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TODOS LO OJOS ESTABAN FIJOS
EN ÉL
Jesús en Nazaret. Ha abierto el Libro
con parsimonia.
Todos los ojos de la sinagoga
están fijos en él.
Sorprende su palabra, la firmeza
de su voz, con qué amor, con qué soltura
declama y la manera inusitada
de autorizar su consideración.
No supieron oír, no se esforzaron
por sacudirse el polvo de los hombros
y la vida, saltar la vieja raya,
de un testamento ya cumplido,
hasta mirar de otra manera
a quien de otra manera comprensiva
les miraba también.
Yo, mi Señor, me hubiera contentado,
hoy que te sé mejor, con disponer,
como entonces los tuyos,
de otra ocasión para tenerte
ante mis ojos
fijos en ti, porque quisiera
cambiar con ellos
el sitio y el momento y la ocasión,
para mirarte siempre,
hasta apurar el don de tu presencia,
como quien bebe lento un sorbo largo
de vino en una copa.
Me hubiera contentado,
sí, mi Señor, para mirarte siempre,
para ir mirando amablemente,
para ir mirando de una en una
tu mirada, tu frente, tu cintura,
el expresivo vuelo de tus manos,
los trascendidos gestos de tu rostro,
la esbeltez impasible de tu temple
e ir bebiéndome el zumo de tu voz
paladeando tu bondad, pensando
lentamente tu boca, la aventura
de tus palabras, el aliento
del Padre, suavemente, poco a poco,
sin prisa, demorada
la atención, disponiendo en pausas sucesivas
la atención, desmontando
la hilera sin orilla, interminable,
de puntos suspensivos
de la atención y el tiempo, sobre todo
el tiempo, hasta fijar y retardar
el tiempo, sujetando las manillas
del tiempo, amordazando
el tiempo con mis manos,
para mirate, para contemplarte,
para embeberme y embriagarme,
para tenerte cerca siempre, siempre,
siempre, siempre.
TODOS QUEDARON ASOMBRADOS, (Mc 5,
17)
La audacia de la fe
descuelga por el techo desmontado
de la casa de Pedro,
en un descenso intruso
hasta Jesús, la imagen lívida
de un impedido.
Jesús es Dios. Al punto, su mano salvadora
pone en pie a un desvalido que no sabe
qué juego tiene el cuerpo, articulado
sobre el compás de las rodillas.
¡Qué portento, mi Dios!
Un cerco de perplejidad
clava asombrado su curiosidad
en la imagen segura
del Maestro, brillantes los ojos y las manos,
Y cuando afloja la tensión, cumplida
largamente la pausa
sobrecogida del silencio,
se canta a coro un salmo agradecido
a la bondad de Dios
Cristo premia la fe. ¿Cómo podría
abstenerse sin más? No sabe argucias
para emboscarse en una dilación
ni le enseñaron
a detener el superior impulso
que le induce a arrancar de sus tirantes
la opresa libertad, aura del hombre.
Sólo sabe hacer bien.
Y es que ha empezado, y cundirá en nosotros,
la incursión amorosa de su reino.
DETRÁS DE MÍ VIENE QUIEN PUEDE SER MÁS
QUE YO (Mc 1,1)
El agua discurría desvelando
hacia la orilla su dorada arena,
donde Juan anunciaba, hacia otra orilla
de un nuevo testamento,
la irrupción inmediata de Jesús.
Y si el agua transida por el soplo
de vida original, como en reflejo,
restañaba la herida reparando
el vital deterioro
en la entraña del hombre,
el hálito de Dios, la misma vida
que informaba a Jesús, superaría
en luminosidad a los mentidos
reflejos alumbrados de mil fuentes.
Y había que volver, Juan lo decía,
al origen, que implica, junto a Dios,
reconocer la propia incertidumbre,
arrodillado el pecho.
Juan era el agua: un ciervo huidizo;
Jesús la misma fuente.
CAFARNAÚN
Late bronco el motor de una barca de pesca.
Escarpadas laderas cercan el lago.
Con la neblina desmerece
la orilla opuesta.
He visto inmóvil
un colibrí libando flores.
¡Pero qué negra
la piedra del paisaje!
Suda el calor.
Aquí lanzó sus redes
el brazo bien membrado de Pedro.
Aquí, en la sinagoga,
enseñaba Jesús.
¿Dónde estará enterrado
el centurión que anteponía
su fe a su dignidad?
Cafarnaún no pudo; nunca atienden
el vuelo azul de las palabras
corazones de piedra ennegrecida.
¡Sus lagartos son negros!
MARANA THA
Sé que vendrá Jesús un día,
sé que vendrá como marchó,
con los cabellos relucientes
y la estameña como el sol.
Por eso tengo siempre abiertos
los dos vatientes del balcón;
que no sorprenda su venida
despreocupada mi atención.
Sé que vendrá súbitamente,
como un relámpago, el Señor,
por eso tengo siempre abierto
el ventanal del corazón.
No tardes más; la vida es corta;
no la dilates tú, mi Dios.
Que nos anuncie la veleta
qué viento trae, al fin, tu voz.
Sé que traerás entre las manos
la paz de mi resurrección,
con tu mirada trascendente
como la luz, como el amor.
LOS HIJOS PRÓDIGOS
Solían acercarse a Jesús los publicanos
y los pecadores a escucharle.
Y los fariseos le desacreditaban por eso. Lc 15 1
Los ojos del que extiende su mirada
a la redonda
sobre la playa curva del auditorio,
cubre como una ola caracolas
vacías, una estrella
de mar yerta, la misma arena,
cantos rodados. No desechan
los dedos de la espuma, no disgregan
la arena clara de la broca roca.
Marginados y agentes
de la marginación, ricos y pobres,
como en el campo cardos y mariposas,
concurrían curiosos al conjuro
de su palabra prodigiosa.
Desvalidos y pobres, preferidos
del corazón amable de Jesús,
singularizan ante Dios el drama
del hijo compungido
y arrodillado ante el augusto padre.
Pueden blandir los fariseos
el vano privilegio de ser destinatarios
de la astuta advertencia de Jesús.
Vano, porque no saben
amar, porque no pueden
amar, porque no acceden
a ser con los demás, si no arrodillan
la fría rigidez de su arrogancia,
ante manos cobrizas proclives al dinero,
ante un cuero sin culpa que la lepra denuesta,
ante los ojos tristes
del indigente que ha incurrido
en la carnosa cepa de unas viñas.
Vanos, porque no saben
dónde está Dios cuando es Dios quien les mira.
¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?(Lc 9, 18)
Ante la imagen infinitamente amable,
ante el prodigio inenarrable
ante aquel don de su ternura,
que eran las manos y los ojos
y el corazón sensible de Jesús,
he de abstenerme de intentar siquiera
decir hasta cómo era entero y prodigioso
y era amable Jesús.
Y SE FUE A CASA
Jesús dejó a la gente
y se fue a casa, Mt 13,36
Cerca del lago de Genesaret,
Jesús habló
de cómo la palabra,
bien mullida la tierra acogedora,
devenga bienes, aunque toda pulpa
entraña unos desechos.
El trigo y la cizaña: noche y día.
Nadie, en favor del día,
quiera borrar la noche y sus estrellas.
Están bien donde están. Llegará un tiempo
en que un soplo de luz, como una brisa
acristalada, invadirá la sombra,
borrando sus contornos tenebrosos.
Y alguien pondrá en la niebla del olvido
la aspereza maligna
que puso nombre a la cizaña;
y una espiga esmeradamente limpia,
vívidamente luminosa,
crecerá rectilínea, como crece
hacia una nube el vuelo inalcanzable
con que sueñan los pájaros.
Y era que el reino ya tenía
asentada su estancia y la esperanza,
aunque el sol de las eras
iluminaba un más allá,
donde adelgazaría la cosecha,
antes de henchir los silos,
la inevitable criba ante sus puertas.
Calló Jesús. Miró a su alrededor.
La tarde recogía diligente
tras los montes su luz. Miró otra vez.
Y lentamente, "dejó a la gente y se fue a casa".
EL FRACASO
El que me coma, vivirá por mí, Jn 6,57
El que me come vivirá -proclama
Jesús rotundamente-.
Misteriosa verdad, desconcertante
para quien prueba amargo la corteza
sin descubrir la pulpa apetitosa,
tanto que hasta se tambalea
la resentida barca vacilante
que tiene el remo de la fe quebrado.
Sus amigos rechazan
la difícil verdad y excusan su presencia.
Calla Jesús. ¿Qué conmoción
turbó por un momento
su entereza cabal?
¿Qué pensaba Jesús? ¿Qué le atenaza?
Se ha resentido, como unos cristales
que pisa un animal, la convivencia
de pareceres antes compartidos.
Y escucha contrariado
cómo comentan, entre bisbiseos
disimulados, su incomodidad.
Ha comenzado aquí la pesadumbre
acerba de un fracaso
que acabará en la cruz.
Desde el abatimiento,
interpela al escaso grupo de los más fieles:
-¿Cómo no os vais vosotros
defraudados también?
- Y a quien podremos ir -replica Pedro
taxativo-, que tenga como tú
la plenitud de la palabra?
En la criba del Padre, se disocian
el trigo y la cizaña.
LUMINISCENCIA
Dichosos vuestros ojos, porque ven. Mt 13,10
Sólo quien ve la luz sabe que vive.
La sombra es la morada de la muerte.
Abrid los ojos quienes no podéis
vivir despiertos. Entornad la puerta
y abrid de par en par vuestra ventana;
que entre a raudales en vuestra mansión
toda la claridad que se derrama
de la aurora al ocaso.
La cuestión es pulir, con cuidadoso
frote, el cristal de la mañana.
Que gane en transparencia el don divino
de vivir los destellos de los ojos de Dios,
que no se pierda ni una brizna
de luminosidad, con que mantiene
despierta nuestra espera.
Unas gotas de aceite y unos granos
de tiempo desvelado
surtirán nuestra lámpara,
brillante como joya
en la sortija de la noche,
sosteniendo en las manos, siempre a punto,
el manojo de llaves
de una esmerada vigilancia.
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