Anochece un milenio; un objetivo
superior va plegando
el antiguo mantel, ya desgastado,
de su edad; cae la brújula
del tiempo por la niebla, como piedra
terminal en un charco oscurecido.
Y en el claror lejano
de un limpio amanecer, como en un lago
de luz desconocida,
lava sus manos nuevas
la historia. Una vez más, recorre el horizonte
de otra tierra inmediata y prometida
la refleja mirada de Moisés.
En la ladera opuesta del tiempo recorrido,
está naciendo un mundo fresco,
prieto de fronda y espesura,
a nuestros pies. Y es que, desde la cumbre
de Dios, su aliento recio, como entonces,
recrea la avenida milenaria
que el hombre ha de pisar.
Hermanos, aventemos la exánime ceniza
y levantemos del extinto
rescoldo la esperanza,
tachando el papel viejo de otras expectativas.
Importa despejar de renuencias,
zozobras y perplejidades,
el momento imponente
de desplegar el nuevo itinerario.
¡En marcha! Pecadores,
publicanos, enfermos y mendigos,
empujan envolventes por las alas
desenterrando del camino huellas
conocidas de paz, de amor,
de comprensión. bondad, verdad y vida.
Presida nuestros cantos la alegría,
mientras sirve cortés el entusiasmo,
desde una nueva bienaventuranza,
una bandeja temblorosa
de días no pisados todavía:
¡Benditos los que esperan!
¡La venida de Cristo está más cerca!
Fr. Ángel Martín, ofm.
Carcaixent, 1999