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Tormenta de verano

Ruge la tormenta.
Los cielos castigan con severidad
el huerto en que el hombre
cultiva su afán.
La tormenta arrecia.
Un rayo ha caído en la vecindad.
¿Qué querrán los cielos?
¡Cielos! ¿Qué querrán?

El miedo es el tacto frío de un puñal
que a todos los hombres
hiere por igual.
Ceden las rodillas, 
duda la verdad,
tiemblan los resortes de la voluntad.
Mas no siempre vence 
la debilidad.

Pasa la tormenta, pasa el huracán.
y cuando está lejos,
abro la ventana por curiosidad.
¿Qué es lo que querría 
el cielo dictar?
El río va turbio, 
el cielo está limpio
y hay un árbol roto en el secadal.


Teruel, agosto de 2003

La tormenta

Llegas aterradora, desmandada,
espoleando nubes con espuelas de fuego..
Súbitos estampidos de luz vibran lejanos
anunciando el fragor que te precede.

Te alzas ufana luego,
turbio coloso irresistible,
sorprendiendo de pronto
pájaros y campiñas,
que arrasas luego con los ramalazos
de tu lluvia frenética.

¿Es tu danza mejor? ¿No has aprendido
otro compás más calmo?
No conoces medida
ni cabría el estruendo con que lates,
en otro corazón que no estuviera
a flote, sobre nubes
que te arrastran maltrechas,
de horizonte a horizonte, cabalgando
estrepitosamente 
sobre lomos de espanto.

Tu aparición efímera, 
tu exhausta huida, tu trayectoria temporera,
son tu mejor aval. No te prodigues,
fantasma horripilante, ídolo infame:
por más que te ilumines,
nadie jamás te invoca.

Corre un telón de nubes 
sobre el tejado de tus prisas locas 
y echa a dormir tus roncos estertores
más allá del abismo anochecido
de tu último horizonte.

Lluvia morada

Una lluvia morada
de lágrimas y gritos,
entre la hojas prietas,
cuelga de los olivos.
En alguna ocasión
alguien dice que ha visto
unos dedos crispados
en la madera inscritos.
Pero, ¿cómo se explica
que lloren los olivos?
¿Cómo que se retuerzan
en troncos tan antiguos
la tuerca de una pena,
la angustia de un suspiro?
¿Serán estos, entonces,
serán estos olivos
los mismos que, una noche,
escucharon a Cristo?

Algo les ha marcado
con piqueta de siglos,
algo les ha sajado,
algo les ha dolido,
para que todavía
se golpeen contritos
la abatida madera
con hierro en los nudillos, 
hasta llorar piadosos,
nadie sabe el motivo,
una lluvia morada 
de lágrimas y gritos.
¿Serán estos, entonces,
serán estos olivos
los mismos que, una noche,
escoltaron a Cristo?

Álamos hacia Albarracín

Los álamos van al río 
por mitigar su calor.
Los álamos de la tarde
que incendia a través el sol.
Van en fila, como alumnos
de una escuela superior.
Y al asomarse a las aguas,
el peso y la indiscreción
empujan su oro en el río.
Nunca hubo un incendio mayor.
Todo es bronce, todo es brasa,
todo es fruta, todo sol.

Quien quiera exprimir limones,
aquí tiene la ocasión,
que el otoño los prefiere
incluso a su corazón.

Que repiquen las campanas
y que redoble el tambor,
que hoy es fiesta y nos convoca
el otoño en su esplendor,
con un punto de alegría
y una pizca de dolor,
y es que está al morir la tarde
en una hoguera de amor.


Álamo otoñal

Este álamo, encendido
en rojo, como labio, no debiera
aladear de incendio simulado,
cuando es el frío el inminente
puñal que lo asesina.
También teñido en rojo, recostaba
su cabeza Jesús, cuando una lanza
le abrió la brecha del costado.

Que no simule el álamo otoñal
dramas que desconoce. Viva el suyo
ensayando el cabal desprendimiento
de la fronda que ya no le cobija.
Y que se eche a dormir. Dora la tarde
el paisaje. En el río cabrillea
un atisbo de luz. Hay un murciélago
poniéndole arabescos al ocaso.
Es el momento
de entornar las dos puertas
de bronce del otoño, 
hasta que llegue nuevamente
alzando su aldabón la primavera.

Ya está nevando

Está al caer la noche
y ha empezado a nevar, ya está nevando.

No piséis en la nieve,
no la holléis como niños, ensuciando
su blancura perfecta,
el silencio profundo de lo blanco.

Mirad la levedad
de la seda que tejen sus gusanos,
la lentitud callada
de su descenso reposado,
con que, copo tras copo, se despluman
las altas nubes por los cielos altos.

No piséis en la nieve 
intacta todavía, porque, cuando
lo noche se desplome sobre el mundo,
entumecida y tiritando,
tendrá en ella un lugar donde escribir 
la elegía secreta de su llanto.

No holléis la nieve, no piséis
la anchurosa llanura de su mano.
La nieve es el juguete
del tiempo, un simulacro
de depurada clarificación.
en la eximia la nobleza de lo blanco.

Noches blancas

La nieve caía
reposada y leve,
nevando las copas
de los chopos verdes.

Las calles vacías,
los hombres silentes,
los tejados blancos, tan blancos,
que nunca más blancos los vieres.
Qué noche tan fría,
qué frío el relente,
y el musgo impecable de la niebla vaga,
qué blando, que tenue.

Me da pena el frío
que ni techo tiene,
y pasa de largo aterido
pisando medroso la nieve,
y crujen debajo las hojas resecas ,
a orillas del río, debajo del puente.
¿Tendrá miedo al lobo?
Hay un lobo blanco que habita la nieve.

Las calles vacías. 
Un perro se acerca a una fuente.
De un bar sale afuera un manchón amarillo
de luz enfermiza y tabaco y cerveza calientes.
Un hombre se aleja embozado y recuerda 
el hosco perfil de la muerte.

La nieve caía despacio,
caía la nieve
reposada
y leve.

La noche

La noche será siempre
como un abismo
que nunca alumbró Dios,
cuando nos hizo.

Siempre será un misterio
quedarse absortos
contemplando esa sombra,
ciegos los ojos.

Porque deja pasmado
pensar con calma
ese hondón infinito
que no se acaba.

Las luces de la noche
son luz apenas.
De día no se ven,
como mis penas.

Si usa de sombras tales
Dios cuando crea,
¿cómo no ha de faltarnos
luz para verlas?

Y es que nuestras medidas
sirven de nada,
si al pensar delimitas
lo que no acaba.

Sólo cabe, aturdidos,
mirar absortos
esa sombra de Dios,
ciegos los ojos.

Teruel, 20 de octubre de 2003

La vieja ermita

Qué alta está la cumbre,
la ermita, qué lejos.

Pobre ermita antigua, 
su ermitaño muerto.
La lámpara no arde,
el sagrario, abierto,
no tiene siquiera
quien le cuide el huerto.
¿Quién habrá dejado
la llave en un tiesto?

Pasad uno a uno,
fuera sopla el cierzo,
y cerrad la puerta,
que Dios está dentro.

El viento herido

El viento se ha parado.
junto a la ermita.
¿Querrá rezarle el viento a la Virgencita?

El viento se ha parado.
No puede más.
Deja un rastro de sangre justo al andar.

Un puñal homicida
le ha herido a muerte
y el corazón le sangra como una fuente.

¿No habrá quien le socorra?
¿Una enfermera
que le vende con suaves manos de seda?

¿No habrá quien le coloque
sobre la grupa
de un caballo redondo como una fruta?

¿No habrá quien le levante
sobre la silla
de un caballo con alas de plumas lisas?

El viento se ha movido.
Ya se repone.
Una venda de seda verde le ponen.

Se ha levantado el viento,
yerto de frío,
y se marcha a tentones cruzando el río.

Ciérrale la puerta

El viento está fuera; 
toca los cristales
como lluvia herida, pero no es verdad
No escuches su llanto
fingido de niño. 
Ciérrale la puerta, que no pueda entrar.

No escuches el viento
frío de esta noche.
Trae leyendas negras para no dormir,
Cierra las ventanas,
ciérrale la puerta,
que no tenga grietas por donde incidir.

No escuches su llanto,
no escuches sus gritos,
que sólo pretende poderte asustar.
Finge que está herido,
finge que está muerto.
Ciérrale la puerta que no pueda entrar.