencia con una campanilla o alzando la voz. Más duro era el hecho de que vivían a su suerte. Por todo ello, era habitual que se les tuviese un verdadero horror. Es este el sentimiento que expresa Francisco cuando dice que le parecía amargo. Tal como señala Francisco, en su conversión es determinante haber cuidado con misericordia, con piedad y con amor a los leprosos. El servicio a los marginados descubre a Francisco la comprensión del sufrimiento humano y la posibilidad de compartirlo desde el ser menor. El amor de Francisco por los pobres, su solicitud por servirles, de estar situado entre ellos y como ellos, nació de su generosidad espontánea y por la piedad que despertaban en él. Cabe decir que los leprosos y los marginados estuvieron siempre en el centro del franciscanismo primitivo. En todo este proceso de encuentro con los más menores de su sociedad, y la experiencia que ellos le aportaron, Francisco se encuentra guiado y conducido por el Señor que es quien le llevó entre ellos. 3.3. Francisco se experimenta súbdito.Ya hemos indicado en el capítulo dedicado a la terminología de la minoridad, la importancia que tienen los términos que indican sujeción o abajamiento. Ahora vamos a ver cómo se los aplica Francisco y qué experiencia denotan. Él es súbdito de todosEn el repaso que Francisco da a su vida en el Testamento, recuerda los inicios de la fraternidad, cuando comenzaron a juntársele hermanos: "Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener (Jb 1,2), y se contentaban con una túnica, remendada por dentro y por fuera; con el cordón y los calzones. Y no queríamos tener más. Y éramos indoctos y estábamos sometidos a todos". Después de relatar el desprendimiento de los bienes en favor de los pobres, la pobreza y sencillez de su vestido, y su determinación por no poseer más, Francisco señala que su situación ante los otros es de indoctos y sometidos a todos. Con indoctos y sometidos Francisco señala que los hermanos, y él, no aspiraban a estudios o a distinguirse por sus conocimientos, sino más bien querían vivir sencillamente y entre los sencillos, sirviendo y trabajando como tales, desde abajo, no como señores sino como siervos. Francisco, al ponerlo en su Testamento en un momento en el que la Orden es ya una gran entidad, parece que quiere subrayar los comienzos humildes y sencillos a los que, por otra parte, él nunca renunció. También en la segunda redacción de la Carta a todos los Fieles se presenta
como siervo y súbdito: Con la expresión súbdito enfatiza aún más el servicio. Con estas expresiones Francisco se sitúa en el último lugar ante todos, sometido a todos. Pero la sumisión de Francisco no es una despersonalización de sí mismo, es una actitud evangélica con la que se acerca al hermano, sea quien sea, para anunciarle el mensaje del Señor. La actitud de súbdito de todos, con sus notas de sencillez y servicio, es consecuencia de la sumisión a Dios. Para Francisco no hay verdadera obediencia a Dios, no hay, en definitiva, verdadero amor a Dios, que es la fuente de la sumisión a éste, si no hay verdadera sumisión, amor al hombre. Francisco, colocándose como súbdito, emplaza al hombre a su realidad de ser "imagen y semejanza de Dios". Por ello, entiende que Dios se manifiesta en el hombre y es por esta razón por la que él se siente sometido y siervo de éste. Todos son señores de FranciscoSi Francisco es el siervo y el súbdito de los demás, éstos se convierten, lógicamente, en sus señores. Al ministro general lo considera su señor; a los hermanos los considera sus señores: "Escuchad, señores hijos y hermanos míos, y prestad atención a mis palabras (Hch 2,14)". Los podestà, cónsules, jueces y regidores, y cuantos leen las cartas que él envía son sus señores:"Por ello, os aconsejo encarecidamente, señores míos, que, posponiendo toda preocupación y cuidado, hagáis penitencia...". También los párrocos y presbíteros son señores suyos: "Y si tuviese tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrase con algunos pobrecillos sacerdotes de este siglo, en las parroquias en que habitan no quiero predicar al margen de su voluntad. Y a estos sacerdotes y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a señores míos". Por último santa Clara y sus hermanas también son saludadas como sus señoras: "...y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza". Con la categoría señor (dominus), con la que se presenta en todos estos casos, Francisco expresa la correlación que existe entre sus destinatarios y él. Es decir, ellos y ellas son sus señores y señoras porque él es su súbdito. El ministro general es su señor como lo es de toda la fraternidad, con lo que Francisco se sitúa como un hermano más, bajo el cuidado del ministro. Por otro lado, el ministro, aunque sea señor, también es hermano. Los hermanos son a la par señores e hijos, con lo que Francisco indica que el señorío de éstos no se inspira en los modelos sociológicos de su tiempo, basados en la dominación y dependencia, sino en las relaciones fraternas, indicadas con los términos hijos y hermanos míos. Por ello, la dependencia que Francisco indica, brota más del amor de un padre o de un hermano que de un vasallo. Las autoridades civiles y los destinatarios de sus cartas son sus señores, y a causa de este señorío Francisco se siente obligado a apremiarles a una vida en conversión, con lo que indica que su servicio no es servidumbre. También los párrocos y otros presbíteros son sus señores, con lo que Francisco se aparta de los grupos que juzgaban la actuación de aquellos en base a las aptitudes para el ministerio. Por último, a santa Clara y sus hermanas las considera sus señoras en Cristo, invitándolas a ser fieles seguidoras de éste en la pobreza. Y, en general, Francisco considera a todos como sus señores, desde el amor que siente por ellos y desde su preocupación por llevarlos al que es el amor: Dios. Por ello, como si de un estribillo se tratase, a todos los invita a mirar, seguir, escuchar al que es el Señor de todos y cada uno. Deseo besaros los piesSi Francisco comienza la segunda redacción de la Carta a todos los Fieles presentándose como siervo y súbdito de todos, acaba dicha carta con el deseo de besaros los pies: "Yo, el hermano Francisco, vuestro menor siervo, os ruego y suplico, en la caridad que es Dios (cf. Jn 4,16) y con el deseo de besaros los pies, que os sintáis obligados a acoger, poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo". La expresión deseo besaros los pies escenifica la relación de minoridad, servicio y sumisión de Francisco respecto a todos los hombres. Besar los pies era una práctica en uso en la curia papal de la época, y en las abadías. Al Papa se le besaban los pies en la misa pontifical y en otras muchas ocasiones; este homenaje se rendía también a los cardenales y a los obispos. Era una acción que se realizaba a las personas con autoridad y poder. Francisco, al desear besar los pies a todos, sean quienes sean, les concede la misma dignidad que tienen los "grandes", el único que es pequeño y menor ante todos es él. Pero la verdadera grandeza radica en poner por obra y guardar con humildad y amor estas palabras y las demás de nuestro Señor Jesucristo. Y es accesible a todos. Tal es esta grandeza que Francisco se coloca como el menor de todos los siervos para rogar y suplicar que quien le escuche sea consciente de ella. 3.4. Francisco se experimenta indignoFrancisco no sólo se experimenta indigno ante Dios, sino también ante los demás, y ante sí mismo. Hombre vil y caduco, pequeñuelo y despreciableYa hemos indicado cómo Francisco se presenta como hombre vil y caduco y también pequeñuelo y despreciable. Con estos términos Francisco expresa la minoridad radical que él experimenta hacia sí mismo, hacia los demás y hacia Dios. Todas estas expresiones resaltan su conciencia de no ser merecedor de nada y de situarse por debajo de todos. Si Francisco se dirige a los hermanos y a todas las personas en general, no es por su autoridad ni por una posición privilegiada, ni porque se sienta mejor que nadie. Esto es lo que expresan los cuatro calificativos con los que, como ya hemos visto, se presenta Francisco. Pero estos calificativos que indicarían sin más una baja autoestima, no pueden disimular, por otro lado, la clara conciencia de Francisco respecto a su misión. Es decir, por una parte se siente vil, caduco, pequeñuelo y despreciable, pero por otro lado, esto no le impide dirigirse a todos y proclamarles el mensaje que Dios tiene para ellos. Francisco se siente a la vez menor y último, y "vocero" de Dios para todos. En el fondo, Francisco es consciente de su pequeñez e indignidad real. Pero también es consciente de que Dios lo ha llamado a una misión, con lo que le ha dado una dignidad real que, aunque no le pertenece ni merece, le ha sido dada por Dios. 3.5. Francisco expresa su experiencia de minoridad en la Carta a un Ministro.Si hay un escrito de Francisco que expresa cómo quiere vivir él y cómo propone que se viva la minoridad, ese es la Carta a un Ministro. El contexto de la carta es la queja que hace un ministro por las dificultades tan grandes que tiene en su comunidad, por lo que le pide que lo traslade de lugar para poder vivir más "perfectamente" el seguimiento de Cristo. Francisco pide al hermano que soporte con amor y con paciencia a los hermanos, pues este es el verdadero seguimiento de Cristo. La consideración que Francisco le hace al ministro no es algo puramente espiritual o desencarnado, sino que es algo muy real en la vida del ministro. Francisco le pide al hermano que no se deje vencer por sentimientos negativos, sino que, aunque sea difícil y doloroso, trate a los que le hacen sufrir como él quisiera ser tratado. Para Francisco, el hermano menor quiere siempre el bien de su hermano, aún a costa de su propio bien. La carta tiene dos partes. En los versículos 1-12 Francisco habla en tono confidencial y personal al ministro. En los versículos 13-22 desaparece ese tono personal para tratar de temas de tipo legislativo. El texto que aquí nos interesa es el que corresponde a esa primera parte de la carta: "Al hermano N., ministro: Y ama a los que esto te hacen. Y no pretendas de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos precisamente en esto, y tú no exijas que sean cristianos mejores. Y que te valga esto más que vivir en un eremitorio. Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo tuyo y suyo: si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales. Y, cuando puedas, comunica a los guardianes que por tu parte estás resuelto a comportarte así". En este breve texto se dan tres momentos a tener en cuenta. El primero lo podemos llamar existencial, pues se trata de una situación real y concreta por la que está pasando el ministro; el segundo lo podemos llamar teológico, en que se subraya que los obstáculos de los que habla el ministro deben ser considerados como gracia; el último momento lo podemos llamar pastoral, pues habla de la manera de afrontar el problema. Después de bendecir al ministro, Francisco se dirige a él como mejor puede. Son expresiones de afecto que indican que las palabras que Francisco va a dirigirle salen de su corazón. La razón de la carta son todas las cosas que te estorban para amar al Señor Dios. Ante éstas Francisco le indica que debes considerarlo como gracia. Con ello, Francisco expresa que en la vida, siempre existirán impedimentos y problemas, esto es inevitable. Son precisamente estos acontecimientos los que verifican o no el seguimiento de Cristo. Los problemas se pueden vivir con el espíritu de Cristo, como gracia y crecimiento espiritual, o con el espíritu del hombre egoísta, centrado en sí mismo y que busca huir de ellos, retirándose a vivir en un eremitorio. El seguimiento de Cristo lleva a estar centrado en el amor a Dios y al hermano, y es este amor el que hace capaz de soportar la contrariedad y la dificultad, aceptándolas como gracia. Es esta aceptación por amor lo que realiza la verdadera obediencia, la que hace al hombre menor ante Dios y ante sus semejantes. Los problemas y dificultades de la fraternidad suelen provenir de los hermanos. Para Francisco, la verdadera obediencia, el verdadero amor a Dios se realiza en el amor a los hermanos. No hay camino a Dios que no pase por el hermano, y en especial por aquel que resulta menos "amable". Francisco pide al ministro que ame a esos hermanos, que los respete, que no tenga pretensiones sobre ellos. La única pretensión que debe tener es amar a su prójimo tal y como es. Si la razón de la carta era la dificultad que provocan los otros al ministro, el corazón de la carta es la misericordia hacia éstos. Ésta es la prueba del amor a Dios, y la razón de la minoridad. Para Francisco, ante los hermanos que dificultan la vida sólo cabe una actitud: la mirada misericordiosa. La misericordia, que aparece cuatro veces en este texto, es clave para entender la experiencia minorítica de Francisco que aquí presenta al ministro. Francisco incita al ministro a dar el primer paso hacia los hermanos a fin de poder ganarlos para el Señor. Francisco sabe que la misericordia no es un actitud puntual. Al contrario, es una actitud sin límite, por ello, si mil veces volviere a pecar ámale más que a mí. El amor al pecador, al débil, al que cae, es lo único capaz de sanar y conducir al Señor. El camino que lleva a quien se desvió hacia el Señor no es el reproche ni el castigo, sino la misericordia, el perdón, el amor y la compasión. Ésta es la minoridad vivida y propuesta por Francisco al ministro, a quien pide también que la proponga a sus guardianes. La raíz de la minoridad es el amor a Dios y a los hermanos y la praxis de ésta es el servicio, siempre misericordioso, al que más lo necesita, el más menor. La minoridad para san Francisco es el camino del amor, vivido en sencillez, que conduce hacia el Señor. Si Francisco la aprendió de alguien, fue de su mirada constante a Cristo, a quien sigue. 3.6. Resumen.En la experiencia que Francisco tiene de la minoridad, según se extrae de sus Escritos, encontramos varios ámbitos. El primero de estos ámbitos es el que se refiere a la minoridad respecto
a Dios. En este nivel Francisco se comprende a sí mismo como llamado al
servicio de Dios, aunque evite presentarse con el título siervo de Dios.
En este servicio él se sitúa en último lugar ante Dios y ante los hombres.
Si Francisco se comprende al servicio de Dios es por su experiencia de
ser creatural y dependiente de Dios. Por ello, se siente llamado a anunciar
y vivir el estilo de vida propuesto en el Evangelio, siguiendo a Cristo. Francisco se experimenta siervo de todos y por siempre. Su servicio quiere ser personal y concreto. Este servicio es el correlato del servicio a Dios, y además es el modo de seguir a Cristo. Francisco no confunde servicio con servilismo. Para él, el servicio al hombre consiste en hacer la voluntad de Dios. La pasión de Francisco es que el hombre descubra el mensaje que Dios tiene para él, por ello el Pobre de Asís se quiere situar ante todos como "siervo universal", a fin de poder anunciar ese mensaje. La voluntad de Dios es liberación y amor hacia el hombre, por ello Francisco no está dispuesto a anunciar esa voluntad divina desde la prepotencia o la imposición, sino desde la sencillez y el servicio, de lo contrario se adulteraría el mensaje del Evangelio. En el camino evangélico Francisco se vio llevado a servir a los más marginados de su sociedad. En los leprosos, Francisco encontró la presencia de Dios y una traducción expresa de la minoridad, sirviendo a los más pobres de su tiempo. Entre los cuales quiso vivir como siervo, y a los que quiso que los hermanos dejasen los bienes que pudiesen tener, como modo de iniciar la opción por el seguimiento de Cristo. En Francisco nos encontramos, junto al servicio al hombre, con la experiencia de la sumisión a éste. Con esta sumisión Francisco expresa su determinación a una vida sencilla, pobre y entre los pobres. Francisco experimenta la sumisión como traducción del amor a Dios y al hombre. Esta sumisión amorosa hace de todos señores de Francisco. Es otro signo del amor de Francisco por todos. Ese amor lo impulsa a anunciarles el amor de Jesucristo. La tercera dimensión de la minoridad que nos encontramos es que toda esta experiencia mística y amorosa que derrocha Francisco choca a su vez con su percepción de indignidad. Él experimenta una desproporción entre su miseria personal y el amor de Dios, que le impulsa a ser el menor y el siervo de Dios y del hombre. Por último, Francisco expresa en la Carta que envía a un Ministro el amor a Dios y al hombre en clave de misericordia, compasión, perdón y amor, que le lleva a servir sin descanso al hermano que más lo necesita. Siendo este el verdadero sentido de la minoridad y el camino del hombre que ha encontrado a Dios en su vida. Si en el segundo capítulo concluíamos hablando de la minoridad como categoría relacional en la que el hombre se sitúa en último lugar ante Dios y el hermano, ahora podemos añadir que el contenido de esa categoría es el amor y la misericordia con que el hombre expresa el amor de Dios, y urge a sus semejantes a compartirlo.
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