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En el nombre del Padre...
| Abre como ventana su frente luminosa el día y Dios rescata tus sueños de la noche. La luz penetra el aire y colorea el rostro de las cosas. Nada tan limpio como su textura impalpable, que envuelve con su algodón la herida, casi labio, del sol. Y Dios, sentado al borde del tiempo, recordando cómo estuvo bien hecho el milagro creador de la existencia. Dios, que prendes el día para apagar la noche y nos adviertes del paso de las cosas con tu aviso de pasar, hoja a hoja, las noches y los días, escucha cómo canta, en voz baja, a tu oído, el corazón velado en cada cosa. Ese rumor confuso que alienta levemente, como niebla matinal, sobre el mundo, es la voz con que reza tu nombre el labio oculto con que alaban la luz de tu presencia los labios de las cosas. Tú sabes su lenguaje balbuciente, ellas saben tu nombre luminoso. |
La manzana (soneto)
| Centro de un paraíso ya olvidado, del veneno mortal la clave plena, bocado original que tanta pena de eterna contrición has propiciado, Si tu atractivo y tu sabor dorado no cambian con la culpa que te apena, ¿quién añadió a tu hechizo la condena? ¿Quién le puso color a tu pecado? ¿No te dio tiempo ni a considerar que al inducir al daño, vaciaste de sentido tu ser? Quien no adivina a Dios, debe sus ojos relevar. Naciste para el bien; tú contrariaste, por vanidad, la voluntad divina. |
El cáliz
| Sobre esta copa, aletea el milagro del hálito de Dios. Quién pudiera sentirse vino y pan, oferente, en las manos de Dios Al borde de esta copa, mis labios se humedecen en la sangre de Dios. Quién pudiera beberte hasta sentir tu sangre en mi sangre, Señor. Al fondo de esta copa, abre otra vez la herida una lanza cruel. Quién pudiera volverse copa llena de sangre para darse como él. Más allá de la copa, mis ojos adivinan tres cruces y un amor. Quien fuera nube roja que lloviera tu sangre sobre mi corazón. |
El anciano
| No seáis vuestros propios enemigos, no os volváis
hacia atrás, porque Cristo es el Dios que está por encima de todo. San Hipólito Ha ido apurando, sorbo a sorbo, el vino amargo de vivirse solo, y se niega a seguir, porque no tiene tiempo. La tristeza es el patio de su casa, palomas sus recuerdos. El tiempo que ha vivido lentamente le ha venido cercando y carcomiendo el corazón con su silencio. Ya no es el hombre aquel que fue; vuelve a ser niño, pordiosero de amor, por las cenizas que ha dispersado el tiempo. Su horizonte es la luz de la ventana; su camino, una noria; sus paseos, los saltos minuciosos del canario en la oprimida jaula del recuerdo. Cansado de la luz, vive la noche como faro costero, de espaldas a la vida, oteando paisajes pasajeros. No ve las olas de la orilla, ni vuelan gaviotas ni surcan nubes el azul del cielo. Ha borrado el color y la evidencia de estar viviendo. No intentéis acercarlo a la gris realidad. Vive a lo lejos. El alba lo oscurece. Le hace daño la luz. No lo acerquéis. Está durmiendo. |
El ladrillo
| Nace del barro, desterrado del nativo solar. Mace del barro como el hombre, y tiene la carne enrojecida, cuadrado corazón que el fuego templa como se templa la mejor espada. Con él cobra la casa su estatura, su firme consistencia. Aporta entonces su puñado de arena a la seguridad con que el hombre socorre su existencia. Siempre la tierra asegurando el suelo y el entorno preciso en que hace pie la levedad del hombre. Nada más baladí, nada más frágil que el ladrillo vulgar. No tiene precio un puñado de tierra. Pero siempre, encubierto o patente, oscuro o luminoso, tenemos un ladrillo confortable, callado como un perro, a nuestro lado. |
El lápiz
| Artesano del hombre, que interpelas su corazón y allanas las dunas de su pensamiento dando sentido a su existencia, escribe un poema que diga, desde el latido de tu sangre oscura, tu negra condición de esclavo, un poema solícito que acune tus largas noches, como tú, un poema que sueñe halagos y ternuras en la mimosa mano que te acoja. Biblioteca repleta de aventuras y leyendas, memoria de la vida, estantería prieta y amarilla de oscuros pergaminos, apiñados entre sí, sucediéndose unos tras otros en la pauta del tiempo, como troncos de un mismo bosque interminable, recuenta, si es que puedes, la prodigalidad de tu tarea. Todos te eligen mediador de sus disquisiciones manuscritas o perfilan finísimos ensueños que el dibujo concreta. Hasta el banquero engrana su cosecha numeral, acopiada en ventanilla, y el carpintero te convierte en lanza, a caballo en su oreja, sobre un mar encrespado de virutas. En tu alma de carbón caben miríadas de estrellas todavía, bogan libres por tu mar interior veleros rotos que tus cuentos rescatan, aventuras que nadie ha conocido, madrigales donde muere el amor, apuñalado por el acero frío de la ausencia. Escribe aquí un poema que nos diga algo de ti, ya que no tienes nombre. |
La momia
| ¿Hay alguien todavía apuntalado por la muerte, ya polvo o sombra, qué más da, de pie o sentado, qué más da, por dentro de esta momia marchita y desecada? Nadie responde. Todo está cerrado con candados de noche y de silencio en esta linde donde el polvo tose. ¿Por qué esta soledad?¿Por qué se atascan en el vacío de la noche los ojos, y las manos fosilizan la blanda dejadez de su elegancia? ¿Por qué este empeño de permanecer quien ya no está en un trozo de hueco endurecido, donde se embosca vendada la ceniza? Algo impone respeto y nos aparta hacia este lado de la vida, donde los ojos ven, palpita el alma y, frescas todavía, brillan fresas mojadas en la boca? Fósil del tiempo, huella atormentada de una vida que fue, no digas nunca tu nombre a nadie. Ya no tienes nombre. Has dejado de ser en todos los catálogos del tiempo y de la historia. |
La sortija
| Mirad cómo rueda a ciegas por el suelo la sortija. Tiene cristalino el son, como golpe de vasija, como un brindis cuando choca el cristal, y se disipa lentamente entre labios y entre risas. No quiero que se me pierda rodando bajo las sillas, entre pisadas confusas, como rueda la desdicha. Una sortija es promesa de fidelidad. Palpita un corazón en el ruedo de oro que lo delimita. Tended gasas y algodón para restañar la herida. En el suelo desmerece: es una estrella abatida, una sombra extraviada, una rosa distraída. No queráis dilapidar todo lo que significa. Calzadla en el dedo blanco de una niña. |
La veleta
| A una princesa
En el pecho tiene |
El gallo
| Empinado en sí mismo, satisfecho de sí, una paleta de color piruetea flamante en su plumaje Su grito matinal rompe el descanso, como quien pone en vuelo de un manotazo intempestivo un surco de palomas asustadas. Es como si tuviera, prendido en la garganta, el hilo roto de un relámpago sonoro, de un latido de luz hecho jirones de tanto desgañirse. Camina ufano, hegemónico, lleno de sí, todo vestido de su misma conciencia de ser alguien dueño apretado del pequeño harén en que no admite par. Es arrogante, altivo, impertinente, es el rey, es el gallo. |
El último carro
| Cuadrado sobre dos ruedas, en continuo cabeceo, desandas con lentitud pasmosa el camino viejo. No caminas adelante, regresas cansado y lento a la casa solariega de donde partiste nuevo. Es duro finalizar, aún vivo, como un recuerdo, pero el agua que nos llega al mar, no sabe el regreso. Eres una sombra apenas de aquel carro rojo y negro, al que agitaba gozoso el son del cascabeleo. Y es que la vida es la fuente que apenas dura un invierno. Se te ha acabado el camino; en ti se ha parado el tiempo. Septiembre, de 2003 |
La sequía
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La voz de la calle se asusta, se inquieta. La sequía ha abierto en el campo grietas, no cantan los pájaros, no crece la hierba y el mismo paisaje no es lo que antes era. ¿Dónde queda el río? ¿Dónde está la acequia? ¿No veis que al castillo se le caen las tejas? La fuente es antigua, sus aguas son viejas y el río no es río si un día se seca. La voz de la calle se asusta, se inquieta. Yo creo que un día lloverá y si nieva, reverdecerán valles y laderas. Volverán los pájaros, nacerá la hierba. Las aguas del río corren, se renuevan. No es como la vida que un día se aleja. Con qué prontitud, con qué ligereza la voz de la calle se asusta, se inquieta. Teruel, 2003 |
El charco
| Un charco al sol, lagarto de agua gris, ojo encharcado que contempla una nube y la refleja al pasar como alondra pasajera. La lluvia que llenó su mano breve como a un pobre de barro, casi ni se miró en su mejilla de agua. Los pájaros sí abaten su vuelo y picotean, como en teclado dedos virtuosos, en la herida roja de su costado. Antes de que regrese a colmarte de nuevo la lluvia, regadera frívola de los cielos, ansioso el sol te habrá bebido con ansiedad, en tu vasija de barro, sorbo a sorbo. Mojo la punta de mis dedos en el cielo que copias tan fielmente, y me persigno, charco, hasta que vuelvan a cumplirte de nuevo nubes nuevas. |
