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No alcéis la testuz, no alcéis a testuz contra el cielo.
Sal 74,6-8

Gratifica admirar
cómo ajusta su docilidad
un agua caudalosa a la estrechez
de un paso angosto.

Así procede la docilidad,
con sus ojos de niño,
que pone el titubeo de su pies
en la mano paterna.

¿Por qué, entonces, la gallardía
de la temeridad, que desafía
la altitud de la cumbre
donde acuña sus rayos la tormenta?

Hay que encontrar la voz con que decirle
al hombre que no hay nada
tan insensato como alzarse
sobre un árbol de barro
para advertir si está a su altura
la majestad de Dios.

¡Insolente engreimiento
que ensaye la soberbia
su dudosa entereza golpeando
con su sien las rodillas impasibles de Dios!

Pero dejad que acuda, ataviado
con roja investidura la arrogancia
a los salones de la inconsistencia.
Allí se siente
ciprés de su comarca de cenizas.

Dejad que el hombre crea
en su propia endeblez, mientras no llega
a su puerta, temblando,
la voz que lo despierte.
Dejadlo en paz; está soñando.

Fr. Ángel Martín, ofm. Carcaixent 1999