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El Cristo de
Vergara
(Se venera en el coro del Convento Franciscano de Santo
Espíritu)
No podría injertarse en mi ternura
un dios que no se acerca, un dios austero
con las manos de piedra, con el tórax de vidrio,
con los ojos de acero.
Yo me imagino a Cristo todo mío,
ahormado a mis deseos.
El Cristo enfermo y frágil que ha subido
a la Cruz y se ha muerto,
tiene tan demolida
la carne y le han tajado tan adentro,
que me arrincona la atención al fondo
del temor y el respeto;
pero es Cristo, y me postro;
y le digo asustado que le quiero.
El Cristo al que yo adoro más rendido,
está al ras de mí mismo; me lo he puesto
a la altura orgullosa de mi alcance,
y su cruz es la mía y se la llevo.
Me gusta Cristo joven,
vigoroso, con carne de mancebo,
Cristo claro y reciente como un árbol cuajado de renuevos.
Un Cristo así, sin halos de auroras boreales
amurallando el mundo gloriosa de su pecho,
lo siento más hermoso,
más prójimo, más nuestro.
Nos llega más al fondo,
penetra más adentro
imaginarle fácil,
imaginarle pleno
de amorosa dulzura y de belleza
en la ventana tibia de sus brazos abiertos.
Esos Cristos desnudos, Cristos fríos,
lacios, sanguinolentos,
cercándoles los buitres, graznándoles los cuervos.
Esos Cristos oscuros de tristeza, y de agobio, de esfuerzo.
Esos Cristos antiguos
en las altas ermitas de los pueblos.
Esos Cristos amargos,
de un verde casi negro
y con musgo de horror y de abandono
cercándoles el pecho.
Oh, no les amo igual, porque me aterran.
Les amo con dolor y desconcierto.
Me derriban, me ahogan estos Cristos
con la lanzada de su olor espeso
a crimen, a pecado, a hipocresías,
a Judas herederos.
Oh, no les amo igual.
Les amo airado de saberles muertos.
Cristo me gusta limpio sin fatiga.
ni espumas en la boca o garfios en los dedos,
sereno en su brillante llamarada,
blanca de amor tras el cristal del pecho.
Oh, no les amo igual.
No son tan blancos como yo los quiero.
Cristo es puro, de un agua
con claridad vivísima por cieno;
es uva transparente
y es trigo ardiente, espeso.
Mi Cristo es loza frágil, de cuidada
y limpia arena. Muerto,
pero siempre apacible.
¡Venid adoradores! Os lo presto. |
Dies illa!
(soneto)
Guardar el equilibrio; sólo espero
guardar el equilibrio firmemente,
porque temo que un día, de repente,
sienta que estoy muriéndome. Si muero de súbito, ¡Dios
mío, yo no quiero
morir así! Morirme lentamente
para elegir plegarias, la ferviente
plegaria de este trance. Con qué esmero
arreglaría cuerpo y agonía;
besaría abrazado el crucifijo
y pedía a Dios morir después.
Qué tremendo ese día,
cuando este suelo tan anclado y fijo
se salga de mis pies. |
Ofertorio
Señor, ponme al relente,
oloroso a tus manos,
de la gracia. Coloca
mis obras a la sombra
fresca de tu relente,
no se me cuajen estos pobres méritos
de haber dado limosna en una iglesia,
de haber acompañado, hasta la acera
de enfrente, aun hombre ciego,
y de haber reprendido
a un muchacho travieso que tiraba
sensual de las trenzas a una niña.
Yo sé que a Ti te apenan esas cosas.
Te apena que los niños
aprendan de los hombres;
que haya ciegos dudando en una acera
sin una mano blanda y bondadosa
que les lleve a otra esquina;
o que llore una vieja
desoladoramente, de impotencia,
porque nadie le ofrece la limosna
para una medicina necesaria.
Yo necesitaré de mis hermanos
cuando venga la muerte a derribarme
y no hayan florecido todavía
los retoños del bien que me injertaste.
Guárdame Tú estas obras. ¡Pobres obras¡
Ponlas en lugar fresco y oloroso;
no se me cuaje todo absurdamente
como un vaso de leche en la ventana. |
A la sangre de Cristo
El brillo de la sangre
se ennegrece en sus ojos y en su boca,
y el halo luminoso de su frente
se ha cubierto de aristas y cristales
sudorosos de espinas.
Oh, sangre anochecida,
ya tizne en la eucarística y triunfal
custodia de su frente.
Oh, sangre. Cómo mueve
la ola de su poder
en la roca partida del Calvario.
Oh, sangre. Quién pudiera
anclarte firmemente
a las venas de Cristo,
repeler el asalto de la muerte,
y prolongar el grito de su sangre.
Sangre gotean -como cera ardiente
blandones derribados-,
el trapo negro de su cabellera
y las hilachas de su barba rota.
Y a los pies del patíbulo, derribada,
como una yegua herida,
también sangra el dolor de Magdalena.
¡Por el oro brillante de su pelo
cruza de pronto, vívido, el reflejo
de la sangre de Cristo.
Señor, acércate; tengo partidas
las rodillas, de andarle en seguimiento.
Oculta con tu mano
esta debilidad de mis tendones.
Señor, te tengo ahí; pero no alcanzo.
¡No he podido llegar hasta tu sangre! |
Después de la lluvia
Acotado de nubes, aún rebota
el borbotón de luz
del último relámpago.
Este aroma de tierra nueva y fresca,
aroma a tierra limpia y removida,
ablanda los sentidos y humedece
la tensión calurosa de la sangre.
La mirada reposa, como un vuelo
suave de gaviota, sobre el mar
del paisaje mojado:
árboles, aturdidos
de agua y de viento, cuelgan
la pesada fatiga de sus ramas;
brillos vidriosos de agua fresca y verde
bajan por las laderas, envolviendo
peñas y matorrales;
hay trigos aplastados; y vencidos
ramajes con la frente
apoyada en el brazo del bancal;
y por los garabatos
de los troncos torcidos del pinar,
anochece, mojada, la corteza
lutos de hojas caídas para siempre.
La mirada se amplía
como un agua cansada de espesura.
La mirada rebosa claridades;
la mirada se suelta blandamente,
la mirada reposa, como un vuelo
de gaviota abierta sobre el mar. |
Velas rotas
En el libro que tengo
abierto en las rodillas,
una figura orante
de sutil tracería
tiene hacia Dios tensadas
la mirada y las manos.
Piadosa actitud, noble
estirón hacia arriba
de una oración.
No entiendo
por qué triste desgana,
cuando rezo, las manos
pesan y se me humillan.
No sé por qué rendidos
cansancios, se me dobla
a tierra la mirada.
Si Dios supera pájaros
nubes y nebulosas.
Si Dios ve el universo
desde la última rama
espléndida, infinita,
que cubre, como cúpula
boreal, el espacio.
Si está sobre, la alzada
pedrería vibrante
de las estrellas, ¡alma,
empuja, desde el fondo,
estas velas caídas,
estas velas sin palo
vertebral, estas velas
lacias, sin viento amigo!
Tengo miedo de mí, pesado tronco
derribado en la orilla,
ahormando arenas frágiles
y entre conchas vacías.
Tengo miedo de mí: se me han tronchado
las manos en la brida.
Ni me rezan los brazos ni me reza
esta mirada, ayer flecha bravía
y hoy pesado holocausto de hojas grises
cubriendo las rodillas.
Señor, si no te alcanzan mis palabras,
si es triste y turbia mi oración, si es fría,
pon tu mano en mi hombro porque sienta
la bondad y el empuje y la alegría
de saberme inundado, como un vaso
de agua delgada y limpia,
en el raudal pujante, en la abundancia
sin cerco, sin fronteras, de tu Vida. |
Mira el agua
He notado tus pasos tan blandos, tan leves,
he advertido a mi espalda tu pie cuidadoso,
pero sigo sentado en la piedra
sin mirar ni subir a tu encuentro.
Yo no sé por qué temo.
Nadie, acaso, podría decírmelo.
Mira el agua que pasa afilando su cuerpo de anguila
entre piedras que estrechan su paso.
Es mejor el placer de sentir siempre buenos
el agua, las piedras, el tronco de un pino
o un puñado de tierra fresquísima y húmeda.
Es mejor, sobre todo es mejor cuando temo volverme
y sentir tu mirada.
Porque sé que está ahí,
señalando la hierba con débiles huellas, tu pie cuidadoso.
No he querido mirar ni subir a tus labios;
pero sé que está ahí cuidadoso, y aún sé
que adelanta tu pierna derecha otro paso.
Mira el agua que pasa
envolviendo en sus brazos guijarros y peces.
Mira el agua que estrecha su lomo
contra el muslo de un álamo.
Es mejor el placer sutilísimo
de sentir la bondad tan sencilla
tan humilde, tan honda,
de unas hojas de pino que caen en tus hombros
o un puñado de tierra que aprietan y amoldan tus manos. |
A José María Valverde
"Voy Contando mis años por relevos
de rosas". José María Valverde.
| He rezado, en voz baja, tu "Salmo
de las rosas".
Lo he rezado despacio, porque es frágil su loza
y su perfume tiene la verja quebradiza.
Oh, no sabes la espesa sensación de ternura
que me ha cruzado todo el ser, de orilla a orilla.
Yo también me he sentido rosal y primavera;
había claridades de rosas en mis manos
y alientos perfumados llenándome la boca.
Oh, no sabes, no sabes con cuánta parsimonia
he seguido las blancas pisadas de tus versos
sobre el mullido paño de tus rosas recientes.
No sabes la sedosa suavidad que ha rozado
el borde tembloroso de mi estremecimiento.
Por eso he imaginado lo grato que sería
ir contando mis años por relevos de rosas.
Mayo entonces sería la portada a colores
de cada ejemplar nuevo de mis años que quedan,
y un día formaría la colección entera
para irlos, uno a uno, leyendo y recordando.
Es suave esta tristeza de saberse en declive
hacia cotas profundas de oscuridades prietas,
pero Cristo era un Hijo de Dios y declinaba.
Yo no quiero ocultarme de la muerte. Prefiero
irme al encuentro. inmerso en mi cerco de rosas.
Yo no quiero ocultarme de la muerte. Por eso,
para que no me apenen sentimientos de luto,
he rezado, en voz baja, tu "Salmo de las rosas".
Santo Espíritu, 23 de junio de 1957 |
Mi Reloj
| Que no se pare, Dios mío;
que no se me pare ya.
El reloj, aquí, en mis manos.
Un corazón de cristal
con latidos diminutos
como saltítos de afán.
Que no se pare, Dios mío;
que no se me pare ya.
Le he dado cuerda. ¡Qué miedo
la primer vez que se da!
Los dientecitos sonaban
como besos de metal.
Le he dado cuerda. ¡Dios mío,
sí se me llega a quebrar!
Mí reloj. Porque este es mío.
¡Qué escalofrío me da
pensar que puedo perderlo
y no volverlo a encontrar!
¡Dios mío, que no lo pierda!
¡Que no lo pierda jamás!
Señor, soy un reloj tuyo.
Mí cuerda tú me la das,
y te preocupo y me cuidas
con miedo de hacerme mal.
¡Señor, dame tanta cuerda
que no me pueda parar!
Santo Espíritu, 4 - II - 57 |
El pino del convento
Qué actitud tan dramática de tus brazos de pino
asidos a la tapia rubia de mi convento.
Sobre tu centro gira en compás de la mirada
en la circunferencia bruñida del paisaje,
y a tu orilla yo apuro a golpes de sorpresa
la claridad que estrena el alba cada día.
¿Tienes tú sentimientos densos como los míos?
¿Hay latidos que arrastren sangre por tu madera?
Si no te cruzan venas de pena o de ternura,
te caerán mis palabras como arena baldía.
Comprendo tu silencio; comprendo la fatiga
de tus brazos que cuelgan lacios sobre la tapia.
Yo también doblaría, de desgaste o fastidio,
mis rodillas, mis brazos, si mis ojos no vieran
la claridad que estrena el alba cada día,
los corderos recientes, los retoños pujantes.
Pero estoy plenamente satisfecho, y transido
del gozo de saberme en la mano de Dios,
porque El nos hizo todo con bondadoso aliento,
todo perfectamente. No puedo arrepentirme
de habitarle esta arcilla que moldeó su mano.
Oh, que no se me vuelva este ardor de mi sangre
resina densa y tarda de entorpecido paso;
que no se me coagule de frío o fatiga
esta luz que levantan mis fieles pensamientos.
No quiero crecimientos fatigados de tronco.
Amo sólo tu sombra bajo un verdor constante,
y la amplitud dramática de tus brazos, asidos
al filo de la tapia rubia de mi convento. |
En medio del camino
| Hoy llego a la mitad de mi camino
y asusta contemplar el tiempo andado.
¿Qué queda hasta el final de mi destino?
Oh, también esa duda me ha asustado.
Este río de tiempo que así rueda,
quién pudiera amarrarlo eternamente
a los pies de la vida que aún me queda.
Hoy llego a la mitad. Hoy justamente.
La vida cobra aquí doble andadura,
cobra doble visión, doble vertiente:
la tierra que he pisado, -tierra dura
que ya no he de pisar-, y está reciente.
Desde hoy, andar es irse hacia la linde
en que la noche escucha nuestro paso.
Con qué severa gravedad nos rinde
pensar de luto y cerca nuestro ocaso.
Pero aunque estoy mediando mi camino
y no sé el porvenir de mi vereda,
espero en Dios, que muele en el molino
de las horas, el grano que aún me queda.
Santo Espíritu, 1957 |
Tribulación
..."estoy atribulado y no le va bien a mi corazón".
Kempis
Oh, qué bien si pudiera
poner a salvo el corazón, Dios mío.
Es todo lo que tengo
aún claro; el corazón es lo que queda
de mis noches serenas
pasadas a la sombra de tus manos.
Tus manos, extendidas
sobre mis ojos, sobre mis palabras,
sobre la picazón en los tendones
de estarme largamente
hacia Ti de puntillas.
Oh, qué bien si pudiera,
asido a tus pisadas,
desmenuzar como a terrón de arcilla
entre latidos de arrepentimiento
el corazón, la frente y las rodillas. |
Himno para cantarlo a gritos
Bruñidas de entusiasmo nuestras
voces
rasgue nuestro clamor,
como un acero azul, la carne prieta
del corazón de Dios.
Roncos de claridad nuestros clarines
han reventado en gritos
de estremecido amor.
Para nuestro entusiasmo no hay confines
de cerco en derredor.
Dios espera cercano, con perfiles
enérgicos, cortados
a golpes de inquietud.
Dios espera sangrando entre marfiles
ciriales, en lo azul.
Nada arredre al empuje decidido
de nuestra marcha, tensa
y empinada hacia Dios.
Contened a apretones el latido
de vuestro corazón.
Contened el latido y el aliento
y anclad en Dios la hirviente
sed de vuestra ansiedad,
porque Cristo está cerca y trae el viento
aromas de Verdad.
Amplios surcos de roja Eucaristía
van trazando, profundas,
las estevas de Dios,
donde surja frutal la orfebrería
divina del amor. |
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