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Esta colección
de poemas fue publicada en Pego (Alicante) en 1963. Al final reseñamos
unos juicios críticos sobre el autor y esta
obra.
De rodillas
Vengo a postrarme ante tus pies
como una ola derribada,
y a acariciar con la mejilla
la huella azul de tus pisadas.
Vengo a postrarme con ternura,
como una roca desplomada,
y a restregar con la mejilla
la hebilla azul de tus palabras.
Vengo a postrarme intensamente,
como una niña amortajada,
y a recibir en la mejilla
la oferta azul de tu mirada.
No sé decírtelo, Señora,
con más amor. Llevo en el alma
un sentimiento inexplicable:
¡No tengo limpias las palabras! |
El tiempo nuestro
Oh, señor, si tuviera
un día, todo un día, y si ese día fuera sólo mío,
qué paloma más blanca,
qué cordero más limpio
para sacrificarlo en tus rodillas.
Este tiempo que tengo y que no es mío,
cómo duele gastarlo sin remedio
en sólo hacer mis horas y mi vida,
y qué regusto a tierra, sólo a tierra,
deja en el paladar.
¡Saberse el cielo
de memoria y gustarlo lentamente,
como gustan los ángeles
las manos de la Virgen!
¡Saberse el cielo así! Me bastaría
sólo un día, Señor, para saberlo.
Purificad mi aliento:
quitad de mi garganta y de mis labios
este sabor a tiempo. |
Soledad
Estoy solo, Señor, y no he sabido
quedarme asoladoramente solo.
Mi soledad completa, sin las cosas,
sin el cerco apretado de las cosas,
sin esta empalizada tosca y árida
de las cosas, cogidas de la mano...
no he sabido lograrla. Y me persigo.
Con qué inquietud de nervios azogados,
con qué necia inquietud,
me persigo de cerca.
Me persigo y me exijo, insobornable,
soledades más altas, más sinceras,
más quietas, más totales,
soledades sin cerco y sin testigo.
No he sabido dejarme quieto, a solas;
yo soy mi soledad y no estoy solo.
Cuando nada amuralle, cuando nada
se anteponga y me oprima las pisadas
contra la piedra turbia, sin sentidos,
de este coso de tierra reducida,
¡oh, triunfo abrumador; oh, vencimiento!
Sólo entonces, la ola sin confines
de la mano de Dios, y la tormenta
frágil y candorosa
de luz alada de los serafines
arrullarán mi soledad auténtica,
soledad olorosa
de sabrosos impulsos
volcados como conchas en la arena. |
Propósito
Cuántas veces, Dios mío,
arrodillé a tus pies la ola bravía
de un último propósito. ¡Esta loza tan frágil, tan herida,
tan lastimosamente desechada,
de mis resoluciones quebradizas! ¡Todo arcilla doblada
por mis manos!
Y hoy que vengo lustroso de deseos,
hoy que vengo también
a violentar de nuevo, ciegamente,
la verja de rosales
de la comodidad, de la dulzura
con que me embeben, con que me perfuman
los divanes untosos del sentido...,
hoy que vengo con brío todavía,
quisiera estrangular, antes de hablaros,
quisiera estrangular violentamente,
las rosas que me quedan.
Con qué gustosa lentitud, Dios mío,
regresaré pisando las caderas
de mis flores partidas.
Ah, que no se me rompa la vasija
de mi fragilidad,
que he metido en un puño
la ola de un deseo tan subido
que crujen los tendones y golpea
las venas esta sangre calurosa.
¡Ola de mis propósitos
hundidos tantas veces en mi arena,
anclados ¡antas veces en mi playa!
Esta vez que la traigo más lograda,
¡que no se me derrame vanamente!
¡Sujétela la brida
de tu pie soberano! |
La estrella
Señor, ponme una estrella en e! camino;
colócala a! alcance de mis ojos,
y déjala caer por e! espacio.
En su descenso, arrastrará consigo
el ala fatigada, de paloma
cansada de volar, de la mirada,
y !as pisadas, hondas en la arcilla,
de todos mis afanes más crecidos.
Señor, ponme esa estrella acristalada
en que un ángel señala al Nacimiento.
¡Es gozoso saberse en !a aventura
de buscarte en la noche, y afanarte,
y sentirte llegar, sobresaltado
el latido nervioso del aliento!
¡Es gozoso! ¡Y hallarte recostado
en las pajas de espigas de un pesebre!
Más que el ángel, Señor, más que !a estrella,
estas espigas dicen e! torrente
agitado de luces de un misterio.
Ellas saben milagros de amorosa
carne, oculta en estrellas eucarísticas,
y boscajes de cirios en rendida
curva de adoración hacia tus manos.
¡Oh! La estrella. Tu estrella. Nos conduce
dulcemente a la espiga, y dulcemente
la espiga, tus espigas, a la estrella.
Señor, ponla al alcance de mis ojos,
yo !a pondré a! alcance de mis manos. |
La niña del cántaro rojo
Esa niña, Señor, esa niña que pasa y saluda
tristemente, Señor, esa niña.
Lleva un cántaro rojo, y la veo
pasar cada día.
Me da pena esa niña que pasa despacio
y nos mira con triste mirada o no mira.
¿Qué tendrá que le enturbia de luto los ojos?
¿Qué tendrá que le ensucia de pena la vida?
Esa niña, Señor. Ahora pasa; ahora mismo.
Señor, esa niña.
Si Tú y yo imaginamos el modo más fácil
de rehacerle la torre abatida
de sus ilusiones
de sus alegrías,
¿no conseguiremos
nimbar su agua tibia
con la azul primavera reciente
de incipientes, menudas sonrisas?
Tú que tienes la rosa, Señor, y eres dueño
del olivo, del cuervo, del mar, de la nube y la brisa.
Tú que pones ternura de arena a las olas
y musgo en el lomo a la roca que se precipita,
dale un niño como ella que juegue y la lleve
a la fuente, al canario, a la arena, a la flor, a la espiga.
Pon, Señor, un gatito en sus manos,
o en su boca apretada, fruncida,
el tallo menudo
de una florecilla.
Pon, Señor, una cinta en su pelo,
-¿azul, color rosa, morada, la cinta?-;
pon, Señor, una trenza en su hombro;
y en su aliento... Señor, yo no sé qué precisa
en su aliento; tal vez, pido cosas
que, por necias, te incitan a risa.
Ahora pasa, Señor, ahora pasa despacio
y nos mira con triste mirada. ¿Nos mira?
Esa niña, Señor, esa niña que pasa sin ruido
porque habla y no sueña, porque anda y no pisa.
Esa niña, Señor, esa niña que apenas se advierte.
Señor, esa niña. |
Jueves santo
Jueves Santo. Su tristeza
no sé explicármela yo.
Porque está triste la calle,
y la tarde, y triste el sol,
-morado como la llaga
del costado del Señor-.
Todo tan nublado y triste,
todo tan quieto, que yo
siento más humilde, lento
y asustado el corazón.
Sobre las cosas, parece
tiemblen cirios de fervor,
como si un ángel hubiera
alzado, por devoción,
en la peineta del día
la mantilla del dolor.
Jueves Santo, cuando pase
arrastrándose el Señor,
arrodíllate, y que tiemble
entre saetas tu voz.
Santo Espíritu, 19 - IV -57 |
Amanece otra vez
Me voy agradecido. Sin saberlo,
vine aquí a repostar
colores de maceta florecida
y sosiego de vaso serenado.
En las hojas, dobladas de fatiga,
de mis manos, había
calor de pesadumbre, entre ramas, hundidas
de turbia sequedad bajo la arena.
Ya sé que estoy contento.
He sabido aprender que el aletazo
de una sonrisa azul
puede dorar de auroras boreales
la amargura de un tronco de hombre triste,
tajado de dolor, como una roca
que fuera vegetal en sus entrañas.
Hoy lo he vuelto a aprender. Ya lo sabía,
pero el agua que limpia y que humedece
nuestros ardores de hombres desgastados
pasa a veces tan lejos, que no llega
el labio a santiguarla si no pasa l
a mano compasiva
que la aproxime, como en vaso rosa,
a la brasa sangrienta de la boca.
Mis tendones, tan tensos de batalla,
tienen atadas ya flores azules
como hebillas, y pasan
aromas por mi frente.
Ya sé que estoy contento, y todavía
espero levantar la empalizada
de mi lucha constante,
sobre estos escalones de optimismo
que han bruñido, tal vez sin pretenderlo,
manos pálidas, limpias, de enfermera. |
Desde lejos
"Y Pedro le seguía de lejos". (S. Lucas, 22.
54)
Y yo también. Sabía
el sabor a bondad de tus pisadas
y la dócil ternura de tus manos,
pero me dejó fijo el alarido
de miedo y cobardía de mi sangre.
Quise poner en pie mi arrojo de hombre
que ha catado el coraje de la vida,
y el corazón, sin brújula, seguía
a galope tendido por mis venas.
Quise también hablarme
palabras sosegadas
de alivio, y no subían
palabras a mi boca.
Y te volví a pensar. Estabas tejos.
Pensé la arista de la cruz, hundida
en la bondad serena de tus hombros;
pensé tu cuerpo anclado
a la cruda aspereza
de unos hombres untados de pecado.
Te pensé mucho y no llegué a evocarme
tu sabor a bondad
y la dócil ternura de tus ojos.
Te pensé mucho, pero no sabía
acercarme y asirme a tus pisadas. |
Cordial
Ahora que duele, ahora que sangra
es cuando sé que hay corazón.
Ya lo tenía anteriormente,
pero callado y sin dolor.
Era un aljibe de agua clara
en el que nadie sospechó.
Era una rama en la que apenas
si amanecía alguna flor.
Era una rosa solitaria
sin primavera ni color.
Pero ahora pienso de continuo
si ha de durarme este calor,
porque si una mañana clara
llega hasta él la luz del sol,
¿quién me asegura que ese día
no ha de volver la tentación
de los descuidos que borraban
anteriormente el corazón?
¡Tan fácil es entusiasmarse
por algo, y a continuación
mirar con rara indiferencia
cómo desmaya ese fervor!
mi bondad. Se burlaron,
a veces tiernamente.
Y me dieron en premio
una frase bonita
y una débil caricia que no tuve
valor para pisarla.
Sentí vergüenza. Tuve
mucho tiempo doliéndome,
de rabia y de sonrojo,
las manos en la cara.
Desde entonces me siento
más lejos, más huido,
más ciervo, más arroyo.
Pero amo mis tristezas,
amo mis zarzas ásperas,
¡y pienso tantas cosas!...
¡Me gusta tanto y tanto
pensar, sólo pensar!..
Oh, la mano piadosa que acaricia
no sospecha la fruta que derrama.
Las manos orgullosas que acarician
y alivian falsamente, absurdamente,
tontamente, no saben lo que matan. |
Ciervo de piedra
En el parque hay una fuente
y en la fuente una escultura:
es un ciervo que humedece
su sed en el agua pura.
Cuando cruzo la alameda
olorosa del jardín
y me llego hasta la fuente
que refleja su perfil,
se me antoja que en la frente
pujante del animal
se alza un hervor de serpientes
o un arbusto elemental.
Y es que sus astas semejan,
con su trazo arborescente,
cabellera de raíces
que tiende al viento la fuente.
Sobre su lomo mojado,
la piedra se hace verdín,
y pintan sombras azules
los árboles del jardín.
Y luego, cuando la noche
temblorosa al cielo sube,
tiene ante sus pies postrados
las estrellas y las nubes.
Ciervo de tradicionales
leyendas, siempre tan fijo,
¡quién pudiera colocarle
en la frente un crucifijo! |
Juicio crítico sobre el autor
a
"He leído, con verdadero deleite, sus bellísimos "Poemas para
un amanecer". Enhorabuena".
(Manuel Palau Boch, Director del Instituto de Musicología y Folklore
de la Institución Alfonso el Magnánimo).
b"Poemas
para un amanecer" es de factura leve, pero el contenido es profundo
y denso. Como una pequeña flor de intenso perfume. Usted en estos versos
dice mucho; como poeta pone su corazón, su verbo y las imágenes de que
se vale en la brasa incandescente de un noble lirismo.
"De rodillas" es buena dedicatoria a la Virgen
María y óptimo umbral. "El tiempo nuestro" es un grito de perfección
cristiana. Estimo que estos versos son buena lección para el hombre de
hoy:
Este tiempo que tengo y que no es mío
cómo duele gastarlo sin remedio.
En "Soledad" hay un buen programa a seguir cara
al religioso:
Me persigo y me exijo, insobornable,
soledades más altas, más sinceras,
más quietas, más totales,
soledades sin cerco y sin testigos
"Soledad" es, sin duda, el poema que más me complace.
"La estrella" tiene un temblor eucarístico que encanta. "Jueves
santo" es admirable. Cada verso es como un dedo piadoso que ungiera
con bálsamo de caridad y amor a Cristo doliente en cada una de sus heridas.
La verdad conmueve el alma.
Y por último, en "Ciervo de piedra" la imagen
literaria se hace "arborescente", como las astas del noble animal;
no se puede pedir más lirismo.
¡Adelante con tan elocuente y bienhechora poesía, que poemas
así da gusto leerlos!"
(Mariano Vila-Cervantes Vicent, Licenciado en Filología
y Letras y Profesor auxiliar de la Universidad de Valencia.)
c
..."gran poeta, millonario de inspiración y mísero
de popularidad, siempre perdido para el mundo, encerrado en un claustro
de cualquier convento franciscano"... "La soledad que canta
Ángel Martín, como ideal para encontrarse con Dios, es necesaria, en su
medida, para encontrar cualquier arte".
(Gerardo Server, en "Radio Juventud", de Murcia.)
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