|
1171 |
En el nombre
del Padre...
Abre como ventana su frente luminosa
el día y Dios rescata
tus sueños de la noche.
La luz penetra el aire y colorea
el rostro de las cosas.
Nada tan limpio como su textura
impalpable, que envuelve
con su algodón la herida, casi labio, del sol.
Y Dios, sentado al borde
del tiempo, recordando
cómo estuvo bien hecho
el milagro creador de la existencia.
Dios, que prendes el día
para apagar la noche y nos adviertes
del paso de las cosas con tu aviso
de pasar, hoja a hoja, las noches y los días,
escucha cómo canta, en voz baja, a tu oído,
el corazón velado en cada cosa.
Ese rumor confuso
que alienta levemente, como niebla
matinal, sobre el mundo,
es la voz con que reza tu nombre el labio oculto
con que alaban la luz de tu presencia
los labios de las cosas.
Tú sabes su lenguaje balbuciente,
ellas saben tu nombre luminoso. |
La manzana (soneto)
Centro de un paraíso ya olvidado,
del veneno mortal la clave plena,
bocado original que tanta pena
de eterna contrición has propiciado,
Si tu atractivo y tu sabor dorado
no cambian con la culpa que te apena, ¿quién añadió a tu hechizo
la condena? ¿Quién le puso color a tu pecado? ¿No
te dio tiempo ni a considerar
que al inducir al daño, vaciaste
de sentido tu ser? Quien no adivina
a Dios, debe sus ojos relevar.
Naciste para el bien; tú contrariaste,
por vanidad, la voluntad divina. |
El cáliz
Sobre esta copa,
aletea el milagro
del hálito de Dios.
Quién pudiera sentirse
vino y pan, oferente,
en las manos de Dios
Al borde de esta copa,
mis labios se humedecen
en la sangre de Dios.
Quién pudiera beberte
hasta sentir tu sangre
en mi sangre, Señor.
Al fondo de esta copa,
abre otra vez la herida
una lanza cruel.
Quién pudiera volverse
copa llena de sangre
para darse como él.
Más allá de la copa,
mis ojos adivinan
tres cruces y un amor.
Quien fuera nube roja
que lloviera tu sangre
sobre mi corazón. |
El anciano
No seáis vuestros propios enemigos, no os volváis
hacia atrás, porque Cristo es el Dios que está por encima de todo.
San Hipólito
Ha ido apurando, sorbo a sorbo,
el vino amargo de vivirse solo,
y se niega a seguir,
porque no tiene tiempo.
La tristeza es el patio de su casa,
palomas sus recuerdos.
El tiempo que ha vivido lentamente
le ha venido cercando y carcomiendo
el corazón
con su silencio.
Ya no es el hombre aquel que fue;
vuelve a ser niño, pordiosero
de amor, por las cenizas
que ha dispersado el tiempo.
Su horizonte es la luz de la ventana;
su camino, una noria; sus paseos,
los saltos minuciosos del canario
en la oprimida jaula del recuerdo.
Cansado de la luz, vive la noche
como faro costero,
de espaldas a la vida,
oteando paisajes pasajeros.
No ve las olas de la orilla,
ni vuelan gaviotas
ni surcan nubes el azul del cielo.
Ha borrado el color y la evidencia
de estar viviendo.
No intentéis acercarlo
a la gris realidad. Vive a lo lejos.
El alba lo oscurece. Le hace daño
la luz. No lo acerquéis. Está durmiendo. |
El ladrillo
Nace del barro, desterrado del nativo solar.
Mace del barro como el hombre, y tiene
la carne enrojecida,
cuadrado corazón que el fuego templa
como se templa la mejor espada.
Con él cobra la casa su estatura,
su firme consistencia. Aporta entonces
su puñado de arena
a la seguridad
con que el hombre socorre su existencia.
Siempre la tierra asegurando el suelo
y el entorno preciso
en que hace pie la levedad del hombre.
Nada más baladí, nada más frágil
que el ladrillo vulgar. No tiene precio
un puñado de tierra. Pero siempre,
encubierto o patente,
oscuro o luminoso,
tenemos un ladrillo confortable,
callado como un perro, a nuestro lado. |
El lápiz
Artesano del hombre, que interpelas
su corazón y allanas
las dunas de su pensamiento
dando sentido a su existencia, escribe
un poema que diga,
desde el latido de tu sangre oscura,
tu negra condición de esclavo,
un poema solícito que acune
tus largas noches, como tú, un poema
que sueñe halagos y ternuras
en la mimosa mano que te acoja.
Biblioteca repleta de aventuras
y leyendas, memoria de la vida,
estantería prieta y amarilla
de oscuros pergaminos, apiñados
entre sí, sucediéndose
unos tras otros en la pauta
del tiempo, como troncos
de un mismo bosque interminable,
recuenta, si es que puedes,
la prodigalidad de tu tarea.
Todos te eligen mediador
de sus disquisiciones manuscritas
o perfilan finísimos ensueños
que el dibujo concreta.
Hasta el banquero engrana su cosecha
numeral, acopiada en ventanilla,
y el carpintero te convierte en lanza,
a caballo en su oreja,
sobre un mar encrespado de virutas.
En tu alma de carbón caben miríadas
de estrellas todavía, bogan libres
por tu mar interior veleros rotos
que tus cuentos rescatan, aventuras
que nadie ha conocido, madrigales
donde muere el amor, apuñalado
por el acero frío de la ausencia.
Escribe aquí un poema que nos diga
algo de ti, ya que no tienes nombre. |
La momia
¿Hay alguien todavía
apuntalado por la muerte,
ya polvo o sombra, qué más da,
de pie o sentado, qué más da, por dentro
de esta momia marchita y desecada?
Nadie responde. Todo está cerrado
con candados de noche y de silencio
en esta linde donde el polvo tose. ¿Por qué esta soledad?¿Por
qué se atascan
en el vacío de la noche
los ojos, y las manos fosilizan
la blanda dejadez de su elegancia? ¿Por qué este empeño de
permanecer
quien ya no está
en un trozo de hueco endurecido,
donde se embosca vendada la ceniza?
Algo impone respeto y nos aparta
hacia este lado de la vida,
donde los ojos ven, palpita el alma
y, frescas todavía,
brillan fresas mojadas en la boca?
Fósil del tiempo, huella atormentada
de una vida que fue, no digas nunca
tu nombre a nadie. Ya no tienes nombre.
Has dejado de ser
en todos los catálogos del tiempo y de la historia. |
La sortija
Mirad cómo rueda a ciegas
por el suelo la sortija.
Tiene cristalino el son,
como golpe de vasija,
como un brindis cuando choca
el cristal, y se disipa
lentamente
entre labios y entre risas.
No quiero que se me pierda
rodando bajo las sillas,
entre pisadas confusas,
como rueda la desdicha.
Una sortija es promesa
de fidelidad. Palpita
un corazón en el ruedo
de oro que lo delimita.
Tended gasas y algodón
para restañar la herida.
En el suelo desmerece:
es una estrella abatida,
una sombra extraviada,
una rosa distraída.
No queráis dilapidar
todo lo que significa.
Calzadla en el dedo blanco
de una niña. |
La veleta
| A una princesa En el pecho tiene
clavada una pena,
en el pecho tiene
sangrando una lanza
la veleta.
Ignora sosiegos,
no quiere estar quieta,
se mueve, se estira,
se gira, se queja.
A sus pies se extiende
la aldea,
rojos los tejados,
las calles desiertas.
En torno, brillantes
como una diadema,
por un surco de aire,
palomas que vuelan.
Y en la lejanía
curva y somnolienta,
caballos que corren
por nubes de seda.
Pero no está alegre,
la veleta.
En el pecho tiene
clavada una pena.
De noche, no duerme.
De noche, recela.
La veleta escucha,
la veleta tiembla
cuando el viento escapa
como un susto, a ciegas.
Y la noche es blanca
y la noche es negra.
La veleta llora,
grita, patalea,
pero hay un candado
que sus pies sujeta.
Quién fuera paloma
o luz, quién tuviera
alas de suspiro,
liviandad de estrella,
porque el aire es ancho
y es ancha la tierra,
¡pero hay un candado
que sus pies sujeta!
En el pecho tiene
clavada una pena.
De noche, no duerme.
De día, no sueña.
Alocada apunta
como una escopeta
a estrellas lejanas,
pero nunca acierta.
¡Dios mío, qué culpa
tendrán las estrellas! |
El gallo
Empinado en sí mismo, satisfecho
de sí, una paleta de color
piruetea flamante en su plumaje
Su grito matinal rompe el descanso,
como quien pone en vuelo
de un manotazo intempestivo
un surco de palomas asustadas.
Es como si tuviera, prendido en la garganta,
el hilo roto de un relámpago
sonoro, de un latido
de luz hecho jirones
de tanto desgañirse.
Camina ufano,
hegemónico, lleno
de sí, todo vestido
de su misma conciencia de ser alguien
dueño apretado del pequeño harén
en que no admite par.
Es arrogante, altivo, impertinente,
es el rey, es el gallo. |
El último carro
Cuadrado sobre dos ruedas,
en continuo cabeceo,
desandas con lentitud
pasmosa el camino viejo.
No caminas adelante,
regresas cansado y lento
a la casa solariega
de donde partiste nuevo.
Es duro finalizar,
aún vivo, como un recuerdo,
pero el agua que nos llega
al mar, no sabe el regreso.
Eres una sombra apenas
de aquel carro rojo y negro,
al que agitaba gozoso
el son del cascabeleo.
Y es que la vida es la fuente
que apenas dura un invierno.
Se te ha acabado el camino;
en ti se ha parado el tiempo.
Septiembre, de 2003 |
La sequía
La voz de la calle
se asusta, se inquieta.
La sequía ha abierto
en el campo grietas,
no cantan los pájaros,
no crece la hierba
y el mismo paisaje
no es lo que antes era.
¿Dónde queda el río?
¿Dónde está la acequia?
¿No veis que al castillo
se le caen las tejas?
La fuente es antigua,
sus aguas son viejas
y el río no es río
si un día se seca.
La voz de la calle
se asusta, se inquieta.
Yo creo que un día
lloverá y si nieva,
reverdecerán
valles y laderas.
Volverán los pájaros,
nacerá la hierba.
Las aguas del río
corren, se renuevan.
No es como la vida
que un día se aleja.
Con qué prontitud,
con qué ligereza
la voz de la calle
se asusta, se inquieta.
Teruel, 2003 |
El charco
Un charco al sol, lagarto
de agua gris, ojo encharcado
que contempla una nube y la refleja
al pasar como alondra pasajera.
La lluvia que llenó su mano breve
como a un pobre de barro,
casi ni se miró
en su mejilla de agua.
Los pájaros sí abaten
su vuelo y picotean,
como en teclado dedos
virtuosos, en la herida
roja de su costado.
Antes de que regrese
a colmarte de nuevo la lluvia, regadera
frívola de los cielos,
ansioso el sol te habrá bebido
con ansiedad, en tu vasija de barro, sorbo a sorbo.
Mojo la punta de mis dedos
en el cielo que copias tan fielmente,
y me persigno, charco, hasta que vuelvan
a cumplirte de nuevo nubes nuevas. |
|