25266

7736

El Cristo de Vergara

(Se venera en el coro del Convento Franciscano de Santo Espíritu)

   No podría injertarse en mi ternura
un dios que no se acerca, un dios austero
con las manos de piedra, con el tórax de vidrio, 
con los ojos de acero.

   Yo me imagino a Cristo todo mío, 
ahormado a mis deseos.

   El Cristo enfermo y frágil que ha subido 
a la Cruz y se ha muerto, 
tiene tan demolida
la carne y le han tajado tan adentro, 
que me arrincona la atención al fondo 
del temor y el respeto; 
pero es Cristo, y me postro; 
y le digo asustado que le quiero.

   El Cristo al que yo adoro más rendido, 
está al ras de mí mismo; me lo he puesto 
a la altura orgullosa de mi alcance, 
y su cruz es la mía y se la llevo.

   Me gusta Cristo joven, 
vigoroso, con carne de mancebo, 
Cristo claro y reciente como un árbol cuajado de renuevos.

   Un Cristo así, sin halos de auroras boreales
amurallando el mundo gloriosa de su pecho,
lo siento más hermoso, 
más prójimo, más nuestro. 
Nos llega más al fondo, 
penetra más adentro
imaginarle fácil,
imaginarle pleno
de amorosa dulzura y de belleza
en la ventana tibia de sus brazos abiertos.

   Esos Cristos desnudos, Cristos fríos,
lacios, sanguinolentos,
cercándoles los buitres, graznándoles los cuervos.
Esos Cristos oscuros de tristeza, y de agobio, de esfuerzo. Esos Cristos antiguos
en las altas ermitas de los pueblos.
Esos Cristos amargos,
de un verde casi negro
y con musgo de horror y de abandono
cercándoles el pecho.
Oh, no les amo igual, porque me aterran. 
Les amo con dolor y desconcierto.

   Me derriban, me ahogan estos Cristos 
con la lanzada de su olor espeso 
a crimen, a pecado, a hipocresías, 
a Judas herederos.
Oh, no les amo igual.
Les amo airado de saberles muertos.

   Cristo me gusta limpio sin fatiga.
ni espumas en la boca o garfios en los dedos, 
sereno en su brillante llamarada, 
blanca de amor tras el cristal del pecho. 
Oh, no les amo igual.
No son tan blancos como yo los quiero.

   Cristo es puro, de un agua
con claridad vivísima por cieno; 
es uva transparente 
y es trigo ardiente, espeso.
Mi Cristo es loza frágil, de cuidada 
y limpia arena. Muerto, 
pero siempre apacible. 
¡Venid adoradores! Os lo presto.

Dies illa!

(soneto)

Guardar el equilibrio; sólo espero 
guardar el equilibrio firmemente, 
porque temo que un día, de repente, 
sienta que estoy muriéndome. 

Si muero de súbito, ¡Dios mío, yo no quiero 
morir así! Morirme lentamente 
para elegir plegarias, la ferviente 
plegaria de este trance. Con qué esmero

arreglaría cuerpo y agonía; 
besaría abrazado el crucifijo 
y pedía a Dios morir después.

Qué tremendo ese día,
cuando este suelo tan anclado y fijo 
se salga de mis pies.

Ofertorio

Señor, ponme al relente,
oloroso a tus manos, 
de la gracia. Coloca 
mis obras a la sombra 
fresca de tu relente,
no se me cuajen estos pobres méritos 
de haber dado limosna en una iglesia, 
de haber acompañado, hasta la acera 
de enfrente, aun hombre ciego, 
y de haber reprendido 
a un muchacho travieso que tiraba 
sensual de las trenzas a una niña.

Yo sé que a Ti te apenan esas cosas. 
Te apena que los niños 
aprendan de los hombres; 
que haya ciegos dudando en una acera 
sin una mano blanda y bondadosa 
que les lleve a otra esquina; 
o que llore una vieja 
desoladoramente, de impotencia, 
porque nadie le ofrece la limosna 
para una medicina necesaria.

Yo necesitaré de mis hermanos 
cuando venga la muerte a derribarme 
y no hayan florecido todavía
los retoños del bien que me injertaste.

Guárdame Tú estas obras. ¡Pobres obras¡ 
Ponlas en lugar fresco y oloroso; 
no se me cuaje todo absurdamente 
como un vaso de leche en la ventana.

A la sangre de Cristo

El brillo de la sangre
se ennegrece en sus ojos y en su boca, 
y el halo luminoso de su frente 
se ha cubierto de aristas y cristales 
sudorosos de espinas.

Oh, sangre anochecida,
ya tizne en la eucarística y triunfal 
custodia de su frente. 
Oh, sangre. Cómo mueve 
la ola de su poder 
en la roca partida del Calvario. 
Oh, sangre. Quién pudiera 
anclarte firmemente 
a las venas de Cristo, 
repeler el asalto de la muerte, 
y prolongar el grito de su sangre.

Sangre gotean -como cera ardiente 
blandones derribados-, 
el trapo negro de su cabellera 
y las hilachas de su barba rota. 
Y a los pies del patíbulo, derribada, 
como una yegua herida, 
también sangra el dolor de Magdalena. 
¡Por el oro brillante de su pelo 
cruza de pronto, vívido, el reflejo 
de la sangre de Cristo.

Señor, acércate; tengo partidas
las rodillas, de andarle en seguimiento. 
Oculta con tu mano 
esta debilidad de mis tendones. 
Señor, te tengo ahí; pero no alcanzo. 
¡No he podido llegar hasta tu sangre!

Después de la lluvia

Acotado de nubes, aún rebota
el borbotón de luz
del último relámpago.
Este aroma de tierra nueva y fresca, 
aroma a tierra limpia y removida, 
ablanda los sentidos y humedece 
la tensión calurosa de la sangre.

La mirada reposa, como un vuelo 
suave de gaviota, sobre el mar 
del paisaje mojado: 
árboles, aturdidos 
de agua y de viento, cuelgan 
la pesada fatiga de sus ramas;
brillos vidriosos de agua fresca y verde 
bajan por las laderas, envolviendo 
peñas y matorrales; 
hay trigos aplastados; y vencidos 
ramajes con la frente 
apoyada en el brazo del bancal; 
y por los garabatos
de los troncos torcidos del pinar, 
anochece, mojada, la corteza
lutos de hojas caídas para siempre.

La mirada se amplía
como un agua cansada de espesura. 
La mirada rebosa claridades; 
la mirada se suelta blandamente, 
la mirada reposa, como un vuelo 
de gaviota abierta sobre el mar.

Velas rotas

En el libro que tengo 
abierto en las rodillas, 
una figura orante
de sutil tracería
tiene hacia Dios tensadas 
la mirada y las manos. 
Piadosa actitud, noble 
estirón hacia arriba 
de una oración.

No entiendo
por qué triste desgana, 
cuando rezo, las manos 
pesan y se me humillan. 
No sé por qué rendidos 
cansancios, se me dobla 
a tierra la mirada.

Si Dios supera pájaros 
nubes y nebulosas. 
Si Dios ve el universo 
desde la última rama 
espléndida, infinita, 
que cubre, como cúpula 
boreal, el espacio. 
Si está sobre, la alzada 
pedrería vibrante
de las estrellas, ¡alma,
empuja, desde el fondo,
estas velas caídas,
estas velas sin palo
vertebral, estas velas
lacias, sin viento amigo!

Tengo miedo de mí, pesado tronco 
derribado en la orilla,
ahormando arenas frágiles
y entre conchas vacías.
Tengo miedo de mí: se me han tronchado 
las manos en la brida.
Ni me rezan los brazos ni me reza 
esta mirada, ayer flecha bravía
y hoy pesado holocausto de hojas grises 
cubriendo las rodillas.

Señor, si no te alcanzan mis palabras, 
si es triste y turbia mi oración, si es fría, 
pon tu mano en mi hombro porque sienta 
la bondad y el empuje y la alegría 
de saberme inundado, como un vaso 
de agua delgada y limpia,
en el raudal pujante, en la abundancia 
sin cerco, sin fronteras, de tu Vida.

Mira el agua

He notado tus pasos tan blandos, tan leves, 
he advertido a mi espalda tu pie cuidadoso, 
pero sigo sentado en la piedra 
sin mirar ni subir a tu encuentro. 
Yo no sé por qué temo. 
Nadie, acaso, podría decírmelo.

Mira el agua que pasa afilando su cuerpo de anguila 
entre piedras que estrechan su paso. 
Es mejor el placer de sentir siempre buenos 
el agua, las piedras, el tronco de un pino 
o un puñado de tierra fresquísima y húmeda. 
Es mejor, sobre todo es mejor cuando temo volverme 
y sentir tu mirada.
Porque sé que está ahí,
señalando la hierba con débiles huellas, tu pie cuidadoso. 
No he querido mirar ni subir a tus labios; 
pero sé que está ahí cuidadoso, y aún sé 
que adelanta tu pierna derecha otro paso.

Mira el agua que pasa
envolviendo en sus brazos guijarros y peces. 
Mira el agua que estrecha su lomo 
contra el muslo de un álamo. 
Es mejor el placer sutilísimo 
de sentir la bondad tan sencilla 
tan humilde, tan honda,
de unas hojas de pino que caen en tus hombros
o un puñado de tierra que aprietan y amoldan tus manos.

A José María Valverde

"Voy Contando mis años por relevos de rosas". José María Valverde.

He rezado, en voz baja, tu "Salmo de las rosas". 
Lo he rezado despacio, porque es frágil su loza 
y su perfume tiene la verja quebradiza. 
Oh, no sabes la espesa sensación de ternura 
que me ha cruzado todo el ser, de orilla a orilla.

Yo también me he sentido rosal y primavera; 
había claridades de rosas en mis manos 
y alientos perfumados llenándome la boca. 
Oh, no sabes, no sabes con cuánta parsimonia 
he seguido las blancas pisadas de tus versos 
sobre el mullido paño de tus rosas recientes.

No sabes la sedosa suavidad que ha rozado 
el borde tembloroso de mi estremecimiento. 
Por eso he imaginado lo grato que sería
ir contando mis años por relevos de rosas.

Mayo entonces sería la portada a colores
de cada ejemplar nuevo de mis años que quedan, 
y un día formaría la colección entera 
para irlos, uno a uno, leyendo y recordando.

Es suave esta tristeza de saberse en declive 
hacia cotas profundas de oscuridades prietas, 
pero Cristo era un Hijo de Dios y declinaba.

Yo no quiero ocultarme de la muerte. Prefiero 
irme al encuentro. inmerso en mi cerco de rosas.
Yo no quiero ocultarme de la muerte. Por eso, 
para que no me apenen sentimientos de luto,
he rezado, en voz baja, tu "Salmo de las rosas".

Santo Espíritu, 23 de junio de 1957

Mi Reloj

Que no se pare, Dios mío; 
que no se me pare ya.

El reloj, aquí, en mis manos. 
Un corazón de cristal 
con latidos diminutos 
como saltítos de afán. 
Que no se pare, Dios mío; 
que no se me pare ya.

Le he dado cuerda. ¡Qué miedo 
la primer vez que se da!
Los dientecitos sonaban
como besos de metal.
Le he dado cuerda. ¡Dios mío, 
sí se me llega a quebrar!

Mí reloj. Porque este es mío. 
¡Qué escalofrío me da 
pensar que puedo perderlo 
y no volverlo a encontrar! 
¡Dios mío, que no lo pierda! 
¡Que no lo pierda jamás!

Señor, soy un reloj tuyo. 
Mí cuerda tú me la das, 
y te preocupo y me cuidas 
con miedo de hacerme mal. 
¡Señor, dame tanta cuerda 
que no me pueda parar!

Santo Espíritu, 4 - II - 57

El pino del convento

Qué actitud tan dramática de tus brazos de pino 
asidos a la tapia rubia de mi convento.

Sobre tu centro gira en compás de la mirada 
en la circunferencia bruñida del paisaje, 
y a tu orilla yo apuro a golpes de sorpresa 
la claridad que estrena el alba cada día.

¿Tienes tú sentimientos densos como los míos? 
¿Hay latidos que arrastren sangre por tu madera? 
Si no te cruzan venas de pena o de ternura, 
te caerán mis palabras como arena baldía.

Comprendo tu silencio; comprendo la fatiga 
de tus brazos que cuelgan lacios sobre la tapia. 
Yo también doblaría, de desgaste o fastidio, 
mis rodillas, mis brazos, si mis ojos no vieran 
la claridad que estrena el alba cada día, 
los corderos recientes, los retoños pujantes. 
Pero estoy plenamente satisfecho, y transido 
del gozo de saberme en la mano de Dios, 
porque El nos hizo todo con bondadoso aliento, 
todo perfectamente. No puedo arrepentirme 
de habitarle esta arcilla que moldeó su mano.

Oh, que no se me vuelva este ardor de mi sangre 
resina densa y tarda de entorpecido paso; 
que no se me coagule de frío o fatiga 
esta luz que levantan mis fieles pensamientos. 
No quiero crecimientos fatigados de tronco. 
Amo sólo tu sombra bajo un verdor constante, 
y la amplitud dramática de tus brazos, asidos 
al filo de la tapia rubia de mi convento.

En medio del camino

Hoy llego a la mitad de mi camino
y asusta contemplar el tiempo andado. 
¿Qué queda hasta el final de mi destino? 
Oh, también esa duda me ha asustado.

Este río de tiempo que así rueda, 
quién pudiera amarrarlo eternamente
a los pies de la vida que aún me queda. 
Hoy llego a la mitad. Hoy justamente.

La vida cobra aquí doble andadura, 
cobra doble visión, doble vertiente: 
la tierra que he pisado, -tierra dura
que ya no he de pisar-, y está reciente.

Desde hoy, andar es irse hacia la linde 
en que la noche escucha nuestro paso. 
Con qué severa gravedad nos rinde 
pensar de luto y cerca nuestro ocaso.

Pero aunque estoy mediando mi camino 
y no sé el porvenir de mi vereda, 
espero en Dios, que muele en el molino 
de las horas, el grano que aún me queda.

Santo Espíritu, 1957

Tribulación

..."estoy atribulado y no le va bien a mi corazón". Kempis

Oh, qué bien si pudiera
poner a salvo el corazón, Dios mío. 
Es todo lo que tengo
aún claro; el corazón es lo que queda 
de mis noches serenas 
pasadas a la sombra de tus manos. 
Tus manos, extendidas 
sobre mis ojos, sobre mis palabras, 
sobre la picazón en los tendones 
de estarme largamente 
hacia Ti de puntillas.

Oh, qué bien si pudiera,
asido a tus pisadas,
desmenuzar como a terrón de arcilla 
entre latidos de arrepentimiento 
el corazón, la frente y las rodillas.

Himno para cantarlo a gritos

Bruñidas de entusiasmo nuestras voces 
rasgue nuestro clamor, 
como un acero azul, la carne prieta 
del corazón de Dios.

Roncos de claridad nuestros clarines 
han reventado en gritos
de estremecido amor.
Para nuestro entusiasmo no hay confines
de cerco en derredor.

Dios espera cercano, con perfiles 
enérgicos, cortados 
a golpes de inquietud.
Dios espera sangrando entre marfiles 
ciriales, en lo azul.

Nada arredre al empuje decidido
de nuestra marcha, tensa
y empinada hacia Dios. 
Contened a apretones el latido
de vuestro corazón.

Contened el latido y el aliento
y anclad en Dios la hirviente 
sed de vuestra ansiedad,
porque Cristo está cerca y trae el viento 
aromas de Verdad.

Amplios surcos de roja Eucaristía 
van trazando, profundas, 
las estevas de Dios, 
donde surja frutal la orfebrería 
divina del amor.